[Baldosa Olímpica] A saideira

Alfredinho grita, es casi la medianoche y está sentado en una pila de sillas plásticas de su bar, Bip Bip, que reúne artistas locales desde 1968. Alfredinho grita con una voz gastada, lastimada, disfónica. Y no está festejando, está quejándose de algo, como casi siempre. Ahora es por un teléfono que no anda, pero dentro de 5 minutos será por la falta de cambio, por una lapicera que no encuentra o por un cliente que no respeta el silencio. Alfredinho siempre está enojado y eso es lo que lo diferencia de cualquier otro carioca, convirtiéndose en un ejemplar de colección.

La gente de Rio de Janeiro también grita. Y mucho. Levantamiento de voz debe ser el segundo deporte más popular, después del fútbol. Pero, a diferencia de Alfredinho, el resto de los cariocas grita como prueba de alegría, de felicidad, de asombro o simplemente por costumbre.

No hay motivos para estar enojado en esta ciudad. El clima, la playa, la cerveza bien fría, las mujeres lindas, los tipos con buena onda. Podría tratarse de una mirada superficial, típica del turista que sólo conoce lo que ofrece la postal, pero no. El carioca vive de esa manera, relajado, despreocupado. Y eso, incluso, es motivo de burla para brasileños de otras ciudades, como los de San Pablo, que no pueden entender a esta gente que se viste tan mal, que no respeta horarios y que parece estar de vacaciones siempre, incluso cuando está trabajando.

Alfredinho sale disparado de la pila de sillas y camina a toda velocidad por la vereda en dirección a un kiosco vecino que tiene un televisor. Juegan las selecciones femeninas de Brasil y China en vóley. Una jugadora local remata y la pelota da en la red. Alfredinho abre sus ojos de sapo y putea, se queja una vez más. Dice que el partido ya está perdido y vuelve a su bar, donde hace varios días pegó un cartel en contra de Temer y Rio 2016.

Él, como socialista, no puede estar de acuerdo con la manera en la que este hombre llegó a ocupar el cargo de Presidente, ni con la realización de los Juegos en medio de semejante crisis. Y no es el único, claro. Por eso las marchas y protestas en la previa y durante las competencias, aunque eso no impide que los brasileños sigan viendo deporte por TV. Y también en la cancha.

En el Arena Carioca 1 del Parque Olímpico de Barra de Tijuca, juegan Argentina y Lituania al básquet. Los cariocas ahora gritan, pero no por su país, sino por el rival de los nuestros. Y lo harán en cada deporte donde haya una bandera celeste y blanca.

Un argentino encara a un grupito de verde y amarillo y se agarra los huevos, provocándolos a apenas dos metros de distancia. Ellos no reaccionan violentamente, pero tampoco con originalidad: «Mil gols! Mil gols! Mil gols! Mil gols! Mil gols! Só o Pelé! Só o Pelé! Maradona cheirador!”.

Cantan que mil goles solo hizo Pelé y que Maradona es un drogadicto. Una boludez gigante que surgió en respuesta a otra boludez gigante que fue el “Brasil, decime qué se siente” del 2014. Que Romário y hasta Tulio Maravilha también hayan llegado a las 4 cifras, tira abajo una de las canciones. Que desde Italia hasta hoy Brasil haya ganado de todo, incluso 2 mundiales, sepulta la otra, aunque también es cierto que sólo se trata de un duelo de hinchas, no es más que eso.

Hoy es un día de sol, no se lo vaya a perder, Bolt va a correr, la cerveza también. Las pruebas arrancan a las 9 y pico de la mañana en el estadio Engenhão, ex João Havelange, un viejo enemigo del Diego que acaba de dejar el mundo unas horas antes. No hay clima de funeral, más bien todo lo contrario.

Los puestos de Skol ya tienen largas filas de gente dispuesta a tomar y seguir tomando para completar la colección de 42 vasos, uno por cada disciplina. Unos australianos hacen equilibrio entre las butacas, con una pila de 10 o 12 vasos amarillos. Cuesta emborracharse con una cerveza tan liviana, pero de todas maneras hacen el esfuerzo.

Suena un disparo, no es la policía, a pesar de que está en todos lados mostrando sus armas. Es la largada de la clasificación de los 200 metros. Aquellos tipos que se ven chiquitos, dentro de 10 ó 12 segundos pasarán por acá y serán grandes. Gigantes.

De repente, a un australiano se le cae un vaso. Se agacha para agarrarlo y no desarmar su colección. Para cuando se levanta, Usaín Bolt ya pasó, más adelante mira a cámara y está cagándose de risa con el que salió segundo. Lo esperan para festejar.

David Bipso llevó la antorcha el día previo a la inauguración de los Juegos. No es un deportista olímpico y tampoco lo será. Tiene 44 años y es el dueño del Bar do David, elegido como Mejor Boteco de 2016. Acaba de invitar a Bolt a su local. ¿La particularidad? Está ubicado en la favela Chapéu Mangueira del Morro de Babilonia, ahí donde se filmó parte de la película Tropa de élite, protagonizada por Wagner Moura.

Esa favela estuvo dominada por los narcos durante mucho tiempo, pero en 2009 empezó un proceso de pacificación que en la actualidad incluye hoteles, gastronomía…y muchos policías. Demasiados.

Ahora es de noche y no hay tanta cana. El barrio de Lapa es tierra de nadie. O mejor dicho, de los jóvenes. Hay música, hay joda, pero no hay bares para tanta gente. Casi que tampoco alcanzan las calles, todo el mundo afuera. La caipirinha, que en otros lugares está 20 reales, en un puesto callejero te la venden a 7. Y en otro, a 5. Regalado, como cualquier extranjero no demasiado informado caminando entre travestis y pirañas, que algunas veces son las dos cosas.

Quien todavía conserva el celular, alcanza a mirar la hora. Cinco y algo. Es muy tarde. O muy temprano, según cómo se mire. Una combi promete llevarte a tu cama por 5 reales y hay demasiado sueño para no creerle. Leblon, Ipanema, Copacabana, Leme, Botafogo, Flamengo, Catete. Todo parece familiar. Arriba que nos vamos.

Vuelve a salir el sol, siempre después que las nubes. Así como le pasa al brasileño, que encuentra en Neymar la combi salvadora para volver a hablar de fútbol y que no se lo coman las pirañas.

La fiesta final es de ellos, pero estamos invitados. Hay música, hay amigos, hay fútbol, hay gente gritando. Si hasta Alfredinho debe estar contento. Sale una cerveza, otra y otra. Y cuando creés que es la última, llega “A saideira” (la salidera), un fenomenal concepto que oficialmente le pone fin a la noche, aunque muchas veces sea mentira.

Se baja la persiana. El cielo llora por el final de los Juegos, dicen en Rio. Pese a la invitación, Bolt nunca llega a Babilonia. Y seguramente no por miedo a los favelados, sino a los policías. Ya se sabe cómo disparan cuando ven a un negro corriendo.

[Baldosa Olímpica] Fuera de Stock: el Estadio Dongdaemun de Seúl ’88

Fue sede de los Juegos Olímpicos de Seúl ’88, recibiendo grandes partidos como Argentina – Brasil. Después se convirtió en un estacionamiento y hasta en una feria. Conozcamos la historia del Estadio Dongdaemun de Seúl.

Tanto los Mundiales de fútbol como los Juegos Olímpicos, representan grandes oportunidades de negocios para aquellos que tienen un vínculo con los gobiernos de turno, ni hablar para los que están adentro. De esa manera es como surgen construcciones y remodelaciones de todo tipo, que son útiles a los inmediatos fines deportivos, prometiendo una futura función social que pocas veces se concreta. «Lo importante es que a la ciudad le van a quedar un montón de obras». ¿Cuántas veces escuchamos eso?

Así nacen los famosos elefantes blancos, estadios que al poco tiempo son abandonados y quedan como prueba de la corrupción. Pero ojo, porque también están aquellos escenarios que cumplen con las expectativas, instalándose y relegando a otros estadios cercanos, que por menor capacidad, por mayor antigüedad o simplemente por desidia, terminan tapados de yuyos…en el mejor de los casos.

Inaugurado en 1926 bajo el nombre de Estadio Gyeongseong, el viejo estadio de Seúl cambió su nombre a Dongdaemun en 1945, con la liberación coreana.  A lo largo de su historia, albergó competencias de fútbol y otras disciplinas, sufriendo algunas remodelaciones que llevaron su capacidad a poco menos de 30 mil espectadores, superando al Hyochang, que llegaba a 18 mil.

Cuando Seúl pensó en organizar los Juegos de Asia de 1986, se dieron cuenta de que ambos estadios quedaban chicos y había que construir uno moderno, que estuviera a la altura del acontecimiento. Fue ahí que comenzó a eregirse el gigante Estadio Olímpico, con capacidad para casi 100 mil personas, transformándose luego en el reducto principal de los Juegos de 1988.

A pesar de haber perdido protagonismo, el Dongdaemun fue utilizado en la cita olímpica, con partidos como Irak – Italia, Australia – Brasil, Australia – Nigeria, y el choque de cuartos de final entre Argentina y Brasil, con victoria de la Canarinha por 1 a 0, con gol de Geovani Silva, con colaboración de Luisito Islas.

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Después de aquel duelo, el Dongdaemun siguió siendo utilizado por 3 equipos de la K-League: el Ilhwa Chunma, el LG Cheetahs y el Yukong Kokkiri, pero luego  la reorganización del fútbol de Corea del Sur terminó reduciendo su uso a algunos partidos amistosos. El final era inevitable.

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Habiendo agonizado durante toda la década del 90, en 2003 cerró sus puertas para los acontecimientos deportivos y entonces empezó su etapa más triste, convirtiéndose primero en estacionamiento del estadio de béisbol que quedaba enfrente (también cerró en 2007) y luego en una feria con puestos de ropa y comida. Y seguramente habría alguno ofreciendo escribirte el nombre en un grano de arroz (?).

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Luego de la demolición de la cancha de béisbol, llegó el turno de la cancha de fútbol. Dongdaemun hoy es un centro de compras y entretenimientos. La Corea libre que tanto soñaron (?).

Ferro estilo Celtic (2008-2009)

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Homenajear a una camiseta del pasado, aunque se trate de un modelo fugaz e insignificante para la historia del club, suele ser un buen recurso de las marcas para no ponerse a inventar cosas rebuscadas y al mismo tiempo ganarse al hincha por el lado de la nostalgia. Claro que no siempre esos experimentos salen bien.

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A mediados de 2008, la empresa Reusch sacó al mercado una casaca alternativa de Ferro Carril Oeste que remitía a unos modelos utilizados por la institución de Caballito entre 1966 y 1968, con clara inspiración en el Celtic de Glasgow, que por aquellos años conquistaría la Copa de Campeones de Europa, la única en la historia del fútbol escocés.

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El tema es que la reedición de esa camiseta, bastante bien lograda, fue estropeada por los logos de UTEDYC, KU, Sólo Deportes y La Nueva Seguros. ¡Malditos sponsors, arruinaron Escocia!

Belgrano 2 – Argentina sub 20 1 (1997)

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Fue hace casi dos décadas, pero ya jugaba Cubero. Él era uno más de los Pekerboys, aquel grupo de juveniles que le devolvieron frescura al fútbol argentino de la mano de José Néstor Pekerman. Habían conseguido el título en Qatar ’95 y tenían por delante el Mundial de Malasia, donde repetirían. Pero claro, antes tenían un amistoso.

El 27 de mayo de 1997, Belgrano de Córdoba estrenó el remodelado estadio de Alberdi con un partido ante la Sub 20 de Argentina capitaneada por Diego Markic. Los locales, mientras tanto, mostraron en el campo de juego (sí, así como leen) una gran bandera regalada por la marca Le Coq Sportif, y también presentaron a sus figuras de entonces: Dientito Ragg, el Negro Ávalos y el Luifa Artime, entre otros.

Esa noche histórica terminó con victoria de Belgrano por 2 a 1. Al año siguiente, el Celeste subiría a Primera División, como lo haría en 2001, 2006 y 2011, después de otros tres descensos. Ahora, ya más afianzado en la máxima categoría, el Pirata inicia una nueva remodelación de su estadio, al mismo tiempo que ve como Talleres vuelve al ruedo después de varios años de oscuridad.

Pekerman, mientras tanto, siguió cosechando títulos en juveniles, comandó a la Selección mayor en un Mundial y hasta dirigió a Colombia en otro. Todo eso pasó en dos décadas. Y Cubero sigue jugando.

 

Mal Pase: Romagnoli al Bahia (2014)

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Después de décadas y décadas de habérsele negado por las más insólitas cincunstancias, la obtención de la Copa Libertadores por parte de San Lorenzo descolocó a propios y extraños. Y eso incluyó a los protagonistas, que ni siquiera imaginaron lo que se les vendría.

El caso más emblemático es el de Leandro Romagnoli, ídolo y referente del Ciclón, que en enero de aquel 2014 había firmado un pre contrato con el Esporte Clube Bahia de Brasil para ir a quemar sus últimos cartuchos a los 33 años. El futuro prometía clima tropical, playas, capoeira (?). Pero no todo salió de acuerdo a lo planeado.

El 13 de agosto, San Lorenzo ganó finalmente su primera Libertadores. El Pipi, capitán y máximo ganador en la historia de la institución, levantó el trofeo, festejó y…se dio cuenta de que podía cumplir otro sueño: jugar el Mundial de Clubes. Claro que antes tenía que resolver su temita con el Bahia, que lo esperaba para entrenar.

Apenas 5 días después, Romagnoli llegó a Salvador con la intención de desvincularse del equipo brasileño. Lástima que los hinchas no pensaban lo mismo, así que lo recibieron como a una verdadera estrella: le pusieron la camiseta y le hicieron sentir el calor de la torcida. ¿Te vas a quedar o no?

Unas horas más tarde y ya sin morenos en los alrededores, el Pipi habló con los dirigentes y les comunicó su firme decisión de volverse a la Argentina. Los popes del Tricolor Baiano, sin demasidas opciones, cobraron la multa de 500 mil dólares y dejaron ir al argentino, pero antes le hicieron grabar un mensaje para los hinchas, no fuera a ser cosa de que le prendieran fuego la sede (?).

En diciembre de ese año, Romagnoli jugaría en Marruecos ante el Real Madrid (casi se lo pierde por una lesión en el codo), en «un partido digno» que le hizo sentir que nada fue un error. Bueno, algo capaz que sí.

Angulo Juan

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Juan Camilo Angulo Villegas

Para las frías estadísticas, el paso del colombiano Juan Angulo por la Primera División de nuestro país fue inexistente: no jugó ningún partido y ni siquiera fue al banco de suplentes. Su nombre, sin embargo, logró insertarse en buena parte del pueblo futbolero, debido a un confuso episodio en el que salpicó al entrenador Ricardo Caruso Lombardi.

Formado como lateral derecho en las inferiores del América de Cali, le dieron la chance de debutar con los mayores en el Torneo Apertura de 2008, pero no en cualquier momento: ¡en las finales! Los Diablos Rojos caerían ante Boyacá Chicó por penales, pero tendrían revancha unos meses más tarde, con la conquista del Torneo Finalización. Parecía el arranque de una carrera plagada de éxitos, pero nada que ver…

Al año siguiente, el conjunto caleño comenzó a transitar aceleradamente el camino oscuro que lo llevaría al infierno de la Primera B, aunque Angulo se la vio venir y entonces escapó hacia la Argentina en junio de 2010.

Con apenas 21 años, desembarcó en Tigre y se sometió a una de las habituales pruebas de Caruso, que fiel a su estilo incorporaba jugadores de todas partes sin mirarles el currículum.

El Richard levantó el pulgar y entonces el colombiano se quedó en Victoria. No sólo  él, claro, en ese mercado de pases también llegaron Denis Stracqualursi, Fernando Telechea, Pablo Caballero, Cristian Trombetta, Renzo Vera, Gastón Díaz, Mariano Echeverría, Esteban González, Diego Morales, Daniel Mustafá, Lucas Simón, Pablo De Miranda, Pablo Cáceres y Horacio Anzorena; sumándose a los regresos de Román Martínez, Juan Carlos Blengio, Leonel Altobelli y Martín Galmarini. Sí, 19 futbolistas nuevos.

Con semejante plantel, a Angulo le tiraron la casaca 16, pero nunca la pudo usar. Apenas si deambuló por Reserva, esperando una oportunidad que no le llegaría. Y mucho menos después del escándalo que se desataría en diciembre de aquel 2010.

Cansado de no jugar, el lateral denunció ante los medios que Caruso lo había chantajeado: «La verdad, le pidió dinero a mi representante. Eso es como mucho; él fue el que me trajo, el que me vio condiciones. No me gustó. Estoy muy molesto, nunca se lo manifesté a él para evitar problemas. Es la primera vez que me sucede esto, desde que me di cuenta he estado incómodo. Yo siempre me quise ganar un puesto como lateral y al ver que colocaba otros jugadores, entonces le preguntaba qué pasa. Y por ahí me contestó eso y sabía por dónde venía el caso».

La acusación era grave, pero al mismo tiempo se sumaba a algo que siempre se había mencionado sobre el entrenador, pero nunca con pruebas sobre la mesa. Entonces Ricardo primero amagó con renunciar y después se enojó: «Por un lado, Angulo no jugaba porque vivía lesionado. Y por otro, si tuviera que darme diez pesos no podría venir a entrenar porque no le alcanzaría la plata». Y agregó: «Hacen una transa para ensuciarme. Me cago en Angulo, lo traje porque me gustaba y punto. Que me dejen de hinchar las pelotas. Tengo hijos y me están acusando por lo que dijo un colombiano…El representante de Angulo es un gángster, le digo algo y me pega tres tiros». Y como si fuera poco: «Fueron a buscar a Angulo para que me mande preso por algo que nunca pasó. Si el representante le roba la plata al jugador, que se haga cargo de que se la roba. Y, por otra parte, si lo llego a ver a Angulo, le va a quedar chica la Panamericana, porque es un buen pibe pero es un estúpido. ¿Quién carajo es para acusarme? ¡No lo conocen ni los familiares!».

Luego, menos tenso, el DT hizo su show:

¿Cómo terminó la historia? Con una rectificación del colombiano y un adiós de la dirigencia de Tigre a Caruso, quien había elevado su perfil polémico más de lo normal.

Angulo probaría suerte en el Shanghái Shenhua de China (2011/12) y Bahía de Brasil (2013), para finalmente volver a su país, donde jugó para Cúcuta (2013 y 2014) e Independiente Medellín (2015).

Desde comienzos de 2016, viste nuevamente la camiseta escarlata del América de Cali. En la B, sí, porque a los Diablos Rojos no los salvó ningún Caruso.

[Go home] Tu nombre en clave es Jay Goppingen

Dura la vida del futbolista recién retirado. Se apagan las luces, se terminan las ovaciones, escasean los reconocimientos, los autógrafos le van dejando cada vez más espacio al dolor de ya no ser y otros lugares comunes sobre los que se ha escrito mil veces, aunque no dejan de ser ciertos.

Para contrarrestar ese vacío y continuar con esa vida de viajes, prácticas y concentraciones, muchos se convierten en entrenadores o cumplen roles secundarios dentro de un cuerpo técnico. Otros, en cambio, no soportan la desolación de estar del otro lado de la línea de cal y vuelven al ruedo con los cortos después de un buen tiempo, sin medir los costos de poner en juego el apellido y regalar prestigio.

Aunque claro, pocos tuvieron en cuenta la gran Klinsmann: seguir jugando con otro nombre.

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No hace falta ahondar demasiado en la carrera de Jürgen Klinsmann. Implacable goleador del Sttutgart alemán, revalidó sus condiciones en equipos del extranjero y también con su Selección. Anotó 11 goles en los Mundiales, repartidos entre Italia ’90, USA ’94 y Francia ’98. Levantó una Copa del Mundo y una Eurocopa, aunque sólo pudo conseguir una liga de clubes, con el Bayern Múnich en 1997, cuando ya divisaba su retiro.

Después de disputar su último partido oficial con el Tottenham, en 1998 jugó su último Mundial con Alemania y entonces sí, al año siguiente lo despidieron con papelitos en el estadio del Sttutgart, entonces denominado Gottlieb-Daimler y antiguamente llamado Adolf-Hitler-Kampfbahn. Pero lo historia no se cerró ahí…

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Con los botines ya colgados, Jürgen tomó una decisión de vida: alejarse del ambiente del fútbol. Quería ser un anónimo, poder caminar por la calle y que nadie lo reconociera. Eso era imposible en su país y en cualquier otro lugar con una fuerte cultura futbolera. Por eso eligió irse a vivir a los Estados Unidos, los pagos de su esposa Debbie.

Ya instalado en la pacífica Huntington Beach (California), Klinsmann logró lo que buscaba: tranquilidad y armonía familiar en un contexto donde no existía el fútbol ni la exposición pública. Parecía una situación ideal, pero después de unos años comenzaría a aburrirse…

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En 2003, el ex atacante del Inter comenzó a dar señales cuando entrenó con Los Angeles Galaxy de la MLS, aunque sólo de manera recreativa. Decía que sólo quería estar en forma, aunque negaba la posibilidad de volver a entrar a una cancha de manera oficial.

Unos meses después, sin embargo, unos amigos con los que jugaba de vez en cuando le propusieron que vistiera la camiseta del Orange County Blue Star de Irvine, un equipo californiano que participaba de la Premier Development League, la cuarta división de los Estados Unidos. Jürgen, con 39 años, aceptó el desafío y puso una condición: no utilizar su verdadero nombre.

Antes de que el goleador se arrepintiera, sus compañeros lo anotaron bajo la identidad de Jay Goppingen, en homenaje a la inicial de su nombre y al pueblito alemán donde nació. Jay, agradecido, devolvió favores con lo que mejor había hecho en su vida pasada.

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Con 5 goles en 8 partidos, colaboró para el equipo se metiera en los playoff por el ascenso. Se divertía y encima nadie lo reconocía. Todo era tan perfecto, que alguien tuvo que arruinarlo: en un partido ante el Southern California Seahorses, un rival se percató de que a ese rubio lo tenía visto de algún lado. Fue entonces que le avisó a un periodista amigo, que investigando googleando llegó a la conclusión: el famosísimo Klinsmann estaba jugando con otra identidad. Suficiente para que el 9 no volviera a aparecer.

Al día de hoy, los pocos simpatizantes del Orange County Blue Star se preguntan: ¿qué habrá sido de la vida de Jay Goppingen?

Fuera de Stock: los muñecos de Fútbol Manía

«Escribile la cartita a Papá Noel», «Dejale el pastito y el agua a los camellos», «El Mono Navarro Montoya está en casa, vení que te lo muestro» (?). Frases que desde chicos machacaron nuestra tierna inocencia hasta convertirnos en estos seres hijos de puta que somos ahora. Sí, porque alguna vez fuimos niños.

A comienzos de los años 90, la empresa Cromy aún gozaba de la fama que había cosechado una década atrás, editando varios álbumes de figuritas y mazos de cartas de los personajes infantiles más famosos de la época, como Transformers, Mazinger Z, Brigada A, Rambo, Barbie, El Auto Fantástico, Los Ositos Cariñosos, Frutillitas y muchos más. Pero claro, le estaba faltando una pata fundamental: el fútbol.

En nuestro país, históricamente las figuritas de jugadores o equipos habían sido sensación entre los chicos. Cromy lo sabía. Sin embargo, la marca quiso ir un poco más allá y en 1993 explotó la licencia del fútbol argentino a través de su línea Fútbol Manía, con dos propuestas diferentes: naipes y muñecos articulados.

naipes1993

Las cartas eran ni más ni menos que las queridas y olvidadas Match 4, divididas en mazos según los clubes y con estadísticas individuales que te podían hacer ganar o perder una mano. Por ejemplo, la carta de Pipo Gorosito decía: Campeonatos ganados: 1. Partidos jugados: 201. Expulsiones: 2. Goles convertidos: 36. Accidentes por escaparse de la concentración para visitar a un amigo: 1.

Más allá de los naipes, las estrellas de Fútbol Manía eran los muñecos articulados que representaban, a veces de forma muy lograda y otras no tanto, a los futbolistas más importantes de Primera División. O al menos de los denominados 5 grandes, más el ascendente Vélez, que por esos años comenzaba a forjar su historia más exitosa.

Si uno era hincha de Boca, podía adquirir en las jugueterias a Navarro Montoya, el Beto Márcico, el Chino Tapia, Blas Giunta, el Beto Acosta y Alejandro Mancuso. Si uno era de River, podía llevarse al Polillita Da Silva, Fabián Basualdo, Darío (sic) Ortega (hic), Leonardo Astrada y el Mencho Ramón Medina Bello.

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Los de San Lorenzo, sólo tenían tres players: Néstor Gorosito, Favio Zandoná y Fabián Carrizo. Lo mismo que Racing, con el Turco Claudio García, Alfredo Graciani y Carlos Roa. ¿De Independiente? Daniel Garnero, Néstor Craviotto, Luis Islas, Perico Pérez y Gustavo López. Los pibitos de Vélez, en cambio, sólo podían conformarse con el Gallego González y Walter Pico.

En una segunda edición, salieron a la venta otros jugadores que habían quedado afuera, como Carucha Corti, Sergio Goycochea y el colorado Mac Allister, entre otros. Además, se incorporaron figuras de clubes del interior, como José Luis Cucciufo (Belgrano de Córdoba) y el Tata Martino (Newell’s).

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Ojo que no todo se reducía a la reproduccción tridimensional de tus ídolos (?), sino que además, en el dorso del blister, venían un par de perlitas. Por empezar, te recomendaban usar el cartón como base para un portaretrato. De esa manera, uno podía poner la foto de su jugador preferido y agregarle el autógrafo en el lugar especialmente destinado. Muy útil (?).

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Lo mejor, sin dudas, era el concurso: recortando 3 logotipos de Fútbol Manía y enviándolos por correo postal a las oficinas del Cromy Club, participabas por el gran premio principal: 2 pasajes con estadía por 7 días y entradas la semifinal y final del Mundial de Estados Unidos 1994.

Lo peor que te podía pasar, al margen de ser favorecido y que Argentina no llegara a esas instancias, era obtener el segundo premio: un par de rollers. Eso sí era mala suerte, muñeco.