Laumann Roberto

Roberto Alejandro Laumann (Carucha)

Algún domingo remoto de mediados de 2002. Tarde, oscuridad, lluvia. Con poco ánimo y estima, me debatí entre las únicas tres opciones que me seducían desde el horizonte: pegarme un corchazo por la suerte –mala, poca, chota– que corrió la Selección Argentina en el recientemente fenecido Mundial de Japón / Corea; ahorcarme por tener que trabajar durante diez horas un feriado en un renombrado supermercado marplatense luego de habérmela puesto en la pera en un boliche o cortarme las venas por lo que habían hecho con ese fraternal amigo semanal de la juventud llamado El Gráfico, ahora devenido en olvidable publicación mensual.

Tras mucho analizarlo, decidí descartar la pistola, la soga y la navaja, y finalmente compré la revista, número en el cual aparecía en portada la reciente gran aparición de nuestro fútbol –Andrés D’Alessandro- y que, oh sorpresa, contenía de regalo una guía del Torneo Apertura 2002, próximo a comenzar. Vale aclarar que, en ese momento, me encontraba sumergido en una profunda depresión post Mundial, sensación en donde uno no sabe qué jugador sigue en su club, ni quien se fue al exterior, ni a qué equipo. Así que la guía venía como anillo al dedo.

Subí al colectivo con El Gráfico debajo del brazo y me dirigí hasta los asientos del fondo para desparramarme con mayor comodidad, no sin antes escuchar a dos jovencitas piropearme y verlas hacerme ojitos y tirarme sonrisitas… porque podría haber estado ojeroso y de resaca, pero siempre fui un diablillo (?).

Y ahí me dispuse a analizar, con detenimiento, a la guía y, por supuesto, también a las dos pibas: “de las dos, la morocha está mejor, lejos”. Último Top de Boca: Carlos Tévez; El que se viene: César González. “Como me enloquece cuando las minas se hacen rodete, puta madre”. Último Top de Colón: Hugo Ibarra; El que se viene: Marcelo Long. “Mirá como me mira y se sonríe. ¿Le digo algo ahora o espero a llegar al puerto?”. Último Top de Independiente: Gabriel Milito; El que se viene: Emanuel Rivas. “La rubia está también… No te digo que me pongo de novio, pero le acabo adentro y después me borro (?)”. Último Top de Newell’s: Maxi Rodríguez; El que se viene: Gustavo Rodas.

Lo que siguió fue oscuridad, completa, hasta que de golpe escucho: “¡Uh, sale con baba!” y como un acto reflejo me desperté y tragué mi saliva ante la cara de asco y condescendencia de las dos flacas, quienes ya se disponían a bajarse del colectivo.

Lamentándome por una impensada oportunidad perdida, me dispuse a continuar con lo único que podría sacarme la bronca e impedir que me duerma otra vez y termine bajándome en Miramar: La Guía del Apertura. Cuando agaché la mirada, vi, como un recordatorio eterno, una espesa y grumosa mancha de baba sobre un nombre: Roberto Laumann. Y a esa persona no la pude olvidar jamás. Pero, ¿dé quien se trataba?

laumann02

Lateral derecho o zaguero central nacido en 1979, Laumann debutó en la primera fecha del Apertura ’02, cuando Olimpo regresó a Primera División y fue derrotado por el debutante absoluto Arsenal con un gol del Tano Piersimone. Por algunas lesiones y la llegada de Dario Marra, nuestro protagonista no volvió a jugar ni a ir al banco durante el resto del torneo. Reapareció en el Clausura ’03, donde sólo jugó en una derrota por 0-3 frente a Nueva Chicago, en Bahía Blanca.

El siguiente torneo –Apertura ‘03- fue el más productivo para el defensor: 2 partidos. El encuentro completo frente a Lanús (2-2) y 18 minutos frente a Nueva Chicago (1-1). Se despidió con una derrota por la mínima contra Arsenal por el Clausura ’04 con gol, otra vez, del Tano Mauricio Piersimone. Carrera capicúa (?).

¿Y que siguió a todo eso para Carucha Laumann? Ascenso profundo y regional con las camisetas, por ejemplo, de Villa Mitre y Unión de Bahía Blanca o de Unión de Tornquist. Demasiado poco para quien fue sindicado como La promesa a seguir de Olimpo por la prestigiosa revista El Gráfico. Una promisoria carrera que se diluyó como una asquerosa mancha de saliva en una página…

Rosano Sebastián

Sebastián Rosano Escobar

Nacido en 1987 en la ciudad uruguaya de Rivera, al límite con Brasil, Sebastián Rosano se destacó tanto en su tierra, que llegó a cruzar la fontera para jugar en la selección brasileña….de básquet. Eso podría resumir la carrera de un tipo con algo de talento en las manos, que finalmente se dedicó a tocar la pelota con los pies. Baldoserísimo.

«A los 15 años fui convocado y me entrené durante un mes. Ahí viajé mucho y jugué amistosos. Era un base más bien armador, pero con buen tiro de tres puntos. A veces aprovechaba la velocidad y corría la cancha, pero me gustaba más dar juego. Y en el fútbol era delantero, me destacaba arriba. Me iba bien en los dos deportes, pero en un momento tuve que elegir. Me dijeron que me había venido a buscar Wanderers de Montevideo. Le pregunté a mi viejo y él me dijo que sería feliz si jugaba al fútbol. Y bueno, le hice caso», contó al Diario Olé en su llegada a Racing, allá por el 2009.

Venía de jugar un par de años en la Primera de Wanderers, ya como volante por derecha, y había tenido un frustrante paso por el Cagliari de Italia (2008), cuando le surgió la chance del fútbol argentino, para vestir los colores de Tigre. En el Matador disputó 29 partidos en la temporada 2008/09 y le hizo un gol a Banfield en una victoria 3 a 0 en el Florencio Sola. Suficiente para dar el siguiente paso en el mundo del delito deportivo.

En julio de 2009, Ricardo Caruso Lombardi armaba su Racing, después de haberlo salvado del descenso. ¿Dinero para incorporaciones? Poco. ¿Licencias? Todas. Eso le permitía jugar a lo que más le gusta: un tetris de ex dirigidos, futbolistas de descarte, talentos escondidos y resultados de pruebas multitudinarias. Así llegó el uruguayo a La Academia, para el Apertura 2009.

Lo que vino después fue un nuevo episodio de ese gran combo que es Caruso: su Frankenstein armado desde cero se empezó a descoser y tuvo que irse después de una derrota 2 a 1 ante Boca, dejando el bestiario en el vestuario: De Olivera, Santillo, Dobler, Tavio, Brítez Ojeda, Pablo Monsalvo, Damián Ledesma, Javier Velázquez y Damián Steinert, entre otros.

En ese torneo, el charrúa sólo disputó 7 partidos, pero su situación cambiaría en 2010, cuando Claudio Vivas le dio la camiseta número 10 (Sí, la de Ruben Paz) para el torneo de verano. Por supuesto que Rosano no estuvo a la altura y  Vivas no lo puso nunca en el torneo Clausura.

Recién con la llegada de Miguel Ángel Russo, el uruguayo pudo tener minutos e incluso fue titular varias veces. ¿Cuál era su gracia? Una inusitada fuerza de brazos para sacar los laterales, que podían convertirse en un pase gol. Claro que eso nunca sucedía, porque Rosano nunca le acertaba a los compañeros. En un partido ante Newell’s, en el Cilindro, toda la parcialidad local le pidió al DT que lo sacara. Y al minuto 75, Miguelito lo sacó. Son decisiones.

Tras su periplo por Argentina, decidió reiniciarse en Montevideo Wanderers (2010/11), lo que le permitió desembarcar en Peñarol (2011/12) y vender un poco de humo: «Mi señora es de Nacional, pero si no grita los goles de Peñarol, no come».  Se habrá cagado de hambre (?).

¿Sus hits? Un tanto a Nacional, en un clásico que terminaría siendo derrota 2 a 1 sobre el final. Y un piedrazo que ligó de la gente de Godoy Cuz Antonio Tomba. Listo.

Lo que vino después, era esperable: un paso por Olimpia, ¿de Paraguay? No, de Honduras (2012/13). Otro paso por Juventud, ¿de Turín? (?). No, Las Piedras (2014/15). Y su vuelta a Peñarol, ¿de Montevideo? No, de Rivera (2016/17).

En 2017, también vistió la camiseta de Tacuarembó Fútbol Club, pero terminó el año levantando una copa en el aurinegro de su pueblo. Y lo más increíble, no fue jugando al básquet.