Fuera de stock: atarse los cordones por encima del tobillo

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La costumbre se inició en épocas de imágenes en blanco y negro, allá por la década del ’50 y del ’60, pero se popularizó recién en los 70’s, cuando los futbolistas comenzaron a salir más asiduamente en televisión y a protagonizar publicidades de botines en los medios gráficos.

Por aquel entonces, amarrarse los botines del modo convencional (como cualquier zapato o zapatilla) parecía demodé. La nueva tendencia obligaba a atarse los cordones sobrepasando la imaginaria línea de los tobillos.

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Había distintas escuelas, claro. Estaban los que hacían una simple vuelta y anudaban de la manera más sencilla para sentirse sueltos; Y estaban también los fundamentalistas, que empezaban aprisionando el pie con nudo marinero a la altura de la lengüeta y seguían enroscando la pierna aprovechándose del largo del cordón, obteniendo un verdadero matambre listo para presentar batalla. Todo eso multiplicado por dos, claro. Los jugadores utilizan ambas piernas. Bah, todos no.

Como era de esperar, la moda que impusieron los futbolistas dentro de la cancha, no tardó en trasladarse a las calles, las plazas y los potreros. Los pibes de cualquier barrio de la Argentina querían usar los cordones como sus ídolos, por supuesto. Pero eso generó más pérdida de tiempo que otra cosa a la hora de hacer un picado. Nunca faltaba aquel imprudente que con tal de imitar a Mario Zanabria o la Rana Valencia podía perder más de 10 minutos en ajustarse los botines, dejando a su equipo en inferioridad numérica. Imperdonable.

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Decadencia y muerte de la costumbre

Hacia finales de los 80’s el uso de este método comenzó a sentir el paso de los años. De 11 jugadores que salían a la cancha, sólo 2 ó 3 se animaban a mantener la tradición. Encima, ya iniciados los 90’s empezó a circular con más fuerza el rumor que decía que «atarse los cordones encima de los tobillos corta la circulación…un chico que vivía acá a la vuelta perdió las dos piernas y después se murió«. Ese fue el fin de esta práctica tan particular, que dio paso a los vendajes por encima de las medias, fomentada por el Tata Martino primero y el Gatito Mignini después. Pero esa es otra historia.

Desde acá un simple recuerdo para los que se ataban los cordones por encima de los tobillos. Ese simple acto, por más que parezca una boludez, también forma parte del fútbol que nos tocó ver y que tanto queremos.

Siempre una de más

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No es un afiche inédito de la película Ciudad de Dios, no. Es el mismísimo Ariel Ortega en la despensa «El Burrito» de su Ledesma natal. Dice la leyenda que cada vez que Orteguita volvía a su pueblo en su lujosa 4×4, parientes y amigos salían a la calle a gritar como desaforados «¡Ahi vino!» «¡Ahi vino!«. Y también a modo de despedida, quizás, cuando Ariel se volvía para Buenos Aires gritaban «¡No hay vino! ¡No hay vino!». Costumbres del interior.

Gracias Brianeloy

Tigre 1980

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Esta camiseta adidas de Tigre a primera vista presenta una disposición cuanto menos, extraña. Pero observándola con atención nos damos cuenta que el diseño remite al escudo de la institución que el pasado lunes cumplió 107 años de existencia. Se utilizó en 1980, año en que el popular cuadro de Victoria no pudo sostener la gran campaña del año anterior que lo había devuelto a la máxima categoría después de 11 años de ausencia, paso por la C incluido en 1971. La escena corresponde al partido correspondiente a la 27ª fecha del Metro de ese año: en el viejo estadio de Guido y Sarmiento, Tigre sufrió un contundente 4-1 que lo condenó a retornar al fútbol de los sábados. Andreuchi remata y convierte el segundo gol de Quilmes, pese a los denodados esfuerzos de Oscar Alfredo Márquez, Andrés Rebottaro y el recordado arquero Sergio García, campeón mundial juvenil en 1979.

Martín

Barcelona 1 – Argentina 0

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Con la excusa de ajustar detalles de cara a España 82, el 1 de septiembre de 1981 la selección Argentina se presentó en el Camp Nou para enfrentar al Barcelona. Pero el amistoso, organizado para homenajear al jugador Carlos Rexach, sirvió a otros fines más intangibles: promocionar a la escuadra nacional en la Madre Patria mediante la entrega de folletos, souvenires y pelotas.¿Para qué? Para sentirse más locales que nunca en el Mundial que se venía encima.

Sin embargo, la previa despertó bastante bronca con los directivos catalanes, ya que según parece el hotel dejaba bastante que desear. Y el propio Olguín destapó la olla: «…la cama en la que yo dormía tenía como diez centímetros de menos. Me costaba descansar. Menos mal que era verano…».

Pasado el mal trago, Argentina salió a la cancha, disimuló bastante el cansancio de la gira, fue al frente, creó seis situaciones claras pero faltando diez minutos la embocaron con un gol de Simonsen en offside. Tras la derrota bien menottiana (?), siguieron algunos problemas organizativos ya que los jugadores tuvieron que esperar el micro una hora para volver al hotel.

Los once que mandó el Flaco a la cancha fueron Chocolate Baley, Olarticoechea, Olguín, Passarella, Tarantini, Barbas, Gallego, Maradona, Cucurucho Santamaría, Ramón Díaz y Valencia.

Flotta Maximiliano

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Maximiliano Rubén Flotta (El Bichito)

Corría agosto de 2003. En realidad no corría, estaba parado viendo como el Racing de Ángel Capa se floreaba en Liniers ante el Vélez de Ischia con un 3 a 0 en el primer tiempo. Pero de repente y sin que nadie lo sospechara, empezó a escribirse una historia, la de este post, ni más ni menos.

A los 16 minutos del segundo tiempo, Rolando Zárate descontó y le puso algo de entusiamos a la última media hora del encuentro. Ocho minutos más tarde, el propio Roly volvió a meterla y preparó la mesa para el plato principal, que iba a llegar bien a punto.

La voz de Marcelo Araujo, tan inconfundible como cansadora en aquel lejano 2003, no supo distinguir al pibe que esa misma tarde hacía su debut y que en el minuto 47 del complemento estamparía el 3 a 3. El periodista apenas si intentó disimular su evidente decadencia con un relato que, en lugar de ser emotivo, sólo se remitió a identificar al autor del gol con un «el treinta y cuatrooooooooo goooooooooool, el treintaycuatro«. Sí, el 34 era el número que llevaba el debutante en la espalda. Maximiliano Flotta, de esa manera, hacía su presentación en la máxima categoría.

Central, lateral derecho y luego también volante, había tenido recorrido en el ascenso antes de llegar al Fortín. Arsenal de Sarandí (1998 a 2000), Tigre (2000 a 2002) y Los Andes (2002/03) contaron con sus servicios antes de que se convirtiera en un hombre de Primera División.

Su experiencia en la máxima categoría fue breve y decepcionante, si tenemos en cuenta su singular estreno y su pronta desaparición. En ese mismo campeonato volvió a actuar de titular en otros 13 encuentros en los que, por supuesto, no convirtió. Y tampoco agregaría conquistas a su currículum en los 4 partidos que disputó en el Clausura 2004. Claramente, su gol a La Academia había sido una casualidad.

Ese mismo año partió al fútbol colombiano, primera parada conocida (también dicen que en 2002 anduvo en el Casarano de Italia) de su trayectoria internacional, no menos rica que la que forjó en nuestro país. Con los colores de Unión Magdalena (2004 y 2007), Deportes Tolima (2005), Atlético Huila (2006), Independiente Santa Fe (desde 2008), donde ha dado sobradas muestras de su temperamento fuerte y de su afición por la noche, la que lo ha llevado a ser protagonista en otros clubes… los nocturnos de Bogotá.

¿Algo más? Sí, obvio. Su triple nacionalidad (argentino-español-colombiano) y su versatilidad le permitieron actuar en distintos lugares, siempre atado a su costado bizarro. En 2004, por ejemplo, firmó con Racing de Avellaneda pero no pudo jugar por cuestiones burocráticas. Un año más tarde, cayó en el Alavés de España y fue sincero de entrada, aclarando que no estaba bien físicamente. En 2006, ya de nuevo en nuestro país, pudimos disfrutar de sus quites en Almagro, en la B Nacional, pero allí no nos daría tanta felicidad como en 2007, cuando el diario Marca informó que Maxi salía con Eliana Guercio.

El post, como verán, se empezó a escribir aquel día que Marcelingui gritó con toda la boca «el treinta y cuatrooooooooo goooooooooool, el treintaycuatro«. Pero la historia de Maxi Flotta, si prestamos atención a las declaraciones de su padre, rescatadas por el Bestiario del Balón, había empezado mucho antes: