
Una leyenda es una historia, con una mayor o menor proporción de elementos imaginativos y que generalmente quiere hacerse pasar por verdadera o basada en la verdad, o ligada en todo caso a un elemento de la realidad. Se transmite habitualmente de generación en generación, y con frecuencia experimenta supresiones, añadidos o modificaciones. Bueno, hecha la aclaración (?), vamos a lo nuestro.
Los hechos concretos dan fe que la tarde del domingo 22 de junio de 1986 el estadio Azteca de México fue escenario de la gesta histórica de la selección Argentina, con Maradona a la cabeza, frente a Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo. Pero también fue escenario de un situación bastante insólita para una cita de tanta trascendecia. Esa jornada, la selección Argentina salió al césped con un juego de camisetas azules que no pertenecían el equipo alternativo llevado en el avión junto al Abuelo y otra cantidad importante de barras a la delegación oficial. Las camisetas fueron compradas en una casa de deportes cualquiera del DF días antes. ¿Se sabe a ciencia cierta qué pasó? Hay dos versiones.
La versión oficial indica que los dos juegos de camisetas suplentes enviados por AFA fueron usados, transpirados y debidamente desmantelados en el intercambio de camisetas tras el choque en Puebla con Uruguay por los octavos de final. Como un sorteo posterior obligó a Argentina a usar nuevamente equipación suplente frente a Inglaterra, hubo poco tiempo para ponerse quisquillosos y se agarró lo primero que pasó cerca. O sea el juego de camisetas azules pero brillosas, con dos tonos de azules a bastones verticales, con puño blanco, con el logo de Le Coq Sportif bastante más chico y con el escudo de AFA sin ningún adorno, cocido a mano y de apuro. Para los números a estampar en la espalda tampoco hubo coincidencia y se terminó mostrando una tipografía diferente y en tono de gris metalizado.

La segunda versión, sin el rigor (?) histórico necesario y algo más bizarra, dice que el propio Bilardo tras eliminar a Uruguay tomó una de las pesadas y transpiradas camisetas, la puso en una balanza y tomó en el acto la decisión que sus jugadores no podían jugar así en la altura y el calor que prometían el DF. Decisión que obligó a salir de raje a conseguir las camisetas que Diego inmortalizó para toda la vida.







