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Amor a la guita: Tchité, 4 nacionalidades y ninguna flor
Hoy abrimos la inefable Wikipedia de Niembro para contar la historia de vida de Mohammed Tchité, un delantero universal que tiene un gran problema: no sabe decir que no. Repasemos su historia.
Memé, como lo llaman sus amigos, nació el 31 de enero de 1984 en la ciudad de Buymbura. ¿Dónde queda eso? En Burundi, país africano donde Tchité dio sus primeros pasos como futbolista profesional, en el club Prince Louis.
A base de buenos rendimientos y goles, el atacante fue convocado para la selección juvenil burundesa. Sin dudarlo, dijo que sí y defendió los colores verde, rojo y blanco de su bandera.
En el 2002, mientras el pueblo futbolero estaba pendiente de lo que sucedía en el Mundial de Corea y Japón, a Memé lo llamaron del Mukura Victory Sports de Ruanda. No era Europa ni mucho menos, pero era la posibilidad de volver al país limítrofe donde había vivido y jugado a la pelota durante su adolescencia. Tchité ni lo pensó y agarró viaje. Total, ¿qué podía pasar?
Lo que pasó fue un ofrecimiento por parte de la federación para que formase parte de la selección de Ruanda. Tchité lo evaluó unos segundos y dijo: «Y daaaale». Entonces, se nacionalizó ruandés. Siendo menor de 21 años, el reglamento de la FIFA lo amparaba.
Una temporada en el fútbol de ese país lo catapultó a la liga belga, donde cautivó a propios y extraños con goles y peinados raros. Además, hizo historia al convertirse en el primer futbolista en ponerse las camisetas de los 3 equipos grandes: Standard Lieja (2002 a 2006 y 2010 a 2012), Anderlecht (2006/07) y Brujas (desde 2012). Triplecamiseta, pero no sólo a nivel clubes.
En su paso por el fútbol español, donde actuó para el Racing de Santander (2007 a 2010), Mohammed Tchité pidió, casi a los gritos, una convocatoria a la selección…¡de Bélgica! Es que, con su flamante nacionalidad belga, se moría por defender los colores de su primer segundo tercer país.
Fue así como el técnico de el seleccionado rojo, René Vandereycken, lo convocó para una serie de partidos. La alegría de Tchité, sin embargo, duraría poco.
La FIFA, enterada de la situación, revisó detalladamente el historial del jugador y descubrió que había estado habilitado para jugar en dos selecciones. La de Burundi y la de Ruanda. Con la primera, sólo había actuado en la sub 20. Con la segunda, ni si quiera había jugado, pero sí se había nacionalizado para estar disponible. ¿Conclusión? Le prohibieron representar a Bélgica, bajándole la ilusión de un hondazo.
Desde entonces, Tchité se ha mantenido firme en la postura de no volver a jugar para ninguna selección, ni siquiera para la que está autorizado. Y ojo, porque también tiene la nacionalidad congoleña gracias a su madre. No vaya a ser cosa que un día de estos se tiente…
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Deformaciones: Japón en la Copa América de 1999
Sin llegar a ser un Mundial, la Copa América es un torneo que, con sus limitaciones, nos ha nutrido de varias rarezas a lo largo y a lo ancho de su historia. No al extremo de ver a Chile campeón, pero sí con participaciones ilógicas que, con justa razón, alcanzan el status de delirantes. Con ustedes, Japón en Paraguay ’99.
Tratando de hacer más interesante una competencia que hasta ese momento aún buscaba un formato definitivo, a comienzos de los 90’s la Confederación Sudamericana de Fútbol tomó la decisión de invitar a dos equipos para extender a 12 la lista de participantes.
Fue así como en Ecuador ’93, las selecciones de México y Estados Unidos integraron la competencia representando a la CONCACAF, que si bien es otra federación, al menos está en el continente americano. El concepto de Copa América, aunque distorsionado y más amplio, seguía siendo el mismo. Hasta ahí, todo bien.
Ya para la edición de Uruguay ’95, los organizadores pensaron en invitar a la selección española. ¿Qué tenía que ver un equipo europeo en un torneo sudamericano? Nada, pero intentaron justificar el convite, con el flojo argumento que España era «la Madre Patria» en Hispanoamérica. Una chupada de medias total, que por suerte no prosperó.
En Bolivia ’97, el combinado de Estados Unidos no acudió a la fiesta, pero en su reemplazo fue invitado el representativo de Costa Rica, quien tuvo una pésima labor, comiéndose sendas goleadas ante Brasil y Colombia, y rescatando apenas una igualdad frente a los mexicanos.
Para ese entonces, la decisión estaba tomada. Había que invitar a un equipo fuerte y convocante. Y entonces surgió la oportunidad de abrirle la puerta a Japón. Una selección ascendente desde lo futbolístico, poderosa desde lo económico y con la organización del Mundial 2002 en el horizonte. A los beneficios que la CONMEBOL podía recibir gracias a los sponsors, se le sumaba la gran cantidad de asiáticos dispuestos a cruzar el mundo para acompañar a su equipo. Era un negocio redondo por donde se lo mirara. Y entonces se puso en marcha.
En junio de 1999, el seleccionado japonés llegó a Paraguay para afrontar la Copa América, donde compartiría la zona A, junto los locales, los bolivianos y los peruanos. El famoso grupo de la muerte…del fútbol.
La primera decepción por parte de los nipones fue la ausencia de su figura, Hidetoshi Nakata, a quien el técnico Phillippe Troussier le había dado descanso para preservarlo. ¿Así pretendían promocionar el Mundial?
En el partido inaugural, ante Perú, Japón sorprendió a todo el continente, yéndose 1 a 0 al descanso, con un gol del brasileño nacionalizado Wagner Augusto Lopes. Sin embargo, los de la banda roja reaccionaron en los últimos 20 minutos del segundo tiempo y se terminaron llevando un ajustado triunfo por 3 a 2. Como para hacerse un harakiri.
En su segunda presentación, Japón demostró que sólo estaba de paseo en la competencia y perdió categóricamente por 4 a 0 ante Paraguay, con 2 goles de Miguel Angel Benítez y otros 2 de Roque Santa Cruz. Lapidario.
En la última fecha, con la esperanza de ganar 55 a 0 (?) y lograr de esa manera la clasificación como uno de los mejores terceros, el seleccionado asiático no llegó al milagro y apenas pudo empatar 1 a 1 frente a Bolivia. Un lamento, pero japonés.
Después de aquella triste experiencia, Los Samuráis Azules volvieron a ser invitados para la Copa América, esta vez para la edición de 2011, en Argentina. En el sorteo, a Japón le había tocado conformar el grupo A, junto al seleccionado local, Bolivia y Colombia. Sin embargo, la naturaleza fue más sabia que los directivos de la CONMEBOL y en marzo de 2011 azotó La Tierra del Sol Naciente con un terremoto y un tsunami.
Tragedia al margen, después de algunas idas y vueltas, los asiáticos decidieron bajarse de la competencia, dejándole el camino allanado a la selección argentina, que de la mano del Checho Batista alzó la copa protagonizó el papelón que había quedado vacante.
Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa.
Re Partidos: Bélgica – Corea del Sur en Italia ´90, un dolor de ojos
En el afán de buscar historias donde no las hay poco recordadas o inéditas, nos topamos con este partido que, por diferentes variables, fue un verdadero Pearl Harbor a las retinas.
La victoria Argentina en México ’86 fue la reivindicación de un fútbol especulativo, amarrete y tácticista, que valoraba la subordinación y el orden por sobre la inspiración y las libertades individuales pese a que, paradójicamente, aquella Selección de Bilardo contaba con el mejor y más desequilibrante jugador que vio cualquier edición de la Copa del Mundo: Giusti Maradona.
Como siempre, las vueltas olímpicas marcan tendencia. Entonces, durante el lustro siguiente, tanto equipos de liga como selecciones se dedicaron a plagiar ese modelo, adaptándolo, levemente, a la figura de algún jugador, ya sea por cualidad, negocio o clamor popular.
De esta manera, varios equipos cambiaron su idiosincrasia: Inglaterra dejó de jugar a los centros, la Holanda de Leo Beenhakker olvidó el romanticismo y Brasil experimentó en su mediocampo con Dunga, un señor sindicado, por aquellos días, de encarnar al certificado de defunción del Jogo Bonito. Ni que hablar de Francia, que apostó al Catenaccio y se quedó afuera de todo. En ese tablero global, equipos utilitarios como Irlanda, Checoslovaquia, Escocia, URSS, Yugoslavia y Rumania equipararon fuerzas y fueron protagonistas de diferentes competiciones con mayor o menor suerte.
Italia ’90 fue el punto cúlmine de esa manera de sentir el fútbol, con un Mundial aburrido, con pocos goles y espectáculos lamentables. Aunque la canción, los penales del Goyco, los goles del Cani y las lagrimas de Diego nos hagan sentir lo contrario. Italia ’90 fue aberrante. Y si los de arriba no daban el ejemplo… ¿Qué se le podía pedir a los de abajo? En ese mar de intrascendencia, se encontraban Bélgica y Corea del Sur.
Los equipos antes mencionados tenían la obligación de abrir el Grupo E, donde también se encontraban España y Uruguay. Los asiáticos contaban con lo de siempre: un grupo de futbolistas toscos y elementales, donde sólo destacaba la figura del Caballo Loco Kim – Joo Sung. Por su parte, los europeos presentaban a algunos de los héroes que habían logrado el cuarto puesto en el ’86, aunque ya desgastados como equipo y como grupo: Eric Gerets, Franky Van der Elst, Enzo Scifo, Michel De Wolf, Georges Grun y Jan Ceulemans, entre otros.
Sin embargo, quien se llevó toda la atención fue el legendario Michel Preud’ Homme. El arquero, quien sufría de glaucoma, había padecido una infección en sus ojos en la previa al Mundial, lo cual le impedía usar sus lentes de contacto habituales. Como solución, el portero le solicitó a la FIFA el permiso para utilizar unos anteojos plásticos ahumados para protegerse de los rayos ultravioletas.
Contrariamente a lo que se suponía, el organismo aprobó la petición del arquero, dejando, eso sí, la última palabra a criterio de los diferentes árbitros. Preud’ Homme, feliz como una diva, se paseó con sus nuevos juguetes tanto en entrenamientos como en ruedas de prensa. El genial portero del Malinas estaba seguro de, ante Corea del Sur, hacer historia grande en las Copas del Mundo. Aunque de una manera periférica, claro.
Lamentablemente para él, aquel 12 de junio lloviznó molestamente sobre Verona y fue el propio arquero quien desistió de la idea de usar los anteojos, ya que era peor el remedio que la enfermedad. El resto de los partidos de Bélgica en ese Mundial fueron en horario nocturno, excepto uno: ante España por primera ronda. Entonces, ¿Por qué no usó sus gafas Preud’ Homme? Simplemente, por que no lo dejó el Pichi Loustau quien, por ese hecho, fue señalado como el principal responsable de la derrota belga con perdida del primer lugar en el grupo incluida.
En 1994 el arquero volvió a solicitar aquella extravagancia a la FIFA pero, en esa ocasión, le dieron un no enorme como sus cataratas. Será en la próxima vida, Michel…
El que tenía problemas peores en los ojos, no pidió nada y jugó como un campeón fue el delantero surcoreano Lee Tae – Ho. Es evidente que los asiáticos son todos iguales y que apenas se le ven los ojos. Por eso, al ver su figurita nadie se percató que al jugador le faltaba el ojo izquierdo y que en su lugar tenía una canica, sin (?).
En efecto, Tae Ho había sufrido una patada en la cara en 1988 defendiendo al Daewoo Royals, su equipo de toda la vida. En principio, el atacante perdió la visión de dicho ojo y meses después fue necesario vaciarle el globo ocular, pese a lo cual su técnico, Lee Hoe – Taik, lo incluyó en la lista mundialista.
Y así, el tuerto Lee Tae Ho ingresó a los 63 minutos del partido ante Bélgica y hasta le remató dos tiros a Preud’ Homme. Claro, estaba en juego una caja de Colirio (?). De esta manera, el surcoreano hizo historia al ser el primer jugador con una mutilación facial en disputar una Copa del Mundo y el segundo con un faltante físico después del uruguayo Héctor El Divino Manco Castro. ¡Como para que Salvador Cabañas sueñe con Brasil 2014!
Tae Ho no volvió a ver acción en esa Copa y tras el Mundial se retiró. Luego se convirtió en director técnico y recibió varias distinciones como “ejemplo de vida”. Muy lindo, aunque todos se olvidan de la peor parte: los tuertos no pueden ver cine en 3D. Será en la próxima vida, Lee…
Ah, nos olvidábamos de algo. En el que fue elegido como el peor partido de Italia ’90, Bélgica le ganó a Corea del Sur por 2 a 0. Un asco. Aunque a varios ya le dolían los ojos de antemano…
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Placard: la camiseta de Chile que no quería la FIFA
Después de 16 largos años de ausencia, en los que incluso sufrió una severa sanción de la FIFA, en 1998 la selección chilena volvió a participar de una Copa del Mundo y lo hizo de forma aceptable, llegando hasta los octavos de final. Lo que no era aceptable era su camiseta, un modelo bastante viejo que tuvo que ser acondicionado para la gran cita. Aquí la historia.
Hacia comienzos de la década del 90, la firma Reebok, históricamente relacionada con el calzado y la indumentaria de aeróbic, puso un pie en el mundo del fútbol para tratar de competir en un mercado difícil que dominaba adidas y en el que también luchaban Umbro y Puma, entre otras. Fue así como la marca de origen inglés, con sede en los Estados Unidos, se convirtió en el sponsor técnico de algunos seleccionados de segundo o tercer nivel, como Rusia y Ecuador. Y a todos les tiró por cabeza un template no demasiado rebuscado, cuya única intención era mostrar bien grande el logo.
En aquel 1993 Reebok cumplió el cometido. Sus equipos eran fácilmente identificados, gracias a un diseño que, con el tiempo, se convertiría en un clásico. Pero no todo sería color de rosa.
Ya ese año, la FIFA puso el grito en el cielo porque el reglamento prohibía exhibir un isotipo de semejantes dimensiones en la camiseta de un seleccionado nacional. Rusia, por ejemplo, fue advertida de esto y ese mismo año tuvo que presentar un modelo provisorio, que le alcanzó para llegar hasta el mundial de USA ’94, donde presentó aquella casaca con la que Oleg Salenko le hizo 5 goles a Camerún.
Ecuador, por su parte, siguió usando aquel modelo porque, al no estar clasificado para la Copa del Mundo, su caso no era relevante para los intereses de João Havelange y compañía. Incluso en 1995 ganó la Korea Cup con esa camiseta.
Chile profundiza el modelo
Lo curioso es que, después de mucho tiempo en el que el polémico diseño ya había sido discontinuado, a mediados de 1996 Reebok volvió a la carga con su nueva incorporación: la selección chilena de fútbol. Primero le confeccionó una camiseta sobria, sin demasiados firuletes, para el Preolímpico de ese año. Pero después retornó a las fuentes con el template anti FIFA.
La casaca en cuestión terminó haciendo historia en las Eliminatorias para Francia ’98, aquellas en donde la dupla de Marcelo Salas e Iván Zamorano hizo la diferencia, clasificando al equipo de Nelson Acosta. Ya en 1997, cuando el Mundial estaba en el horizonte, la gran publicidad de Reebok se empezaba a transformar en un problema a futuro, por eso la marca se vio obligada a cambiar el mítico diseño. ¿Solución? Sacarle los dos bastones blancos del margen izquierdo y listo. Nada de andar complicándosela mucho.
Con ese diseño, levemente alterado para la Copa del Mundo (se modificó el escudo y se agrandaron exageradamente los números), Chí-Chí-Chí Lé-Lé-Lé (?) llegó hasta los octavos de final, donde finalmente fue vapuleado por Brasil, aunque a esa altura poco importaba.
Reebok había cumplido el objetivo: robar 15 años con el mismo modelo. Y sino miren a Gambia en 2002 o a Tití Henry en su visita a Chile en 2008. ¿Hasta cuándo, juez? ¿Hasta cuándo?
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Em Uma Lajota: Sergio Gioino
Sergio Alejandro Gioino Ponce (Koleston)
Cuando hablamos de la invasión argentina en Brasil, no nos referimos únicamente al verano en las playas de Florianópolis, en el estado de Santa Catarina, donde es frecuente escuchar esa tonada tan particular que, sin ninguna necesidad, le agrega un –inho a cada palabra.
Ahí es común oír diálogos del tipo “Pasame la pelotinha”, “Decile al mozinho que se me enfría la cervecinha”, “Me voy para el hotelinho” o “Pedí aguinha para el matecinho”, entre otras expresiones que no tienen razón de ser.
También, aunque en menor medida, nos referimos a la gran cantidad de compatriotas que en la última década, beneficiados por las buenas actuaciones de Juan Pablo Sorín (Cruzeiro) y Carlos Tevez (Corinthians), hicieron del futebol brasileiro un modo de ganarse la vida.
Argentino de nacimiento y chileno por adopción, el delantero Sergio Gioino hizo prácticamente toda su carrera (bastante exitosa, por cierto) del otro lado de la Cordillera, entre weones y temblores. Apenas abandonó el país de Beto Cuevas (el nefasto cantante de La Ley) en dos ocasiones, las dos para irse a Brasil.
Nacido en 1974, sus inicios con la número cinco fueron en el club San Jorge de Córdoba. Luego, a los 16 años, se unió a las inferiores de Newell’s Old Boys, donde estuvo tres meses y la pasó mal. «En la pensión donde estaba me robaron todo y tuve que regresar a la casa», contó alguna vez, ya afianzado en Chile. «A los 20 años regresé a Newell’s, pero una lesión en la rodilla, al ligamento cruzado, me impidió jugar por un año y dos meses, así que otra vez volví a San Jorge».
Con 22 años y roto, cruzó la Cordillera para cumplir su sueño de convertirse en futbolista profesional. Arrancó en Provincial Osorno (1997) y luego, lentamente, fue subiendo escalones. Siguió perforando redes en Coquimbo Unido (1998), Deportes Iquique (1999), Huachipato (2000 a 2002) hasta que llegó a un grande: Universidad Católica (2003).
Sin embargo, se hizo reconocido en la vereda de enfrente. Su buen desempeño en la Universidad de Chile (2004/05), principalmente en la Libertadores de 2005 -la rompió ante el São Paulo-, al lado de Gokú Rivarola, fue el trampolín para su llegada al Palmeiras brasileño (2005/06).
Enseguida las cosas se complicaron cuando Candinho, el DT del Verdão que lo había pedido, presentó su renuncia en medio de una racha negativa. Su reemplazante fue Paulo Bonamigo, con el que Koleston (lo apodaron así porque le gustaba teñirse reflejos en el pelo) tuvo algunos roces, por ejemplo cuando ante Paraná Clube pateó un penal sin la autorización del entrenador.
Aunque el encargado oficial era Marcinho, el chileno argentino agarró la pelota y… lo erró. Por suerte, el arquero se había adelantado y el penal se tuvo que repetir. Ahí sí, Marcinho no perdonó y convirtió el descuento del Palmeiras, que igualmente cayó 2 a 1. «En la charla técnica quedó definido que los lanzadores son: primero Marcinho, después Washington y luego Juninho. Gioino tomó una iniciativa que vamos a tener que aclararla», declaró Bonamigo, enojado con el delantero, que terminó en el freezer por algunas fechas.
El ciclo de Bonamigo se acabó rápido, en julio, con un récord de 5 victorias, 2 empates y 9 derrotas. Contundente. Su sucesor fue nada más y nada menos que el enemigo número uno de la Argentina: Emerson Leão.
Pese a los antecedentes, el Flaco jugó bastante bajo la dirección técnica de Leão. Marcó algunas veces (pocas, se esperaba más de él) y hasta lo tuvo en cuenta, aunque cada vez con menos frecuencia, en la Copa Libertadores de 2006, en la que el Verdão quedó eliminado –ya sin Koleston– en octavos de final tras caer ante São Paulo. En total, Gioino en el Porco disputó 37 partidos y solo convirtió 7 goles. Poquitinho.
Regresó a la U de Chile (2006), como había prometido, pero ya no era el mismo de antes, y más tarde tuvo un paso apagado por la Unión Española (2007).
Su segunda experiencia en la tierra de Pelé, ya en la recta final de su carrera, fue en el Gama de Brasilia (2008) y estuvo a tono con su desempeño reciente. El conjunto de la capital tuvo un arranque desastroso en la Serie B del Brasileirão y Koleston no fue la excepción. Apenas dos meses después de su llegada, le rescindieron el contrato.
En 2009 volvió a Coquimbo Unido (2009), en la segunda división, donde se retiró tras fracasar en el intento de conseguir el ascenso a Primera. Por estos días es representante de jugadores.
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Mal Pase: Tréllez a Italia 90 y USA 94
El mundo baldosero conoce de sobra las andanzas en nuestro país de John Jairo Tréllez, aquel colombiano que llegó a Boca en 1994 por pedido expreso de César Luis Menotti, quien lo prefirió por encima de un pibito que la rompía en el Cruzeiro, un tal Ronaldo.
Lo que muchos quizás no saben es que el bueno de Turbina, a pesar de la pobre imagen que dejó en la Argentina, estuvo muy cerca de jugar un Mundial. O mejor dicho…¡Dos mundiales! Y en ambos se ahogó en la orilla, como diría Jorge Valdano.
El primer episodio se produjo en 1990, cuando el joven Tréllez, aún con el pelo corto y una seriedad imperturbable, apareció en las páginas del álbum oficial del Mundial de Italia. ¿Y formó parte de esa delegación? No, claro que no.
El hombre nacido en la localidad de Turbo había disputado las eliminatorias y algunos partidos amistosos, pero el técnico Pacho Maturana prefirió la experiencia de otros atacantes, como Arnoldo Iguarán, Rubén Darío Hernández y Carlos Estrada.
Cuatro años después se repetiría la secuencia. Tréllez integraba aquella generación que sacudía el fútbol sudamericano por aquel entonces, aunque bien lejos de los delanteros titulares.
Su plan, entonces, era tener un buen primer semestre en 1994 para llegar con buenas chances al Mundial de Estados Unidos. Pero algo falló.
Firmó para el Boca de Menotti y al principio, más por su facha que por su juego, causó sensación. Sin embargo, la poca gracia que tenía la fue perdiendo con el pasar de los partidos. Los silbidos no tardaron en bajar de las tribunas y Maturana no tardó en bajarlo de la lista.
Haber vuelto a aparecer en el álbum Panini no fue argumento suficiente para conservar el lugar en el equipo. A menos de un mes para el inicio de la Copa del Mundo, el DT lo excluyó de la nómina de 22 protagonistas y así se terminó el sueño de Tréllez. Figurita repetida.
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Em Uma Lajota: Keirrison
Keirrison de Souza Carneiro (Keirrison)
A esta altura del partido, ya hay un par de certezas sobre los brasileños: son todos una manga de putos son fanáticos de los nombres excéntricos. Al mismo nivel del ya homenajeado Creedence Clearwater Couto y Allan Dellon, Keirrison de Souza Carneiro, también atacante de profesión, forma parte de ese selecto club de futbolistas con denominaciones estrambóticas.
Nacido en diciembre de 1988 en Dourados, una localidad de Mato Grosso do Sul, estado ubicado en el Centro-Oeste de Brasil, y bautizado con un mix entre Keith Richards, guitarrista de los Rolling Stones, y Jim Morrison, cantante de The Doors, Keirrison dio sus primeros pasos como delantero en el Clube Esportivo Nova Esperança (CENE), equipo que pertenece a la Iglesia de la Unificación del polémico Guillermo Moreno reverendo Moon, fallecido hace algunos meses.
Se ve que ahí estaba cómodo, porque salió de su tierra natal recién a los 17, cuando se incorporó al Coritiba (2005 a 2008), un club acostumbrado a pelear en la mitad de tabla, pero que en esa época estaba en segunda división. A comienzos de 2006, después de haber disputado la Copa São Paulo de juveniles y algunas fechas del campeonato paranaense, una grave lesión en los ligamentos de la rodilla derecha, por la que tuvo que ser operado dos veces, lo marginó de la temporada.
Ya recuperado, en 2007 comenzó a demostrar que la cosa iba en serio. Fue el goleador del Coxa en el estadual y una de las piezas fundamentales del plantel que logró el ascenso a Primera división, gracias a los 12 tantos que marcó en la Serie B.
Es más, en diciembre Dunga lo convocó para disputar un amistoso de la selección brasileña que se preparaba para los Juegos Olímpicos de 2008. Ese duelo ante un combinado de estrellas de la Serie A fue la primera y última vez que vistió la verdeamarelha.
Envalentonado por el buen rendimiento que había mostrado los años anteriores, encaró 2008 para romperla. Y así fue. En el primer semestre, Coritiba se quedó con el campeonato paranaense y Keirrison fue el máximo anotador (perforó las redes (?) 18 veces) y figura del torneo.
Durante la segunda parte mantuvo el nivel y terminó la temporada como uno de los artilleros del Brasileirão con 21 goles, al igual que Kleber Pereira y Washington. En el certamen nacional la rompió en los partidos contra Santos (al que le hizo siete en dos choques). Para esa altura, al mejor estilo CR7, RFM9 o MR7, ya le decían K9 y había convertido en 65 ocasiones en poco más de 120 encuentros.
Con ese promedio envidiable, no faltaba mucho tiempo para que terminara jugando en unos de los equipos grandes de Brasil. Era cuestión de días. Fue Palmeiras, justamente el club que lo había buscado en 2008, el destino que la empresa Traffic, dueña de sus derechos federativos, eligió para foguear a K9. El arranque fue demoledor. En su debut ante Mogi Mirim, por ejemplo, convirtió por duplicado. En el Paulistão de 2009 marcó 13 veces y tenía condiciones para ser ídolo del Verdão, pero todo se desvaneció pronto…
Sus buenas actuaciones tanto en el torneo local como en la Copa Libertadores, donde Palmeiras fue eliminado en cuartos de final por Nacional de Montevideo, lo pusieron en boca de todos. Los hinchas lo pedían de nuevo para la selección y los clubes más importantes del exterior apuntaron los ojos a aquel pibe de apenas 20 años, que estaba viviendo en un cuento de hadas (?)
Apenas cinco meses después de su llegada, Barcelona (2009) puso sobre la mesa 15 millones de euros (más de 40 millones de reales brasileños) y se lo llevó junto al defensor Henrique. Vanderlei Luxemburgo, por aquel entonces técnico del Verdão, se quejó públicamente y lo rajaron al día siguiente. En pocas horas, Palmeiras se quedó sin entrenador (luego pasaría sin pena ni gloria Muricy Ramalho, que venía de ganar todo con el São Paulo) y su máxima figura, que llevaba nada menos que 24 goles en solo 35 partidos (a los 13 tantos del estadual le sumó 6 por Copa Libertadores y 5 en las primeras fechas del torneo nacional).
Como el Barcelona lo compró como una apuesta a futuro (lo presentaron como el nuevo Romário), y sin lugar en el plantel profesional blaugrana por el cupo de extranjeros, lo mandaron a préstamo, con opción, al Benfica portugués (2009). Pero claro, adelante tenía a atacantes de primer nivel como Javier Saviola, el paraguayo Tacuara Cardozo, Nuno Gomes, entre otros, y se le hizo muy difícil jugar. En un semestre entró a la cancha apenas siete veces y tuvo que partir a otras tierras para encontrar oportunidades.
La Fiorentina italiana le abrió las puertas en enero de 2010 para ocupar el lugar del rumano Adrian Mutu, suspendido provisoriamente por gediento doping positivo. En 12 partidos marcó dos goles, uno a Lazio en su debut y otro al Inter. Sin embargo, su rendimiento no alcanzó las expectativas del equipo violeta, que en junio rompió el contrato que lo vinculaba por dos años.
En declive, y solo doce meses después de haber abandonado Palmeiras por la puerta de atrás, volvió a São Paulo para vestir la camiseta de otro grande brasileño: Santos (2010). Llegó en silencio y fue suplente durante casi toda la temporada. Al menos, formó parte del plantel que ganó la Copa Libertadores, de la mano de Neymar y Paulo Henrique Ganso.
A mediados de 2011 retornó a Barcelona, que le puso un moño en la cabeza y lo devolvió a Brasil con la misma velocidad que lo habían contratado. Cruzeiro se interesó en el jugador, pero como el período de transferencias internacionales ya estaba cerrado le pidió a Santos que renovara el préstamo para después poder transferirlo entre clubes brasileños. El amor se terminó súbitamente cuando después de 8 juegos con la camiseta azul, Keirrison convirtió apenas una vez.
Cuando ya se vislumbraba que no formaría parte de los planes del Raposa para 2012 (ni siquiera era convocado para los últimos enfrentamientos del Brasileirão 2011), en un entrenamiento sufrió una grave lesión en los meniscos y otra en el ligamento cruzado de la rodilla derecha, por lo que se tuvo que quedar en el conjunto de Belo Horizonte mientras se recuperaba.
En marzo del año pasado dejó Cruzeiro y regresó a préstamo por dos temporadas al club que lo vio triunfar, Coritiba (2012). En agosto, sin haber debutado todavía y mientras terminaba de ponerse a punto físicamente, se rompió el ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha por tercera vez en su carrera, por lo que tuvo que pasar otra vez por el quirófano.
Hoy, mientras intenta salir de la cama sin partirse al medio, sueña con jugar la Copa del Mundo en 2014. Total, no cuesta nada.
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