
Mutilados en su masculinidad contra sus deseos sólo para complacer a las masas, los Castrati fueron unos populares cantantes que vivieron en Europa entre los años 1600 y 1800 D.C. ¿Cuál era la particularidad de estos artistas? Que de niños les habían cortado los testículos, sí, las bolitas, para preservar una envidiable voz aguda tanto de Soprano, como de Mezzosoprano o de Contralto (una por cada Castrati, eh). Y así se conseguía una infantil y angelical entonación en maduros hombres capados.
Claro que la ablación no era gratuita. Algunos Castrati -los que no optaron por morder la almohada- terminaron suicidándose en la plenitud de sus días mientras otros finalizaron sus vidas en oscuros manicomios medievales. Gritando, gesticulando y dando vueltas en círculos junto a otros enfermos mentales. Y todo por no poder preservar sus órganos reproductores como indica Dios La Bíblia la naturaleza…
Antes de Darío y del Pichi existió Farinelli, el más famoso Castrati que perdió la cordura…
Millones de años después (?) -mirando el televisor, cerveza en mano- casi todos los argentinos se preguntan con preocupación que es lo que lleva a Darío Franco a los límites de la cordura en su rol de director técnico de cualquier institución y a ser rotulado con el siempre ambiguo mote de: «Loco».
Algunos atribuyen esta conducta al ser uno de los descendientes directos de la, por alguna razón, desequilibrada “Escuela Bielsa”. Otros, pueden pensar que su actitud se debe al haber sido el único jugador argentino en la historia que acudió a un Mundial en el rol de “invitado por lástima”. Hay quienes sienten, con justa razón, que su endeblez emocional se debe a dirigir planteles de mierda… en fin, teorías hay muchas.

Lo más acertado para entender esta compleja personalidad, claro, fue algo que ocurrió el 12 de abril de 1992, cuando su equipo de entonces, Zaragoza, venció por 1 a 0 al Athletic de Bilbao en La Romareda. A los 75 minutos de juego, el bueno de Darío se tiró al piso para disputar una pelota y el volante vasco Eskurza le dio una caricia de doce tapones a su zona genital. Pese a todo, Franco jugó hasta la finalización del encuentro aunque, eso sí, con un leve ardor ahí abajo…
Enorme fue la sorpresa de los maños cuando, una vez en el vestuario, el médico del plantel le pidió al volante que se desvistiese para revisarlo. Y ahí, tras la eventual caída de un intenso charco de sangre y otros flujos corporales, quedó a la vista una dantesca escena digna de la época de los Castrati: un testículo asomado por un agujero del escroto y el otro directamente colgando varios centímetros con dirección al suelo.

El técnico del equipo -Víctor Fernández- vomitó y en el acto también se desmayaron sus compañeros Aguado y Gay, de quien no se esperaba otra cosa (?). A Franco se lo llevaron directamente a una clínica donde le pusieron, sin anestesia, diez puntos de sutura en las bolainas (?). Y algunos todavía se horrorizan por la patada que recibió del boliviano Marco Sandy…
Pese a todo, Franco declaró que no vio mala intención en su agresor y manifestó que el próximo partido lo iba a jugar “aunque sea con un calzoncillo de plomo”. Para el final, dijo que la más preocupada era su señora esposa –temerosa por no poder asegurar su descendencia- y contó que recibió un llamado de Marcelo Bielsa quien le dijo: “Lo felicito, Darío. Acaba de inventar una nueva lesión en el fútbol. El corte en la bolsa del escroto”. Corte en la bolsa del escroto… como para volverse totalmente de la nuca y cantar Carmina Burana de manera afinada, mínimo.