Voy al Arco: Ismael Blanco (2014)

VoyAlArcoIsmaelBlanco

El 1 de noviembre de 2014, el hasta entonces ignoto Independiente del Valle enfrentó al Barcelona de Guayaquil en el Estadio Municipal General Rumiñahui por la fecha 13 de la segunda etapa del campeonato ecuatoriano de Primera División. Ambos equipos llegaban en lo más alto de la tabla. El cuadro canario tenía la posibilidad de escaparse en soledad, mientras que para los rayados del Valle era la chance de alcanzar la punta, cuando quedaba poco menos de la mitad del torneo.

No era un partido más. Era una final adelantada. Y así se vivió. Barcelona se puso en ventaja antes del cuarto de hora gracias al tanto de Aarón Peñafiel, pero no supo aguantarlo y a los 35’ Daniel Angulo lo empató para Independiente.

VoyAlArcoIsmaelBlanco1

Iban apenas 42 minutos del primer tiempo cuando el arquero titular de Barcelona, Máximo Banguera, recibió la segunda amarilla de parte del referí Vinicio Espinel por hacer tiempo. La situación, que ya venía muy tensa, se descontroló cuando Damián Lanza, el suplente, que estaba haciendo los movimientos precompetitivos, también vio la roja por supuestos agravios a la terna arbitral.

Después de 15 minutos de suspensión, la responsabilidad de pararse bajo los tres palos y aguantar lo que viniera recayó sobre el delantero Ismael Blanco que, aunque no pudo hacer demasiado en el segundo gol de Daniel Angulo, anduvo bastante bien.

¿Faltaba más? Sí. A quince del final, el argentino intercambió roles con Alex Bolaños y el moreno ex Olimpo tomó la posta. Decidido a empatarlo, Blanco encabezó un contrataque sobre la hora que terminó en un penal a favor de Barcelona, que el Pony Oyola se encargaría de depositar en las manos de Librado Azcona.

Barcelona perdió momentáneamente la punta ante Independiente, aunque pudo recuperarla algunas fechas después. Sin embargo, fue derrotado en la gran final por el ganador de la primera etapa del campeonato, Emelec.

¿Fin de la historia? Ni ahí. ¿Hay algo más baldosero? Claro que sí. Una tradición centenaria en Ecuador es la quema del monigote. ¿Qué carajo es un monigote? Nos preguntamos lo mismo. Se trata de un muñeco gigante, generalmente hecho de cartón y papel, que se incendia a fin de año como una forma de dejar atrás el pasado y proyectar el futuro.

MonigoteBlanco

¿Qué tiene que ver esto con el fútbol? En aquel 2014, uno de los monigotes más buscados fue el del Zungui Blanco. No cualquiera, claro, sino uno vestido de arquero, como el que vemos en la imagen de arriba. También estaba la versión jugador de campo (bastante más falopa, por cierto). Al menos un hincha fervoroso de Barcelona de Guayaquil desembolsó la friolera de 300 dólares por aquel coso (?) que se hizo cenizas en cuestión de minutos.

Como dice el Pity Álvarez en, justamente, la canción Fuego: «estamos enfermos, perdónennos».

Sud América con la camiseta de Chacarita (2014)

chacaritasudamerica

Un equipo homenajea a otro, utilizando sus colores en señal de amistad o admiración, un gesto que se ha visto en más de una ocasión. Sin embargo, pocos fueron tan lejos como Sud América de Uruguay, que cometió la osadía de utilizar el escudo de Chacarita, desatando un conflicto internacional.

Nacido en Montevideo en 1914, el IASA (Institución Atlética Sud América) jugó mayormente en Primera, aunque muchas temporadas en segunda, con un hito que es una goleada a Gimnasia en la Conmebol. Siempre se identificó por el naranja de su camiseta, lo que le valió el apodo de Los Buzones, en honor a los buzones del correo que tenían el mismo color. ¿Cómo es que llegó a vestir la tricolor?

En 2011, el argentino Vicente Celio dejó su cargo de Presidente de Chacarita, para luego cumplir la misma función en Sud América, ya convertido en sociedad anónima. En poco tiempo, el conjunto anaranjado consiguió el ascenso (después de 17 años), logrando el objetivo de festejar el centenario de la institución con un lugar en Primera División.

escudochacarita

Fue así que en septiembre de 2014, el IASA dirigido por Jorge Vivaldo (y con otros ex Chaca como Emanuel Centurión y Maureen Franco) salió al estadio Centenario para enfrentar a Peñarol. Los pronósticos de fútbol ponían al Manya como favorito, pero el partido terminaría 1 a 1. Lo que llamó la atención, sin dudas, fue otra cosa…

La camiseta del visitante ese día fue roja, blanca y negra. Igual a la de Chacarita. Y para que no quedaran dudas, llevaba el escudo del Funebrero en el centro. ¿Un homenaje?

Desde San Martín, la respuesta no tardó en llegar y el club emitió un comunicado en el que expresó su repudio: «Sudamérica de Uruguay ha incurrido en una apropiación de los emblemas que distinguen a Chacarita en el mundo, elementos que lo identifican, y que no deberían imitarse».

Más o menos lo que decía El Negro:

Se agrandó Chacarita

¡Qué linda es la camiseta de Chacarita! Es más, si algún día me hacen uno de esos tontos reportajes llamados “ping-pong”, cuando me pregunten “una camiseta” diré: “la de Chacarita”. Es la que más me gusta, con la excepción, lógicamente y por razones claramente sentimentales, de la de Rosario Central. Pero la de Central, incluso desde un punto de vista discutiblemente objetivo, es una linda camiseta. Es alegre, festiva, divertida. Cuando el equipo sale a la cancha y el sol pega de lleno sobre esa camiseta, la auriazul reluce como si fuera de chapa esmaltada.

Pero la de Chacarita tiene, si se quiere, un toque de sofisticación, de ingenio. Y yo creo que ese toque reside en esa línea finita, blanca, que se ha colado entre las rojas y las negras, más anchas y prepotentes. Esa línea delgada y blanca aporta un trazo de distinción, brinda luz, relieve, cierto brillo. Tiene algo de capricho, además, al ser más finitas que las otras y marca la diferencia, por otra parte con las miles y vulgares camisetas a franjas verticales de sólo dos colores. Y lo hace, puntualicemos, en la medida justa, sin complicar la imagen de la divisa funebrera a punto de convertirla en una señal de ajuste televisiva o en un simple código de barras. Y es por sobre todas las cosas – y a esto quiero llegar, mis amigos -, una camiseta de fútbol, una pura y elocuente camiseta de fútbol. Hay muchas otras, las de un solo color pleno (europeas, más que nada) que sirven para jugar al fútbol pero que también servirían, tranquilamente, para ir al cine o a una velada danzante. Usted, mi amigo, por ejemplo, se pone la camiseta roja del Deportivo Español, por mencionar una o la granate de Lanús y la acompaña con unos pantalones grises y un saco blanco y ya luce un “elegante sport” para la reunión de gala. Hasta la de Ferro, con una corbata al tono lo haría pasar por un golfista de relieve o por un yashtman que disfruta de una ocasional noche en tierra. Pero si usted se pone la del funebrero, aún con un saco encima, y hasta con un chaleco, no faltará la dueña de casa que lo reciba diciendo: “Caramba, ingeniero, se nos ha venido con la camiseta de Chacarita”.

Por otra parte, y afortunadamente, los asesores de imagen del club funebrero nunca han profundizado demasiado en el tentador tema macabro, distintivo de la entidad. Los yanquis, seguramente, reyes del merchandising, ya hubiesen lanzado al mercado una camiseta plagada de calaveras sonrientes o con reproducciones del esqueleto del grabador mexicano Guadalupe Posadas.

Roberto Fontanarrosa

 

Verón Mauricio

Mauricio Rodrigo Verón (La Bruja)

Y ya que venimos de planteles suprabaldoseros por completar, no podemos obviar al increíble Belgrano de Córdoba de principios de milenio. En contraposición al querido Ferro que se fue al descenso -donde hubo especimenes de todo tipo, calaña y exotismo- por El Pirata desfiló una caterva de jugadores quienes, luego de su efímero y remoto paso por Primera División, se convirtieron en futbolistas de “tierra adentro”. Y cuando decimos “adentro” es bien adentro. En lo profundo, lo postergado, lo rayano a lo amateur… ese es el caso de Mauricio Verón.

Volante central de esos que se pelan las rodillas con la única función de recuperar la pelota y pasársela a un ser humano que luciese la misma camiseta, nuestro homenajeado nació en San Lorenzo (Santa Fe) el 2 de julio de 1979. Iniciado en las canchas de Primera B con Argentino de Quilmes (1998/99), a mediados de 1999 llegó a Belgrano pero recién pudo debutar al año siguiente, cuando Mostaza Merlo lo utilizó durante 17 encuentros del Clausura siendo, mayormente, relevo de Teté González, y de José Luis y de Javier Villarreal.

Al siguiente torneo, La Pepona Biasutto lo mandó a la cancha en sólo 5 partidos y parecía que Verón no tenía nada más para brindar en la elite. Sin embargo, en 2001 llegó al banco Pirata Gustavo Alfaro, quien en la pretemporada ratificó al volante central como dueño indiscutido del puesto. La aventura de Mauricio Verón saliendo al campo entre los once duró lo que tenía que durar: hasta la segunda fecha, cuando se fue lesionado a los 37 minutos en la victoria 1 a 0 sobre Talleres en el clásico, con aquel inolvidable zapatazo de Julio López.

Un año y medio después, cuando Verón se recuperó de su lesión, Belgrano ya se había ido al Nacional B con su correspondiente y -por aquellos años- habitual depuración. El volante se exilió en Quilmes (2002/03) de esa categoría y fue actor de reparto en el equipo que logró el histórico ascenso a Primera. Aquel año lo finalizó en Argentino de Rosario de la Primera C, para luego iniciar un inestable raid al que vamos a denominar: “Deep Web”, mientras más profundo se escarba, más indicios hay sobre su paradero…

Tigre (2004), otra vez Argentino de Rosario (2005), Central Córdoba (2005/06), Independiente de La Rioja (2006/07), Atlético Tucumán (2007/09), Racing de Córdoba (2009/10), 9 de Julio de Morteros (2010), Sportivo Las Parejas (2011), Sarmiento de La Banda (2011/12), Atlético Regina (2013/14), Concepción FC (2014/15) y Tiro Federal de Morteros (2015) fueron sus siguientes destinos, conociendo más categorías que las que puede soportar un ser humano normal en esta existencia.

A mediados de 2016, Mauricio Verón sigue defendiendo los colores de Concepción FC de Tucumán, compartiendo equipo con la promesa baldosera ex Boca Juniors, Alejandro Alfonso. Nada nuevo bajo el puente. No será la primera ni la última vez que vemos un Verón entradísimo en años insistiendo con correr detrás de una número cinco…

Fuera de Stock: Locos por el fútbol

Allá en los dorados años 90, cuando en el cerrado ambiente del fútbol aún había lugar para la diversión en medio de las polémicas y los sesudos análisis periodísticos, surgió un programa de televisión que con holgura consiguió su primer cometido: entretener; pero que además logró llevar a las familias a las canchas, algo que hoy, en épocas de visitantes prohibidos, nos parece de otro planeta. Con ustedes, Locos por el Fútbol.

Por la pantalla de Canal 13 y con la conducción de Matías Martin, el programa arrancó en 1997 y muy pronto cautivó a miles de televidentes con su propuesta simple: fútbol y diversión. Para combinar esos ingredientes, claro, hacía falta una gran producción, porque la movida no se limitaba a un estudio con un par de cámaras. Era un poquito más grande que eso.

Cada fin de semana, Locos por el Fútbol desembarcaba en alguna cancha de la Argentina y desplegaba su arsenal de juegos, que involucraba a los concurrentes y también a la gente que participaba por teléfono. Sólo basándose en el prejuicio, uno desde su casa podía aventurar que un pibe con pinta de crack la colgaría de un ángulo, aunque después su remate terminase pasando a 10 metros del arco. Y por el contrario, uno podía no tenerle fe a un viejo panzón que luego haría desparramar inútilmente al Loco Gatti o al Pato Fillol, los arqueros estrellas del programa.

Claro que algunas veces, el destino era más impredecible aún y podía regalarnos a un futbolista profesional que pasaba por ahí, como Marcelo Reggiardo, para que demostrara por qué había sido jugador de Independiente y San Lorenzo. Bueno, todavía no lo demostró (?).

Los tiros libres con barrera eran difíciles, sí, pero también estaban los penales. Había que convertir 5 de manera consecutiva para llevarse un auto 0 km (oh, sí, los noventa), aunque manejar la presión de la tribuna y las cámaras quizás no era para cualquiera.

Además de Matías Martin, quien en ese programa comenzaría a dar muestras de sus dotes de gran conductor, también se lucía Javier Botía, un gallego que le agregaba comedia al envío, haciendo llevadero todo tipo de juego, así fuera con estudiantes de la secundaria concursando por un viaje a Bariloche.

Con el éxito de la primera temporada, el programa creció y empezó a girar por distintas localidades de todo el país, donde también se presentaba el gran Mario Alberto Kempes, que en el Arquero Fantasma ponía a prueba, desde la mitad de la cancha, a gente con los ojos tapados que esperaba en la línea del arco e intentaban ganarse 10 mil pesos. Un poquito difícil…

Otro juego en el que se destacaba el Matador, consistía en que dos arqueros (ya sin vendas ni nada parecido) trataran de sacarle un penal.  Y aunque ya estaba grande y muchos podían dudar de sus condiciones, Marito metía unos cañonazos que nos hacían acordar del Mundial ’78, sobre todo cuando se abrazaba con Fillol y su inolvidable buzo verde con el 5 en la espalda.

locosporelfutbol1998

En 1998, el programa sumó la presencia de Daniela Fernández en la conducción. No sólo eso, también un mono como mascota y un montón de jugadores, algunos retirados y otros en camino de, que se convirtieron en figuras del equipo de Locos Por el Fútbol. ¿Quiénes? El Loco Dalla Líbera, el Chino Tapia, Enrique Hrabina, el Turco García y otros más, que junto a Matías Martin jugaban partidos contra otras estrellas o directamente contra equipos de aficionados locales.

En uno de esos partidos, se produjo una de las jugadas más recordadas de la televisión (por desgracia, no registrada en el archivo), cuando el Moncho Pedro Monzón levantó por el aire a Karina Morales, jugadora de la Selección e integrante del programa, donde habitualmente se desempeñaba pateándole penales a los participantes. ¡Qué dolor!

yoquese

La otra gran atracción de Locos por el Fútbol era el juego de preguntas y respuestas, que dio origen al famoso «Caripelas por 200», que logró instalarse socialmente y que hoy se aplica en cualquier situación, sobre todo cuando se trata de discriminar (?).

En ese juego, donde se le daba valor al conocimiento futbolístico, llegó a ganar el arquero Diego Davobe, entre cientos de participantes anotados. Aunque claro, de vez en cuando eran invitados jugadores de Primera División, que se enfrentaban por equipos y, ante la primera pregunta, ponían en evidencia por qué se dedicaban a la práctica y no a la teoría.

Con el final de aquella entrañable década, también se terminó un programa que supo combinar fútbol y entretenimiento en dosis justas, sin rebasar el vaso. Bastante bien para un domingo al mediodía. Y aunque algunos crean que aún sobrevive en un restaurante, nada más alejado de eso.

Bottinelli: los Topper Antara

Después del Mundial de USA ’94, la empresa argento-brasileña Topper supo que iba a tener que esmerarse en la mercadotecnia para no quedar fatalmente relegada en el olvido o en la falta de prestigio. Para esa época, ya no alcanzaba con vestir a diversos clubes del Cono Sur. Había que captar jugadores de calidad o carisma y sobre ellos había que crear líneas representativas con su correspondiente invasión mediática y todo el circo.

En Brasil la iba a tener difícil, ya que a la firma también la responsabilizaban por haber vestido en mundiales a “La Generación Maldita” del país vecino. En la Argentina, por supuesto, la cosa estaba más fácil, ya que en general era todo camino inexplorado.

Por esa razón, los encargados del scouting de estrellas de Topper se sentaron pacientemente durante seis meses, miraron todo lo que pasaba tanto en las canchas como en los diversos medios de comunicación y después tomaron una determinación.

Enzo Francescoli había regresado a la Argentina en julio de 1994. Con su idolatría millonaria a cuestas y el talento intacto, fue campeón y goleador del Apertura de ese año y desparramó elegancia sobre los terrenos de juego. Además, frente a las cámaras se presentaba como un caballero amable, cordial y educado; en contraposición a las máximas figuras de nuestro país, quienes, por aquellos días, estaban totalmente cuestionadas y desprestigiadas por asuntos tales como drogas, pelo largo, señoritas y falta de profesionalismo.

Por supuesto, nada de eso llamó la atención de la gente de Topper. Lo que si lo hizo fue que durante aquel primer semestre de su retorno, Enzo Francescoli había jugado con botines totalmente negros… o sea ¡No tenía patrocinador! Al ver como los peces se subían sólos al bote mientras estaban pescando (?), los empresarios se reunieron con el uruguayo a comienzos de 1995, firmaron los papeles y lo presentaron como la cara exclusiva de la original línea Antara.

La empresa se dedicó, como corresponde, a todos los chivos en los medios gráficos y en la estática de los estadios, además de un esmerado seguimiento de notas: si uno agarra una revista con una entrevista a Francescoli de aquel año, podrá ver como el delantero aparecía vestido con ropa de Topper o la publicidad de la marca aparecía en esas páginas.

Lamentablemente para ellos y pese a que un Francescoli limitado por una lesión de hombro tuvo un gran nivel, River no ganó nada durante esos doce meses. La buena para Topper fue que El Enzo levantó la Copa América con su Selección y -por la sumatoria- el Círculo de Periodistas Deportivos lo distinguió con el Olimpia de Plata en Fútbol de aquel año (que iba para Maradona antes dell 4-6 contra Racing).

¿Y que hizo la orgullosa Topper durante el verano de 1996? Llenó páginas y páginas de diarios y revistas felicitando al papá de Marco y Bruno por la obtención de dicho logro con los benditos botines Antara…

Un hermoso gesto que Francescoli retribuyó ¿Cómo? Estrenando unos flamantes botines Adidas Predator en el primer partido oficial de aquel año: el empate 1 a 1 con San Lorenzo en el Nuevo Gasómetro por la Copa Libertadores. Es más, la foto del gol apareció en primera plana en todos los medios… por que el populacho debía saberlo con rapidez: ahora Francescoli usaba Predator…

Tras morder el polvo del mate (?), los encargados de Topper aguardaron unos meses y en mayo de 1996 anunciaron como la nueva cara de la línea Antara a Claudio Paul Caniggia, quien venia con el nivel en alza tras arrastrarse por los campos durante el último semestre de 1995.

El Pájaro estrenó los botines en el empate 0 a 0 de la Selección Argentina en Perú por Eliminatorias y Daniel Passarella no lo volvió a convocar más durante su ciclo… Toda la suerte, Topper. Toda…

La empresa si la clavó azarosamente al ángulo durante el superclásico del Clausura ’96, donde El Cani -por única vez en su carrera profesional- convirtió un Hat-Trick para la victoria Xeneize por 4 a 1 y justo la firma había comprado segundos en el entretiempo para lanzar la revolucionaria campaña de “El Pájaro de Topper”. Es más, los tres goles de Caniggia fueron en el segundo tiempo, después del estreno del comercial. Una inolvidable superproducción como nunca se había visto hasta ese momento en nuestro país.

Todavía borrachos de alegría por aquel golazo, los responsables de Topper decidieron rápidamente lanzar la línea de botines “Pájaro TC”, que eran básicamente los Antara pero con un leve cambio en la suela y en el logo. Era un borrón y cuenta nueva, totalmente dedicado a Caniggia y sin vinculación alguna con Enzo Francescoli.

Todo muy lindo pero ¿qué pasó? Después del anuncio de la nueva franquicia, Claudio Paul Caniggia estuvo más de un año inactivo por desavenencias varias con el Cartonero Macri. Y si bien El Hijo del Viento después regresó a Boca, Topper Argentina no volvió a insistir con campañas exclusivas y agresivas en torno a ningún treintañero. Ya habían sido demasiado pajarones…

[Baldosa Olímpica] A saideira

Alfredinho grita, es casi la medianoche y está sentado en una pila de sillas plásticas de su bar, Bip Bip, que reúne artistas locales desde 1968. Alfredinho grita con una voz gastada, lastimada, disfónica. Y no está festejando, está quejándose de algo, como casi siempre. Ahora es por un teléfono que no anda, pero dentro de 5 minutos será por la falta de cambio, por una lapicera que no encuentra o por un cliente que no respeta el silencio. Alfredinho siempre está enojado y eso es lo que lo diferencia de cualquier otro carioca, convirtiéndose en un ejemplar de colección.

La gente de Rio de Janeiro también grita. Y mucho. Levantamiento de voz debe ser el segundo deporte más popular, después del fútbol. Pero, a diferencia de Alfredinho, el resto de los cariocas grita como prueba de alegría, de felicidad, de asombro o simplemente por costumbre.

No hay motivos para estar enojado en esta ciudad. El clima, la playa, la cerveza bien fría, las mujeres lindas, los tipos con buena onda. Podría tratarse de una mirada superficial, típica del turista que sólo conoce lo que ofrece la postal, pero no. El carioca vive de esa manera, relajado, despreocupado. Y eso, incluso, es motivo de burla para brasileños de otras ciudades, como los de San Pablo, que no pueden entender a esta gente que se viste tan mal, que no respeta horarios y que parece estar de vacaciones siempre, incluso cuando está trabajando.

Alfredinho sale disparado de la pila de sillas y camina a toda velocidad por la vereda en dirección a un kiosco vecino que tiene un televisor. Juegan las selecciones femeninas de Brasil y China en vóley. Una jugadora local remata y la pelota da en la red. Alfredinho abre sus ojos de sapo y putea, se queja una vez más. Dice que el partido ya está perdido y vuelve a su bar, donde hace varios días pegó un cartel en contra de Temer y Rio 2016.

Él, como socialista, no puede estar de acuerdo con la manera en la que este hombre llegó a ocupar el cargo de Presidente, ni con la realización de los Juegos en medio de semejante crisis. Y no es el único, claro. Por eso las marchas y protestas en la previa y durante las competencias, aunque eso no impide que los brasileños sigan viendo deporte por TV. Y también en la cancha.

En el Arena Carioca 1 del Parque Olímpico de Barra de Tijuca, juegan Argentina y Lituania al básquet. Los cariocas ahora gritan, pero no por su país, sino por el rival de los nuestros. Y lo harán en cada deporte donde haya una bandera celeste y blanca.

Un argentino encara a un grupito de verde y amarillo y se agarra los huevos, provocándolos a apenas dos metros de distancia. Ellos no reaccionan violentamente, pero tampoco con originalidad: «Mil gols! Mil gols! Mil gols! Mil gols! Mil gols! Só o Pelé! Só o Pelé! Maradona cheirador!”.

Cantan que mil goles solo hizo Pelé y que Maradona es un drogadicto. Una boludez gigante que surgió en respuesta a otra boludez gigante que fue el “Brasil, decime qué se siente” del 2014. Que Romário y hasta Tulio Maravilha también hayan llegado a las 4 cifras, tira abajo una de las canciones. Que desde Italia hasta hoy Brasil haya ganado de todo, incluso 2 mundiales, sepulta la otra, aunque también es cierto que sólo se trata de un duelo de hinchas, no es más que eso.

Hoy es un día de sol, no se lo vaya a perder, Bolt va a correr, la cerveza también. Las pruebas arrancan a las 9 y pico de la mañana en el estadio Engenhão, ex João Havelange, un viejo enemigo del Diego que acaba de dejar el mundo unas horas antes. No hay clima de funeral, más bien todo lo contrario.

Los puestos de Skol ya tienen largas filas de gente dispuesta a tomar y seguir tomando para completar la colección de 42 vasos, uno por cada disciplina. Unos australianos hacen equilibrio entre las butacas, con una pila de 10 o 12 vasos amarillos. Cuesta emborracharse con una cerveza tan liviana, pero de todas maneras hacen el esfuerzo.

Suena un disparo, no es la policía, a pesar de que está en todos lados mostrando sus armas. Es la largada de la clasificación de los 200 metros. Aquellos tipos que se ven chiquitos, dentro de 10 ó 12 segundos pasarán por acá y serán grandes. Gigantes.

De repente, a un australiano se le cae un vaso. Se agacha para agarrarlo y no desarmar su colección. Para cuando se levanta, Usaín Bolt ya pasó, más adelante mira a cámara y está cagándose de risa con el que salió segundo. Lo esperan para festejar.

David Bipso llevó la antorcha el día previo a la inauguración de los Juegos. No es un deportista olímpico y tampoco lo será. Tiene 44 años y es el dueño del Bar do David, elegido como Mejor Boteco de 2016. Acaba de invitar a Bolt a su local. ¿La particularidad? Está ubicado en la favela Chapéu Mangueira del Morro de Babilonia, ahí donde se filmó parte de la película Tropa de élite, protagonizada por Wagner Moura.

Esa favela estuvo dominada por los narcos durante mucho tiempo, pero en 2009 empezó un proceso de pacificación que en la actualidad incluye hoteles, gastronomía…y muchos policías. Demasiados.

Ahora es de noche y no hay tanta cana. El barrio de Lapa es tierra de nadie. O mejor dicho, de los jóvenes. Hay música, hay joda, pero no hay bares para tanta gente. Casi que tampoco alcanzan las calles, todo el mundo afuera. La caipirinha, que en otros lugares está 20 reales, en un puesto callejero te la venden a 7. Y en otro, a 5. Regalado, como cualquier extranjero no demasiado informado caminando entre travestis y pirañas, que algunas veces son las dos cosas.

Quien todavía conserva el celular, alcanza a mirar la hora. Cinco y algo. Es muy tarde. O muy temprano, según cómo se mire. Una combi promete llevarte a tu cama por 5 reales y hay demasiado sueño para no creerle. Leblon, Ipanema, Copacabana, Leme, Botafogo, Flamengo, Catete. Todo parece familiar. Arriba que nos vamos.

Vuelve a salir el sol, siempre después que las nubes. Así como le pasa al brasileño, que encuentra en Neymar la combi salvadora para volver a hablar de fútbol y que no se lo coman las pirañas.

La fiesta final es de ellos, pero estamos invitados. Hay música, hay amigos, hay fútbol, hay gente gritando. Si hasta Alfredinho debe estar contento. Sale una cerveza, otra y otra. Y cuando creés que es la última, llega “A saideira” (la salidera), un fenomenal concepto que oficialmente le pone fin a la noche, aunque muchas veces sea mentira.

Se baja la persiana. El cielo llora por el final de los Juegos, dicen en Rio. Pese a la invitación, Bolt nunca llega a Babilonia. Y seguramente no por miedo a los favelados, sino a los policías. Ya se sabe cómo disparan cuando ven a un negro corriendo.