
Julio César, el Burru chico
Si bien todavía faltaban dos años para su coronación en el Mundial de México, Jorge Luis Burruchaga ya era una figura de primer nivel en aquel lejano 1984. No sería raro entonces, que haya rezongado un poco cuando ese año la revista El Gráfico lo convocó para una nota de color que ni siquiera ocuparía media página. El siguiente diálogo es producto de nuestra imaginación, pero podría haber sido real:
– ¿Y qué tengo que hacer?
– Nada, vos nos acompañás a la cancha, te acercás al alambrado, mirás a la cámara, te sacamos la foto y listo. Ni las manos de los bolsillos tenés que sacar.
– Mmhh, ¿tengo que pagar la entrada?
– No, entrás con un carnet de prensa.
– Y bue, dale.
La idea era que el hombre de Independiente fuese testigo del segundo partido oficial de un pibe de Arsenal de Sarandí que tenía su apellido. Ah, dato casi insignificante: era su propio hermano, de 20 años, también nacido en Gualeguay.
«Anda bien, tiene manejo y es guapo, por lo que cuentan acá en Arsenal. Yo solamente lo había visto jugar en los potreros, pero es distinto«, decía Burru, ya de verdad, casi desligándose del tema y mirando el reloj para rajarse lo antes posible.
Julio César Burruchaga era volante derecho, aunque también jugaba de 4. En su debut, una semana antes frente al Deportivo Morón y sin la mirada de su familiar más famoso, había actuado como centrodelantero. La polifuncionalidad y el parentezco no le sirvieron de mucho, a decir verdad, porque sólo disputó 8 partidos en la segunda división (el más importante, como titular, ante Racing) y desapareció del mapa. «No quiero equivocarme, pero puede ser mejor que el hermano«, decía su técnico, Rodolfo Motta. Y antes de que la tintura le empezara a penetrar el cerebro, lo que es peor.