
Roque Germán Burella
Su momento de gloria no lo tuvo de joven. Fue mucho después de compartir equipo con Diego Simeone en las inferiores de Vélez Sarsfield. Ni siquiera lo vivió cuando apareció como un temible goleador en las canchas de la Primera C. Después de cansarse de romper redes en Luján y Leandro N. Alem a principios de los 90’s, dejó los potreros del ascenso para irse a una liga más competitiva.
Pero allí tampoco alcanzaría su clímax. Y eso que no le fue tan mal: en Chile debutó con la camiseta del Provincial Osorno (1995) donde fue entrenado por Cacho Malbernat y disfrutó como compañeros a José Daniel Morón, Mario Vanemerak y Pedro González. Tuvo un correcto desempeño, siendo incluso elegido como el mejor jugador de la 15ª fecha por la prestigiosa revista Don Balón. Pero todavía lo aguardaba algo mejor. Aunque aún faltaban varios años.
En O’Higgins (1996) también alcanzó un aceptable rendimiento personal, jugando al lado del Tata Martino, Walter Paz, Ariel Cozzoni, y Fernando Calcaterra. ¿Buen plantel? El último puesto que condenó el equipo al descenso dice lo contrario. Ya vendrían tiempos mejores.
Definitivamente, para llegar al goce absoluto tenía que triunfar en su país. Y los goles cosechados del otro lado de la cordillera le dieron una gran oportunidad: a los 27 años jugaría por primera vez en la Primera A de Argentina: fueron 12 partidos en Deportivo Español (1998). Convirtió un par de tantos pero no fueron suficientes: el equipo terminó en el fondo de la tabla y descendió de categoría.
Sin embargo, se quedaría en el Gallego en busca de la revancha. Jugó en el Nacional B un par de temporadas, una de ellas con Villa Mitre (1999/00), sin destacarse. Su carrera se había estancado, pero llegaría EL día.
Tantos sacrificios darían su recompensa. Ya retirado, cuando la calvicie le estaba ganando la batalla, llegaría su momento de gloria: mientras residía en España, se tomó una foto con Quique Wolff. El destino quiso que recién ahí su existencia registrara un instante inolvidable, que quedara grabado para siempre. Y, sí: la vida es caprichosa.