A lo largo de la historia muchos futbolistas se han encargado de realizar maniobras originales, arriesgadas, llenas de virtuosismo o simplemente efectivas, para inmortalizar acciones que van ganando espacio en el inconsciente colectivo. Uno sabe que la bicicleta le pertenece a Saturno, Di Stéfano, o en menor medida a Robinho. Uno alcanza a comprender que la boba lleva la firma de D’Alessandro y que la rabona tiene la cara de Borghi o de Diego Bustos (y la panza de Kenig).
Lo que uno no llega a percibir, quizás porque se sobreentiende como algo lógico y natural, es que todas esas jugadas fueron concebidas durante los 90 minutos.
Sólo algunos pocos, únicos y privilegiados, pudieron patentar una pose antes del pitazo inicial. Con ustedes, Cosme Julián Ubaldo Zaccanti.
Un prócer entre los once
Primero y abajo, para que su genial apellido apareciera en las revistas, al lado de los dos puntos que le daban pie a los jugadores que estaban agachados. Una rodilla contra el suelo, la otra pierna formando un arquito de penal en partido playero, el brazo derecho en jarra y la mano izquierda sobre la espalda de algún compañero, como dando una palmada de aliento o un sentido pésame luego de una cruel noticia. Lo primordial, empero, no estaba en sus extremidades, sino en sus ojos. En esa mirada de prócer, de héroe de la patria, que por supuesto nunca apuntaba a la cámara. Su vista siempre estaba comprometida con un horizonte lejano, con sueños de libertad, con un país mejor, con empates de visitante…

Los tiempos cambiaron, pero Cosme se ha ido adaptando. En su rol de técnico, incluso conserva gestos de su clásica postura. Con el ángulo invertido y hasta con un Chiche Sosa reacio a prestar su lomo para tan digna tarea, Zaccanti se ha dado maña para seguir siendo el de antes. O lo que fue siempre, un grande.






