Deformaciones: Nueva Zelanda (1982)


Casi sin tradición futbolera, los All Whites (sí, se re jugaron con el nombre) sorprendieron cuando, contra todos los pronósticos, obtuvieron de forma angustiante su pasaje al Mundial de España 1982. En las eliminatorias asiáticas/oceánicas, dejaron en el camino al gran candidato, Australia, y pasaron a la etapa final, donde debían cruzarse con Kuwait, China y Arabia Saudita para definir los dos representantes en el torneo más importante del fútbol.

Con un solo triunfo, tres empates y una derrota, Nueva Zelanda llegó a la última fecha con la obligación de golear a Arabia Saudita como visitante para soñar con la clasificación. Finalmente, en lo que se conoció como El Milagro Kiwi en Riad, obtuvo un sufrido 5 a 0 e igualó a China en el segundo lugar de la tabla de posiciones. En consecuencia, hubo un duelo mano a mano en Singapur para conocer al acompañante de Kuwait. El ajustado 2 a 1 obtenido días después de la navidad de 1981, puso a los oceánicos de cabeza en el Mundial.

«Estuvimos aguantando ante 60 mil espectadores, de los que todos eran chinos a excepción de unos 500 neozelandeses», comentó alguna vez Steve Sumner, el mediocampista goleador de aquel equipo -y el segundo artillero en la historia de esa selección-, que luego sería el encargado de convertir el primer tanto de Nueva Zelanda en España. «China acortó distancias a falta de diez minutos y nosotros simplemente aguantamos el resultado, pero al concluir el partido fue una sensación fabulosa». ¿Cómo se dice «silencio atroz» en chino?

Sin grandes figuras a nivel internacional y con un plantel compuesto por un mix de veteranos y jóvenes semiprofesionales, los kiwis llegaron a Europa con el objetivo de hacer un campeonato lo más digno posible. Compartiendo grupo con Brasil, la Unión Soviética y Escocia, llegar a la segunda ronda tenía casi el mismo gusto que consagrarse campeón.

Durante el debut en Málaga, el 15 de junio ante Escocia, se vio la mejor versión de los All Whites. Los neozelandeses marcaron dos goles… pero recibieron cinco. Cuatro días más tarde, también en La Rosaleda, la Unión Soviética les dio otra paliza: 3 a 0 contundente.

Ya sin chances de nada, Brasil le aplicó la fatality sin ninguna contemplación. Fue 4 a 0 con dos de Zico, Falcão y Serginho.

Nueva Zelanda se despidió del Mundial anteúltima, sin puntos, con apenas 2 tantos a favor y 12 en contra.

Una Zola vez en la vida… (1994)

Una vez conscientes del rol que el fútbol y la existencia nos asignaron a cada uno de nosotros –ya sea tanto por talento y/o sacrificio como así también por la falta de esos mismos atributos- el obligatorio paso subsiguiente es soñar con participar en alguna Copa del Mundo. Ese deseo global recorrió, al menos por un mísero segundo, la cabeza de todos quienes vagamente sabemos de que se trata todo esto. Y el diga que no, mete bolazo

Es así que, por estos días y en cualquier lugar del planeta, podemos encontrar a muchos simpatizantes ultimando detalles de un sacrificio que se extendió durante cuatro años. También divisamos a otros que, tarjeta de crédito en mano, se relamen imaginado las jornadas de fútbol y descontrol que Brasil y la providencia les ofrecen a su humanidad. Hay, además, mucho periodista con la mandíbula fracturada de tanto chupar medias para que se lo incluya en la lista de su empresa y mucha minita finalizando arduas sesiones de gimnasio para luego ir a atorrantear a la cidade maravilhosa, tener la suerte de promocionar alguna marca y poder comer caliente durante algunos años… En fin, el sueño nos incluye a todos

Ahora bien, dentro del rol más importante y perecedero de esta historia -el de futbolista- vemos como a lo largo y ancho del tiempo muchos protagonistas corrieron con suertes dispares y hasta injustas. Por ejemplo, el crack finlandés Jari Litmanen debió reprimir su deseo al ver los compañeros que le tocaron en suerte, en contraposición del arquero árabe Hussein Al-Sadiq, quien asistió a dos mundiales. Y así podemos enumerar miles de casos.

Dentro de los jugadores a los que el destino les hizo justicia poética y pudieron asistir al menos a una Copa del Mundo, encontramos el caso del astro italiano Gianfranco Zola quien, contrariamente a lo que sugieren sus condiciones, sólo estuvo presente en U.S.A ´94. Y, precisamente, no de la mejor manera…

Marazola, aquel pibe que creció bajo la tutoría de El Diego en Napoli, sufrió desde sus inicios el ser contemporáneo de Roberto Baggio y recién debutó con La Azurra en 1991, cuando ya contaba con 25 años. Poco tenido en cuenta por Arrigo Sacchi -quien hasta junio de 1994 lo había utilizado como relevo en apenas seis ocasiones- sólo la empresa Upper Deck apostó a su presencia en el Mundial Yankee, ya que Panini lo ignoró completamente de plano.

Pero claro, durante los primeros meses de 1994, el diminuto técnico tano tuvo un problema de nombre Roberto y de apellido Mancini; y aquello le abrió un inesperado lugar a Zola en la lista definitiva. Aunque, eso si, en un rol absolutamente complementario.

En aquella accidentada Primera Ronda para Italia -quien finalizó tercera en su grupo por detrás de México e Irlanda- Zola no tuvo ni la más remota posibilidad de ver acción, perjudicado por los avatares de un equipo que andaba a los ponchazos. Cuando pensábamos que nos íbamos a quedar con la leche (?) de ver un cacho de su talento, la chance le llegó en el partido por Octavos de Final contra Nigeria. Y aquello quedaría grabado a fuego en la historia

Las recordadas Súper Águilas llegaron al encuentro siendo la gran revelación del torneo y con la mejor generación de futbolistas de su historia. Ganadores del Grupo D por diferencia de gol, los negros mostraron un alegre juego ofensivo como principal virtud hasta en el partido que perdieron contra la Argentina.

Pero por supuesto, en el haber, esta selección mostraba la tan mentada “ingenuidad defensiva” tan característica de toda selección africana. Eso, además de torpeza, escasa concentración y falta de picardía. Todo este déficit, encarnado en su castigada última línea…

Y fue aquel 5 de julio, en Boston, que la historia amagó con dar un giro inesperado. A los 26 minutos, un rebote digno de un aficionado en Paolo Maldini a la salida de un corner benefició a Emmanuel Amunike, quien con un toque suave sentenció el 1 a 0. A partir de ahí la pelota fue toda de los tanos, quienes se encontraron con una defensa nigeriana atenta, sólida y segura. Hasta parecía que Peter Rufai había llevado las manos (?).

El reino del revés. Italia atacaba anarquícamente y Nigeria usaba un catenaccio fìsico para defenderse. Haciendo abuso de la buena estrella, sobre los 30 minutos del segundo tiempo, el lateral Augustine Eguavoen dio una clase de picardía haciendo expulsar injustamente a un rival ¿su victima? Nuestro venerado Gianfranco Zola, quien había hecho su debut mundialista apenas 11 minutos atrás…

La polémica jugada se dio sobre el costado derecho de la defensa nigeriana cuando, luego de un choque entre ambos jugadores, Zola cargó sobre Eguavoen y le ganó la posición de forma vehemente aunque completamente limpia. Y ahí vino la escena dantesca…

Eguavoen cayendo fulminado. El árbitro mexicano Arturo Brizio Carter con la tarjeta roja en alto. Sunday Oliseh festejando como un gol y corriendo a felicitar con un beso la performance artística del defensor. Eguavoen sonriendo desde el suelo y Gianfranco Zola haciendo pucherito, cruzándose de brazos y arrodillándose en el lugar como un nene que no quiere irse de la plaza, para luego sufrir una crisis de furia y llanto. Apenas unos segundos que se inmortalizaron. Gloriosos y patéticos al mismo tiempo.

Así y todo, los nigerianos se acordaron sobre el final que eran africanos (?) y a los 43 minutos del segundo tiempo dejaron sólo a Roberto Baggio, quien mandó el partido al alargue. A los 10 minutos del primer suplementario, Eguavoen, aquel que por un rato fue el tipo más pija del planeta, se tiró sobre Il Codino como si fuese Superman cazando un chorro y el 10 de Italia, de penal, mandó a Las Súper Águilas a hacer las valijas. La naturaleza había vuelto a equilibrar el Calcio.

Pese a lo injusto de la expulsión y aùn con la imagen de Tab Ramos convulsionando ante las cámaras un día antes, la FIFA le aplicó dos fechas de suspensión a Zola. Sin ser tenido en cuenta en la Final ni en los mundiales siguientes, aquellos 11 minutos fueron su One Hit Wonder en la Copa del Mundo…

Por otro lado, y a pesar que en Francia ’98 también vendió algo de humo, la generación dorada de Nigeria se fue de su primer Mundial con demasiado sabor a decepción. La ilusión de un equipo africano con buen juego, orden defensivo y picardía fue, como la participación de Marazola, un sueño de pocos minutos en esta vida…

Mal Pase: Romário a Francia 1998

Provocador por naturaleza, autor de frases memorables como “Pelé callado es un poeta, cuando habla solo dice boludeces”, el Chapulín Romário se quedó afuera de Francia 1998 cuando ya tenía un pie y medio en el Mundial.

Tras su participación en Estados Unidos 1994, Mario Lobo Zagallo, el técnico de la selección brasileña, lo marginó del equipo entre 1995 y 1996 porque su intención era probar jugadores más jóvenes, pensando en los Juegos Olímpicos de Atlanta (Estados Unidos).

O Baixinho, ya con 31 años, regresó a la verdeamarelha en 1997, cuando conformó una dupla letal con un tal Ronaldo, diez años menor. Después de conquistar las Copas América y Confederaciones de ese mismo año, todo el país esperaba que Ro-Ro fuera la delantera titular de la Canarinha en Francia.

Un estiramiento en la pantorilla derecha pocas semanas antes del inicio del campeonato encendió la luz de alarma. Si bien el Chapulín juraba que estaría en condiciones de volver a las canchas durante la segunda fase del Mundial –de hecho lo hizo, en un amistoso ante Internacional en el que marcó un gol con la camiseta de su club, Flamengo-, Zagallo –que no tenía mucha onda con el atacante- decidió marginarlo y convocar en su lugar al mediocampista Emerson, del Bayer Leverkusen alemán.

«Mi historia con la selección no acaba aquí. Sé que volveré a jugar en ella», afirmó casi entre lágrimas el goleador en una conferencia de prensa en Lesigny, localidad francesa donde Brasil ultimaba detalles para el Mundial. «Sé que hay mucha gente triste por esta situación, pero también sé quién se ha alegrado al conocer que yo no voy a estar en el Mundial. Esto quizás me sirva para aprender a valorar otras cosas», disparó apuntándole todas las balas a Zico, el coordinador de las selecciones brasileñas, y viejo enemigo personal, quien le había aconsejado a Zagallo que lo excluyera del plantel.

Algunos meses después, Romário dejaría bien en claro su rencor contra Zagallo y Zico. En la puerta de los baños de su flamante bar en Río de Janeiro, Café do Gol, O Baixinho montó un dibujo que ridiculizaba a la dupla. En la caricatura, el entrenador estaba sentado en el trono (?) y pegadito a él aparecía el histórico 10 de Flamengo, papel en mano.

Cuatro años más tarde, ya con Luiz Felipe Scolari como DT de la verdeamarelha, el hombre de los 1000 goles volvió a quedarse afuera de la Copa del Mundo, aunque esa ya es otra historia.

Mundial Baldosero

Después de mucho tiempo de dedicarnos al proyecto #UnMundialParaEnUnaBaldosa, llegó la parte final, la más interesante, la de meterse de lleno a la cobertura de Brasil 2014. Para tal propósito inauguramos un nuevo espacio llamado MundialBaldosero.com, en el que iremos relatando nuestro periplo por tierras brasileñas.

El sitio, además, contará con notas de nuestro estilo (partidos insólitos, selecciones que dieron pena, minitas de cracks mundialistas, camisetas extrañas, rarezas en general) que también compartiremos acá, como venimos haciendo desde que arrancamos esta campaña.

Bienvenidos a esta nueva etapa y quédense tranquilos que en la Baldosa, al menos hasta que empiece el Mundial, seguiremos publicando historias del fútbol argentino, que son las que más nos gusta contar.

Placard: Las camisetas de Japón (1988-1998)

Desde 1975 hasta la actualidad, el seleccionado japonés de fútbol ha tenido sólo tres proveedores de indumentaria: adidas, Puma y Asics. Esas empresas vistieron a los Samuráis Azules en varios períodos, pero durante una década tuvieron que atenerse a una premisa bastante inusual: el diseño se mantenía, fuera cual fuera la marca. Repasemos este particular caso. 

Si uno piensa en la camiseta de Argentina, enseguida la asocia con los bastones celestes y blancos. Si uno piensa en la de Brasil, enseguida piensa en el amarillo con vivos verdes. Lo mismo pasa con la blanca de Alemania o con la naranja de Holanda. Ahora bien, ¿de qué color es tradicionalmente la camiseta de Japón? La respuesta no es tan sencilla. 

Se podría decir que la casaca nipona es azul, porque en gran parte de su historia ha usado ese color y lo ha mantenido en los últimos tiempos, pero si hacemos foco en los años 50, 60, 70 y 80, nos damos cuenta de que la camiseta blanca ha sido su principal estandarte. ¿Y entonces? Banquen un poco, que todavía no hablamos de la roja.

  
En 1988 los japoneses dejaron de alternar el azul y el blanco como camiseta titular, adoptando el rojo para su uniforme. Pero eso no fue todo, ya que a partir de ese momento decidieron que el diseño (bastante simple, por cierto) se mantuviera al margen del cambio de proveedor. 

Fue así que la misma pilcha roja (o en su defecto, la alternativa blanca con vivos rojos) se usó con el logo de Puma, adidas y Asics. Y todo con diferencia de pocos días. De no creer. 
La costumbre siguio varios años, hasta que en 1992 adidas se hizo cargo de la ropa de Japón por cuarta vez y volvió a la carga con la camiseta azul. Sólo que el diseño innovador (modelo equipment) no duró mucho y ese mismo año fue presentado otro template que marcaría una época. 

La nueva camiseta de los asiáticos se destacaba por sus múltiples figuras irregulares que combinaban el azul de fondo con los colores de la bandera. El pantalón blanco también seguía la misma línea. ¿Y las tres tiras? Por ningún lado. Pese a tener el logo de adidas, no se trataba de un diseño de la marca alemana. Y eso quedó bien en claro entre 1993 y 1995, cuando Puma y Asics le pusieron su firma a la misma casaca.


El recambio visual llegó en 1996, con una camiseta menos estridente, que apenas mantenía una especie de llama en cada una de sus mangas. Esa indumentaria repitió la combinación de marcas: llevó el logo de Puma y adidas, para finalmente debutar en la Copa del Mundo de Francia ’98 con la japonesa Asics. El template del Mundial tenía algunas modificaciones con respecto al original, pero eran mínimas. En esencia, la camiseta era la misma.

A partir de 1999 adidas comenzó una relación más estable con Japón (desde entonces no se interrumpió el vínculo) y aquella costumbre de rotar las marcas y mantener el diseño ha quedado en desuso. ¿Hasta cuándo? No lo sabemos, pero estemos atentos porque en cualquier momento lo vuelven a hacer.

Deformaciones: Zaire (1974)

La participación de Zaire en el Mundial de 1974 quedó marcada en la memoria de todos los futboleros por una serie de hechos muy particulares. En principio por ser el primer seleccionado africano subsahariano en clasificar a una Copa del Mundo y segundo por lo triste que fue su actuación en este certamen, que incluyó escenas dantescas.

Pero los leopardos no llegaron ahí de casualidad. El resurgir del fútbol zaireño empezó una década atrás, a mediados de los 60’s, cuando el dictador Joseph Mobutu –basado en el modelo ghanés- encontró en el deporte la forma de incrementar su popularidad. De esta forma, permitió la profesionalización de jugadores y dejó que regresaran varios de los que se habían ido para jugar en países menos enquilombados como Bélgica.

El plan de Mobutu Sese Seko, como se hizo llamar un puñado de años más tarde, era bastante ambicioso y fue más allá: contrató a un técnico extranjero. La cosa iba en serio y los títulos a nivel continental empezaron a llegar. Por eso no muchos se sorprendieron cuando, antes de la obtención de la copa africana de 1974, los muchachos del ex arquero yugoslavo Blagoje Vidinic se aseguraron un lugar en el Mundial de Alemania.

En las eliminatorias, Zaire había dejado en el camino a Togo y Camerún y en la fase final se cruzó con Zambia y Marruecos, que tampoco ofrecieron demasiada resistencia ante el poderío zaireño. Los leopardos, cómodos, terminaron con puntaje ideal.

Ya en territorio europeo, nadie esperaba demasiado de los africanos, que pese al rápido avance del fútbol en esa región estaba a años luz incluso de las selecciones más flojas. Para colmo, el sorteo los mandó a un grupo bien complicado: Brasil, Yugoslavia y Escocia.

En el debut en Dortmund, ante Escocia, Zaire cayó 2 a 0. A pesar del resultado adverso, y de haber sido partícipe necesario en uno de los tantos, el arquero Muamba Kazadi fue una de las figuras del encuentro, se bancó el peloteo europeo como un duque y salvó su valla de una verdadera masacre.

Las cosas comenzaron a ponerse (todavía) más oscuras antes del segundo match, contra Yugoslavia, cuando un asesor del gobierno que viajó con el plantel les avisó que no iban a cobrar la plata que les habían prometido por disputar el Mundial. Los morochos llegaron a pensar en no presentarse, pero finalmente decidieron salir a la cancha sin muchas ganas. Se comieron ¡nueve! «Podríamos haber caído por 20, habíamos perdido nuestra moral», comentó después N’Daye, una de las estrellas de aquel equipo.

En ese partido estalló una polémica en torno al arquero Kazadi, que se fue reemplazado tras el tercer gol yugoslavo. No fueron pocos los que pensaron que se trataba de una maniobra del técnico Vidinic para beneficiar a su país de origen. Encima, en la jugada posterior al cambio, Yugoslavia clavó el cuarto. En realidad, Vidinic recibió instrucciones de los dirigentes zaireños que estaban en Alemania para sacarlo en ese instante. Obviamente, nunca se atrevió a pedir explicaciones. 

Tras el 4 a 0, N’Daye se fue expulsado por patear al árbitro, aunque el que pateó al juez fue Ilunga Mwepu, pero viste que los negros estos son todos parecidos… (?)

«Los árbitros no nos distinguen y ni siquiera lo intentan. Ellos sólo ven nuestro color y piensan que somos todos iguales. Le dije que no fui yo el que lo golpeó. Mi compañero le dijo que había sido él, pero no quiso escucharnos. Lloré terriblemente tras aquella injusticia», exclamó N’Daye tras el encuentro.

El 0-9 no cayó muy bien entre las autoridades. Motubu prohibió el ingreso de los periodistas al hotel donde se concentraban los jugadores y envió a sus guardias a que pusieran un poco de orden. Bebote style. El mensaje fue clarito: “Si pierden por cuatro goles contra Brasil, son boleta”.

El tema es que para un equipo que no llegaba ni a casi amateur comerse cuatro contra el campeón vigente era algo bastante probable y entonces, el 22 de junio de 1974, ya eliminada y con la soga al cuello, Zaire salió a jugar contra los reyes del jogo bonito con un cagazo padre.

A los 12 minutos, Jairzinho puso el 1 a 0. Después, durante un buen rato, los sudamericanos se dedicaron a prestarse la pelotita ante la mirada nerviosa de los morochos. A los 66’, Rivelino marcó el 2 a 0. Y el tercero, a través de Valdomiro, no tardó mucho en llegar.

Cuando faltaban solamente cinco minutos para el final, el árbitro pitó un tiro libre para Brasil en el borde del área. Rivelino la acomodó y todos se alborotaron. No les alcanzaban las religiones para rezar y pedir que esa pelota se fuera a cualquier lado, pegara en el palo, se estrellara en la barrera o, en el peor de los casos, terminara muerta en las manos del arquero después de controlarla en dos tiempos.

Apenas escuchó el silbatazo, Mwepu enloqueció, corrió desencajado y mandó el balón a la mierda, ganándose la tarjeta amarilla. Lo que en ese momento para la prensa mundial fue tomado como una muestra gratis del salvajismo africano y una completa ignorancia del reglamento del fútbol, no se trataba de otra cosa que un intento desesperado por salvar su vida y la de sus compañeros.

Y sirvió, porque después de la ejecución, los leopardos pudieron mantener la valla en -3. Tras el Mundial, la generación dorada de Zaire regresó a su país, donde convivieron para siempre con el olvido y la indiferencia.

Fuera de stock: los cabezones de Francia ’98

Con motivo de la XVI Copa Mundial de Fútbol, en 1998 la empresa Coca Cola lanzó una promoción en Argentina que tenía como protagonistas a los jugadores de la Selección. No a ellos en sí, sino a unas figuras de cabeza prominente que los caricaturizaban. Hoy recordamos a los Cabezones de Francia ’98.

Para entender el fenómeno de los Cabezones nos tenemos que remontar hacia mediados de la década del 90, cuando surgieron en Inglaterra los Headliners, unas figuras que personificaban a los mejores hombres de la Premier League. El éxito se acentuó mucho más a finales de esa década, cuando la empresa ProStars lanzó los muñequitos de 7 centímetros llamados Corinthian, que hasta el día de hoy dominan el mercado mundial. En la Argentina, esa rama del coleccionismo nunca gozó de demasiada popularidad, a excepción de lo que sucedió en el Mundial de 1998 con la propuesta de Coca Cola.

  

La promoción de la gaseosa era bastante sencilla: había que conseguir una tapita con la leyenda «1 Gol» y agregarle 75 centavos para que en los comercios habilitados nos dieran un muñequito de Argentina. Eso sí, nada nos aseguraba tener un jugador mundialista, porque de los 16 cabezones albicelestes fabricados, un par no habían ingresado a la lista oficial confeccionada por Daniel Passarella, DT de la Selección. 

 
En la foto podemos ver todos los muñecos que formaron parte de la colección. Arriba: Astrada, Verón, Gallardo, Berti, Ortega, Claudio López, Crespo y Delgado. Abajo: Simeone, Burgos, Cavallero, Ayala, Chamot, Sensini, Berizzo y Hernán Díaz.

Todo muy lindo, salvo por el detalle de que la Hormiga Díaz y el colorado (?) Berizzo no llegaron a integrar el plantel nacional en Francia. 

Algunos jugadores como la Brujita Verón, el Burrito Ortega, el Ratón Ayala  y el Mono Burgos estaban bastante bien logrados, aunque tal vez por caraterísticas físicas bien reconocibles y no tanto por talento del escultor (?). El resto, por lo general, sólo eran identificados al leer el apellido en la base de la figura. El Negro Astrada todavía le debe estar jurando a sus hijos que ese cara de nada es él . Y también que fue al Mundial (?).

Además, se perdieron de tener su propio cabezón otros futbolistas que sí acudieron a la cita mundialista, como Roa, Vivas, Pineda, Pablo Paz, Almeyda, Balbo y Zanetti. Tal vez por no tener carisma, vaya uno a saber.

Lo que no se explica es la omisión de Gabriel Batistuta. O sí, a lo mejor los derechos de imagen fueron los culpables de que Bati no apareciera en la colección.

Después de la eliminación a manos de Holanda, nuestro país volvió a la normalidad y en las calles se dejó de hablar de fútbol internacional, aunque en las repisas, estantes, bibliotecas, heladeras y televisores de miles de hogares argentinos permanecieron durante años los cabezones de Francia ’98, fieles testigos de otro sueño que terminó en Cuartos de Final.

Tiene Letchkov de preso

En 1994, además de la amputación de piernas a Maradona, hubo un equipo que sorprendió a todos. Y no hablo de Suecia. Ese equipo fue Bulgaria. De la mano de su emblema, su Majestad, Hristo Stoitchkov, terminó saliendo cuarto. Un equipo que se dio el lujo de eliminar a Alemania y de tener contra las cuerdas a Italia que salió toreando de la mano del Codino Baggio. La idea no es recordar a Stoitchkov, ese jugador tan crack como mala leche que desparramó su talento en el Mundial y hasta se dio el lujo de dejarle marcados los tapones en el pecho de gusto a un griego. Tampoco a Krassimir Balakov, del que se rumoreó que podía venir a Boca, ni a Kostadinov y sus goles que dejaron afuera a Francia en las eliminatorias en el mismísimo Parque de los Príncipes. Mucho menos a Trifon Marimov Ivanov, El Lobo, el jugador con más cara de psicótico de la historia. El hombre a recordar es uno de los artífices de la victoria histórica: Yordan Letchkov.

Si más o menos eras consciente en aquella época, recordarás a Yordan Letchkov. Pelado, con un mechón redondo en el medio de la frente, como si fuera un tercer ojo. Su gol de palomita fue el que puso el 2 a 1 definitivo que dejó afuera a la Alemania de Matthaus, Klinsmann y Hassler, vigente campeona por aquel entonces. Los hinchas búlgaros lo siguen haciendo tirarse de palomita para recrear la gesta (dato no chequeado). Tenía sólo 27 años en aquel entonces, pese a que por su calvicie incipiente aparentaba ser parte de una publicidad de una AFJP. Por aquellos años jugaba en Hamburgo, luego se fue al Olympique de Marsella. Pasó por el Besiktas y luego al CSKA Sofía, para terminar retirándose en el equipo de su ciudad, el OFC Sliven, en 2004.

Hijo dilecto de Sliven, la octava ciudad búlgara (famosa por sus hajduks, guerreros a lo Robin Hood que vivían en los bosques y enfrentaron al Imperio Otomano), Letchkov no tardó demasiado en convertirse su alcalde. Fue elegido dos veces entre 2003 y 2011. Sí, estaba en actividad como futbolista mientras ejercía su cargo político.

En enero de 2013 fue condenado a 2 años de prisión por malversación de fondos y abuso de poder durante sus dos mandatos. ¿El principal motivo? Haber presionado a agentes fiscales para evitar el control de determinadas empresas y firmar un contrato sobre gestión de aguas que provocó pérdidas de 572.000 leva (292.000 euros). Como si fuera poco, ya tenía dos condenas previas por 3 años cada una en suspenso por los mismos cargos.

Desde acá, un homenaje a aquel gran héroe de USA ’94 caído en desgracia.