
Marcelo Ezequiel Guaymas (El Cabezón, Guaymallén, El Burrito II)
Como esos jubilados que van a dejar sus billetes a la agencia donde el día anterior salió la grande, una moda se impuso en la muchachada jujeña durante los noventa y principios de este siglo: buscar a algún pibe que la rompiese, invertir unos mangos y llevarlo a Buenos Aires para pasar definitivamente al frente. Tanto el mecenas como el joven representado.
Claro, la aparición rutilante de Ariel Ortega y, sobre todo, los dólares que el periodismo menemist* de la época vinculaba a su figura, eran demasiada tentación como para no probar hacer el intento. El cuñado del mismo Burrito, Roberto Dilacio y, por carácter transitivo, Marcelo Guaymas, fueron exponentes de esta tendencia.
Es que una tarde de 1999, a Dilacio le llegó el dato que en la localidad de Palpalá, cercana a Ingenio Ledesma, había un delantero de 14 años que la rompía en la Primera de Altos Hornos Zapla. Este era Marcelo Guaymas. Entonces, aventurándose a ser empresario, el familiar político del Burrito comenzó el operativo seducción aunque no tuvo que esforzarse mucho ya que, en rigor de verdad, por aquella zona del país todo lo que tenga olor a Ortega es sinónimo poco menos que de Moisés. Guaymas aceptó ser representado por Dilacio, más aún, cuando el propio Ariel apadrinó su llegada a River Plate.
Ya instalado en Capital Federal, este media punta habilidoso comenzó a llamar la atención teniendo de hijo a Boca en todas las categorías juveniles. “Me encanta por que soy de River y odio a estos bosteros” le tribuneó al Diario Olé tras convertirle otros dos goles al Xeneize. Formó parte de un gran equipo de reserva junto a Darío Conca, los hermanos Higuaín, Toranzo y Radamel Falcao, entre tantos otros.
Su chance en la elite le llegó en enero de 2005 cuando, ante San Lorenzo y por el Torneo de Verano, Leonardo Astrada lo mandó a la cancha en una formación que era lo más parecido a estar muerto que vi en mi vida la gran oportunidad para varios de esos jugadores: Saccone; Tula, Gerlo, Fernando Crosa y Franco Miranda; Ahumada, Abelairas, Jesús Méndez y Sambueza; Luciano Leguizamón y nuestro homenajeado quien, según las crónicas de la época, tuvo un debut inexpresivo y fue reemplazado a los 65 minutos por José Sand. El Cuervo ganó ese partido por 3 a 0.
Guaymas se mantuvo en el plantel ese semestre, no vio acción de manera oficial y fue testigo silencioso del affaire Tuzzio – Ameli. A mediados de ese año fue cedido a Atlético de Rafaela y apenas participó en un equipo que salió noveno en la general del Nacional B 2005/2006. De regreso en River, Passarella lo recibió con un beso, un abrazo y la carta de libertad de acción.
A partir de ahí, un desorientado Guaymas se fue a vivir al inframundo con un año en Juventud Antoniana, seis meses en Atlético Tucumán y otro semestre en Alvarado de Mar del Plata, todos ellos del Argentino A. Tras seis meses en Central Norte del Argentino B, en enero de 2009 le llegó la aventura en el extranjero cuando se unió a San José de Oruro de la Primera División Boliviana.
Tras un primer año en donde apenas jugó, en diciembre de 2009 el jugador mostró una mezcla de hidalguía con necesidad cuando declaró: “Tengo la ilusión de quedarme en este equipo. Mi intención es marcharme de Oruro dejando un buen concepto de mi persona, de manera que sería bueno seguir al menos una gestión más”. Se le concedió el deseo pero en agosto de 2010, cuando verdaderamente estaba remontando el nivel, una rotura de ligamentos lo dejó afuera de toda competición durante más de ocho meses.
Reapareció recién a mediados de 2011, con 26 años cumplidos, en su lugar en el mundo: Altos Hornos Zapla del Argentino B y luego, en julio de 2012, se sumó a Talleres de Perico de la misma categoría, donde despunta el vicio hasta el día de hoy.
A todo esto ¿y el cuñado de Ortega? Ah, no. Le soltó la mano cuando lo dejaron libre de River, momento en que, intuyó, que el negocio se venía abajo. Es que, está comprobado, la grande sale una sola vez por agencia en toda la vida.