Puede llegar a pasar que entresemana, mientras mirás un partido de competiciones sudamericanas, Mariano Closs algún relator pierda la cordura ante cierto voluntarioso jugador al grito de: “¿Qué le pasa a Bilos fulanito? ¿Se cree Patoruzú?”, lo cual genera la automática desorientación de los Niembros miembros de la familia con menos de dos décadas de vida. Así y todo ¿de dónde surge el concepto de creerse Patoruzú?
Primero y principal, Patoruzú es un personaje de historietas argentino creado en 1928 por Dante Quinterno. Sindicado como El Último de los Tehuelches, representaba a la justicia a ultranza, a la bondad y a la ingenuidad todo en un mismo envase, casi como Pepe Romero. Su primera aparición fue como personaje secundario en la tira Las Aventuras de Don Gil Contento publicada, ese mismo año, por el desaparecido Diario Crítica.
Con varios cambios en la estética y en la personalidad del personaje, y tras pasar por los diarios La Razón y El Mundo, Quinterno se llevó al Indio al semanario Mundo Argentino, junto a su otra gran creación: Julián de Montepío, después rebautizado como Isidoro Cañones (El Padrino).
Brillando con luz propia y con varios hitos en su haber, como por ejemplo anuarios recopilatorios desde 1937, una película en 1942 («Upa en Apuros») y la aparición de «The Adventures of Patoruzú» en el diario P.M de New York, en el año 1956 «Las Andanzas de Patoruzú» se convirtió en una tira mensual y luego, a raíz de su popularidad exponencial, se transformó en una publicación quincenal.
Y así fue como en 1964, El Cacique incursionó por primera vez en el ambiente del fútbol. En el número 116 y bajo el título de “La Copa del Mundo”, Patoruzú protagonizó una historia que iba a quedar grabada a fuego en el inconsciente futbolero colectivo nacional.
Simbólicamente, los personajes principales eran invitados a unirse a la delegación argentina. Patoruzú como jugador, su hermano Upa como mascota Garcé como dealer y El Padrino como aguatero. En una historia repleta de intrincados misterios y emulando a Branco, los jugadores argentinos bebían del saboteado bidón de Isidoro y caían todos intoxicados quedando una sola opción de recambio: ¡El mismísimo Indio, Canejo!
Enfrentándose él sólo al equipo rival y encima sin aditivo, nuestro héroe conseguió una cómoda victoria por 23 a 0. Pero además de atajar, gambetear y tocarle la concha a Florencia Raggi marcar goles de todos los colores, Patoruzú creó un término que se iba a trasladar, súbitamente, de la tinta a la tribuna: Tirar los centros e irlos a cabecear. Aquella figura ilustrativa nació en las páginas de esta historieta.
Hacía principios de los 70, Dante Quinterno se tiró a chanta cansó de hacer guiones originales y todo lo que se publicó de ahí en más fueron reediciones de las historias de los 60, por lo cual la aventura futbolera volvió a ver la luz infinidad de veces más aunque, obviamente, con un sutil cambio de títulos.
“!!Superfutbol!!” (1979), “¡Tatatata! ¡Goooool!” (1989) y “Goleada Tehuelche” (1994) eran la misma historia con pequeños cambios en los diálogos y en los dibujos, la cual llegó a la casa de los Closs las diferentes generaciones de argentinos.
Una mención especial merece la historia “El Fútbol del Demonio”, en donde Patoruzú se metió con el flagelo de la violencia en las canchas. Aunque usó sus puños para dirimir cuestiones de tablón y pareció salir victorioso, esa cruzada El Indio la perdió por goleada.
Obvio, los golpes no conducen a nada. Hubieras probado inventando una tarjeta de dudosa utilidad y oscura subvención para censar y reconocer a los barrabravas. Aunque pensándolo bien, insinuar en acabar con la violencia con un simple padrón es un guión de lo más berreta e inverosímil. Amalaya…










