Independiente 2 – Roma 1

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Si alguien se pregunta por qué Independiente de Avellaneda ganó sólo dos títulos locales en los últimos quince años, su estadio fue demolido para levantar uno nuevo que viene bastante frenado en su estreno y sufrió a Ducatenzeiler como presidente, Ruggeri como técnico y al colombiano Moreno como jugador (?), tal vez encontremos la respuesta para tanta malaria mirando un poco qué pasó en mayo de 1994: la Copa Doctor Carlos Saúl M*n*m. Ni más ni menos.

Y la Copa se jugó en la Argentina. Así fue como tras ganarle al Nápoli 3-2 en cancha de Vélez, el Rojo se enfrentó a la Roma en Mar del Plata. El partido terminó 2-1 a favor de los de Avellaneda pero el resultado no fue tan festejado como sí lo fue el regreso de Gustavo López a las canchas tras ocho meses de parate. En la foto vemos el momento previo a su segundo gol.

No faltará quien salga a espadear con que el Rojo ganó ese año torneo local y Supercopa. Y es verdad. Pero siendo un poco rigurosos, ¿cuántas Copas Carlos M*n*n tendría que haber jugado para que los campeones hubieran sido el Huracán de Cúper o el Boca de Menotti?

Gargantita Latorre

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El tipo, hay que reconocer, siempre fue un estratega. Y no importaba si jugaba de enganche o bien de punta. Daba lo mismo. Diego Latorre siempre tuvo esa capacidad de pensar bien qué hacer…y qué decir. Podía anticiparse un segundo a la jugada y definir de manera brillante, y también podía elaborar un concepto bien egoista para finalmente declarar «el equipo jugó mal, pero por suerte yo anduve bien«.

No es extraño, entonces, que a comienzos de la década del ’90 ya se hubiese estado cuidando la garganta para, 15 años después, poner su voz al servicio de las transmisiones televisivas. Un profesional con todas las letras. Y vistiéndose casi que también: U-N-H-I-J-O-D-E-M-I-L-P-U-T-A.

Rouillet Marcelo

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Marcelo Alejandro Rouillet

Tan baldosero como el taxi de Allegue o el sexto dedo del Nachi Medina, el apellido Rouillet está emparentado emocionalmente con ese grupo de pibes que apareció en la Primera de River Plate a comienzos de la década pasada de la mano de Daniel Passarella.

Lateral izquierdo y dueño de una frondosa melena de rulos, tuvo su debut y despedida en la octava fecha del Apertura ’90, cuando ingresó por el Pipa Higuaín en la victoria 4 a 0 sobre el San Lorenzo de Saporiti, con goles de Ramiro Castillo, el Polillita da Silva y el Mencho Medina Bello en dos oportunidades.

En algún momento, su nombre sonó en un paquete de futbolistas que iban a pasar a Gimnasia La Plata a cambio de Rolando Mannarino, pero la transferencia quedó en la nada. Después, como Matías Díaz de Borbón, Gabriel Del Valle Medina y Sebastián Ablín, desapareció de los primeros planos.

Volvió a asomar la cabeza en la temporada 1992/93, cuando jugó con el Deportivo Armenio en la Primera B. Un año más tarde, bajó a la Primera C para actuar en Tristán Suárez. Y allí formaría parte, en la temporada 1994/95, de una defensa que ayudaría al arquero Alejandro Otamendi a permanecer 1115 minutos con la valla invicta y romper de esa manera el récord que estaba en poder de Daniel Tremonti, de Barracas Central.

En la final del octogonal de la misma temporada, marcó un gol ante Berazategui que significó un importante empate como visitante que luego, con victoria en la cancha del Lechero, se transformaría en el ascenso a la Primera B. Como premio, en la 1996/97 dio sus últimas señales en esa categoría y, a juzgar por la foto y la información que manejamos, decidió ponerle coto a su carrera.

(Gracias Manute)

López Fernando

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Fernando Alberto López

La historia de los equipos de fútbol esta hecha por jugadores, que al fin y al cabo son seres humanos como cualquiera de nosotros. Y a los que les pasan cosas, como a nosotros. Unos cuantos trascienden, llegan muy alto en su carrera y son reconocidos por ello. Otros quedan en el olvido. Pero hay algunos a los que la vida les dio un cachetazo y tuvieron la fuerza de voluntad suficiente como para levantarse y demostrar que se puede volver a vivir a pesar de los infortunios.

El caso de Fernando Alberto López merece ser destacado. Su historia en el fútbol fue fugaz y no por cuestiones del deporte precisamente. Había debutado en la Primera de Argentinos Juniors en abril de 1992, con 19 años recién cumplidos, en ocasión del empate sin goles entre el Bicho y Unión de Santa Fe en cancha de Deportivo Español. Un par de fechas más tarde José Yudica, el DT que lo puso en Primera, dejó su cargo y Patricio Hernández lo sucedió.

López al principio no fue tenido muy en cuenta -jugó 5 partidos en ese Clausura- pero al comenzar el Apertura ’92 tuvo más minutos en cancha. Alternaba entre ser titular e ir al banco de suplentes, pero siempre era tenido en cuenta. En noviembre de ese año, Patricio Hernández fue reemplazado por ‘Chiche’ Sosa y López no volvió a jugar. Finalizado el torneo, Argentinos debía mejorar y mucho si quería evitar el descenso.

Pero lamentablemente, la vida le tenía preparado un mal partido a Fernando López. Una noche lluviosa en vísperas de la Navidad de ese 1992, un accidente automovilístico, una lesión en la columna vertebral que trunca su carrera como futbolista.

Con el tiempo, pudo revertir el mal momento en base a empeño, dedicación y apoyo y contención de amigos y familiares. Recordamos su presencia en la re-inauguración del Estadio de Argentinos, allá por diciembre de 2003. Y no importó que no pudiera ser como futbolista. Él se merecía estar ahí, porque fue parte de la inagotable cantera de jugadores que surgieron de Argentinos.

Fueron tan sólo 17 partidos con la camiseta del Bicho, pero podrían haber sido muchos más. El partido más difícil e importante, lo revirtió con mucho esfuerzo, y lo terminó ganando…

(Publicado originalmente en «¿Te Acordás Bicho?«)