Fuera de stock: las vendas por encima de las medias

Durante gran parte de los 80 y los 90, cuando el fútbol todavía era mucho más estético en el juego que en la indumentaria, los tobillos de algunos jugadores fueron protagonistas de una tendencia que hoy nos parece lejana y hasta nos genera algo de nostalgia: las vendas por encima de las medias. Es buen momento de recordarlo.

Si hay algo que diferencia a los futbolistas profesionales de los amateurs, además de que no tienen que pagar para jugar (salvo que los dirija el Richard), eso es el cuidado físico, que muchas veces implica la prevención en partes del cuerpo que son más sensibles o que simplemente están más expuestas a las lesiones. Los tobillos, en ese sentido, forman parte del podio entre las zonas delicadas.

La mayoría de los jugadores se vendan, por no decir todos. Sin embargo, no todos lo hacen de la misma manera. Existen diferentes técnicas y también puede variar la cantidad de vueltas, la presión que se ejerce sobre el pie (intentando no cortar la circulación sanguínea), si es interna, si es externa, y un montón de variables más, sin tener que llegar necesariamente al colmo de Pablo Michelini, que siempre prefería vendarse la cabeza antes que los pies (?).

Vendarse por encima de las medias (o usar tobilleras, en su defecto), fue una de las prácticas que más prendió entre los futbolistas de hace 20 o 25 años. Por comodidad, necesidad o simplemente por moda, algunos jugadores de nuestro país probaron el extraño método. Algunos, lo hicieron un par de veces hasta que se dieron cuenta de que no los favorecía en nada. Otros, por el contrario, lo adoptaron como un ritual más y utilizaron ese tipo de vendaje por el resto de su carrera. Y quedaron en la historia, claro.

Juan José El Yaya Rossi, aquel que brillara en Newell’s y Banfield, fue uno de los más representativos adeptos de esta costumbre. No era el único que usaba las vendas por encima de las medias en La Lepra, pero sí uno de los que se nos viene a la memoria recurrentemente.

Otro al que es muy difícil recordar sin los tobillos blancos (y la rodilla sana) es al Negro José Luis Villarreal. El ex de volante de Belgrano, River y Boca, mantuvo el estilo, incluso en el final de su carrera, cuando las nuevas generaciones miraban con cara rara y algo de desprecio a esa tendencia que venía del siglo anterior.

El Chino Carlos Daniel Tapia, actor de reparto en el Mundial 86, fue protagonista de las medias vendadas en la década del 90. Después tuvo que ver como su hija aparecía en #ElProgramaDeFantino, pero ese es un tema que otro día desarrollaremos (?).

El actual técnico de la selección argentina, Gerardo Martino, fue otro prócer de este hábito en los 80 y 90. Imaginarse al Tata sin las vendas visibles es muy difícil. Recién en el tramo final de su trayectoria, en el Barcelona de Ecuador, se lo pudo ver con las medias impolutas.

Sin ser un especialista en la materia, Diego Armando Maradona jugó varios partidos con el vendaje externo, tanto en Boca como en el Nápoli. Y también en Newell’s, como muchos de sus compañeros en esa época. Incluso uno puede recordar jugadas históricas en las que el Diego le dio a la pelota vendado de esa manera: la rabona frente a Islas, por ejemplo. Y cómo no mencionar su penúltimo encuentro en la Selección, ante Grecia, donde las vendas blancas acompañaban a los botines totalmente negros.

Hay algo fundamental que no mencionamos: para que las vendas blancas se hayan destacado, siempre fue necesario la utilización de medias de otro color. El contraste de equipos con medias oscuras, favoreció a algunos jugadores de esa época. Y si uno ve, por ejemplo, los partidos del Mundial 94, se dará cuenta de que Maradona también usó vendas por encima de las medias ante Nigeria.

Para destacarse, en ese caso, había que hacer la gran Sensini y clavar unas tobilleras azules. Porque incluso teniendo al Diego al lado, algunos intentaban ser diferentes.

Con los años, la costumbre fue desapareciendo de las canchas nacionales, aunque algunos pocos intentan revivirla cada tanto. En tiempos donde se privilegia lo estético por sobre cualquier otro aspecto, parece difícil que aquella tendencia vuelva para instalarse. Igual, no perdemos la esperanza y confiamos en la justicia, que tiene los ojos vendados.

Fuera de stock: La Copa Libertad, fútbol de tres (1993)

Hace algunos años, en esta misma sección, recordamos los torneos de 45 minutos que intentaron revitalizar el fútbol de principios de los años 90. La aparición de imágenes casi inéditas de aquellos extraños triangulares de pretemporada, nos obliga a reabrir el tema para seguir recolectando pruebas hasta que se haga justicia (?). Con ustedes, la Copa Libertad de 1993.

El torneo, organizado por la empresa Telemarket y transmitido por Canal 9 Libertad, bajo el slogan de «Fútbol de tres», tuvo dos episodios en aquel verano. En la cancha de Huracán, el local recibió Newell’s y a Nacional de Montevideo. Los uruguayos, después de igualar en cantidad de puntos con los rosarinos, se terminaron quedando con la copa gracias a ¿los penales? No, gracias a los córners sin arquero. El único que convirtió fue Wilson Núñez.

El otro capítulo de aquel experimento lo protagonizaron Racing, San Lorenzo y Peñarol de Montevideo, el 24 de enero por la noche, en el estadio José Amalfitani. Un ménage à trois futbolístico desde el vamos, sobre todo visualmente, ya que los tres equipos salieron a la cancha de forma simultánea. Sí, señor, 33 jugadores. Aunque siempre quedaban 22 adentro y los restantes 11 (más los suplentes) esperaban afuera.

La Academia, en primer turno, venció a Peñarol por 3 a 0, con un gol de Ademir y dos de Claudio El Piojo López, que sería destacado como la relevelación del certamen. Un rato más tarde, El Ciclón derrotaría a los charrúas por 2 a 1, clasificando para la final, que contaría con algunas particularidades.

El reglamento decía que si Racing y San Lorenzo igualaban en el encuentro de 45 minutos, el desempate debía hacerse mediante ejecuciones de arco a arco (?). De persistir la paridad, la cosa de trasladaba a los tiros desde la esquina. Y si después de todo ese quilombo los hijos de puta seguían sin sacarse ventajas (?), la definición se hacía con remates desde la mitad de la cancha, con la salvedad de que la pelota no podia picar antes de entrar. Todo esto sin arquero, claro.

Finalmente, todos esos pasos quedaron sin efecto, porque el partido lo ganaría Racing por 1 a 0, con gol de Ruben Paz. Y sí, como en muchos torneos amistosos, el cuadro de Avellaneda gritó Dale campeooooo, Dale campeooooo.

Más de 20 años han pasado desde aquella vieja Copa Libertad y el fútbol ha cambiado mucho. Aunque pensándolo bien, siguen transmitiendo el Bambino Pons y Fernando Niembro. Dejen, no dijimos nada.

Fuera de Stock: El 1 de Navarro Montoya

Si uno recuerda a Carlos Fernando Navarro Montoya como futbolista, no puede dejar de pensar en una tragedia su particular estilo, en su pelada con pelo largo, en los jeans Vanquish, en su incansable lucha para ser convocado a la selección argentina y, por supuesto, en su clásico buzo del camión. Sin embargo, hubo otro detalle, quizás menos llamativo, que acompañó al arquero durante toda su trayectoria: el número 1. Pero no cualquier uno. Conozcamos la historia.

Nacido en Colombia, pero formado futbolísticamente en Argentina, el Mono debutó en Vélez Sársfield en 1984 y desde sus comienzos se mostró como un jugador distinto. No sólo ocupar el arco y por aceptar a temprana edad el llamado de la selección cafetera, sino también por otras cuestiones que tenían que ver con la imagen, aspecto poco explotado por aquel entonces.

La indumentaria de Navarro Montoya siempre estuvo signada por un número 1 bastante extraño, gordo, de forma irregular y bien grande. Presente en la espalda, en el pecho y en el short. Único y personal. Cuando uno veía ese 1, sabía que pertenecía al Mono. Algo parecido a lo que sucedía con Fillol, con esa especie de I latina uno en números romanos. Ni más ni menos que una marca registrada.

En Independiente Santa Fe, en Vélez, en Boca. Podía cambiar de club o de buzo, pero el 1 siempre se mantenía. Incluso algunos intentaron cambiárselo, pero él se negó siempre. El empresario y diseñador Oscar Tubío, autor de algunas camisetas célebres del fútbol argentino, recuerda el motivo: «Él vino a hablar conmigo una vez. A mí el camioncito no me gustaba y el 1 no me dejaba tocarlo, porque lo había hecho la mamá. A mí me recordaba al pingüino de vino que le servían a mi papá en el bar».

En 1996, la imagen personal del arquero comenzó a chocar con la institucional del Xeneize. Mientras el club continuaba su relación con Olan, el Mono se mostraba con un buzo de la firma danesa Hummel. Unas semanas más tarde, Olan pasó a ser Topper y entonces el colombiano comenzó a usar un buzo verde, sin marca aparente, pero con el 1 de siempre.

Ya para octubre de ese año, Nike comenzó su relación con Boca, poniéndose firme con la indumentaria del guardavallas. Navarro Montoya, sabiendo de las exigencias comerciales que se venían, mandó a bordarle el logo de Nike a su buzo verde. Los de Nike se le cagaron de risa y fueron contundentes: nada de diseños caseros, ni números raros. Todo debía seguir el patrón de la marca de la pipa, sin contemplaciones.

El Mono finalmente tuvo que rendirse y aceptar el buzo blanco con el impersonal número 1 de fábrica, en el debut de la empresa yanqui, con empate 0 a 0 ante Racing, por la Supercopa.

También le tocaría usar el buzo negro, que mantenía el template de la camiseta: la franja amarilla y las polémicas líneas blancas criticadas por Maradona.

Cansado por estas cuestiones, pero sobre todo por su relación con el técnico Bilardo, el arquero se marchó a España, para vestir los colores del Extremadura. Y si bien el Mono se dio el lujo de volver a usar el buzo del camión, se le complicó a la hora de mostrar el 1, porque de entrada le dieron el 25.

Recuperó el 1 en el Mérida, pero después le dieron el 24 en el Tenerife. Lo que no cambió fue la costumbre de irse al descenso, ya que bajó con todos.

Tras pasar por el fútbol chileno, regresó a la Argentina para jugar en Chacarita, Independiente, Gimnasia, Nueva Chicago y Olimpo, donde siguió alimentando su fama de jugador descendente. Incluso en el medio tuvo tiempo para actuar en el Atlético Paranaense de Brasil, para finalmente retirarse en Tacuarembó FC de Uruguay. Siempre con el 1 parecido a un pinguino de vino.

Hoy, con el Mono abocado a su tarea de Director adjunto (?) de las divisiones inferiores de Boca, se lo extraña en las canchas argentinas. Sobre todo ahora, que no hay descensos.

Fuera de stock: Pepsi Fútbol

Allá por 1997, los niños y no tan niños de nuestro país se vieron tentados e invadidos por Pepsi Fútbol, una apuesta masiva y marketinera de la empresa de gaseosas experta en segundos puestos, que contrató a las más grandes figuras del ámbito local para explotar la imagen comercial. Recordemos aquella movida.

Bajo el nombre de «Promo Locura«, la división Fútbol de Pepsi intentó, promediando los años 90, adueñarse de un mercado que prometía, pero que aún no había sido debidamente aprovechado. Los pibes de aquel entonces estaban acostumbrados a juntar figuritas, pero no existía una enfermedad por las licencias oficiales, como existe actualmente con los productos de Panini. Es más, en nuestro país ni siquiera había echado raíces el concepto de las trading card, ni más ni menos que tarjetas coleccionables, parecidas a las figuritas, pero con más información de los protagonistas en el dorso.

Para su desembarco en el fútbol argentino, Pepsi armó un equipo con las figuras más importantes de cada equipo, exceptuando a algunas estrellas demasiado caras, como Maradona y Caniggia, que además preferían la coca.

¿Quiénes integraban el plantel de Pepsi Fútbol? Jugadores de la talla de Francéscoli, Chilavert, Ruggeri, Gorosito, Palermo, Capria, Bonano y Mancuso, entre otros. Además, se reforzaba con algunos players de la Selección que actuaban en el exterior, como Almeyda, Ortega y Simeone.

El álbum (que venía con el diario Olé) se completaba con otros futbolistas, sin tanto renombre, que rellenaban las canchas de Argentina. Así es como nos podíamos encontrar con un Pacha Cardozo, un Colorado Mac Allister o un Morrón Rotchen.

Las figuritas (o tarjetas) se conseguían en los kioscos a cambio de tapitas, que en la parte superior tenían la imagen de algún jugador. Debajo de las tapas, además, podían tocar fabulosos premios, aunque generalmente tocaba un póster. Como mucho, una remera. Lo de fabuloso quedaba para otra oportunidad.

Otro pilar fundamental de la Promo Locura fueron los vasos de plástico con fotos de los jugadores. Es más de una casa, hoy por hoy, debe haber un ejemplar de 1997. Pasaron 17 años y Riquelme sigue trotando jugando.

La campaña inicialmente fue exitosa y en 1998 tuvo una segunda edición, con algunos cambios. La camiseta del equipo de Pepsi no alteró sus colores (azul y celeste), pero sí el formato: dejó la banda de lado y pasó a tener bastones. Los pósters ya no sólo mostraban a los jugadores pateando una pelota, sino que se le agregaban guerreros, animales y efectos especiales, dándole tintes épicos a la escena.

Además, se sumaron más figuras del extranjero. Como si fuera poco, se modernizó el contenido de los sobres, con la inclusión de tazos y tarjetas 3D. Sí, hologramas que representaban alguna jugada importante, como el gol de Palermo a River del Apertura ’97.

Después de un paréntesis (a mediados del 98 el que pisó fuerte fue Coca Cola), a comienzos de la década del 2000 Pepsi volvió a la carga (no solamente en Argentina), con más promociones y más articulos de merchandising. No tuvo el mismo éxito.

Sin el Pacha Cardozo como figura, ya nada fue igual.

Fuera de Stock: La Muerte Súbita

En su poco creíble afán por convertir el fútbol en un deporte más justo, a mediados de los 90 la FIFA introdujo, por intermedio de la International Football Association Board, una variante reglamentaria que reducía las probabilidades de los penales en aquellos partidos que terminaban empatados. La Muerte Súbita, luego denominada Gol de Oro, duró una década. Aquí el recuerdo: 

El fútbol había tenido su pico de aburrimiento en el Mundial de Italia. Partidos chatos, sin situaciones, nadie arriesgaba. Para colmo, no sólo había que bancarse los 90 minutos habituales, sino que también había que soportar el tedioso alargue y los penales. Demasiado, para que el héroe del partido terminara siendo un arquero. Había que hacer algo, ¿pero qué? 

Una pequeña modificación en el reglamento fue lo que intentó salvarnos: si alguien marcaba un tanto en la prórroga, se terminaba el partido. Sonaba bien, era algo nuevo. Muerte Súbita, dijo la FIFA, y todos compramos. Y así empezó la cosa.  

Fue en 1993 que la regla craneada en las altas esferas del fútbol internacional comenzó a tener vigencia, más específicamente en el Mundial Sub 20 de Australia, aquel del que Argentina no participó por estar sancionada tras su bochornoso papel en Portugal 1991. 

Por esa razón, por estas tierras recién le dimos importancia en el primer duelo entre clubes que contó oficialmente con esa nueva modalidad: la semifinal de la Copa de Oro Nicolás Leoz entre Boca y San Pablo de Brasil.

El Xeneize, que había ganado 1 a 0 en la Bombonera, no pudo aguantar el resultado y cayó 1 a 0 en el Pacaembú. En consecuencia, la cosa se resolvió en el tiempo reglamentario, ya que en el primer minuto del alargue el Manteca Martínez definió en el borde del área chica y le dio a Boca el pasaje a la final para tan prestigioso torneo internacional (?). 

Otros héroes nacionales de la Muerte Súbita fueron el Cuqui Silvani, definiendo el superclásico de la Copa Centenario; y Renato Riggio, dándole el ascenso a Instituto de Córdoba.
 
El de Oliver Bierhoff a la República Checa fue el primer Gol de Oro que cobró notoriedad. Y no era para menos, ya que se produjo en la final de la Eurocopa de Inglaterra ’96. El zurdazo, la floja respuesta del arquero Petr Kouba y el gesto alocado del alemán, quedarán por siempre en el recuerdo de aquella reglamentación. 

 

La Muerte Súbita en la Copa del Mundo 
El novedoso método de desempate no fue implementado en USA ’94, pero sí en los dos mundiales siguientes. Y podemos decir que Francia fue el gran benefiado, ya que un Gol de Oro le permitió seguir avanzando, en 1998, hasta conseguir el título en su propia casa. En uno de los partidos más chivos que tuvo, en Octavos de Final, necesitó del golpe letal de Laurent Blanc a los 113 minutos para vencer a Chilavert y a la férrea defensa paraguaya. 

Después de aquella épica definición, los franceses le tomaron el gustito y también ganaron la Euro 2000 por esa vía. Primero, eliminaron a los portugueses en semis con un penal de Zinedine Zidane a los 117 minutos. Luego, vencieron en la final a Italia gracias al Gol de Oro de David Trezeguet. Como si fuera poco, en 2003 Thierry Henry le dio la Copa de las Confederaciones a Les Bleus gracias a La Muerte Súbita, que por aquel entonces hacía rato que no se llamaba más de esa manera, aunque en ese caso hubiese estado bien, porque fue el último de la historia. 

 
En el Mundial de Corea – Japón 2002 también hubo goles de oro. Henri Camara le dio el triunfo a la simpática y sorprendente selección de Senegal en los Octavos de Final, ante Suecia. Y en esa misma instancia, el coreano Ahn Jung-Hwan mandó a casa a los italianos con un tanto que le costó el trabajo, ya que el presidente del Perugia, club donde militaba el delantero, lo felicitó de una manera un poco extraña (?): «No voy a pagar el salario a un hombre que ha sido la ruina del fútbol italiano«

La muerte súbita del Gol de Oro 

En 2004 la International Football Association Board decidió eliminar la regla de La Muerte Súbita, ya que Camerún no la había entendido bien no había mejorado el juego en absoluto. Por el contrario, los equipos tenían miedo a perder en el alargue y preferían ir directamente a los penales. Hubo otro intento fallido, denominado Gol de Plata (en caso de un tanto en la prórroga, se seguía jugando hasta el final del período), pero la cosa no prosperó y murió en la Euro de Portugal. 

Fue así como el fútbol volvió a ser el de siempre y Francia volvió a ser Francia (?).

Fuera de stock: los cabezones de Francia ’98

Con motivo de la XVI Copa Mundial de Fútbol, en 1998 la empresa Coca Cola lanzó una promoción en Argentina que tenía como protagonistas a los jugadores de la Selección. No a ellos en sí, sino a unas figuras de cabeza prominente que los caricaturizaban. Hoy recordamos a los Cabezones de Francia ’98.

Para entender el fenómeno de los Cabezones nos tenemos que remontar hacia mediados de la década del 90, cuando surgieron en Inglaterra los Headliners, unas figuras que personificaban a los mejores hombres de la Premier League. El éxito se acentuó mucho más a finales de esa década, cuando la empresa ProStars lanzó los muñequitos de 7 centímetros llamados Corinthian, que hasta el día de hoy dominan el mercado mundial. En la Argentina, esa rama del coleccionismo nunca gozó de demasiada popularidad, a excepción de lo que sucedió en el Mundial de 1998 con la propuesta de Coca Cola.

  

La promoción de la gaseosa era bastante sencilla: había que conseguir una tapita con la leyenda «1 Gol» y agregarle 75 centavos para que en los comercios habilitados nos dieran un muñequito de Argentina. Eso sí, nada nos aseguraba tener un jugador mundialista, porque de los 16 cabezones albicelestes fabricados, un par no habían ingresado a la lista oficial confeccionada por Daniel Passarella, DT de la Selección. 

 
En la foto podemos ver todos los muñecos que formaron parte de la colección. Arriba: Astrada, Verón, Gallardo, Berti, Ortega, Claudio López, Crespo y Delgado. Abajo: Simeone, Burgos, Cavallero, Ayala, Chamot, Sensini, Berizzo y Hernán Díaz.

Todo muy lindo, salvo por el detalle de que la Hormiga Díaz y el colorado (?) Berizzo no llegaron a integrar el plantel nacional en Francia. 

Algunos jugadores como la Brujita Verón, el Burrito Ortega, el Ratón Ayala  y el Mono Burgos estaban bastante bien logrados, aunque tal vez por caraterísticas físicas bien reconocibles y no tanto por talento del escultor (?). El resto, por lo general, sólo eran identificados al leer el apellido en la base de la figura. El Negro Astrada todavía le debe estar jurando a sus hijos que ese cara de nada es él . Y también que fue al Mundial (?).

Además, se perdieron de tener su propio cabezón otros futbolistas que sí acudieron a la cita mundialista, como Roa, Vivas, Pineda, Pablo Paz, Almeyda, Balbo y Zanetti. Tal vez por no tener carisma, vaya uno a saber.

Lo que no se explica es la omisión de Gabriel Batistuta. O sí, a lo mejor los derechos de imagen fueron los culpables de que Bati no apareciera en la colección.

Después de la eliminación a manos de Holanda, nuestro país volvió a la normalidad y en las calles se dejó de hablar de fútbol internacional, aunque en las repisas, estantes, bibliotecas, heladeras y televisores de miles de hogares argentinos permanecieron durante años los cabezones de Francia ’98, fieles testigos de otro sueño que terminó en Cuartos de Final.

Fuera de stock: las camisetas sin publicidad en Japón

Durante más de dos décadas los argentinos nos acostumbramos a ver por televisión a algunos clubes de nuestro país disputando trofeos internacionales en Japón. La primera situación extraña que experimentábamos, por supuesto, era la de ver a San Lorenzo madrugar para poder ver un partido. La diferencia horaria, claro, nos obligaba a adelantar el desayuno y a llegar tarde al colegio o al trabajo.

La otra rareza que siempre nos dejaron los encuentros en Asia, fue la ausencia de publicidad en las camisetas de los dos equipos. Y no es que no hubiera interesados en mostrar su marca en semejante acontecimiento. El tema radicaba en el patrocinador oficial, que al poner toda la teca necesaria, se daba el lujo de no permitir otros anunciantes en la indumentaria de los equipos.

El primer cuadro argentino en llegar a Tokio fue Independiente, en 1984, aunque en ese caso no hubo necesidad de hacer modificaciones en la camiseta, que hasta ese momento seguía virgen de chivos. Recién al año siguiente comenzarían a usar Mita.

En 1985 el que disputó la Intercontinental, luego de haber ganado la Libertadores, fue Argentinos Juniors. El Bicho, que por esos días usaba el auspicio de 7Up, debió utilizar una camiseta genérica de adidas, que ni siquiera tenía escudo. Para consuelo del team de La Paternal, algunos jugadores de Juventus terminaron levantando la copa con esas casacas.

Un año después sería el turno de River Plate. El conjunto que dirigía el Bambino Veira ganó su primer título mundial ante el Steaua Bucarest, ateniéndose a las reglas de la competición. De esa manera, la empresa de neumáticos Fate se tuvo que quedar con las ganas de salir a la cancha.

Después de 8 años, Vélez fue el que tomó la posta de los argentinos en Tokio. Con los goles de Asad y Trotta, El Fortín derribó el imperio del Milan en 1994 y se mostró ante el mundo con su casaca limpia, sin la firma Samsung en el pecho.

Para la Intercontinental de 1996, adidas sacó a la venta la nueva casaca de River. Claro que la versión que se conseguía en las tiendas, no era la misma que el Millonario terminaría estrenando ante la Juventus. La diferencia estaba en la ausencia de la marca Quilmes.

En la Recopa

La Recopa Sudamericana también adoptó la modalidad de las camisetas limpias. No en su primera versión, pero ya sí en la segunda, la que disputaron Boca y Atlético Nacional de Colombia, en Miami, allá por 1990. En ese entonces, El Xeneize lucía el sponsoreo de Fiat, pero no lo pudo exhibir ese día.

En 1995, Independiente y Vélez tuvieron que viajar hasta Japón para tratar de conseguir un trofeo perteneciente al continente sudamericano. Una cosa insólita, pero no menos real. Allí el Rojo (ganador de la Supercopa) venció 1 a 0 al Fortín (ganador de la Intercontinental), en otro duelo de equipos sin anunciantes: ni Ades, ni Mazola.

Un año más tarde Independiente volvió a salir a la cancha con la camiseta sin auspicio, en la derrota 4 a 1 ante Gremio, en Kobe. Y en 1997 fue Vélez el que obtuvo el título en Japón, venciendo por penales a River. Y el logo de Quilmes no apareció.

Hacia finales de siglo, la costumbre quedó en desuso. Real Madrid y Vasco Da Gama, en la Intercontinental de 1998, fueron los últimos clubes en jugar una final despojados de la publicidad, sepultando una era que aún extrañamos, aunque nos haya hecho levantar temprano.

Fuera de Stock: Argentinos Juniors local en Miami (1995)

orangemiami

Que la década del ’90 ha dejado más sinsabores que alegrías no es ninguna novedad. Aquel simpatizante de Argentinos Juniors que sobrevivió a todo lo acontecido entre 1993 y 1996 puede darse por satisfecho. Y ponemos especial énfasis en estos tres años porque ocurrió de todo. Desde salvarse del descenso ante River, en la última fecha del Clausura ’93 (situación en la que Argentinos no estaba desde 1982), hasta terminar perdiendo la categoría a mediados de 1996, habiendo pasado por ser locales en la provincia de Mendoza durante un año. En el medio está el oasis del Apertura 94, donde se estuvo cerca de la hazaña.

El inicio de la temporada 95/96, como ya era costumbre en aquellos tiempos, para Argentinos se dividía en el torneo local y la competencia internacional que correspondía a la Supercopa Joao Havelange, torneo creado en 1988 y que disputaban todos los campeones de la Copa Libertadores de América. En las primeras tres ediciones Argentinos tuvo tareas destacadas, siendo la mejor la de 1989 donde llegó hasta semifinales. A partir de 1991 ya no se le dio la importancia que merecía y la consecuencia fue permanentes eliminaciones en primera fase hasta 1996, inclusive. Esta copa se dejó de jugar tras la edición de 1997.

Vaya si no era prioridad para Argentinos, que la edición de 1995 decidió cambiar de escenario para hacer las veces de local. En esos momentos el club no contaba con terreno propio de juego, pero nada hacía suponer que se iba a recibir a Atlético Nacional de Medellín en Estados Unidos. El partido se disputó en el Estadio Orange Bowl de Miami y las cosas comenzaron bien ya que a poco de iniciado el partido Argentinos se puso en ventaja con este gol de Víctor Hugo Ferreyra.

Si bien las imágenes no son las mejores, se puede apreciar claramente las líneas de fútbol americano, un terreno mucho más angosto que el del fútbol que solemos ver en canchas argentinas. En el complemento Atlético Nacional de Medellín se hizo dueño de las acciones y dio vuelta el marcador gracias a los tantos anotados por Aristizábal, Mosquera y Álvarez.

Aquella tarde de sábado, el Argentinos dirigido por el Pato José Omar Pastoriza alineó a Damián Maltagliatti; Fernando Batista, Sebastián Pena, Rolando Schiavi y José Manuel Fernández; Juan José Cardinal, Leonel Gancedo (reemplazado a la media hora del segundo tiempo por Sergio López), Leonardo Asencio y Leonardo Mas; Víctor Hugo Ferreyra (promediando el complemento ingresó Cristian Zermattén) y Eduardo Bennett (faltando 10 minutos lo reemplazó Rubén Bernuncio).

Tras la derrota, Pastoriza se mantuvo un partido más en el cargo de DT para luego renunciar e irse a dirigir a la Selección de Venezuela. Se hizo cargo del plantel -en su tercer ciclo en el club- Roberto Marcos Saporiti, pero no pudo dar vuelta la historia, ni en el torneo local, donde a Argentinos las cosas le fueron bastante mal para terminar en la antesala del descenso, ni en el torneo internacional que disputaba, ya que la revancha en tierras colombianas finalizó 2 a 1 a favor de Atlético Nacional.

Publicado originalmente en ¿Te Acordás, Bicho?