Florin Raducioiu a Newell´s (1997)

Se podría afirmar que sólo se trató de un caso evidente de “Delirio de grandeza” pero, a decir verdad, un club que vio nacer a Lionel Messi y que tuvo entre sus filas a Diego Armando Maradona puede soñar con contratar a cualquier otro espécimen de nuestro querido planeta fútbol. Llámese como se llame.

Lo concreto es que, a mediados de 1997, Newell’s intentó fichar al delantero rumano Florin Raducioiu, aquel compañero de aventuras de George Hagi en los mundiales de Italia y Estados Unidos y que acreditaba pasos por el Verona, el Brescia y el mismísimo Milan de Fabio Capello.

Tal era el metejón del entonces presidente Leproso, Eduardo López, con Raducioiu que él mismo se puso al frente de las negociaciones con sus colegas del Espanyol de Barcelona, a quienes ya les había comprado un delantero de segunda selección como el búlgaro Velko Iotov.

“Que subime un poco la oferta”, “que haceme un descuentito”, “que ya te regalé a Pochettino”. Finalmente los directivos llegaron a un acuerdo que, a la distancia, suena como un verdadero negocio chino: 800 mil dólares más el pase del juvenil Walter Samuel por el destartalado delantero rumano.

Cuando los dirigentes de ambos clubes estaban por estrecharse las manos, surgió un inconveniente que sería definitorio en esta historia. La mujer de Raducioiu no quería saber nada con irse de Barcelona ni, mucho menos, con venirse a vivir a la Argentina.

Por esa razón el pase quedó en la nada y al final Samuel se fue a Boca, Newell’s contrató al Carucha Müller, Raducioiu firmó con el Stuttgart de Alemania y su mujer… su mujer se quedó un par de años viviendo solita y sola en la gigantesca ciudad de Barcelona.

Un verdadero amor moderno (?).

¿Cómo te dicen?: «Perro» «Mago» «Ciruja» «Basura» Garré

Más allá de sus discutidas condiciones futbolísticas, Oscar Alfredo Garré fue un tipo afortunado. A la suerte de ser el jugador con más presencias en la Primera de Ferro, donde salió campeón de los Nacionales 82 y 84, le sumó el hecho de haber integrado la lista de la Selección Argentina campeona del Mundial de México 86.

Pero además de eso y para envidia de la mayoría de los protagonistas de nuestro fútbol, Garré fue uno de los pocos players que se dio el lujo de ostentar ¡cuatro apodos oficiales!

El primero de ellos, “Perro”, nació en las inferiores del Oeste y es consecuencia del parecido estético que un compañero notó entre la cara de Garré y el rostro de un can. Nada que no suceda en las mejores familias (?). El segundo de ellos surgió por la misma época y fue un poco más controversial: “Mago”.

Con sólo verlo caminar la cancha, se percibía que Oscar Garré no era merecedor de ese mote reservado a talentosos capaces de realizar ilusionismo con el balón, levitación sobre el campo de juego y escapismo de defensores contrarios.

Todo lo contrario, en el caso de Garré, el apodo derivó de su capacidad para golpear –y en muchos casos lastimar- a los delanteros rivales sin que el árbitro se diera cuenta de las agresiones que el defensor realizaba. Una delicia de pibe. Aunque intentó engañarnos con el apodo, Oscar Alfredo Garré siempre fue un Muggle.

Pero hay más. Cuando asomó en Primera División se lo conoció con otro nickname: “Ciruja”, el cuál se debe a que Garré salía temprano de trabajar y luego se tiraba a dormir, cuál homeless, debajo de las tribunas de la cancha de Ferro, a la espera que arrancase a entrenar el primer equipo.

Del origen del último de sus apodos, “Basura”, no recaudamos mucha data. Sin embargo, creemos que alguien -que puede ser Márcico, Saccardi o Arregui- tuvo la visión del triste desempeño que iban a brindar las selecciones Sub 17 dirigidas por el bueno de Oscar Alfredo Garré.

Clarividencia, que le dicen.

¡Feliz día!

Hoy se conmemora en Argentina y en el mundo entero el Día del Baldosero, en homenaje a todos esos futbolistas de poco ángel que supieron vestir fugazmente o de la mala manera la camiseta de nuestro equipo.

Las promesas truncas, los grandes chascos, las contrataciones lamentables, los que desilusionaron, los que fracasaron, los que robaron y los que asomaron para luego desaparecer. Todos ellos se resumen en un término: Baldosero. Y el 1º de junio es el día para recordarlos con una sonrisa, una anécdota, una jugada y por qué no una puteada. O varias.

Es la oportunidad para que los hinchas de Boca rememoren el gol de Claudio Benetti en el ’92, o para que que los de River recuerden al eterno arquero suplente Alejandro Saccone. Los de Racing pueden decir «Yo vi jugar al Simpson Allegue» y los de Independiente pueden llorar acordándose de Sergio Manoel, aquel 10 brasileño que no sabía quién era Bochini.

El pibe millonario Rubén Bruno, Roberto Gaucho, Cristian Colusso, Tony Gómez, el Doctor Khumalo, el Karateca Vallejos y muchos más forman parte del universo baldosero. ¡A festejar!

¿Por qué un 1º de junio?

El 1º de junio de 1997 Boca Juniors recibía al Deportivo Español en la Bombonera. En el arco Xeneize estaba nuestro amigo Sandro Guzmán, que hasta ese momento había alternado buenas y malas sin poder ganarse la total confianza del entrenador Héctor Veira.

Después de una primera mitad en el que el arquero dejó muchas dudas producto de algunas jugadas desafortunadas, el Bambino decidió sacar a Guzmán en el entretiempo lanzando una frase que sería histórica: «te saqué para protegerte«. A partir de ese momento la carrera de Sandro ya no fue la misma y pocos años después abandonaría el fútbol para dedicarse a la música.

Guaymas Marcelo

Marcelo Ezequiel Guaymas (El Cabezón, Guaymallén, El Burrito II)

Como esos jubilados que van a dejar sus billetes a la agencia donde el día anterior salió la grande, una moda se impuso en la muchachada jujeña durante los noventa y principios de este siglo: buscar a algún pibe que la rompiese, invertir unos mangos y llevarlo a Buenos Aires para pasar definitivamente al frente. Tanto el mecenas como el joven representado.

Claro, la aparición rutilante de Ariel Ortega y, sobre todo, los dólares que el periodismo menemist* de la época vinculaba a su figura, eran demasiada tentación como para no probar hacer el intento. El cuñado del mismo Burrito, Roberto Dilacio y, por carácter transitivo, Marcelo Guaymas, fueron exponentes de esta tendencia.

Es que una tarde de 1999, a Dilacio le llegó el dato que en la localidad de Palpalá, cercana a Ingenio Ledesma, había un delantero de 14 años que la rompía en la Primera de Altos Hornos Zapla. Este era Marcelo Guaymas. Entonces, aventurándose a ser empresario, el familiar político del Burrito comenzó el operativo seducción aunque no tuvo que esforzarse mucho ya que, en rigor de verdad, por aquella zona del país todo lo que tenga olor a Ortega es sinónimo poco menos que de Moisés. Guaymas aceptó ser representado por Dilacio, más aún, cuando el propio Ariel apadrinó su llegada a River Plate.

Ya instalado en Capital Federal, este media punta habilidoso comenzó a llamar la atención teniendo de hijo a Boca en todas las categorías juveniles. “Me encanta por que soy de River y odio a estos bosteros” le tribuneó al Diario Olé tras convertirle otros dos goles al Xeneize. Formó parte de un gran equipo de reserva junto a Darío Conca, los hermanos Higuaín, Toranzo y Radamel Falcao, entre tantos otros.

Su chance en la elite le llegó en enero de 2005 cuando, ante San Lorenzo y por el Torneo de Verano, Leonardo Astrada lo mandó a la cancha en una formación que era lo más parecido a estar muerto que vi en mi vida la gran oportunidad para varios de esos jugadores: Saccone; Tula, Gerlo, Fernando Crosa y Franco Miranda; Ahumada, Abelairas, Jesús Méndez y Sambueza; Luciano Leguizamón y nuestro homenajeado quien, según las crónicas de la época, tuvo un debut inexpresivo y fue reemplazado a los 65 minutos por José Sand. El Cuervo ganó ese partido por 3 a 0.

Guaymas se mantuvo en el plantel ese semestre, no vio acción de manera oficial y fue testigo silencioso del affaire Tuzzio – Ameli. A mediados de ese año fue cedido a Atlético de Rafaela y apenas participó en un equipo que salió noveno en la general del Nacional B 2005/2006. De regreso en River, Passarella lo recibió con un beso, un abrazo y la carta de libertad de acción.

A partir de ahí, un desorientado Guaymas se fue a vivir al inframundo con un año en Juventud Antoniana, seis meses en Atlético Tucumán y otro semestre en Alvarado de Mar del Plata, todos ellos del Argentino A. Tras seis meses en Central Norte del Argentino B, en enero de 2009 le llegó la aventura en el extranjero cuando se unió a San José de Oruro de la Primera División Boliviana.

Tras un primer año en donde apenas jugó, en diciembre de 2009 el jugador mostró una mezcla de hidalguía con necesidad cuando declaró: “Tengo la ilusión de quedarme en este equipo. Mi intención es marcharme de Oruro dejando un buen concepto de mi persona, de manera que sería bueno seguir al menos una gestión más”. Se le concedió el deseo pero en agosto de 2010, cuando verdaderamente estaba remontando el nivel, una rotura de ligamentos lo dejó afuera de toda competición durante más de ocho meses.

Reapareció recién a mediados de 2011, con 26 años cumplidos, en su lugar en el mundo: Altos Hornos Zapla del Argentino B y luego, en julio de 2012, se sumó a Talleres de Perico de la misma categoría, donde despunta el vicio hasta el día de hoy.

A todo esto ¿y el cuñado de Ortega? Ah, no. Le soltó la mano cuando lo dejaron libre de River, momento en que, intuyó, que el negocio se venía abajo. Es que, está comprobado, la grande sale una sola vez por agencia en toda la vida.