Allá por comienzos de 2011 la actualidad de River Plate daba para todo. Mientras el equipo de Juan José López se preparaba para afrontar el duro semestre con la famosa estrategia del puntito inteligente, el Presidente Passarella gestionaba la llegada de Fabián Bordagaray, el único refuerzo. ¿El único refuerzo? Sí, porque en el camino quedó Peter Lovell, un delantero yanqui que pudo haber evitado el descenso del Millonario. Aquí su historia.
Nacido en California (Estados Unidos), el bueno de Peter se formó futbolísticamente en Argentina, o al menos eso es lo que dice su currículum: hizo infantiles en Independiente, pasó por la Séptima de Estudiantes, anduvo por Lanús, jugó en la Cuarta de Vélez; y finalmente se entrenó en Boca Juniors, en el 2000, aunque no lo incorporaron.
Con el pulgar hacia abajo grabado en la frente, no le quedó otra que volver a su patria para jugar un tiempo en el Des Moine Menace, un equipo de la USL Premier Development League, la cuarta categoría del país del norte.
La carrera de Lovell luego continuó en el Ujpest Football Club de Hungría (2004) y el ASD Valle del Giovenco del ascenso italiano (2005 a 2008). Parecía que no iba a remontar, pero faltaba lo mejor.
Tras un regreso al under norteamericano, con la camiseta del San Francisco Seals (2008 a 2009), Peter se miró al espejo y se vio viejo. Pelado, con casi 30 años y sin grandes planes. «El jugador ideal para River», debe haber pensado su representante, que enseguida editó un video con las mejores jugadas y se lo acercó al entrenador de los ojos vidriosos.
Así fue como, en febrero de 2011, Peter Lovell llegó con al estadio Monumental con intenciones de que lo evaluaran, aunque con tanta mala suerte que el entrenamiento ya había comenzado. Se dijo, en su momento, que sólo había sido una movida marketinera, ya que ese día River presentaba a su nuevo sponsor y entonces lo importante, para su representante, era mostrar a su jugador y anunciar la prueba que le iban a tomar al día siguiente.
En efecto, el atacante yanqui, de 1.88 metros, regresó y se probó en un partido amistoso ante la Primera. Apenas unos minutos fueron suficientes para comprobar que su ficha en MyBestPlay era un tanto exagerada: «Velocidad: 8; Fuerza: 9; Potencia: 9; Técnica: 10; Pierna hábil: ambidiestro. Características: Comparado en el pasado con Enzo Francescoli o un más ofensivo Zidane. Muy profesional y dedicado, con carácter excepcional».
En definitiva, River terminó quedándose sólo con Bordagaray. Y le fue muy bien (?).
En sobradas ocasiones, la intención por homenajear a algún futbolista fallece apenas comenzada. Sólo está su nombre en algún diario o revista y San Google no ofrece datos relevantes, tampoco se consigue demasiado en las redes sociales ni en los foros o páginas partidarias. Nada. Sólo está la constante concatenación de algunos escuálidos datos que, por escasos y repetitivos, quedan almacenados, in eternum, en algún megabyte del subconsciente.
Ese nombre como así también la, llamémosle, necesidad por escribir sobre esa vida quedan archivados hasta algún nuevo aviso, que probablemente jamás llegue. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, podría señalar algún cretino e intentar olvidarlo pero, por más extraño que parezca y de tanto pensar en aquel nombre, sucedió que el aludido se apareció sólito mientras quien esto escribe leía sobre bandas de rock del Conurbano; que de golpe se llegó hasta su matricula profesional y también a su presencia en uno de los hechos que mayor conmoción causó en el ser nacional durante el transcurso del corriente siglo. De repente, una historia de vida vio la luz cuando de momento no era buscada. Creer, reventar o reventar de tanto creer. Ese fue el caso de Amílcar Ervet Moreno Cáceres…
Entonces, valiéndonos de la tecnología, nos comunicamos con él y encontramos a un tipo más que predispuesto a contar su particular historia y también, por sobretodo, a ayudar a dar por finalizada esa necesidad ajena por acabar con la aparente incógnita sobre su paradero:
“Nací en Itauguá, Paraguay, el 6 de marzo de 1984. Mis viejos se vinieron a la Argentina cuando yo tenía un año y medio. Mi mamá estaba embarazada de mi hermana y un tiempo después nació mi hermano. Primero estuvimos en Lugano, en la casa de mis abuelos, y en 1988 nos vinimos a González Catán, donde vivo desde entonces. Si bien canto el Himno Argentino y siempre viví acá, la sangre tira y me siento paraguayo”.
“Arranqué a atajar en un equipo de baby. A los 12 me fui a Almirante Brown y ahí estuve 3 años. Con edad de octava, mi vieja, que es fanática de Vélez, llamó por teléfono y me consiguió una prueba en El Fortín. Tuve suerte por que habían dejado libres a todos los arqueros de la categoría, así que lugar había. Era rápido, potente con las piernas y con intuición para los penales, además de medio payaso. Claro que no era el más seguro en los centros, era el más petiso de todos mis compañeros y cuando llegué no le podía pegar a la pelota, era muy malo… mi espejo siempre fue Chilavert aunque mi estilo era más una onda Germán Burgos”. Y de eso, con el tiempo, habría bastante…
“De mi División, los que llegaron fueron Hernán Pellerano, Carlos Soto y Pablo Batalla. Aunque los conozco y jugué con todos. En esa época pensaba en llegar y en ayudar a mi familia. La cosa estaba muy jodida tras la crisis de 2001 y encima mis viejos se habían separado. En Vélez encontré mucha gente que me ayudó y que me dio consejos -como Pascutini y Gayoso- cuando me mandaba cagadas. A veces me quedaba escuchando música en el Carrefour de enfrente y no iba a entrenar. Encima me veían todos. Y otra vez me había lesionado jugando en el barrio y dije que me había jodido bajando del colectivo. El médico me dijo: “Te vamos a hacer la resonancia y vas a quedar como un boludo, confesa ahora” y yo confesé. De ahí en más, los médicos me miraron de reojo”.
“Así fui pasando las lista de libres de fin de año. En Quinta fui titular, anduve bien y salimos subcampeones en una categoría donde jugábamos contra Tévez, Mascherano, Montillo, Fede Higuaín, Ortigoza, Lucas Barrios, Leonel Núñez, Barcos y tantos otros. Por eso pasé a Cuarta, donde éramos 8 arqueros y nunca jugué. Después se lesionó Blázquez, me llevaron a atajar sorpresivamente en Reserva contra Talleres en Córdoba, anduve bien y a la semana siguiente concentré con la Primera División”.
“Fui al banco en tres victorias consecutivas: Rafaela (2-0) , Chicago (3-0) y Estudiantes (3-1), y después en un empate en Rosario contra Newell’s (2-2). Si bien parecía que siempre iba a entrar por que Peratta se tiraba para enfriar, en este último partido debía hacerlo por que Seba se había sacado el hombro izquierdo, pero se habían terminado los cambios. Cuando terminó el partido pensé: “menos mal que no entré”, no sabés lo que era esa cancha. Se movía. Pensá que apenas hacía un mes que había cumplido los 20 años. Como Seba estaba medio jodido las siguientes fechas fue al banco Blázquez, que tenía 5 años más que yo. Sin embargo, en la fecha 16, contra Olimpo (2-1) concentramos los tres e Ischia decidió que vaya al banco yo que, por supuesto, no dije nada y me cambié callado. Fui suplente también en las tres últimas jornadas del campeonato contra Colón(2 -1), San Lorenzo (2-0) y Gimnasia (0-1) ”.
“Durante ese tiempo le pedí un viático al Vicepresidente y me lo dio de toque. Por suerte, como ganamos la mayoría de los partidos cobré varios premios. A la vuelta del banco donde cambié el primer cheque pasé por una casa de música y le compre un bajo a mi hermano. Era uno trucho, pero era tan lindo. Llegué a casa y le dije: “Tomá, aprendé a tocarlo”. También ayudé en casa y el resto lo gasté en boludeces. Yo ya tenía el premio mayor: José Luis Chilavert, que estaba en la lista de la Copa. Enseguida supo que yo era coterráneo de él, aunque a mi me daba vergüenza hablarle a una leyenda. Chila es un genio y un muy buen tipo. Además, me hacía zafar de las palizas de los profes por que me elegía para patearme tiros libres. Eso fue lo mejor que me pasó”.
“Después de eso llegó Fanesi y si bien hice la pretemporada con la Primera, un par de meses después me bajó a Cuarta. No me dio lugar pero lo entiendo. Cada cual tiene sus preferencias y la competencia era mucha. Sólo era cuestión de seguir remándola, pero…”.
Casi todos los aspectos de su vida iban a cambiar, radicalmente, luego de una de las mayores tragedias que sufrió nuestro país en los últimos años: el incendio en el boliche República Cromañón que marcó un antes y un después en el Rock Nacional y que dejó un saldo de 194 muertos y 1432 heridos comprobados.
“Aquel 30 de diciembre de 2004 llegué a las 18 horas de unas mini vacaciones en Mar del Plata, dejé los bolsos en lo de mi tía que vive en Capital y a las 20 ya estaba en Cromañon con mi hermano. En la entrada me encontré a Fernando Escobar que era compañero mío en Vélez y también estaba Abel Orona de Atlas. Habíamos empezado a seguir a Callejeros ese año. Si bien era un mar de gente nunca me imaginé que podría pasar algo”.
“Me dí cuenta enseguida cuando comenzó el incendio y no me olvido más la rapidez con la que se hizo inmenso. Estábamos en el medio y le dije a mi hermano que salga, que yo iba a buscar nuestra bandera que estaba del mismo lado del fuego pero a la altura de las gradas. A mitad de camino me arrepentí por las chispas y fogonazos que me caían en los brazos y me hacían arder hasta los huesos”.
“Me refugié debajo de las escaleras pero era un infierno. Los gritos, la gente en el piso, la puerta que era un embudo. Enseguida se puso todo oscuro, pero no sé si fue por que se cortó la luz o por la cantidad de humo. Ahí pensé que me moría. No sé bien como, de tanto hacer fuerza terminé afuera. Al rato lo encontré a mi hermano que estaba conmocionado por que se había caído y lo habían pisoteado todo. De la desesperación, ahí se me cayeron las lágrimas”.
“Nos quedamos afuera de Cromañón hasta la una de la mañana ayudando a los heridos. Fue todo surrealista, parecía mentira, una pesadilla. En ese momento no tomé real consciencia de lo que pasaba. Tuve enfrente a la fila con gente muerta en el piso pero pensaba que estaban desmayados. No registrábamos que estaban muertos. Un shock como esos te deja muy confundido. Después fuimos a lo de mi tía y ella nos insistió para ir a hacernos ver las quemaduras al hospital. Recién cuando vi la tele caí en cuenta que había muertos y que la lista se incrementaba con el correr de los minutos”.
“Estuve un día internado en el Fernández por monóxido en sangre, pero no pude entrenar por dos meses hasta que me bajó la carboxihemoglobina. Estuve con el psicólogo designado pero después de un tiempo dejé por que eran seis horas de viaje. Cuando volví a Vélez me dejaron libre. Por ahí, como Escobar no paró de entrenar pensaron que me estaba haciendo el boludo. Te dije que los médicos me miraban de reojo por zonzeras. Pero esto era serio. No sé por que no me tuvieron paciencia y la verdad que ya no me importa”.
“El día que quedé libre, el profe me dijo que me quede entrenando ahí hasta que consiga algo. Al rato viene el ayudante de Russo y le pide a Larraquy un arquero y Pedro me mandó a mí. Cubero, Zárate, Jonás y todos me saludaban contentos por que pensaron que volvía al plantel. Yo me quedé callado. Ese día la rompí y nunca más aparecí por Vélez”.
“Después de todo aquello, mi felicidad fue alejarme del mundo del fútbol. No quería saber nada con el ambiente. Fui a Chicago pero no me dieron bola. Tuve la chance de ir a Atlético Tucumán por un allegado a un dirigente de Vélez, pero antes de viajar arregló otro arquero. Estuve entrenando un tiempo en Olimpia de Paraguay pero no los noté interesados y me sentía sólo. Y yo odio sentirme así. Después mi vieja se mandó sola a San Lorenzo para hablar con Ruggeri y El Cabezón le dijo: “Señora, tráigalo, Fanesi también se puede equivocar”. Pero yo no quise ir. Necesitaba irme. Además tenía mil quilombos por Cromañon”.
“Después de eso hice el Profesorado de Educación Física y hoy doy clases en secundarios del Estado, en una escuela privada y en el PAMI. También, en algunos colegios, estoy a cargo de la materia Construcción de la Ciudadanía. Además, después de un par de idas y vueltas, estoy laburando en las inferiores de Centro Español con las categorías Cuarta, Quinta y Sexta”.
“Formé unas cuantas bandas de rock. Yo, desde chico, cantaba folclore con mi papá en peñas, pero cuando me fui del fútbol y después de Cromagnon necesitaba esto como un desahogo. La primera banda fue La Pérdida Suburbabana, que duró un par de años. Después fui guitarrista en Agualoca, pero un día el cantante se levantó cruzado y nos echó a todos a la mierda. Ahí formé Serbia Rock con la que tocamos en Capital y La Matanza y vamos a grabar en noviembre de 2013. En esta soy cantante y la peleámos como toda banda del under. Ahí les mando los demos de tres canciones”.
“Hoy te puedo decir que soy feliz por que terminé mi carrera y puedo laburar de eso. Además el rock y mis alumnos me llenan el alma y estoy en pareja con la mujer que amé toda la vida. No me arrepiento de haberme ido del fútbol por que, sinceramente, no sé que debería haber hecho para haber permanecido. Por otro lado, tengo varios juicios por Cromañon que algún día saldrán. Yo no le hice juicio a Callejeros pero, con el tiempo, comprendí que algunas responsabilidades les cabían. Me da mucha lástima como está terminando sus días Chabán. Yo no le deseo la muerte a nadie y mucho menos esa enfermedad. Yo perdí mucho esa noche y muchas imágenes me atormentaron durante mucho tiempo. Sin embargo, eso no me da derecho a convertirme en lo que critico. Aunque intento respetar las emociones del resto de los familiares y sobrevivientes”.
“Hoy por hoy, lo único que me inquieta es algo que sucedió aquella noche en Cromañon. En el medio de la confusión encontré a una chica tirada en el piso. Los amigos estaban desesperados, gritaban “¡Cecilia, Cecilia!” pero nadie la ayudaba. La agarré y le empecé a hacer RCP. Así estuve un buen rato, hasta que abrió los ojos y vi que eran celestes. Enseguida apareció una ambulancia, se la llevó y de vuelta los gritos “¡Cecilia, Cecilia!”. La busqué, durante años, en la lista de victimas, de sobrevivientes, en el Alvear cuando iba al psicólogo, en las marchas, en el santuario, en la época de Fotolog, en Facebook, pero nunca la pude encontrar. Su imagen se me apareció durante muchos años. Necesito saber si está bien. Eso es lo único que me interesa”.
No cualquiera puede darse el gusto de ser calificado como la mayor desilusión de Jorge Bernardo Griffa, uno de los descubridores de talentos más importantes de nuestro país. Semejante honor (o deshonra, según desde el lado que se lo mire) recae sobre las espaldas del mediocampista Cristian Darío Roldán, diamante en bruto de la categoría ’71 de Newell’s Old Boys de Rosario.
El propio Griffa lo graficó hace ya unos cuantos años, consultado por el diario Olé. “Un día, Carlos Picerni me pidió que fuese a ver a un chico de una división menor de Newell’s porque le parecía que tenía cosas de Maradona. Fui y a los diez minutos le dije «es Maradona». Estoy hablando de Cristian Roldán, un pibe que llegó a jugar en Primera pero que se diluyó”.
Le tocó debutar nada menos que de la mano de Marcelo Bielsa ante Unión de Santa Fe por el Apertura 1991. Pero en aquel campeonato el leproso hizo agua por todos lados: terminó 18° con apenas 3 triunfos, 9 empates y 7 derrotas. En lo personal, Roldán consiguió actuar con continuidad (12 partidos), aunque estuvo lejos de parecerse a un Maradona. Ni siquiera estuvo a la altura de Lalo o el Turco, con lo que eso significa.
En 1992, ya en el ocaso de su incipiente carrera, disputó apenas dos encuentros por el torneo local y sumó otros dos por la Copa Libertadores. Uno fue aquel recordado clásico en el que un Newell’s plagado de juveniles derrotó a Rosario Central por 1 a 0 con gol del Pájaro Domizzi, en lo que los hinchas de La Lepra aún recuerdan como «el día de la paternidad”.
Esa tarde, el Rojinegro formó con Luis Romero; Miguel Fullana, Miguel Ángel D’Agostino, Sergio Stachiotti, Diego Cerro; Fabián Garfagnoli, Juan Manuel Llop –el más experimentado-, Cristian Roldán, Juan José Rossi –el otro que tenía más presencias-; Cristian Domizzi y Rubén Bihurriet. En la segunda etapa ingresaron Marcelo Escudero y Pablo Lenci.
¿Qué fue de Roldán? Se sabe poco y nada. Algunos años más tarde compartió plantel en Central Córdoba con el goleador del amor, Ariel Cozzoni, y luego tuvo algunas apariciones esporádicas, como en 2010, cuando lo nombraron Coordinador General de Susanense. Hay quienes dicen que fue una gloria de María Susana, su pueblo natal, pero una localidad de poco menos de 3500 habitantes no puede ser tomada en serio (?)
¿Que tenía cosas de Maradona? Sí, puede ser. Un poster colgado en su habitación y un VHS, con la cinta ya gastada, en el que Diego dejaba en el camino a tanto inglés y marcaba el gol más lindo de la historia.
No, no es el nombre de un sitio de apuestas (?). Claus Gold Betig es un futbolista de ascendencia alemana, nacido en la localidad misionera de Puerto Rico, que en poco de tiempo y de manera escandalosa se ganó un lugar en el olimpo baldosero. Veamos su particular historia.
En su puesto, el de marcador central, comenzó a llamar la atención desde muy pibe y eso le permitió ser convocado a la selección juvenil. Futuro tenía. Es más, con apenas 17 años se dio el lujo de debutar en el primer equipo de su club, Unión de Santa Fe, en un encuentro ante la Comisión de Actividades Infantiles, allá por abril de 2008.
En ese mismo torneo volvió a jugar algunos minutos con Claudio Gugnali como DT, pero la llegada de Teté Quiroz le cambió un poco los planes. De movida, pasó a estar relegado por el entrenador, pero después el plantel se fue llenando de bajas y entonces Gold Betig tuvo la chance de ser titular. Flojos rendimientos, una expulsión y un nuevo cambio de técnico, estancaron el crecimiento del pibe. Pero aún faltaba lo peor.
En 2009 un fuerte rumor empezó a circular por las calles santafesinas: lo habían visto a Claus Gold Betig en un supermercado, luciendo un pantaloncito de Colón con el número 5 de Prediger. La gran Yacob, sí, pero mucho antes y ante la vista de todos. Al menos eso fue la versión que creyeron y difundieron los dirigentes del Tatengue.
A partir de ese día la vida del jugador en la institución se tornó una pesadilla. Los directivos, sobre todo, comenzaron a señalarlo como un traidor. Y la prensa, la misma que había generado el rumor, se sumó a la locura de hostigar a un pibe de apenas 19 años cuyo único delito, en teoría, había sido el de vestir una indumentaria con el escudo de otro club. El rival de siempre, sí, pero tan solo otro club.
Ahí nomás, el Director Deportivo, Nery Pumpido, quiso contar hasta 10 para no calentarse, pero por razones obvias llegó hasta 9 y explotó, separándolo del grupo: “Si tomamos la decisión de que Gold Betig vaya a la Liga fue porque tuvimos pruebas concretas de lo que hizo. Acá se habla mucho del sentido de pertenencia ¿no? Bueno, esto es sentido de pertenencia. El jugador de Unión, ante todo, tiene que querer y respetar el club, respetar su camiseta y querer sus instalaciones”.
Como si fuera poco, el Presidente de Unión, Miguel Ponce, dejó su cargo en medio del escándalo, pero antes de irse se tomó el trabajo de dejar libre al jugador, a pedido de la familia y del representante Gustavo Goñi.
«La realidad es que Claus no quiere saber más nada con la gente de Unión. Al club lo quiere y le debe todo lo que es, hasta ahora, como jugador, pero no quiere saber más nada con la gente que lo maltrató en este tiempo. Los pocos pesitos que Claus ganaba en Unión lo gastaba en remises, porque no podía andar por la calle pues le gritaban barbaridades», declaró la madre. Y agregó: «lo llamó Zapata, como capitán en ese momento, y le preguntó si era cierto que se había puesto un pantaloncito de Colón. El estaba durmiendo en el departamento de De la Fuente, le contestó que jamás tuvo un pantalón de Colón y les cuento una anécdota: yo tengo un bolso con colores rojo y negro y un día me dijo que ni se me ocurriera llevarlo a Santa Fe».
En ese segundo semestre de 2009 Claus cayó a Victoria con un pantalón de Platense para jugar en Tigre. Y si bien estuvo entrenando, no terminó arreglando y volvió a Romang, su pago adoptivo.
Al año siguiente el bueno de Santa Claus (?) se probó en el Everton de Chile, pero no convenció y pasó a Argentinos Juniors, donde apenas actuó en Reserva, pero pudo cumplir el sueño de su vida: integrar un plantel campeón y estar en el Gran DT, al módico precio de 200.000 pesos.
A sabiendas de que ya había hecho todos los palotes para ser un baldosero de ley, se relajó un poco. En los últimos años dio algunas pequeñas pruebas de vida en Guillermo Brown de Puerto Madryn y actualmente defiende los colores de Juventud de Pergamino, equipo del Torneo Argentino B.
A esta altura ya no es un pibe. Es hora de que se ponga los pantalones largos.
Poseedor de un apellido ligado azarosamente a Banfield, Fabián Salvatierra decoró, por así decirlo, las formaciones de un Taladro que transitaba en caída libre hacía el descenso. Lateral izquierdo de nacimiento pero también derecho por necesidad, su paso por Primera División se materializó con un puñado de encuentros cuando apenas había superado los 18 años de vida.
Su bautismo de fuego ocurrió el 13 de julio de 1997 por la decimoquinta jornada del Clausura mientras, en otros escenarios, Diego Maradona volvía al fútbol por vez milésima y al Beto Márcico lo operaban de los ligamentos por millonésima ocasión (?), Salvatierra ingresaba a los 57 minutos por Marcelo Berza y era testigo privilegiado del Hat Trick de Mariano Campodónico para la victoria de Banfield por 3 a 2 sobre Gimnasia de Jujuy. Cuando finalizó el partido, tanto él como sus compañeros oyeron la frase que no querían escuchar: “igual descendimos, muchachos”.
La historia -esa que está escrita en Gráficos destartalados, Ol*s amarillentos y memorias cada vez más frágiles- indica que luego, en una pieza maestra de la organización, el campeonato local se suspendió durante 25 días tanto por las Eliminatorias a Francia ´98 como así también por la por la huelga de los jugadores de Español. Y eso llevó aparejado el desmembramiento de las luminarias de aquel Banfield y la piromaniaca necesidad de Patricio Hernández por recurrir a sus jóvenes talentos.
Fue así como Salvatierra brilló (?) con 2 minutos en el empate 1-1 con Estudiantes; fue titular en la sorpresiva victoria 3 a 1 sobre Colón que acabó con las ilusiones de aquel Sabalero revelación de Cristian Castillo y Marcelo Saralegui y se despidió de la máxima categoría con 15 minutos en la dolorosa derrota 0-1 con Lanús en el clásico. Números finales en Primera División: 4 olvidables partidos para un exponente de las primeras generaciones beneficiadas por la Ley Carrasco.
Con el descenso impuesto, se mantuvo un par de años más en el plantel del Taladro pero jamás volvió a ver acción. Necesitado de sumar minutos, encontró consuelo en la Primera B Metropolitana, donde rellenó los planteles de Deportivo Morón (2000/01), Brown de Adrogué (2001/02) y Atlanta (2002/03). En la búsqueda insistente de la nunca encontrada titularidad bajó hasta Primera C y se puso las camisetas de Justo José de Urquiza (2003/04), Sacachispas (2004/07) y Barracas Central (2007/08), pero ya era demasiado. A instancias de las pocas oportunidades, las lesiones y un físico cada vez más parecido al de un patovica de alguna bailanta, con 29 años, la carrera futbolística de Fabián Salvatierra tocó su final.
Lo interesante del asunto es que, cuando se hacía imposible hallar data sobre su paradero o al menos una mísera foto, el universo lo escupió hacía nosotros en forma del segunda guitarra del cuerpo técnico más festejado de los últimos tiempos. Y allí anda Fabián Salvatierra. Como ayudante de campo en Brown de Adrogué. Custodiando al querible y genial Pablo Vicó a quien, recordando sus viejas épocas de jugador y como vemos en la foto, siempre se le planta sobre el lateral izquierdo…
Hay algunos defensores que nacen con el ceño fruncido y entonces simplemente se tienen que dedicar a repartir patadas y pegarle de punta hacia arriba. Fisic du rol, que le dicen. Otros, en cambio, tienen que fingir la cara de malo para tratar de sobrevivir en el espeso ambiente del fútbol, que hasta hace algunos años no aceptaba de ninguna manera caritas aniñadas jugando de marcador central. Ahora los tiempos han cambiado bastante, pero algunos intentan mantener la tradición.
Allá por mediados de la década del 80 el gesto adusto estaba instalado en casi todos los planteles del país. Racing, recién retornado a Primera División, no era la excepción, aunque tenía un par de valores que conspiraban contra la idea de atemorizar al rival. Bah, el único que desentonaba era Gustavo Costas, que no causaba miedo, sino gracia (?).
Walter Berón fue uno de los tantos juveniles que utilizaron la cara de malo para sostenerse en la máxima categoría, al menos por un puñado de partidos. Debutó en 1986 e integró la defensa de La Academia en 6 oportunidades, hasta 1988, cuando se jodió la rodilla y tuvo que parar un largo rato.
¿Qué hizo después? Poco se sabe. Anduvo por Defensa y Justicia (1990/91), junto a Carlos Taracido, Ricardo Bersuit Kergaravat, el Sapo Cuartas y el LuteOste, entre otros. A esa altura, el Nacional B era una división más acorde a su pinta de recio, pero la experiencia le duró poco: apenas 24 partidos.
Luego participó del Torneo del Interior representando a Sportivo Barracas de Colón (1991), junto a figuras como Trebino, Pimpinela Tessone y el Flaco Hugo Lamadrid, ex compañero suyo en Racing, ambos categoría 66.
Los que lo conocen dicen que, pese a la cara de malo que tuvo que impostar para jugar en Primera, Berón fue, es y será un pan de Dios. No por nada hoy tiene una panadería en Laferrere.
Peor le iba a Independiente, aunque en ese momento todo se tapaba con las aceptables actuaciones a nivel local (tercero en el campeonato 1986/87 y ganador de la Liguilla) e internacional (eliminación en la segunda ronda de la Copa Libertadores). ¿Qué mal podía afectar al Rojo ese año? Ni más ni menos que los nacimientos de Ismaél Sosa, Adrián Calello, Mariano Viola, Enzo Bruno y Hernán Magic Fredes. Al igual que Leandro Mussín, todos categoría ’87. Y, cada uno a su manera, dejaron su impronta en el club de Avellaneda.
Para ser sinceros, la huella que dejó en Independiente fue casi imperceptible. Es que sólo jugó un poco más de media hora en Primera División. Fue el 11 de Mayo de 2007, cuando ingresó con el número 41 por Carlos Lothar Matheu, a los 10 minutos del segundo tiempo. Esa noche Pepé Santoro mandó a la cancha a Ustari; Matheu, Baez, M. Ramirez, Eluchans; Fredes, Pusineri, Callelo; Díaz; Sosa y Pepe Moreno. También ingresaron Orellana y Sergio Escudero. Milagrosamente, ese equipo no perdió: fue 1-1 frente a Newell’s y debut y despedida para Mussín.
Sin ser tenido en cuenta por el propio Santoro y sus sucesores (Pedro Troglio y el Bichi Borghi) se marchó a Estudiantes (BA) (2008/09), donde pasó con más pena que gloria. Acassuso (2009/11) fue su siguiente destino. En el club del norte del conurbano bonaerense jugó poco (en dos temporadas disputó 22 partidos, fue expulsado 3 veces y no convirtió goles) y fue suplente de Mussón, su tocayo no reconocido (?).
Las noticias más recientes sobre Mussín vinieron de la patagonia: hasta hace un par de años disputaba el Torneo Argentino B en Racing de Trelew, junto al ex arquero de Tigre Lucas Abud y Francisco López Rojas, entre otros. Ese fue el último destino conocido de esta joyita de la “Generacion ’87”, un año nefasto para todos. Y ni hablar para Independiente.
El concepto de “ir de mayor a menor” aplicado a la carrera de un futbolísta queda perfectamente ejemplificado en este mediocampista nacido el 23 de julio de 1982. Arrancó pisando fuerte con la camiseta de Arsenal, debutando en Primera División en el Apertura 2003. Sumando torneos locales e internacionales (Copa Sudamericana 2004) disputó 40 partidos en el equipo que dirigía Jorge Burruchaga, convirtiendo 5 goles. Esas alegrías quedaron registradas en un video que mezcla fútbol con ciencia ficción (la tribuna de Arsenal llena, Esmerado pasando al ataque, etc.)
A mediados de 2005 fue cedido a San Martín de San Juan, que disputaba el Nacional B. Jugó poco y la cosa terminó mal: a fin de año dejó la institución por un conflicto con los dirigentes. Previo a esto, el club había decidido rescindirles el contrato a seis jugadores entre los que estaba Quinteros, pero este se quedó luego de que arreglara una rebaja de sueldo. En diciembre, la situación se hizo insostenible y tuvo que armar las valijas: «No me voy como quiero porque acá hubieron muchos problemas y yo tenía contrato por un año. Pero los dirigentes quisieron otra cosa y tengo la suerte de que puedo volver a Arsenal, por eso hay que seguir para adelante».
Aunque no todo salió como lo había planeado: el Chaucha Bianco, entrenador de los de Sarandí, le anunció que no lo iba a tener en cuenta. Ahí nomás, Quinteros dio su golpe maestro (?) y se fue al clásico de toda la vida: El Porvenir. La historia no tiene final feliz. En lugar de encontrar revancha, solo halló el descenso a la Primera B Metropolitana, junto a compañeros como Fernando Dubra, Ramiro Leone, Paco Prado y el Yagui Forestello.
Para descontracturarse un poco, los últimos seis meses de 2006 los pasó en Chile, jugando para Deportes Puerto Montt. A comienzos de 2007, el Turco Mohamed pensó en él y lo incorporó a Huracán, que buscaba el ascenso. Y lo logró, aunque nuestro homenajeado tuvo un papel secundario (disputó sólo 10 partidos, siendo habitual suplente de Sanchez Prette y Gerardo Solana).
En 2008, reapareció disputando el Torneo Argentino A para Gimnasia de Concepcion del Uruguay. Una mediocre temporada en la ciudad natal del Gaucho Rivero, Alfredo Bravo y el Gato Sylvestre lo depositó en Deportivo Armenio (2008/09). Se puso la camiseta del club de la colectividad en 20 oportunidades (exactamente la mitad de los encuentros de toda la temporada) y convirtió un gol. El equipo de Noray Nakis terminó anteúltimo.
Su último registro de actividad lo dio en Argentinos de 25 de Mayo (2010/11). Torneo Argentino B, ascensos por invitación, canchas difíciles y clubes con nombres insólitos. ¿Se podía caer más bajo? Sí: fue último puesto y descenso, con 8 puntos en 24 partidos y la mágica diferencia de gol de -53. Después de esto, ya no encontró como superarse y desapareció del ámbito futbolístico. Lo bien que hizo.