Aquellos boxeadores consagrados suelen afirmar que no desearían que sus hijos continúen con esa actividad. Justifican esa posición asegurando que se trata de un deporte muy duro, peligroso y de vida corta. Los futbolistas, en tanto, siempre insisten con que sus chicos tendrán la libertad de elegir.
Sin embargo, y como sucede a menudo, muchos niños y no tan niños buscan emular a sus padres, aún sin tomar consciencia de lo desgraciado que puede resultar cierto tipo de oficio.
En esta ocasión, el homenaje es para “los hijos de…”, pero no de futbolistas como Sebastián Fillol, Leonardo Más, el Chavito Anzarda y tanto otros. El capítulo que nos compete tiene que ver con personas a las que sí les importa un pito. No es secreto que los chicos pueden desplazar una parte de sus deseos tiernos y libidinosos del pecho de la madre al pito del padre.
Si ser árbitro puede ser desdichado, mucho peor ser árbitro hijo de árbitro, que aún teniendo buenas actuaciones, recibirá insultos y agravios por lo hecho por su progenitor.
Nicolás Lamolina
Hijo de Francisco, o el hijo de un Pancho, se desempeña sin mucho éxito en Primera C y también lo ha hecho en partidos de Reserva de Primera División. Previamente, realizó el recorrido habitual con pasos por divisiones juveniles, infantiles, futsal. Con 27 años, es la tercera generación de árbitros de la familia. La actividad la arrancó su abuelo, la continuó su padre y la proyectó él. Los Lamolina esperan que la cadena no se corte y Siga Siga…
A la hora de explicar el porqué de su pasión por el arbitraje, Nicolás le contó al Diario Olé que «existe una tendencia familiar, en mi caso doble, por mi abuelo y mi viejo. Me influyó. Yo jugaba al fútbol y llegó un momento en el que tuve que decidir qué hacía con mi vida»
Justamente a la hora de evaluar las ventajas de desventajas de ser hijo de, señaló que «un amigo me dice que yo tengo la suerte y a la vez la desgracia de ser el hijo de Lamolina. Suerte, porque mi viejo me sigue, me da consejos hasta de cómo plantear un partido, se anticipa para que no tenga errores. Y la desventaja de que muchos piensen que soy como él en una cancha. Yo recién estoy aprendiendo y dirijo en las categorías más bajas. La gente pretende que sea un fenómeno, pero la mayoría se acuerda del mejor momento de mi viejo, no de sus primeros pasos«.
Por otra parte, a la hora de los insultos, reconoce que por ser el pibe de Lamolina «quizás la puteada sea más fácil porque el cantito ya lo saben. A mi viejo lo iba a ver siempre en su última etapa. A veces la pasaba bien y otras mal. Yo era muy chiquito y sufría porque no entendía cómo cien mil personas lo puteaban. Lo entendí tiempo después«.

Hernán Mastrángelo
Hijo de Carlos, ahora actor, consideró que si su padre fue árbitro durante tantos años fue por la felicidad que le producía, y por ese motivo tomó la posta. «Si la carrera de mi viejo fue tan larga, es porque el arbitraje lo hizo feliz. Me inclinó hacia esta carrera y no me quedó otra que aceptar. Además me di cuenta que con los pies me iba a costar un poquito y terminé con el silbato«, dijo en la entrevista al diario Olé.
Consultado sobre las alegrías en el arbitraje, Hernán sostiene que «sólo nosotros entendemos por qué somos felices dentro de una cancha, aunque nos insulte mucha gente. Nos genera adrenalina, una sensación muy fuerte. A veces, no te das cuenta del sentido vocacional sino hasta que dirigís el primer partido. Hay veces que no dirijo algunas semanas y no sé que hacer«.
Por otra parte, asegura que no tiene condicionamientos por el lugar que ocupó su padre, de lo contrario, «no podría salir a la cancha«, asevera.
Y a la hora de las comparaciones, señala que «es difícil marcar la diferencia porque cada uno que te observa en una cancha, piensa inmediatamente en ellos y supone que somos iguales o mejores. Pero nosotros somos nosotros. El era más de la palabra que de la tarjeta, le gustaba ponerse a los jugadores de su lado. Tenía claro quienes eran los verdaderos protagonistas. Se les acercaba al oído y les decía: ‘la concha de tu hermana, quedate tranquilo porque te rajo a la mierda’. Hoy sería muy complicado, hay muchas cámaras«.
Por último, sobre su paso por la escuela, reconoció que «fue terrible, en pleno auge de mi viejo, comencé la secundaria. Y si él se confundía en contra de un equipo, algunos compañeros me venían a apurar a mí con críticas y cargadas. Me agarré a trompadas un millón de veces. No quería que me hicieran cargo de algo que había hecho mi viejo. Me sirvió para formar temple«.
Los Vigliano
Hijos de Jorge, se mataron en la originalidad. Eligieron la misma profesión y compiten entre ellos, al menos para lograr el reconocimiento de su padre, hoy columnista radial.

Mauro Vigliano
Previo a volcarse por el arbitraje, Mauro (5/08/75, ahora en Primera B) pasó por el fútbol, el rugby y la natación, pero aclara que el ser juez «no vino a reemplazar otra vocación frustrada«.

Paulo Vigliano
Jugó de volante en la Reserva de un club del Ascenso y al mismo tiempo estudiaba arquitectura pero «llegó un momento en que no hacía una cosa ni la otra. Entonces me metí de lleno en la facu y comencé a dirigir, como un hobbie«.
Ante la pregunta reiterada, sobre beneficios y contras de haber tenido un padre árbitro, para Paulo “es un plus respecto de otros colegas porque desde chicos mamamos cosas propias del ambiente. Y para Mauro, «está claro que nos gustaría llegar a ese lugar, pero si sólo nos fijáramos ese objetivo, perderíamos de vista el partido del próximo sábado. Y si luego no llegáramos a Primera, sentiríamos un vacío enorme«.
Al ser tantos los Vigliano dentro de la actividad, concluye Mauro que las cosas pasan «por triplicado porque me putean por mi hermano, por mi viejo y por mí«.
Patricio Lousteau
Hijo de Juan Carlos, la tiene más difícil porque fue un groso en serio, aunque viene por el buen camino con reconocimientos en sus pasos por las categorías de ascenso y hoy dirigiendo la B Nacional.