Para todo aquel privilegiado que lo vio jugar, es casi imposible olvidarse de Bernardo Martín Ragg. No sólo por su particular rostro, sino también por su estilo atolondrado, ese que le permitió ser protagonista de una de las jugadas que más carcajadas provocó en el fútbol argentino de las últimas décadas. Recordemos esa gema baldosera:
El calendario de 1999 estaba marcado en el 18 de diciembre. Última fecha del torneo Apertura. Noche calurosa en Córdoba, ideal para tomarse una cerveza o ir a la cancha. ¿Por qué no las dos? De un lado estaba el Belgrano de Enrique Nieto, tratando de sumar para no descender al Nacional B. Por otro lado, el Independiente de Trossero, que pedía a gritos que finalizara el año para poder barajar y dar de nuevo. No prometía ser un partidazo, pero lo fue.
Ariel Montenegro, el hermano del Rolfi, ese día estuvo como nunca. Convirtió el primer gol a los 37 minutos del primer tiempo y marcó el segundo, de penal, a los 18 minutos del complemento. El partido, a esa altura, estaba más que liquidado. La gente del Pirata deliraba en las tribunas del Gigante de Alberdi, los jugadores locales ya pensaban en las vacaciones. Era una fiesta completa, no faltaba nada. O sí, tal vez un gol más de Belgrano.
Corrían 28 minutos del segundo tiempo cuando el enganche celeste, Leo Torres, metió un centro al área chica que encontró, como no podía ser de otra manera, al iluminado Montenegro. Con una tijera, el ex jugador de San Lorenzo marcó el tercero de su cuenta personal y desató el festejo pirata. Tres a cero, goleada, excelente cierre de año, navidad, brindis, pan dulce, regalitos. Pero todo se desmoronó en apenas un cerrar de ojos.
Todos los jugadores de Belgrano salieron como locos a festejar el gol. Incluso el arquero Ragg, el más desaforado de todos, que corrió hasta la mitad de la cancha para abrazarse con el técnico Nieto y el resto de los suplentes. En medio de tanta euforia, el árbitro Cordero se dio cuenta de que el línea estaba levantando la bandera por offside de Amaya, y cobró tiro libre para Independiente. Pontiroli sacó rápido, la pelota voló por el aire, Ragg emprendió una corrida memorable, pero jamás pudo alcanzar al delantero Claudio Graf, que arrancó en la mitad de cancha y definió casi llegando al área grande. De un virtual 3 a 0 a favor, a un 2 a 1 en contra. Y todavía faltaba.
Los instantes siguientes fueron los peores en la vida deportiva de Ragg. Mientras se lamentaba y se seguía lamentando por su festejo inoportuno, el Rojo de Avellaneda seguía atacando. Y en apenas 5 minutos se concretó lo que todos imaginaban. A los 31 empató Tomatito Pena. Y a los 34 llegó el definitivo gol de Diego Forlán, el primero de su carrera. Tres a dos. De la risa al llanto.
El tanto del uruguayo no fue sólo un mazazo para el arquero y el plantel celeste. También lo fue para los hinchas, que no soportaron la inesperada e increíble derrota y suspendieron el partido arrojando todo tipo de objetos contundentes. ¿Resultado? A Belgrano le dieron el match por perdido y además le descontaron 3 unidades por los incidentes. Sí, el festejito del arquero costó 6 puntos.
«Estoy tan caliente, que no sé si me retiro», dijo Dientito Ragg esa noche. Por suerte recapacitó y siguió jugando algunos años más. El fútbol se lo agradeció eternamente.
En esta nueva categoría, denominada Son Decisiones, recopilaremos jugadas y situaciones insólitas que quedaron grabadas a fuego en el inconsciente baldosero. Que la disfruten.









