
“Maradona, Flamengo te ama. Hoy y siempre”. El trapo azul y amarillo con el que los jugadores del rubronegro entraron el 8 de mayo de 1991 a La Bombonera, para enfrentar a Boca Juniors por los cuartos de final de la Copa Libertadores, escondía dobles intenciones. Por un lado, buscaban meterse en el bolsillo a La 12, famosa por su hostilidad hacia los visitantes. Por el otro, era un mensaje directo a Diego Armando Maradona, viejo anhelo de la dirigencia del cuadro más popular de Brasil.
El primer objetivo prácticamente se cumplió. Cuando Gilmar, Wilson Gottardo, el veterano Júnior, Zinho, Gaúcho y compañía llegaron al círculo central, cambiaron los silbidos de la previa por tibios aplausos, acompañados de un “Olé, olé, olé, olé, Diego, Diego” que bien podría confundirse con un “Olé, olé, olé, olé, Mengo, Mengo”, típico grito de aliento al conjunto carioca. La bandera, incluso, esa misma noche y durante buena parte de los meses siguientes, se colgó en el lugar donde se ubica La 12.
No se trataba de algo improvisado, claro. La idea había partido del departamento de Marketing del Flamengo, siempre un paso adelante en estas cuestiones, que pretendía que sus muchachos sintieran lo menos posible el desprecio de los argentinos en un duelo en el que se jugaban la continuidad en la Libertadores. También era un guiño para Maradona, que estaba viviendo días complicados tras la sanción de 15 meses por doping positivo y su posterior detención en el confuso episodio del departamento de la calle Franklin en Caballito.
Algún tiempo antes de esa serie de malas noticias, dirigentes del Mengão se habían contactado con Marcos Franchi, por aquel entonces representante del Diez, para que el astro jugara por lo menos un año en Río de Janeiro, previo a su regreso al club de sus amores. Sin embargo, los problemas extra futbolísticos de Diego atentaron una vez más contra la continuidad del negocio y así nos perdimos la chance de ver al mejor de todos con la mítica Camisa 10 da Gávea que consagró a Zico.
Gracias Imborrable Boca











