«El pibe ese que juega de 3», «el 9 matungo», «el petiso que la mueve». Estas y otras denominaciones sirvieron durante décadas para referirnos a los jugadores que no conocíamos. Para los rivales, sobre todo, pero también para los nuevos valores que aparecían de un día para el otro defendiendo la camiseta de nuestro club. Y no es que ahora esas expresiones se hayan extinguido, para nada, pero la aparición de los apellidos en las espaldas de los futbolistas fueron aclarando un poco el panorama, aunque sea para la TV. ¿Cuándo fue que las camisetas empezaron a tener nombre?
Fue Boca Juniors el primer equipo argentino en tener apellidos en su indumentaria. Y todo gracias a la innovación de Oscar Tubío, que en 1978 diseñó una casaca especial para que el Xeneize disputara la Copa Intercontinental ante el Borussia Monchengladbach. El modelo, que también contaba con números en las mangas y las famosas cuatro estrellas con la sigla CABJ, fue utilizado en el 2 a 2 que abrió la serie en La Bombonera, pero también en los tres enfrentamientos ante el América de México, por la Interamericana. Después de perder ese trofeo ante las Águilas, los dirigentes de Boca archivaron para siempre la camiseta y no fue usada en el partido de vuelta frente a los alemanes.
En otras ligas había antecedentes. Como en la estadounidense, donde los apellidos se venían usando desde la década del 60, adoptando el estilo de la NFL. Es más, muchas de esas casacas tenían el número gigante en la parte de adelante. Cosas bien yanquis que de alguna manera marcarían el destino, porque fue justamente en USA ’94 donde aparecieron por primera vez los apellidos en los mundiales, cuarenta años después del debut de los números fijos.
Antes de eso, las selecciones olímpicas lo habían experimentado en Barcelona ’92. Y mucho antes de eso, habíamos visto al Diego lucir el MARADONA en su espalda en un amistoso de la UNICEF, en 1986. Lo que no tenía nombre es lo que corrió ese día (?).
Luego llegaría el turno de las grandes competiciones de clubes. La Champions League incorporó los apellidos en 1995 (recordemos a Kluivert mostrando su dorsal en la final). Al año siguiente, se acoplaría la Copa Intercontinental y ahí pudimos ver por primera vez a River con nombres. ¿Pero quién fue el pionero en nuestro fútbol?
Fue Newell’s el que abrió el juego en un torneo local de Primera División, más precisamente en el Clausura 1995. Durante algunos partidos de ese torneo, el equipo rosarino identificó las camisetas de sus jugadores con letras bien grandes, como para que no quedaran dudas de que la 10 la usaba Ernest Mtawalli.
Lo que sí dejó dudas es lo que sucedió con las camisetas leprosas de 1997. Mientras Fernando Crosa llevaba su apellido real, a su hermano Diego le encajaron un «Crossa» que tuvo que usar de todos modos. Y eso que para entonces se había implementado la numeración fija en el fútbol argentino, simplificando la tarea de los utileros que no tenían que estampar camisetas todos los fines de semana.
Aquel buen equipo de Independiente al que Menotti dejó en banda en 1997, también nombró a sus futbolistas en el dorso de la recordada camiseta de los diablitos. Años más tarde, el apellido Burruchaga volvería a aparecer en la pilcha del Rojo, aunque en el frente y no con el mejor de los modelos (?).
Por Parque Patricios también aprovecharon la ocasión. El Globo de 1998 no tenía ni publicidad en su camiseta, pero sí le agregaba detalles para hacerla única: Huracán es de Primera en el frente y los apellidos en la espalda.
Hacia comienzos del nuevo siglo, esta modalidad se hizo cada vez más frecuente y fue Independiente, en el Apertura 2002, el primer equipo en consagrarse campeón local con los dorsales personalizados. En esa época, Montenegro había pasado a ser Rolfi.
Hoy en día, los apellidos no son obligatorios en el fútbol argentino, pero la mayoría de los clubes los luce debajo del número, dejándole el mejor lugar del dorso al anunciante de turno. Necesidad mata buen gusto.




















