Miranda Diego

Diego Armando Miranda

¿Cuántos pibes se habrán llamado Diego Armando por culpa de Maradona? Miles, seguramente. Y mucho más a partir de 1986, cuando la consagración argentina en el Mundial de México convirtió esa combinación de nombres en una virtual contraseña del éxito. O al menos eso habrán pensado varios de los padres que bautizaron así a sus hijos para que les salieran futbolistas. Y de los buenos.

Algunos, como Diego Armando Herner o Diego Armando Barrado, no estuvieron a la altura de semejante responsabilidad, pero al menos pudieron sobrevivir en el fútbol de nuestro país. Claro que, por debajo de la línea de la dignidad, también existen otros especímenes que intentaron (y siguen intentando) jugar al fútbol sólo por llevar esos dos mágicos nombres.

Diego Armando Miranda es la prueba de que al Pelusa lo idolatran en todos lados. Nacido el 20 de enero de 1986, en la localidad paraguaya de Itaguá, Miranda recibió el nombre del ídolo y a los pocos meses de vida pudo ver por qué, aunque recién lo entendió años más tarde. Su padre, fanático del 10, quiso que él también fuera futbolista.

La primera gran distancia con Maradona, además del talento, fue la altura. Miranda se destacó siempre por su tamaño, llegando a superar los 190 centímetros. En consecuencia, la otra diferencia fue la posición dentro de la cancha. Miranda siempre actuó como delantero. Diríamos 9 de área, pero ese dato es bastante discutible.

Después de haberse iniciado en el club 12 de Octubre (2004 a 2007), a comienzos de 2008 llegó a Gimnasia de Jujuy para reemplazar, casualmente, a otro Miranda lungo: Osvaldo Noé, que había partido al fútbol rumano. «Llego con las mejores expectativas de hacer las cosas bien. Todo se dio muy rápido y no dudé en aceptar el desafío», dijo Dieguito, por entonces. Se tenía fe.

Su labor en el Lobo jujeño, de todos modos, fue bastante pobre, aunque le faltó suerte. En su primer torneo, el Clausura 2008, arrancó siendo suplente de Mario Turdó (Pochola Silva estaba lesionado) y apenas si pudo jugar 6 partidos, en los que convirtió 1 tanto (a Arsenal, en Sarandí). El 2 de abril de ese año, chocó con un compañero y sufrió la rotura de los ligamentos cruzados de la rodilla derecha. Operación y todo a fojas cero.

Tras 6 meses de recuperación, regresó a las prácticas, pero recién pudo jugar nuevamente de forma oficial en el Clausura 2009, donde sumó otros 9 partidos en los que no la metió. Como si fuera poco, Gimnasia de Jujuy descendió.

Ya en la B Nacional, el atacante guaraní agregó otras 11 presencias innecesarias en las que tampoco convirtió, haciendo recordar a Chiquito Bullentini, aquel delantero gigante del Lobo jujeño que no le hacía un gol a nadie.

A mediados de 2010, Miranda volvió a Paraguay y comenzó a jugar en Sportivo Trinidense, donde viviría buenas y malas. ¿Buenas? Le hizo un gol de taco a Olimpia. ¿Malas? Sufrió una doble fractura de tibia y peroné tras chocar con el arquero de Libertad. Lo curioso del caso es que al 9 le sacaron amarilla por poner en peligro la integridad del rival (?). ¿Qué dijo del árbitro el Presidente de Trinidense? «Lo voy a reventar, lo voy a reventar… Se va cruzar en mi camino, le va a costar muy caro, esto le va a costar muy caro».

Después de estar un tiempo desaparecido, lo ubicamos cerca de sus pagos, en Sportivo Iteño, conjunto con el que ascendió a la División Intermedia (2º categoría paraguaya), a pesar de haber errado su penal en la definición.

Después de tantas frustraciones y mala fortuna, nuestro homenajeado parece haber encontrado su lugar en el mundo. Googleamos para saber un poco más sobre el Estadio Enrique Soler de Itá y nos encontramos con un Fantasma de la B paraguayo y una belleza autóctona, seguramente fan de Miranda. ¿Que no es una modelo? Y qué importa, si él se llama Diego Armando.

Platense con los parches invertidos (1999/2000)

Están los que sostienen, con algo de lógica, que la camiseta de Platense jamás podrá ser linda combinando esos colores: el marrón y el blanco. O mejor dicho, nunca podrá ser linda una casaca que incluya el marrón, porque el blanco está presente en infinidad de prendas muy bonitas. Podemos discutir este tema durante años (?), pero en algo vamos a estar de acuerdo. Si a una camiseta que tiene marrón, encima le agregamos un parche poco delicado, ahí la cosa es verdaderamente espantosa.

La camiseta Puma que utilizó el Calamar en su último año en Primera División estaba bastante bien, hay que reconocer. El problema se originó cuando reapareció el sponsoreo principal de Crown Mustang (ya había estado en la temporada 1997/98) y los encargados de la ropa tuvieron que salir a parchar, aunque no de la mejor manera.

El parche rectangular blanco con letras rojas quedaba bárbaro en la espalda de los jugadores, pero no en la franja marrón de la camiseta titular. Del mismo modo que quedaba muy bien en la franja blanca de la camiseta suplente, pero horrible en la espalda de fondo marrón. ¿Qué costaba hacer dos parches distintos?

Al año siguiente, con Platense en la B, se avivaron e hicieron un parche marrón para el nuevo anunciante: Anta Seguros. El tema es que repitieron el error y la desprolijidad, en este caso, se notaba en el frente de la camiseta suplente y en la espalda de la camiseta titular.

Para tirarle piedras al utilero (?).

Cuadros (2013)

Sí, sí, ya lo sabemos. La imagen es una cagada. Se advierten un tipo vestido completamente de celeste, otro que está abajo del arco con buzo negro y pantalones blancos, y varios morochos (?) pegados el alambrado o subidos a un techo lindero. Pero la historia es digna de contarse, mucho más cuando el ámbito es la mágica Copa Perú, un torneo en el que participan equipos de todo el país con la finalidad de lograr el ascenso a la Primera y Segunda División. Una competencia verdaderamente federal, repleta de equipos aficionados y nombres curiosos, como los de los equipos que se enfrentan en esta toma: Fuerza Minera vs. Saetas de Oro.

A poco del epílogo del partido jugado en Putina (Puno), el arquero de las Saetas, Martín Derteano, vio la tarjeta roja y su lugar fue ocupado por Martín Cuadros, defensor por naturaleza (?). Con las cosas igualadas, hubo que recurrir al desempate por tiros desde el punto penal, y fue allí que el héroe de la jornada se agigantó para contener tres disparos y darle a su equipo la clasificación a la siguiente fase del “fútbol macho”.

Under Ladrón: Bardo Fierros

Bardo Isaac Fierros Ruiz (El Fenómeno)

Talleres de Córdoba gerenciado por el empresario Carlos Ahumada, ese hermoso experimento colectivo que nos dio una Deformación que se fue al descenso y una camiseta verde digna de Placard, también nos honró con la aparición de perfectos desconocidos para el medio local, como el caso del delantero mexicano Bardo Fierros. Sí, hasta nombre de facción de barra brava tenía. No podía más de baldosero.

A La T llegó a comienzos de 2009, para ponerse a las órdenes de Juan Amador Sánchez y tratar de sumar en pos del ascenso. Recién ahí supimos de su currículum: acreditaba pasos por Lagartos de Tabasco (2004), Delfines de Coatzacoalcos (2004), Atlante (2005/06), León (2006/07), Atlético Mexiquense (2007) y Dorados de Sinaloa (2008). ¿Características? Un delantero luchador, poco dúctil, pero goleador, al menos eso decían los hinchas del León. De hecho, dicen que Ahumada quería volver a verlo con la camiseta verde esmeralda y por eso lo llevó a Talleres, que por aquel entonces vestía de ese color.

«Muchos equipos de México querían que me quedara allá, pero vine a Talleres y no sólo por seis meses, sino con la idea de quedarme. Soy un centrodelantero neto y ojalá pueda gritar muchos goles», dijo Bardo ni bien pisó La Docta, rodeado de periodistas. El tema es que, por delante, el mexicano tenía al Pupi Salmerón, a Sebastián Cobelli y a Emanuel Fernandes Francou. Complicado.

Su participación en esa campaña fue prácticamente nula. Entrenaba y entrenaba, pero no lo ponían nunca. Un día el DT Raúl Peralta lo mandó a la cancha en un partido clave: contra Almagro, rival directo en la tabla de los promedios. Fierros entró por Cobelli, que re caliente le pegó una patada al banco de suplentes. Un rato más tarde, el mexicano se comió un gol increíble y al toque el Tricolor lo dio vuelta. Suficiente para que el Gordo estallara ante los micrófonos.

“De última era un partido que teníamos que ir a buscar y todo el mundo sabe de que Bardo (Fierros) hacía un año y medio que no jugaba. No tengo nada contra el chico y ojalá sea la figura del campeonato. Pero me pareció que el cambio no era delantero por delantero. Había que buscar el resultado y porque justo nos habían metido el gol”, dijo Cobelli, re buen compañero (?).

Bardo siguió estando en el banco, hasta que en mayo de ese año, cuando Talleres seguía de mal en peor y la temporada se terminaba, por fin tuvo la chance de jugar como titular. Entonces, reflexionó: «La verdad, este es el momento para que yo pueda jugar. Hoy en día me siento mejor que cuando llegué a principios del año. Siento que puedo estar porque puedo ayudar al equipo pero, más que nada, porque soy el único delantero que queda» (?). Sincero.

Ese match desde el arranque fue ante Los Andes, en Córdoba. Lo sacaron ni bien arrancó el segundo tiempo, con Talleres perdiendo. Ah, como si fuera poco, el que entró por él terminó haciendo el gol del descuento. Chau, manito.

Con el descenso al Argentino A consumado, el mexicano huyó y retornó a su país con la ilusión de jugar nuevamente en Dorados de Sinaloa. El tema es que una vieja pelea con el presidente del Atlante lo hizo preso de convenio no escrito llamado Pacto de Caballeros, por el cual los equipos mexicanos se comprometían a no volver a contratar a Bardo Fierros. Una hijaputez tremenda de la que le costó salir.

Proscripto, finalmente pasó al Atlético Bucaramanga de Colombia (2010), donde hizo algunos goles y tomó valor para seguir experimentado ligas aún más exóticas. Bien lejos de su tierra.

En 2011, se incorporó al Hanoi, de la Primera División de Vietnam. ¿Y cómo le fue? Tranqui, se rompió la rodilla en el primer partido. Mucha mala leche.

A comienzos de 2012, los clubes de Primera y del ascenso le seguían cerrando las puertas. Por eso terminó jugando en la selección mexicana…de fútbol playa. Algo es algo.

Después de tres años de estar prohibido, en 2013 firmó con el Mérida FC, equipo del ascenso de México donde jugó un tiempito antes de ponerse a tirar bombas.

El verdadero ruido, de todos modos, lo sentiría en junio de este año, cuando sufrió un accidente en la calle: «Terminaba mi rutina de ejercicios en la Ciudad Deportiva cuando cruzaba el velódromo, me fijé si no venía algún coche, y así fue, crucé inmediatamente, cuando de pronto salió un coche y me arrolló, me impacté en la parte de la espalda, salí volando por lo menos dos carriles. El impacto fue tal que me pegué en la frente, después me paré de manera rápida porque tenía miedo que viniera otro automóvil, y llegué hasta la banqueta, después caminé unos 10 metros y me quedé ahí, luego la gente me reconoció y me auxilió”. Y agregó: “La verdad este accidente llega en un mal momento para mí, no estoy bien anímicamente, ni sentimentalmente, y ahorita esto que me está pasando, sin lugar a dudas podría ser una de las peores etapas de mi vida, no como futbolista, sino como ser humano”.

Hoy, que lo vemos publicando tuits en clave emo, le deseamos una pronta recuperación y que se ponga bien de ánimo, porque la vida puede ser un bardo, pero el fierro siempre es la última opción.