Con el brasuca Maurício De Sousa fuera del negocio, el que sí consiguió explotar comercialmente la figura de Diego Armando Maradona fue el otrora fotógrafo publicitario, hoy empresario chocolatero y entrepreneur (?) Jorge Fisbein, que a mediados de los años ochenta oficiaba de socio del brasileño en nuestro país.
Entre fines de esa década y principios de los noventa, de la mano de Jorge Fisbein Representaciones, el personaje de Dieguito Maradona, ligeramente distinto al creado por De Sousa, apareció en diversos envoltorios de la marca Bagley, y también en juguetes, vasos y termos, entre tantos otros productos (más aquí y aquí) que hoy se consiguen, en muchos casos a precios irrisorios, en sitios de compra y venta por internet.
En 1988, el Dieguito de Fisbein fue elegido por el Comité Olímpico Argentino (COA) como la mascota nacional de cara a los Juegos Olímpicos de Seúl. Según declaraba Antonio Rodríguez, presidente del COA, “Dieguito será la imagen que guíe a todos aquellos que creen en el espíritu olímpico”. Si bien la Argentina tuvo una buena actuación en Corea del Sur (volvió a conseguir medallas después de 16 años), su mascota pasó sin pena ni gloria.
En 1990 se realizó el lanzamiento de una serie de micros musicales de dibujos animados llamado “Dieguito Maradona y sus amigos”, con canciones que tenían como premisa dejarle un buen mensaje a los más pibes, como la importancia del cuidado de las plantitas, hacer la tarea y lavarse los dientes.
La Dieguitomanía se extinguió de un saque en los albores del primer menemismo, en 1991, al mismo tiempo que Diego era suspendido en Italia por dóping positivo y posteriormente detenido en el bochornoso episodio del departamento de la calle Franklin, en Caballito.
El último intento por reflotar la marca Dieguito Maradona se produjo en 1995. El Diez cumplía los últimos meses de la sanción por la efedrina de Estados Unidos 1994 y estaba por volver a ponerse la camiseta del equipo de sus amores, Boca Juniors, después de 13 años. Nadie quería quedarse afuera del gran negocio. Georgalos, por caso, lanzó unos recordados alfajores de chocolate y dulce de leche, cuyos envoltorios podían cambiarse por unas medallas que representaban 15 jugadas diferentes (rabona, taquito, cabezazo, pisada, volea, jueguito, palomita, pechito, chilena, inglesa -la mano de Dios-, entre otras).
Ya en 1996, la mina de oro eran las 0-600. ¡Y minga que Maradona se lo iba a perder! Llamando al “Dieguito Phone” (0-600-1-8008), por módicos (?) 45 centavos de dólar más IVA el minuto, uno podía entretenerse con preguntas, respuestas y diversos juegos que tenían como eje al Diegote. Ah, hasta se podía pedir una bolsa de la buena jugar un partido por teléfono.
El ocaso futbolístico de Diego, sumado a las sospechas de un nuevo dóping positivo, su posterior retiro a mediados del Apertura 1997 y los recurrentes problemas de salud que lo aquejaron en los años siguientes, y que varias veces pusieron en peligro su vida, obligaron a que la marca Maradona quedara guardada en un cajón, al menos por un tiempo.
Cualquiera que haya visitado Brasil en los últimos cincuenta años debe conocer a la “Turma da Mônica”, un simpático cómic que cuenta las aventuras de un grupo de chicos de seis años de un barrio ficticio paulista, el Bairro do Limoeiro. Mônica y sus eternos compinches, como Magalí, Cebolinha y Cascão (que inspiró el corte de pelo de Ronaldo en el Mundial de Corea y Japón 2002), son la cara visible de infinidad de productos: desde pañales hasta juguetes, pasando por una amplia variedad de alimentos.
Tan grande fue (y sigue siendo hasta hoy) el éxito de la “Turma da Mônica” que su creador, Maurício De Sousa, el Walt Disney brasileño, decidió meterse de lleno en una temática recurrente en sus tiras: el fútbol. En 1976, inspirado en Edson Arantes do Nascimento, y en sociedad con O Rei, ideó un nuevo personaje: Pelezinho, que también fue furor.
Para comienzos de los ochenta, De Sousa quería conquistar un mercado que hasta entonces le venía siendo esquivo, el argentino, y qué mejor manera de hacerlo que de la mano de Diego Armando Maradona, la gran promesa del fútbol mundial, que ya había expresado su deseo de convertirse en dibujo animado.
Cuenta la historia que mientras la selección nacional se preparaba para el Mundial de España 1982, De Sousa logró infiltrarse en la concentración y consiguió hablar largo y tendido con el Diez. En aquella charla, pudo conocer detalles de la infancia del Diego, gustos personales y otros datos que luego utilizó para crear los personajes que lo acompañarían en sus aventuras: siete varones (Negro, Choco, Coloradito, Pelusa, Bombolito, Vaquita y Flaquito) y cuatro nenas (Sylvia, Morena, Rosita y Glenda). Según relató De Sousa, el propio Maradona se encargó de bocetar cómo se imaginaba su caricatura y hasta le hizo un pedido: utilizar el nombre “Dieguito” en lugar de “Maradoninha”, como se especuló en un principio.
El traspaso de Diego al Barcelona en 1982 obligó a cajonear las primeras tiras, que ya estaban listas. Cuando parecía que el cómic por fin vería la luz tras la firma del contrato, en 1984, la llegada del Diez al Nápoli hizo que todo se postergara nuevamente. “Hicimos varias pruebas y hasta un dibujo animado, pero guardamos el lanzamiento para un mejor momento”, argumentaba su creador.
El proyecto quedó en stand by hasta 1986, cuando Maradona se puso el equipo al hombro y levantó la Copa del Mundo en México. En la edición del 7 de julio de la revista brasileña Placar se anunciaba el lanzamiento inminente de Dieguito en simultáneo para Argentina, España e Italia. Allí, Maurício, que había rechazado una oferta de medio palo verde de un grupo italiano por los derechos de los dibujos, diferenciaba a Maradona de su otro personaje, Pelezinho. “Pelé es un mito y Diego es un Dios vivo. Todavía puede equivocarse y mandarse algunas cagadas”, decía, como si tuviese algún dato de lo que serían los próximos años de la agitada vida del Diegote.
Lamentablemente, el proyecto se fue postergando por factores extrafutbolísticos de Maradona. “Por la naturaleza de los problemas de Diego, decidimos congelar el proyecto. Le entregué todo lo que tenía a la mujer (Claudia). Quién sabe, Dieguito podría haberle dado un rumbo diferente a la vida de Maradona”, declaraba De Sousa.
En octubre de 1989, en el programa Roda Viva, profundizó los motivos por los que abandonó el proyecto: “Cuando hicimos el contacto con Maradona, creé el personaje, armamos un esquema con los argentinos. De ahí en adelante siempre tuvo problemas: dejó Argentina y se fue a España. Tuvo problemas y se fue a Nápoles, ahí también tuvo problemas. Entonces, no pudimos establecer la licencia Maradona. Además, yo estaba asociado con gente en Argentina que, a mi entender, no pensaba como nosotros a la hora de manejar los negocios. Entonces decidí devolver el personaje Dieguito a mis amigos argentinos, y que ellos hagan lo que quieran. Después de eso, incluso, algunas personas me contactaron y yo los derivé a Argentina. Espero que funcione porque fue una creación nuestra”.
Una de las poquísimas apariciones masivas del Dieguito de Maurício De Sousa fue junto a Pelezinho, en 2005, en la primera emisión de “La noche del 10”, el programa que Maradona conducía los lunes a las 22 por la pantalla de Canal 13, aquella vez en la que Diego recibió a Pelé y terminaron cantando tangos y sambas.
Del encuentro entre el Diez y O Rei surgió la intención de unir sus figuras en campañas de concientización social. Por aquel entonces, se rumoreaba que esa iniciativa podría hacerse realidad a través de un dibujo animado realizado por los estudios de De Sousa en coproducción con una señal de cable orientada al público infantil. Obviamente, no pasó nada.
Más o menos para esa altura, Maurício comenzaba a explotar un nuevo personaje: Ronaldinho Gaúcho, que la venía rompiendo en el Barcelona español. Desde entonces, las apariciones de los inéditos de Dieguito fueron muy esporádicas y puntuales, como cuando en 2010 De Sousa formó parte de una exposición de dibujantes que pasó por São Paulo y Río de Janeiro, o en 2011, cuando junto con Boa Bola (el primo futbolista de Cascão), Pelezinho y Ronaldinho Gaúcho despidió a Ronaldo el día que jugó su último partido con la verdeamarelha, contra Rumania.
Pasaron 17 años del lanzamiento del PC Fútbol 6.0, aquel mítico juego que logró marcar una época entre los enfermitos que nos pasábamos todo el día frente a la computadora. Ya homenajeamos aquí mismo a aquella saga que se extendió, con un bache pronunciado, entre 1995 y 2007, pero hoy queremos centrarnos específicamente en aquella gema del Apertura ’98. Y para que la joda sea completa, les traemos el link para que se lo puedan descargar. De nada, putos.
Nos remontamos al verano de 1999. Internet era muy reciente y para unos pocos. Tener un Pentium II era la papa. Con monitor de tubo, obvio. El menemismo apuraba los últimos corchazos de champagne, al mismo tiempo que la Alianza de De la Rúa se preparaba para dar otros corchazos unos años más tarde. En la tele, todavía duraban los festejos por el título conseguido por el Boca de Bianchi. Ya nos habíamos olvidado un poco del Mundial de Francia, pero no del todo. Teníamos los muñequitos de Coca Cola. Odiábamos a Passarella. No sabíamos exactamente a qué jugaba Bielsa. Un peso era un dólar.
En ese contexto ideal para intentar distraerse, salió al mercado el nuevo PC Fútbol, la versión argentina de la empresa española Dinamic Multimedia. No era la primera, claro. Había debutado en 1995 y luego tuvo un singular éxito con la edición 5.0, aquella de 1997 que traía relatos de Marcelo Araujo y un multimillonario e inentendible presupuesto para Gimnasia y Tiro de Salta. Sin embargo, ninguno de sus antecesores ni sucesores, causó tanto fanatismo como el PC Fútbol 6.0, el juego que nos cambió la vida.
Con relatos de Víctor Hugo Morales y los planteles del segundo semestre de 1998, el juego daba la posibilidad de ser director técnico o presidente de los 20 equipos de Primera División, pero también de los del Nacional B. Era un juego de mánager y había que entenderlo como tal. Por lo tanto, no era tan importante la destreza a la hora de manejar el joystick o el teclado (se podía jugar el partido), como sí lo era la viveza y la capacidad de gestión (?) para administrar el club, mantener las finanzas, comprar buenos jugadores y seleccionar una táctica adecuada. Después de eso, modo resultado y a otra cosa.
La gracia, sin dudas, era empezar desde abajo, haciéndose cargo de un equipo del ascenso y arreglándose con poco. Si a uno le iba bien en la tabla de posiciones, podía darse el lujo de traer a préstamo a jugadores de Primera o del exterior. Eso sí, después la economía quedaba en números rojos y al tercer partido en esa condición, la directiva no tenía problemas en rajarte.
Otro ítem importante era el estadio. Desde las vallas publicitarias, hasta el precio de las entradas o el merchandising. Todo era válido para recaudar. Desde ya que uno podía apostar a agrandar las tribunas o a mejorar los accesos, pero todo eso tenía un costo y podía verse reflejado en el andar del equipo, yéndose al descenso. Nada que no hayamos visto.
Contratar jugadores era todo un laburo. Uno podía contar con la ayuda de un secretario o un ojeador, pero lo más fácil era ir a buscarlos personalmente (?). Liga por liga, equipo por equipo, puesto por puesto. Así es como uno podía tirarse un tirito por el gordo Ronaldo, el mejor del juego con 95 de media, o bien terminar contratando a Poorters, el futbolista del Lierse de Bélgica con el puntaje más bajo: 8. Lo peor era cuando Poorters rechazaba la oferta (?).
En ese abanico de posibilidades, se destacaba la figura de Juan Manuel Suligoy, un desconocido delantero que en la vida real era suplente en Atlético Rafaela, pero que en el PC Fútbol tenía un promedio de 91 puntos. Inexplicable.
Por supuesto que Suligoy terminó convirtiéndose en un emblema de los baldoseros y es por eso que hace unos años los entrevistamos, para que nos contara por qué razón aparecía entre los mejores del juego. Después lo invitamos a un Encuentro Baldosero, pero nos dejó plantados, alimentando la teoría de que siempre fue un jugador virtual
También había otros buenos valores en los equipos del Nacional B, como Grecco (Olimpo), Watson (Godoy Cruz), Gareca (Arsenal) y Alianello (Douglas Haig), que aseguraban buenos rendimientos a un bajo costo. La otra opción, un poco más descabellada pero mucho más divertida, era contratar para la temporada siguiente a figuras en su último año de contrato, ofreciéndoles sueldos altísimos, impagables. De esa manera, uno se podía asegurar al Mono Burgos, al Negro Ibarra, a Roberto Carlos y a Kluivert (?) en Arsenal, para finalmente renunciar en plena pretemporada, antes de que el balance diera 50 millones de pérdida y Don Julio nos mandara a matar.
Todo esto para empezar, claro, porque luego la carrera de uno podía ir mejorando, llegando a dirigir en Primera División, donde las figuras estaban más al alcance de la mano.
Los equipos grandes, por supuesto, contaban con ventaja en cuanto a calidad de plantel, lo que hacía mucho más fácil las cosas a la hora de reemplazar a un lesionado. Pasa en la vida, pasa en los jueguitos…
La cuota de surrealismo también tenía lo suyo. Uno podía reforzarse bien con Gimnasia, por ejemplo, e intentar el milagro. O agarrar a Unión o a Platense e ir por la Intercontinental. Fuera de joda, eso era posible. Pero a la cuarta vez que lo hacías, el juego comenzaba a aburrir (no existía la chance de dirigir en el extranjero) y entonces uno prefería empezar una partida nueva para sentir la humidad y la adrenalina del ascenso. Adictivo.
¿Partida nueva? Ya te dieron ganas, seguro. Acá abajo tenés el link para que te puedas descargar el juego, con todas las instrucciones para instalarlo a cargo de LaPcfutbolería:
Si uno tiene que imaginar a Marcelo Bielsa vestido (no vamos a ser tan hijos de puta de imaginarlo desnudo), no cabe otra posibilidad que imaginarlo en jogging, joggineta, equipo de gimnasia, pantalón de buzo (?) o como quieran decirle. La asociación no es caprichosa. En las últimas décadas, al DT lo hemos visto empilchado de esa manera. Cómodo, deportivo, casi de entrecasa. Aunque claro, existen algunas excepciones que quizás expliquen esta conducta.
No son muchas las imágenes del Loco como futbolista. Algunas pocas en Newell’s, algunas menos en Instituto y Argentino de Rosario. Siempre serio, no muy bien predispuesto a la gilada esta de inmortalizarse (?). De su época de juventud, ha circulado en los medios una foto de los años 70, camisa y saco de solapa ancha, bien de esos años. Como el pelo largo, antes de que llegaran los milicos.
Ya más grande, siendo entrenador de La Lepra, el rosarino llegó a dirigir en camisa, en una inusual muestra de formalidad, que tiraría a la mierda (?) cuando se subió a caballito de uno y exclamó ¡Newell’s, Carajo!
La camisa también la utilizó en su paso por México, pero después ya decididamente se volcó por la ropa deportiva. Remeras, buzos, camperas. Una chomba, a lo sumo, podía ser lo más elegante de Bielsa. Así lo vimos en Vélez, Espanyol, la selección argentina, Chile, Athletic de Bilbao u Olympique de Marsella.
De convicciones firmes, el DT argentino ha llegado a negociar su vestimenta, quedando a mitad de camino entre lo que le gusta a él y lo que el contexto indica. Fue así como pudimos verlo de saco y remera en su presentación oficial como técnico de la Selección, allá por 1998. Y repitió la fórmula en 2011, cuando fue presentado en el Athletic de Bilbao, aunque esa vez prefirió una chomba para usar debajo del saco.
¡Qué tragedia!
Existe, sin embargo, una mancha en el historial informal del Loco. El 14 de noviembre de 1999, el seleccionado argentino jugó un amistoso ante el Espanyol de Barcelona. No era un día más para los Periquitos. Celebraban su centenario (en realidad, cumplirían 100 años en 2000) en el estadio Olímpico de Montjuïc, por eso se vistieron de gala para recibir a los nuestros. Todos, desde el presidente del club, hasta el técnico Miguel Ángel Brindisi. Adentro de la cancha, otros argentinos como Pablo Rotchen, Mauro Navas y el Cholito Posse mostraban la nueva indumentaria blanquiazul.
Esa noche, Marcelo Bielsa no pudo escapar al protocolo y tuvo que trajearse por completo. Fue la única vez que lo vimos con corbata, aunque en un tramo del partido llegó a ponerse la campera del traje. Para colmo, Argentina jugó muy mal, nos embocó Posse, Ortega le pegó una piña a Rotchen y ganó el Espanyol 2 a 0. Y aunque se trataba sólo de un amistoso, fue la excusa perfecta para que Bielsa volviera a la simpleza del jogging.
El fútbol y la birra, dos grandes pasiones populares en nuestro país. ¿Por qué no juntarlas?, se habrá preguntado algún cráneo del marketing, seguramente impulsado por un mercado que ofrecía buenas expectativas de ganancia.
A principios de los dorados años 90, en la Argentina se vivía el furor del coleccionismo de latas. El 1 a 1 cambiario permitía la importación de cualquier tipo de bebida. Desde la yanqui Dr Pepper, pasando por la francesa Orangina, hasta la cerveza japonesa Sapporo. Esas, por nombrar algunas de las más comunes. También existían otras rarezas, intomables la mayoría, que igualmente tenían fanáticos. Generalmente no importaba la calidad del contenido, lo que se valoraba era el envase.
En las repisas o estantes de cualquier casa de familia, rápidamente volaron los libros o adornos, para darle lugar a las latas importadas, pero vacías. Exhibidas como si fuesen trofeos de guerra. Ni más ni menos que envases que habían costado centavos y cuya única función, con el correr de los días, era juntar polvillo. Mugre, bah.
De ese hobby que rozaba el cirujeo también se desprendió otro hábito despreciable, aunque practicado sólo por los ñiños y adolescentes: juntar las chapitas de las latas en un collar. Hasta a un hippie le daría vergüenza, pero en aquel momento estaba aceptado socialmente. Modas son modas.
No fue extraño, entonces, que en ese contexto apareciera la cerveza Boca Juniors, una bebida alcohólica fabricada en Estados Unidos, pero vendida en la Argentina allá por 1993, cuando todavía duraba la efervescencia por el título local conseguido por el Xeneize un año antes.
La colección constaba de latas auriazules de 473 ml, con imágenes que homenajeaban a los jugadores de aquel plantel, como Navarro Montoya, Soñora, Simón, Giuntini, Mac Allister, Mancuso, Márcico, el Manteca Martínez y elBeto Acosta.
Además, existían otras latas blancas (tenían su versión de 355 ml) con la imagen del equipo titular, en la que extrañamente aparecía el baldosero Fabio Talarico y la infaltable mascota xeneize de esa época. Sí, un niño en una lata de birra, aunque esas no tenían alcohol, vale aclarar. Demasiada tierna para ser «La cerveza de la N° 12».
¿Más curiosidades? La lata de Giuntini decía «Giutini». Y como si fuera poco, una leyenda te invitaba a completar la formación del equipo para participar de una sorpresa. Y eso que en Boca todavía no jugaba Chávez. Aunque sí el Mono (?).
Del sabor de la cerveza poco podemos decir, porque nosótros todavía estábamos con el Nesquik (?) y no conocemos a ningún valiente que la haya probado, pero lo cierto es que no duró mucho en las góndolas y pronto pasó al olvido, quizás perjudicada por esa época de Boca, que no volvió a salir campeón hasta 1998.
Celeste y blanca a bastones, la titular. Azul con vivos blancos, la suplente. Pueden variar los modelos, los diseños y las marcas de las camisetas; y hasta el color de los pantalones y las medias, pero más o menos hay una idea instalada de cómo se viste la selección argentina de fútbol. Sin embargo, durante muchos años la AFA contó con un tercer kit que salía a la cancha en ocasiones especiales. Recordemos la vieja y olvidada casaca blanca.
Desde sus inicios, el seleccionado nacional tuvo una camiseta albiceleste, que solía alternar con otra completamente blanca en los partidos donde era necesario diferenciarse del rival. No eran tiempos de la televisión, entonces cambiar de camiseta no era algo habitual. Se jugaba con lo que había, las exigencias comerciales no existían.
Fue así que Argentina siguió actuando durante varias décadas con su uniforme titular a bastones, que rara vez tenía que cambiar, como le sucedió en 1958, cuando tuvo que usar la camiseta amarilla del Malmö de Suecia en su choque ante los alemanes, en el Mundial.
Años más tarde, la camiseta suplente de Argentina pasó a ser azul (ya la había usado antes, pero su debut mundialista fue ante Inglaterra, en 1962) y así la conocemos hasta el día de hoy, obviando aquellas veces en las que nuestro seleccionado volvió a vestirse de blanco. Veamos en detalle:
En la década del 70, con César Luis Menotti como director técnico, la Selección disputó muchos amistosos de cualquier índole. Se enfrentó a los representativos de otros países, sí, pero también a equipos y combinados, de acá y de afuera.
Para esos partidos de menor envergadura, la AFA utilizaba su camiseta alternativa (una regla que se cumplió bastante, pero que no siempre fue respetada), que podía ser la clásica azul…o la blanca, como vemos en esta formación de 1977, en un partido ante Cipolletti de Río Negro. La misma fue utilizada en un amistoso frente a Boca, en Mar del Plata. E incluso otra versión, con tres tiras celestes en forma vertical, también hizo su aparición en un match ante Talleres de Córdoba.
Ya para fines de 1978, la camiseta blanca pasó a tener el logo de adidas y las tres tiras en azul. Y se vistió, por ejemplo, en el amistoso ante la Liga de Corrientes.
Lo más curioso, sin dudas, es que en 1986 la utilería nacional llevó a México ese juego de camisetas blancas, pero nunca las llegó a utilizar. A fines de ese mismo año, Le Coq Sportif presentó otro modelo, con una franja vertical azul sobre el margen derecho. Esa casaca sólo fue mostrada por la Selección juvenil en unos amistosos previos a los Juegos Odesur de Chile. ¿La mayor? Sólo la utilizó en los entrenamientos.
En los años 90, la Selección recurrió casi siempre a la camiseta albiceleste y en contadas ocasiones a la azul. De hecho, hay camisetas alternativas que se fabricaron según los templates de la época, pero que nunca salieron a la luz. Si a eso le sumamos que los enfrentamientos ante clubes o combinados regionales fueron escasos o prácticamente nulos, la existencia de una camiseta blanca no tenía sentido.
De todos modos, hubo un modelo blanco confeccionado por adidas, que contaba con vivos celestes y negros. La camiseta salió a la venta entre 1996 y 1997, pero no fue usada oficialmente por la selección argentina de fútbol, aunque sí por la de voley y por el arquero de Comunicaciones. Rarezas.
La última aparición de la no tan famosa camiseta pura fue en mayo de 2005, cuando la Selección Sub 20 de Argentina derrotó 5 a 3 a Chile, en un amistoso disputado en Santiago. Ese día, para la albiceleste hicieron goles David Abraham, Gustavo Oberman, Rodrigo Archubi y Pablo Vitti, en dos oportunidades. Suficiente para retirar la camiseta (?).
No deben ser muchos los que tengan en la memoria el Mundial Sub 17 de Japón 1993. Primero, porque todo sucedía en la otra punta del planeta, simulatáneamente con nuestras madrugadas. Segundo, porque la selección argentina no tuvo un buen desempeño. Y tercero, porque ese torneo se disputó hace más de 20 años. Sin embargo, hay algo de aquella competencia que ningún futbolero debería olvidar jamás: los laterales con el pie. Aquí el recuerdo de aquella extraña regla.
Así como el Mundial de Italia 1990 nos marcó eternamente gracias a la valentía de aquel equipo argentino que llegó a la final sin que le sobrara absolutamente nada, también para la FIFA significó un antes y un después. La exageración del juego defensivo produjo la escasez de situaciones de peligro. Se empezó a ponderar el trabajo de los entrenadores por sobre los jugadores. El promedio de gol de esa copa fue pésimo, el más bajo de la historia: 2.21 por partido. Evidentemente, había que hacer algo para que el gran negocio del fútbol también resultara atractivo y entretenido, más allá del resultado.
Uno de los grandes flagelos a combatir era el de la pérdida de tiempo. Y no hablamos sólo de esconder pelotas, cagones (?). Los arqueros demoraban muchísimo, gracias a que por aquel entones era posible tomar la pelota con las manos después de un pase con el pie de un compañero. Se tenía que terminar con eso. Por eso es que en el Mundial Sub 17 de 1991, también en Italia, se probó aquel primer gran cambio, sobreviviente de muchas otras variantes que distintos jugadores, entrenadores, árbitros, dirigentes y periodistas especializados habían sugerido para que la International Board modificara el reglamento.
Luego del experimento, en el que los arqueritos se acostumbraron rápidamente a jugar con los pies ante un pase, la FIFA no tardó mucho en integrar esa regla al resto de sus competencias. Ya para 1992 y a pesar del instinto natural de cualquier portero, agarrarla con las manos en esa situación dejó de ser una costumbre. Bue, para todos no (?).
En el camino quedaron otras modificaciones, que también se implementaron aquel año, pero que nunca funcionaron: como la zona de la posición adelantada, que no arrancaba desde la mitad de la cancha, como estamos acostumbrados a ver, sino que partía desde el área grande, hasta el final de la cancha: 16,5 metros de largo. Para que quedase más claro cuál era la zona del offside, además, la línea frontal del área se extendía hacia los laterales. Nadie entendió nada, todos estaban atentos a no quedar en fuera de juego y los partidos fueron más horribles que lo habitual. Se descartó.
También en 1991, pero en el Mundial Sub 20 de Australia, nació «La muerte súbita», que ya recordamos en este sitio. La regla no tardaría en morirse, paradójicamente.
Sin lugar a dudas, el cambio reglamentario que más llamó la atención en esa época tuvo que ver los los saques de banda, que desde 1882 tomamos Branca se habían hecho con las manos. ¿Por qué había que cambiarlos? Según la gente del CIHEFE, el que tiró la idea (o la bronca) fue el entrenador del Arsenal, Arsène Wenger, cansado de los vivos (?) como Rory Delap, un especialista en laterales-centros. Algo así como Alcami en Atlanta o el uruguayo Rosano en los equipos de Caruso Lombardi. La efectividad, discutible. Pero sacaban fuerte, eso sí.
El Mundial Sub 17 de 1993 sirvió, entonces, para probar algo que parecía (y sigue pareciendo) increíble: los laterales con el pie. No se podía marcar un gol directo mediante un saque de banda, pero sí se podía enviar centros peligrosos al área, favorecidos además por la ausencia de posición adelantada. Para tal acontecimiento novedoso, mandamos a nuestros mejores hombres (?).
Los resultados de la nueva regla, a nivel general, no tardaron en llegar. Por esa vía se marcaron 4 tantos en la competición, lo mismo que a través de los saques de esquina. Además, los equipos trataban de mantener la tenencia del balón para evitar un lateral en contra, que suponía una situación de riesgo. Sin embargo, no todo era color de rosa.
Cada pelota que se iba afuera por las bandas, terminaba en una pérdida de tiempo, porque cada equipo tenía uno o más especialistas, que se preparaban como si fuesen a ejecutar el tiro libre de sus vidas, pedían distancia y no hacían otra cosa que demorar el trámite del partido. Insoportable.
Como si fuera poco, ese capricho de los laterales con los pies casi deriva en algo que hubiese sido difícil de superar: Chile campeón del mundo (?). Por suerte, el sueño de los trasandinos sólo llegó hasta semifinales y los laterales volvieron a ser con las manos.
Fue, durante casi una década, el estímulo internacional de los equipos chicos y el consuelo de los pocos grandes que no podían aspirar a la Libertadores o a la Supercopa. Festejada por aquellos que la consiguieron, ninguneada por aquellos que no la ganaron o que ni siquiera la disputaron. Con ustedes, la historia de la olvidada Copa Conmebol, la Champions de los pobres.
A comienzos de la década del 90, la Confederación Sudamericana de Fútbol tenía la intención de de crear una copa que fuese similar a la UEFA y que de alguna manera se instalara como el torneo de mayor relevancia para aquellos equipos que en sus respectivas ligas se ubicaban detrás de los clasificados a la Libertadores. Ya existía la Supercopa como segunda competición, pero era demasiada exclusiva. Se necesitaba, entonces, una copa parecida a la de los europeos, con clasificación abierta y eliminación mano a mano, en partidos de ida y vuelta.
Fue así cómo surgió la Copa Conmebol, un mimo para los clubes menos favorecidos en el plano internacional. El premio por ganar este trofeo, además, se multiplicaba, porque en algunas oportunidades otorgaba la chance de disputar la Copa de Oro Nicolás Leoz (la que obtuvo Boca) y hasta la Copa Master de la Conmebol (no confundir con la Master de la Supercopa, esa que también ganó Boca). Todo un rejunte de hojalata del que era difícil enorgullecerse si uno era de un equipo grande.
1992
Vélez Sársfield, Deportivo Español y Gimnasia y Esgrima La Plata fueron los representantes argentinos de la primera edición, en 1992. En los octavos de final, El Gallego despachó al Fortín, luego de ganarle 2 a 0 en el segundo partido, con goles de Parodi y Sassone. Aunque luego, Español terminaría perdiendo con Olimpia de Paraguay en la definición desde el punto del penal.
El que llegó más lejos de los nuestros fue El Lobo, que luego de vencer al O’Higgins de Chile y a Peñarol de uruguay, en semifinales cayó por penales con el Decano paraguayo. El campeón terminaría siendo el Atlético Mineiro de Brasil, que de esa manera obtuvo su primer lauro internacional.
1993
En la segunda edición se produjo el estreno de Huracán, que rápidamente quedó afuera, luego de perder en el global con el siempre copero Peñarol. El Deportivo Español fue otro que quedó afuera en la primera ronda, perdiendo en el cruce con Sportivo Luqueño de Paraguay. El único de los argentinos que más o menos hizo algo digno fue San Lorenzo, otro debutante en esta copa.
El Cuervo barrió a Danubio de Uruguay y luego a Sportivo Luqueño por penales, para después caer en semis con el Manya, por la misma vía. Los uruguayos terminarían perdiendo en la final con el Botagofo, otro brasileño que usó la Conmebol para desvirgarse en competencias sudamericanas.
1994
Huracán volvió a aparecer en la tercera edición, con la secuela de aquel gran equipo que había peleado el título hasta la última fecha del Clausura, en el primer semestre del año. El tema es que se comió 4 con Cerro Corá, de local. Después el Globo ganó 2 a 1 en la revancha, pero no le alcanzó para acceder a los cuartos de final.
El que sí accedió a la segunda fase fue San Lorenzo, que eliminó al debutante Lanús, luego de empatar los dos partidos y triunfar desde los 12 pasos. Después se encontró con la Universidad de Chile, que le dijo adiós para siempre. El campeón en 1994 fue San Pablo de Brasil, que le ganó a Peñarol. A esa altura, los uruguayos eran los eternos perdedores de la Conmebol.
1995
El Gimnasia de Griguol y el Rosario Central de Angel Tulioi Zof accedieron a la Conmebol de 1995, después de haber terminados 3º y 6º en el torneo local, respectivamente. Lo del Tripero fue bien modesto, quedando eliminado de entrada con Sud América de Uruguay. Y no, lo de GELP no son las copas.
Lo del Canalla, en cambio, fue heroico. No sólo porque eliminó a Defensor Sporting, Cobreloa y Colegiales de Paraguay, sino porque le ganó una final histórica al Atlético Mineiro, después de haber caído 4 a 0 en Brasil. Tanto la remontada como los penales, tuvieron tintes épicos. Obviamente, estamos hablando de una Copa Conmebol y no de una Libertadores, pero poco importa cuando se trata de festejar.
1996
Para la quinta edición, los clasificados de nuestro país fueron Rosario Central (último campeón) y Lanús, segundo en el plano local. El conjunto rosarino intentó repetir la hazaña y estuvo cerca, luego de dejar afuera al Cobreloa y al River uruguayo, pero en semifinales se cruzó el Granate, que venía de eliminar al Bolívar de Bolivia y a Guaraní de Paraguay, apoyado en sus figuras: Roa, Serrizuela, Siviero, Mena, Hugo Morales, Ibagaza y el Chupa López, entre otros.
Contra todos los pronósticos, un equipo de Cúper no perdió la final. Se impuso ante Independiente Santa Fe, luego de ganar 2 a 0 de local y perder 1 a 0 en Colombia. Lanús fue el segundo club argentino en ganar la Conmebol y otro de los tantos que en Sudamérica se sacaron la leche con esta copa.
1997
En 1997, hizo su aparición Colón de Santa Fe. Inesperadamente, despachó a la U de Chile y a Danubio de Uruguay (ambos por penales, con Leo Díaz como protagonista), pero en semifinales se cruzó con Lanús, que lo derrotó por 3 a 1 en el global y entonces pasó a la final.
En el último cruce, el Granate chocó con el Atlético Mineiro, que venía de pechear escandalosamente dos años antes y no se podía permitir algo similar. Por eso puso todo en esas dos finales. Sobre todo en la primera, cuando el equipo de Emerson Leao ganó 4 a 1 como visitante y canchereando un poco, desatando un escándalo que jamás olvidaremos, pese a que se trataba de una Conmebol.
«Varios jugadores de Mineiro nos cargaban, en el segundo tiempo, diciéndonos ole ole cada vez que tocaban la pelota. Y el peor de todos fue el capitán, Jorginho, que un minuto antes del final me dijo ole argentino hijo de p… Esto me hizo reaccionar mal», dijo Ruggeri después de aquel gran hit de su carrera. Y agregó:«Ahora, después del cotejo, más calmo, reconozco que me equivoqué, pero en ese momento lo quería destrozar. Por eso lo seguí hasta el banco de suplentes, donde se fue a refugiar. Ahí me salió al cruce Leao, a quien no le pegué. El me separó al tiempo que me gritaba pará, pará, dejalo. Y después vino todo lo demás por una reacción lógica de mis compañeros, que estaban tan irritados como yo por las cargadas de estos rivales, que en verdad me sorprendieron porque de tantas veces que jugué contra equipos brasileños nunca tuvieron una actitud así».
Otro que habló fue el golpeado técnico Leao, que por aquellos días comenzábamos a enterarnos de su aberración por los argentinos:«Los jugadores de Lanús son unos animales. Si fuesen hombres me hubiesen pegado de frente. Además no se dan cuenta de que todavía tienen que ir a Brasil. Esto era sólo un partido de fútbol. En la cancha demostramos legítimamente que somos superiores».
En la revancha (sí, porque hubo revancha), empataron 1 a 1 y los brasileros se llevaron la copa.
1998
Gimnasia y Central fueron los protagonistas nacionales en la Conmebol de 1998. Los platenses tuvieron que recurrir a sus jugadores juveniles, ya que los grandes estaban de gira por Norteamérica. Fue así como surgieron los ya olvidados Lobitos, unos pibes que estuvieron al borde del milagro, pero perdieron con el Jorge Wilstermann de Bolivia. Una prueba más que clara de la poca importancia que le daban los clubes a esta copa, incluso aquellos que no tenían (tampoco ahora) trofeos internacionales.
El Canalla, en cambio, volvió a apostar al mismo camino que le había dado una alegría tres años antes. Eliminó a Audax Italiano de Chile, Huracán Buceo de Uruguay y Atlético Mineiro (sí, otra vez los brasucas), antes de llegar a la final con el Santos, que se terminó colgando la medalla de campeón, después de vencer 1 a 0 en Brasil y empatar 0 a 0 en el Gigante de Arroyito.
1999
La última edición de la Copa Conmebol fue la de 1999, con la participación de Rosario Central y Talleres de Córdoba. Los rosarinos entraron directamente a cuartos de final, pero marcharon con el Deportes Concepción de Chile. Lo de los cordobeses, en cambio, fue sufrido pero exitoso.
La T eliminó en cadena a Independiente Petrolero de Bolivia (por penales), Parana de Brasil (por penales) y Deportes Concepción (3 a 2 en la serie), pero se encontró con un rival brasileño durísimo (?) e inesperado en la final: Centro Sportivo Alagoano. Un club de Maceió, un eterno equipo del ascenso que en aquel momento estaba en tercera división. ¿Y cómo había llegado a esa instancia? Cosas que los brasuca sólo saben explicar.
Lo cierto es que el Azulão do Mutange se impuso por 4 a 2 en la ida, tirándole toda la presión al team de Gareca en la vuelta. Finalmente, Talleres ganó 3 a 0 en La Docta, con goles de Ricardo Silva, Darío Gigena y Julián Maidana sobre la hora.
¡Un equipo cordobés campeón de algo! Suficiente para que la Confederación Sudamericana de Fútbol tomara cartas en el asunto y terminara con la fantochada de la Copa Conmebol, que nunca ganó prestigio, pero que de alguna manera sentó las bases para que se agrandara el cupo de participantes en la Libertadores y para que surgiera, años más tarde, la Copa Sudamericana, luego de los experimentos de la Mercosur y la Merconorte.
Desde acá, nuestro homenaje a aquel torneo internacional que dejó algunos gratos recuerdos para los equipos chicos y algunos viejos cantitos hirientes para los equipos grandes. Todo fuera de stock.