
Gonzalo Gil
Su aparición en Primera no la tenía nadie y su historia le escapa a la del futbolista promedio. Nacido en septiembre de 1989 y criado en el country Campo Chico, en 2007, a los 17 años, apareció con su bolsito en el Monumental para probarse por segunda vez en las inferiores de River Plate, luego de que un dirigente lo viera en un torneo intercountries. Antes, lo había intentado como zaguero central, pero no quedó seleccionado. Como delantero la rompió en quinta (6 goles en 10 partidos), cuarta y anduvo bien en Reserva, donde incluso le convirtió a Boca en un clásico que ganó el Millonario. “Fue el gol más importante de mi vida. Nunca había jugado ante tanta gente. Además, era la primera vez que enfrentaba a Boca. Qué más pedir», contó tiempo después al diario Olé.
Goleador y referencia en el área (mide 1,86), Diego Simeone lo subió al plantel profesional en 2008 luego de verlo convertir tres tantos en una práctica entre la quinta y la sexta división (él ya jugaba en cuarta) y debido a la lesión de Radamel Falcao lo convocó para ser suplente de Gustavo Bou (con lo que eso significa) en un partido ante Rosario Central, aunque finalmente no salió del banco de suplentes.
El debut llegó el 26 de octubre de ese mismo año ante Gimnasia en Jujuy. Ese día fue titular con la camiseta número 35, que había dejado Rubens Sambueza (otra señal inequívoca de que no podría triunfar jamás en Primera), y se fue reemplazado en el segundo tiempo por el propio Falcao. River perdió 1 a 0 con gol de ¡Héctor Desvaux! y ese torneo salió último, mientras Boca se llevaba los honores en aquella dramática final ante Tigre. Todo mal. Con la llegada de Néstor Gorosito a la dirección técnica y hasta su despedida a fines de 2009, Gil sumó otros 3 encuentros más desde el banco a su currículum. Sin goles, claro, ni jugadas destacables, ni nada que se le parezca. Intrascendencia pura.
En el medio fue cavando su propia fosa, como cuando dijo “no estoy para reemplazar a Fabbiani”, que no le podía meter un gol ni al arcoíris. Para colmo, la búsqueda de su nombre en los foros millonarios es demoledora “buen cabezazo, pero extremadamente horrible con los pies”, “es peor que el Mágico Canales” o el lapidario “era suplente de Fabbiani”. Difícil hacerle frente a semejantes críticas.
Después de seis meses sin oportunidades en Primera y de que lo bajaran a la cuarta, a mediados de 2010 pasó a préstamo por un año a Ñublense de Chile junto al también baldosero Matías Díaz. Ni hace falta aclarar que seis meses después le dieron las gracias por los servicios prestados, le cerraron la puerta en la cara y tiraron la llave por la alcantarilla como para asegurarse de que no volviera nunca más. En enero de 2011 apareció junto al ex Boca Nicolás Villafañe en el Olaria brasileño, que disputaba el campeonato carioca de primera división. Sin grandes actuaciones, fue dejado libre poco tiempo más tarde. Al menos, habrá conocido lindas playas. Después de fracasar en una prueba en Atlético Tucumán se retiró del fútbol a los 22 años.
En julio de 2012, cuando parecía que la historia ya tenía su punto final y, oh casualidad, este post estaba en producción, el bueno de Gonzalito firmó su contrato para defender los colores de Fénix en la Primera C en la temporada 2012/13. En una de las tantas (?) notas que le hicieron en estos últimos días explicó qué fue de su vida el último año. «Estuve sin jugar porque en el fútbol a veces se presentan situaciones adversas muy difíciles de superar, en la que si uno no está al 100 por ciento no puede rendir al máximo y no sirve para un equipo», contó. Y agregó «De esa manera, preferí salir del mundo del fútbol y estar alejado para encontrarme conmigo mismo para dar lo mejor, tanto para mis compañeros como para mí, en cualquier lugar que me toque estar. Eso me llevó un tiempo hasta que salió esta oportunidad y ahora tengo muchas ganar de dar lo mejor».
Gil, pero no tanto.













