Gareis Ricardo

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Ricardo Raúl Gareis

Si hubo un caso testigo de «debut y despedida» en el fútbol de Primera División de nuestro país, ése fue el del jugador que hoy nos ocupa.
A fines del año 2003 Atlético de Rafaela trataba de hacer pie en la máxima categoría luego de un buen arranque en su primer experiencia en la A que se fue diluyendo con el correr de las fechas y contrató a Osvaldo Piazza como nuevo entrenador en reemplazo del renunciante Cachín Blanco. El Pelado tomó las riendas de un equipo que venía en franca decaída y decidió efectuar una mini pretemporada para conocer y evaluar a los players del equipo.

Así fue que en aquellas duras sesiones de entrenamiento conoció a un por entonces juvenil mediocampista de marca llamado Ricardo Gareis que hasta el momento nunca había jugado en el primer equipo. El pibe anduvo bien en aquellos días y para el primer partido el DT decidió incluirlo en el once.

La generosidad del fútbol iluminaba a Riki, quien del ostracismo pasó a ser titular y que saltó a la cancha con la furia propia de un joven debutante que entra con toda la confianza para jugar contra Nueva Chicago, un equipo rudo que tambien peleaba el descenso. Lamentablemente, el fragor de la lucha del mediocampo, hizo sentir el rigor a Gareis que en la primer pelota que fue a trabar contra un áspero rival, sufrió una lesión en la rodilla que lo obligó a abandonar el campo a sólo siete minutos de iniciado el match.

La recuperación le llevó algunos meses y para cuando retornó a las canchas, el equipo ya había caído nuevamente a la B Nacional. Ricardo Gareis formó parte del plantel que afrontó aquel torneo pero nunca pudo afianzarse como titular ya que en su posición había otros que eran de lo mejorcito de aquel equipo y por lo tanto comenzó un descenso en su carrera que lo llevó, primero a desaparecer del plantel, luego a jugar el torneo Argentino A con el club 9 de Julio y más tarde a abandonar definitivamente el fútbol profesional para dedicarse a otros menesteres.

Así fue que la generosidad del fútbol fue sólo un destello para este jugador, que seguramente mientras maneja su camión por las rutas de la zona, debe recordar su corta participación en la elite del fútbol argentino y pensará: ¡¿quién me quita lo bailado?!

(Publicado originalmente por Pachi en el blog Desde el tablón)

Fuillerat Edgardo

FUILLERAT

Edgardo José Fuillerat

Dicen que los futbolistas exitosos muchas veces se olvidan de su origen. Que una vez que alcanzaron sus metas, se llenaron los bolsillos y coquetearon con la fama, reniegan de sus comienzos, de la barriada, de su propia historia. Este no es uno de esos casos. Edgardo Fuillerat no alcanzó grandes logros en una cancha, tampoco ganó mucho dinero ni conquistó la fama. Pero no dejó de lado sus orígenes. Y por supuesto, volvió al barrio.

Nacido en Saladillo el 30 de diciembre de 1963, este volante de fina técnica debutó en Independiente en 1984. Apenas jugó un partido en el equipo de Avellaneda, y fue prestado a Juventud Antoniana, donde tal vez, pasó su mejor etapa como futbolista. Logró la clasificación al Nacional 1985, donde disputó 8 partidos y convirtió sus únicos 2 goles en la máxima categoría. En 1986 pasó a Arsenal, para jugar en la Primera C, por entonces la tercera categoría del fútbol argentino. Formó parte del plantel que se aseguró un lugar en la novedosa Primera B y volvió al ruido de los domingos, para ponerse la camiseta de Temperley. En el Celeste, jugó sus últimos 20 partidos como profesional en la temporada 1986/87.

Era hora de volver a los pagos. Con el fin de ayudar a sus vecinos de Saladillo, dejó de lado la pelota para estudiar y recibirse de cardiólogo. Pero había algo más que lo apasionaba, algo que no tenía que ver con el deporte ni con la medicina: la música. Con empeño y sacrificio, logró sacar un CD, pero no se quedó ahí. En 2009, junto a su hermano Pablo, le puso música a la película Crisálidas, donde también participaron otros vecinos de su ciudad. Pudo recibir de cerca el afecto de toda la localidad en la clausura del 6º Festival Nacional de Cine con Vecinos, dándose el lujo de cantar en vivo ante un auditorio colmado.

Ojo, esto no termina acá: este año, gracias al apoyo del intendente de Saladillo, pudo sacar a la venta su segundo disco, con el detalle de que todo lo recaudado es a beneficio de la “Casita de la Vía”, una ONG local de gran actividad e inserción social, que trabaja con chicos con problemas, apoyándolos psicológicamente para que el día de mañana puedan guiarse en una salida laboral. “La idea es que me ayuden a ayudar”, contó Fuillerat. Lo que se dice un baldosero del fútbol, pero no de la vida.

Fabbián Cristian

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Cristian Alberto Fabbián

Luca, José, Jaime, Nicolás. Franco, Donato, Clara. Frank, Denis y Guillermo no serán diez fenómenos, pero se las ingeniaron para meter sus nombres apellidos en la historia del fútbol argentino. Tampoco son un equipo, pero sin embargo sus filas reciben un refuerzo de renombre: Cristian Fabbián.

Cordobés, marcador central, de 1,84 de altura y 80 kilos de peso, nació el 28 de mayo de 1969 y de chiquito correteó la bocha en las inferiores de Rácing de Córdoba, equipo que por aquellos primeros años de la década del ochenta, transitaba sin dudas su etapa dorada.

Lástima que para la hora de su incursión en Primera, ese mismo Rácing ya se lanzaba en caída libre hacia el under. Debutó y asomó apenas la cabeza en la temporada 1987/88, trató de hacer pie en la 1988/89 y no le quedó otra que poner el pecho a las balas en 1989/90 cuando se ganó un lugar entre los once que llevaron al descenso a la Academia de Nueva Italia. De hecho pisó la Bombonera junto a Misetich, Daniel Sosa, Maldonado, Américo Silviardo Ozzán, Arsenio Benítez, Daniel Ergo, José Barrella, Ibarra, Luis Araña Amuchástegui y Pablo Dialeva, en ese final del mundo (?) frente a Chaco For Ever para mantener la categoría. De más está decir que ser defensor central y perder 5 a 0 en ese contexto es mínimo como para pasar un par de largos años en el exilio.

Y algo de eso hubo, si nos agarramos de las versiones que dan fe de un paso por el Aurich de Perú. Muy atrás habían quedado lsa enseñanzas de Van Tuyne, la Pepona Reinaldi, Rodolfo Motta y Abel Herrera entre otros DTs, sus esfuerzos para jugar alguna que otra vez como volante, sus 19 partidos en primera y aquel 10 de diciembre de 1989: 1 a 1 frente a Boca en la Bombonera con gol casi desde mitad de cancha a Navarro Montoya en el arco de Casa Amarilla incluido. Su único gol en el fútbol grande.

Mucho más acá en el tiempo, su apellido (?) volvió a pisar fuerte en la Liga Bellvillense de Fútbol defendiendo los colores del club San Martín y en donde hasta apareció escalando alto en una tabla de goleadores.

Zárate Fabio

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Fabio Héctor Zárate (Huevacho / Wilkins)

Presentado por la revista Súper Fútbol como un pibe que apuntaba para crack, Fabio Zárate se moría por debutar en la Primera de Lanús y dejar bien parado a su terruño, Pilar, en la Provincia de Córdoba: «estoy como representando al pueblo, no hay ningún jugador en un equipo de AFA que sea oriundo de Pilar; Si Dios quiere, podré llegar a ser el primero que juegue en Primera y espero que sea en el transcurso de este 1991«.

Con 20 años, había pasado por las inferiores de Talleres de Córdoba sin demasiada suerte y jugaba en la Reserva granate con una autoexigencia para nada saludable y quizás algo de presión familiar: «ya me siento en condiciones de debutar en la Primera División, cuando el técnico así lo disponga; sería la culminación de un buen año y es una alegría que le quiero dar a mi viejo, que tanto me alienta y a quien espero poder responderle y no defraudarlo. Quiero que puedan llegar a tener la tranquilidad económica que se merecen«.

Finalmente pudo subir al plantel superior bajo la tutela de Miguel Ángel Russo en el Nacional B, pero al verse tapado por otros delanteros volvió a Córdoba para sumarse a Talleres. Con la casaca albiazul debutó el 5 de abril de 1992, en el empate 1 a 1 ante Racing, con goles de FFF y Cosme Zaccanti. Su baldoseridad estaba asegurada.

En su primer partido como titular, ante Vélez, lo expulsaron. En su segundo encuentro desde el arranque, metió 2 goles que sirvieron para ganarle a Huracán en Parque Patricios. Para ese entonces aquel título que decía «apunta para crack» parecía tener fundamento. Pero la cosa se fue desinflando. Durante 1992 anotó algunos goles más, generando una fugaz idolatría entre los tallarines (ya sabemos que en la T tienen de ídolo a cualquiera), pero al año siguiente jugó 11 partidos más en la A y no convirtió, colaborando bastante con el descenso. Una vez en el Nacional B, apenas disputó otros 9 cotejos, donde marcó en 2 oportunidades. En total, sumó 44 presencias y 7 tantos, aunque algunos dicen que fueron sólo 6.

¿Qué le pasó después? Vaya uno a saber. Dio algunas señales de vida en Aldosivi (1996/97, 18 partidos y 2 goles) y Godoy Cruz (1997/98, mismas cifras que en el Tiburón), pero no mucho más. Tanto su nombre como sus maravillosos apodos y su melena rulienta desaparecieron rápidamente de los primeros planos y hace poco supimos que terminó siendo genio y figura en el club Defensores de Pilar. Allí incluso jugó para el equipo de veteranos y trabajó con las inferiores. Hoy tiene una escuela de fútbol que lleva su nombre.

González Juan

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Juan Marcelo González (el Fantasma)

Empezando por su nombre tan común, continuando por el apodo y terminando por la barba candado, el Fantasma Juan González tenía todo para fracasar. Y para no defraudar al público de este sitio, lo hizo de manera estrepitosa en la Primera División.

Volante ofensivo aunque también delantero, debutó con la camiseta de Racing en el Clausura ’95, cuando el técnico Héctor Jesús Martínez lo mando a la cancha por Roberto Galarza en una derrota 2 a 0 contra el Deportivo Español. Al año siguiente, Alfio Basile le dio minutos en otros 2 partidos, siempre ingresando en el complemento. Lo mismo le pasó con Babington, en 1997, cuando lo hizo jugar un rato en un match ante Gimnasia. A esa altura, no se esperaba demasido de él.

Sin embargo, la llegada de Ángel Cappa en 1998 le abrió las puertas de lo desconocido: la titularidad. Igual, tuvo que remarla bastante. Primero, vio algunos partidos desde el banco y sólo pudo entrar en 4 oportunidades. Finalmente, el DT de bigotes se la jugó y lo puso de entrada en el clásico frente a Boca del Clausura de ese año. Un error tremendo.

El Fantasma, que ese día actuó como atacante, vivió su jornada más negra. En una jugada del primer tiempo, quedó totalmente solo adentro de área, con la pelota limpia y el arco de frente, pero definió horrible. Muchos hinchas, después de haber visto eso, pensaron en el obligado cambio por Perezlindo en la segunda parte. Pero no, Cappa lo bancó.

En el complemento, González confirmó que ni el pifie, ni el nombre, ni el apodo, ni la barba candado habían sido casualidad. Se comió otros 2 goles prácticamente hechos y despertó la ira de su entrenador, que entre puteada y puteada gritó «¿cuándo carajo vamos a hacer un gol?«. La suerte del pibe estaba echada. Para colmo, llegó la apertura del marcador por parte de Boca. Perezlindo entró por Zanello y González jugó los últimos minutos queriendo enterrar la cabeza hasta que llegó el segundo tanto xeneize y Elizondo marcó el final del partido. Chau, González, gracias por todo.

Un día apareció en Atlanta (2000 a 2004), donde se ganó el cariño de la gente gracias a su condición de amuleto (?). Idolatría barata al margen, quiso probar sus condiciones en el extranjero y por eso recaló en…¿Italia?, ¿España? Bue, ¿México? No, El Salvador. Allí jugó una temporada en el Águila (2004/05).

Fiel al significado de su sobrenombre, costó ubicarlo en los últimos tiempos. Dicen que en 2006 jugó el Torneo del Interior para Atlético Adelia Maria de Córdoba. Hay quienes afirman que estuvo en otros conjuntos del ascenso y hasta existen aquellos que aseguran haberlo visto otra vez al lado de Cappa. Pero no, se deben confundir con otro fantasma.

Martínez Armando

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Armando Daniel Martínez

El sueño de todo jugador es llegar a Primera y jugar en la Selección, y muchos suelen unirse a las inferiores de Argentinos Juniors porque ven allí el camino más allanado para lograrlo. Ésta sería una historia común, tanto como el apellido del homenajeado. Sin embargo, la forma en que terminó en el complejo de Ezeiza y todo el camino previo, son dignos de destacar.

Con 17 años, dejó su Winifreda (La Pampa) natal para instalarse en Capital Federal. ¿A probarse? Sí, como estudiante, porque su idea original fue hacer la carrera de medicina en la Universidad de Buenos Aires, y de hecho comenzó.

Lógicamente que el fútbol le gustaba, había jugado como volante y delantero en su pueblo e integrado la Selección de la provincia, y gracias a un conocido de su familia se presentó en una práctica en el Bicho, donde convenció a José Pekerman y el profe Gerardo Salorio.

En 1985, hizo su presentación de la mano del Piojo Yudica, justo con el club de La Paternal en lo más alto del fútbol argentino. Mientras los titulares disputaban la Libertadores, él lo hacía en el torneo local con el resto del plantel.

En la edición copera de 1986 tuvo su gran chance y pudo cambiar la historia en el playoff de semifinal con River. Entró a los 83 minutos, y en un avance encabezado por Claudio Borghi, quedó sólo ante Nery Pumpido, pero levantó la pelota por encima del travesaño y Argentinos quedó eliminado.

Luego de ese episodio, prácticamente no tuvo más posibilidades. Siguió ingresando esporádicamente hasta 1987 (12 partidos oficiales) y dos años más tarde, abrumado por una lesión en la rodilla de la que nunca se pudo recuperar, decidió dejar la pelota y dedicarse de lleno a su otra pasión, la medicina, en la cual logró su primer título porque se graduó en 1993.

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Dos años después, volvió al fútbol desde otro lado cuando recibió un llamado que lo sorprendió: José Pekerman lo citaba para ser parte del cuerpo técnico de selecciones juveniles.

«En Ezeiza me crucé más de una vez con Américo Gallego y como el Tolo siempre se acuerda de todo, me decía por lo del ’86: Gracias pibe, me hiciste ganar mucha plata«, contó en su momento a la revista El Gráfico.

Considerado uno de los más prestigiosos médicos deportólogos del país, también formó parte de la delegación argentina en el Mundial de Alemania 2006 y trabajó con el Checho Batista en las selecciones juveniles. ¿Ves, Ruggeri? Laburando se llega a la AFA (?).

Bordaberry Juan Manuel

Juan Manuel Bordaberry

Defensor, últimamente devenido en volante de creación, surgido de las divisiones inferiores de Racing Club de Avellaneda que vio desmoronarse una y otra vez sus chances de debutar oficialmente en la categoría grande del fútbol argentino. De la misma camada que Fernando De La Fuente, Pablo Caballero, Diego Menghi y Waldo Brandán, jugó algunos amistosos durante la etapa de Ubaldo Matildo Fillol al frente de La Acadé, aunque más tarde no lo tuvo en cuenta.

Después de firmar su primer contrato, cansado de esperar su oportunidad para entrar a la cancha, bajó un par de categorías y se sumó a Sportivo Italiano (2006/07) con la esperanza de romperla y ganarse una chance en Primera. No la rompió, ni se ganó un lugar en la A, pero al menos en el Tano se reencontró con otro ex Academia como Guillermo Tambussi y pegó onda con el baldosero Mariano Curieses. Algo es algo.

A mediados de 2007 pasó a Defensores de Belgrano, que se armaba para volver a la B Nacional. Al menos su paso por el Dragón le sirvió para armar buena parte del video que acompaña este post. Parecía que 2008 iba a ser su año y se incorporó a Estudiantes. Estudiantes de Olavarría, claro, club con el que disputó la liga local. Tampoco estuvo mucho tiempo, eh. Seis meses después ya estaba defendiendo los colores de Racing de la misma ciudad en el Argentino B (2008/09).

En 2010 apareció en Ferro Carril Sud de Tandil, donde estuvo hasta agosto, cuando pegó, por fin, el tan ansiado pase al fútbol internacional. ¿Liga de Chipre? ¿Albania? No, nada de eso. Desde entonces forma parte del Ciclón de Tarija, de la segunda división del fútbol boliviano, donde alterna buenas y malas. Por caso, en la primera fecha de la Copa Simón Bolívar, disputada la semana pasada, metió el centro que terminó en gol de su equipo y un ratito más tarde desperdició un penal. Como para que no queden dudas de su baldoseridad.

Bonus track (?)

Caballero Darío

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Darío Raúl Caballero (Caballito)

Defensor paraguayo nacido el primer día de 1977 en Luque, cuna de jugadores como José Luis Félix Chilavert. Parecía prometedora la carrera de este muchachito, que con sólo 17 años debutó en la Primera de Cerro Porteño, compartiendo zaga con Carlos Colorado Gamarra y Francisco Chiqui Arce.  Poco a poco fue ganando en continuidad hasta quedar como titular, obteniendo cuatro títulos locales entre 1994 y 1999.

A mitad del 2000, Caballero decidió probar su suerte en Argentina, siendo contratado por el Chacarita Juniors de Chiche Sosa. En ese torneo compartió vestuario con figuras (?) de la talla de Robert Lima, Patricio Arce, Luciano Precone, Edgardo Parisi, Gonzalo Gaitán, Fabio Landaburu, Karim Adippe, Sebastián Mongioi y Hugo Domínguez. Ese torneo jugó 15 partidos, sin meter ningún gol. A pesar de la baldoseridad del plantel, terminarían el torneo en un aceptable noveno puesto. Para la segunda mitad de la temporada, se sumarían Paco Prado y Juan Carlos Villamayor.  Caballero seguiría siendo titular, a lo largo de 16 partidos, aunque sin destacarse demasiado.

Finalizada la temporada volvió para su club natal, donde jugaría dos años y sumando un título más a las vitrinas azulgranas: el Clausura 2001.

Viendo el prontuario del jugador y con la Copa Libertadores por delante, Independiente contrató sus servicios en 2004 , por 1.500.000 dólares. En el equipo de Avellaneda compartiría vestuario con Leonel Bottaro, Raúl Damiani, Emiliano Dudar, Pablo Brandán, Rubén Salina, Tomás Charles, Juan Carlos Tissera, Yair Rodríguez, Maximiliano Vallejo, Fernando Lorefice, Martín Morello, Roberto Carboni, Franco Troche, Sebagol García, Maximiliano Ayala y Brian Robert. El nivel que mostró a lo largo de los 15 partidos por el torneo local, y otros 6 por la Copa, fue paupérrimo. De hecho, por el torneo internacional sumó una expulsión. Su único momento agradable fue un gol a Quilmes.

Rápidamente se volvió para su Cerro Porteño, en donde jugaría la siguiente mitad de 2004. Para el 2005 se movería de club, pero no de ciudad, ya que se pondría la camiseta de Libertad. Seis meses más tarde conocería su tercer país, ya que se mudaría a Colombia para jugar en Deportivo Cali. Allí alternó más malas que buenas, en especial a principios de 2006, cuando se quiso ir a jugar al Colo Colo chileno por las deudas que el club mantenía con él. Allí conseguiría otro título: el Torneo Finalización 2005 (conocido como Copa Mustang II).

Para el inicio de 2007, Caballero nuevamente cambiaría de camiseta, esta vez para probarse la de Universitario de Perú. En los seis meses que estuvo, simplemente se ganó el recuerdo por un gol agónico ante Alianza Lima.

Extrañando a su país natal, pero por lo visto no preocupado por la rivalidad, volvió para jugar en Olimpia (2007) y un año después marchó a Ecuador, para vestir la casaca del Deportivo Quito. Empezó de titular, pero rápidamente fue relegado al banco de suplentes, y para cantar bingo (?), rescindió su contrato manifestando problemas personales.

Decidió volverse a Olimpia, pero su tranquilidad no duraría mucho, porque a mitad de año ya le debían cinco meses de sueldo, por lo que amagó a irse, aunque al final se quedó. Sin embargo, y para demostrar que 2009 no fue su año, la hinchada de Cerro Porteño no le perdonó la traición, aunque después Caballero metería un gol en contra y se haría expulsar en una tángana guaraní (?). Luego vendría una pelea con el técnico, que lo colgaría junto al venezolano Oswaldo Vizcarrondo, y a declarar polémicamente contra el cuerpo técnico.

Desde este año, integra las filas de Fernando de la Mora, que increiblemente no es un representante, es un club (?). Con 33 años, la carrera que pintaba prometedora fue perdiendo aceite y ya parece irremontable. Pero pensándolo bien, bastante hizo, si tenemos en cuenta con quien le tocó compartir momentos en su paso por la Argentina.