Deformaciones: Chile en España ‘82

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Tras no haber hecho bien los deberes para cruzar la Cordillera y jugar el Mundial de Argentina ‘78, la selección chilena tragó saliva y se puso en campaña para el Mundial de España. Y el operativo, llevado a cabo por una camada de jugadores que fueron figuras, fue coronado por una eliminatoria impecable en la que terminó invicta, con el arco propio en cero y clasificando de punta a punta dejando con la boca abierta a sus rivales directos, Ecuador y Paraguay.

Como si semejante perfomance no hubiese sido suficiente para elevar el optimismo de sus seguidores, el sorteo lo depositó en el Grupo B a jugarse en Oviedo y Gijón ante Alemania Federal, Austria y Argelia. La consideración general, hecha voz en el técnico Luis Santibañez, se encargó de vaticinar que había llegado el momento de que Chile llegase lejos en un Mundial, ubicándose entre los mejores del mundo. A priori, Alemania era partido perdido, el de Argelia ya estaba ganado y la lucha para pasar a la segunda ronda sería mano a mano con la ganable Austria. Todo en teoría, obvio.

Entonces ni queremos imaginar lo que habrá significado el tremendo mazazo del 17 de junio en el debut y derrota 1 a 0 ante los austríacos, con un penal desviado por Caszely incluido. Golpe de nocaut para un plantel que a esa altura llevaba un mes entero de concentración y que en 90 minutos pasó de espiar quién le tocaba en segunda ronda a tener el agua al cuello por un pequeño detalle: Argelia se mandó flor de batacazo y derrotó 2 a 1 a Alemania.

El agua subió del cuello a la nariz cuando tres días después: Chile cayó 4 a 1 ante los alemanes. El descuento de Moscoso sobre la hora cerró un baile infernal que incluyó tres goles de Rumenigge (el primero, un tirito desde la casa) y dejó a la Roja con un pie y medio afuera del Mundial y dependiendo de un milagro para avanzar de fase: golear a Argelia y esperar a que Austria derrotase a Alemania. Dos cosas imposibles.

El 24 de junio, en el estadio Carlos Tartiere de Oviedo, a los 35 del primer tiempo Chile ya caía 3 a 0 con Argelia. En el segundo tiempo hubo goles de Neira y Letelier pero la remontada no alcanzó ni para un empate. Por eso no hizo falta ver el arregladísimo definitorio partido entre Austria y Alemania un día más tarde. A armar las valijas y volverse para casa con cero punto.

En la foto vemos la formación que enfrentó a Alemania el 20 de junio de 1982 en Gijón. Arriba de izquierda a derecha: Wladimir Bigorra, Elias Figueroa, Valenzuela, Dubo, Lizardo Garrido y Mario Osben. Abajo: Patricio Yañez, Bonvallet, Gamboa, Gustavo Moscoso y Mario Soto. Harta decepción imaginamos en Chile al quedar eliminado una vez más en primera fase y ocupar el puesto 22, sólo superando a otras deformraciones como Nueva Zelanda y El Salvador por diferencia de gol.

En el placard: Costa Rica con 3 camisetas 1990

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Desde hace un tiempo nos acostumbramos a que las selecciones que participan de un Mundial utilicen sus dos juegos de camisetas, y no necesariamente por una cuestión de sentido común, porque a veces ni siquiera hace falta cambiar la pilcha para diferenciarse del rival. El fútbol al servicio del marketing, en ese caso, es la explicación.

Pero el colmo del placard mundialista (?) se vivió en Italia ’90, cuando el seleccionado de Costa Rica utilizó 3 camisetas distintas. En su debut vistió una simple camiseta roja con cuello blanco y dejó la vergüenza para los escoceses. En el segundo partido del grupo, frente a Brasil, sacó a relucir un modelo similar al de la Juventus (se jugó en Turín) que, según entendidos, rendía homenaje a un viejo club costarricense. A pesar de la derrota 1 a 0, en el tercer encuentro volvieron a usar la casaca blanquinegra y lograron la clasificación a octavos de final gracias al triunfo 2 a 1 ante Suecia.

Cuando parecía que el conjunto tico ya estaba hecho, la gente de Lotto (seguramente la filial madre en Italia) dobló la apuesta y para el match con Checoslovaquia acercó otro juego de camisetas rojas, con cuello del mismo color y el logo bien distinto al utilizado en la presentación. Como se observa en las imágenes, hasta se usaron 3 pantalones distintos. Eso sí, las medias siempre blancas. Con algunas cosas no se jode (?).

Baldoseros: Ripke, el jugador 23 del ’86

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Gustavo Jorge Ripke

No gozó de la popularidad de Maradona, Valdano y Burruchaga, es cierto. Pero Gustavo Ripke también fue un futbolista que dio la vuelta olímpica en México 1986. Los libros y las frías estadísticas quizás no lo registren como un integrante de la Selección nacional, por eso es nuestro deber contar esta historia: la del jugador fanstama.

Gustavo Jorge Ripke no fue un improvisado ni mucho menos. Nacido en Santa Fe, se formó como volante por derecha en Boca Juniors y actuó con bastante regularidad en la Primera División de Colón de Santa Fe (94 partidos y 9 goles, entre 1971 y 1973). Antes, se había destacado como goleador en Arsenal de Lavallol (15 partidos y 10 goles en 1967) en el ascenso, donde también vistió los colores de Los Andes (20 partidos y 3 goles en 1975) y Aldosivi de Mar del Plata, ciudad a la que representó en el viejo Torneo Argentino, consagrándose campeón de 1970, luego de vencer a Mendoza en la final.
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Ya retirado, Ripke siguió viviendo el fútbol de forma intensa, aunque ya en su rol de hincha. ¿Y cómo es que entonces llegó a alzar la Copa del Mundo con la camiseta argentina? Él mismo lo contó en un concurso de fotos que realizó el blog fabio.com.ar.

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Pasculli, Maradona y la Copa

«Yo tuve una fractura de tibia y peroné, la cual me impidió seguir jugando al fútbol. Lo consideré la mayor frustración de mi vida, pero haber dado la vuelta llevando la Copa del Mundo junto al más grande, me compensó; la vida y el fútbol no me deben nada.

Como recordarán el resultado del partido fue muy cambiante. Cuando hizo el gol Burruchaga, pensé en saltar al campo de juego y hacerme pasar por un jugador, porque tenía puesta camiseta, pantalón y medias de la Selección, pero logré controlarme.

Eso sí, cuando Arpi hizo sonar el silbato, atravesé las plateas, salté un foso de 3 metros de ancho y comencé a correr. Incluso salté unos pupitres de periodistas que estaban detrás del arco de Pumpido, para abrazar al Diego.

Mi sueño se cumplió cuando pude llevar la Copa en forma conjunta con Maradona, él con su mano izquierda y yo con mi derecha ( escribo esto y aún hoy se me pone la piel de “ave” ja!). Además les comento que, para todos los demás era yo un jugador de la Selección Argentina, es así que conseguí llegar hasta los vestuarios y en ese momento hubiera pagado cualquier dinero para obtener un foto, pero todavía no habían permitido el ingreso de los periodistas o fotógrafos.

Así fue que tuve la oportunidad de abrazar, propiamente dentro del vestuario, uno por uno a los jugadores que, segundos antes, habían logrado ser los mejores del Mundo.

Fue memorable también mi regreso al campo de juego, (ya que no daba para bañarme en los vestuarios..ja! ). Ni bien pisé el césped, todos me venían a abrazar y sacarse fotos conmigo…y la mayoría me preguntaba «Vos quién sos ?»…y yo les respondía «eeeehh! ¿Cómo? ¿no me conocés?», y los dejaba con la duda.

Después inicié una breve corrida para llegarme hasta las plateas donde habían quedado mis amigos y vi que se había organizado, detrás de mí, una vuelta olímpica. No quieran saber las caras que pusieron mis ‘seguidores’ cuando me puse frente al sector de las plateas y volví a saltar el foso de 3 metros».

Fíjense en las revistas de la época, busquen entre las fotos de la consagración y ahí lo van a ver. A Gustavo Ripke, el jugador fantasma de México ’86.

Deformaciones: Canadá (1986)

En la previa de Copa del Mundo de 1986, la gran incógnita fue el seleccionado de Canadá, que inesperadamente se había adjudicado la plaza de la CONCACAF, ganando la fase final por encima de Honduras y Costa Rica.

Una vez en el Mundial, le tocó integrar el Grupo C junto a tres selecciones europeas: Francia, Hungría y la Unión Soviética. Su director técnico, Anthony Waiters, era optimista a pesar de lo complicado que pintaba el panorama: «Aunque todavía nos falta recorrer camino, tenemos un equipo que sabe lo que quiere y no seremos rivales fáciles«, había vaticinado.

El debut, frente a Francia, fue una sorpresa para todos: los canadienses aguantaron muy bien y recién quedaron en desventaja faltando 11 minutos para el final, cuando un error de su arquero Paul Dolan le permitió a Jean-Pierre Papin marcar el definitivo 1 a 0.

El segundo rival fue Hungría, y a pesar de que esta vez el arco estuvo custodiado por Tino Lettieri, fue victoria para los europeos por 2 a 0.

La despedida de tierras aztecas se dio ante la U.R.S.S. Y fue tal vez el mejor partido de Canadá, pero entre pifiadas y algún tiro libre que se estrelló en una barrera formada por jugadores propios, terminó perdiendo 2 a 0.

De esta manera, concluyó la única participación de los canadienses en una Copa del Mundo, con un récord de 3 partidos perdidos, ningún gol a favor y 5 en contra.

Pero, más allá del récord negativo, lo llamativo de este equipo estaba en su composición. En el plantel había seis jugadores sin club, entre ellos su barbudo capitan Bruce Wilson, de 34 años, que hacía dos que no jugaba profesionalmente. La base de la formación titular estaba enlistada en el soccer de Estados Unidos, con algunos refuerzos del fútbol local y otros de poderosísimas ligas como la de Suiza (el defensor Bridge), o la segunda división de Bélgica (el delantero Vrablic).

El arquero Tino Lettieri, nacido en Bari, Italia, había atajado toda su vida en el fútbol yankee, y estaba jugando fútbol indoor en el momento del Mundial. Pero este no era un caso único: Dale Mitchell, Carl Valentin (nacido en Inglaterra), Gerry Glay (escocés de nacimiento), David Norman (también de Escocia) y Branko Segota (de origen yugoslavo) también jugaban en indoor cuando fueron convocados.

Además, esos no eran los únicos extranjeros nacionalizados: también se sumaban Paul James (de Gales), Igor Vrablic (de Checoslovaquia), Randy Samuel (de Trinidad y Tobago), Colin Miller (de Escocia) y Sven Habermann (de Alemania Occidental), llegando a la nada despreciable cifra de 10 jugadores nacidos en otro país.

Entre los casos mencionados merecen destacarse algunos, como el de Igor Vrablic, que fue habitué de la Selección entre 1984 y 1986, y después del Mundial paso al Olympiakos de Grecia, pero no debutó y se retiró con 21 años.

El defensor Collin Miller era una joven esperanza del Rangers durante aquella época. Luego de pasar por más de diez equipos, fue el último en retirarse, jugando en 2005 con casi 41 años para el Abbotsford Mariners.

Uno de los delanteros, Dale Mitchell, llegó a México con un temible porcentaje de efectividad: esa temporada había hecho 100 goles en 99 partidos, pero obviamente en el fútbol indoor.

Otros jugadores merecen su mención en este repaso, como Bob Lenarduzzi, que debutó en 1970 en el Reading de Inglaterra con sólo 15 años, siendo el primer canadiense en jugar en la liga inglesa. Sin embargo, a los 18 se volvió para continuar su carrera en su país.

Por último, se destaca el caso de Jamie Lowery, un mediocampista que no sólo no tenía club, sino que nunca jugó profesionalmente, salvo en 1988 para Vancouver 86ers. En el momento del Mundial estaba en la Universidad, por lo que fue convocado siendo un jugador amateur. Grandes historias de un equipo injustamente olvidado.

Mal pase: Enzo Trossero a México ’86

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Convocado por Bilardo desde la primera lista de 18 jugadores allá por marzo de 1983,  Enzo Trossero dio toda la sensación de encajar perfectamente en las maniobras tácticas pergeñadas por el Narigón a lo largo de su ciclo. De hecho, entre eliminatorias y algunos amistosos, se puso la celeste y blanca en más de 20 partidos.

Pero a fines de abril de 1986, a casi nada de la Copa del Mundo de México y en el momento exacto de conocer la lista definitiva de convocados, se quedó afuera. Poco importó si los motivos fueron una inactividad futbolística que llevaba a cuestas o si hubo algo más. Lo concreto es que con 32 años, le tuvo que decir «hasta siempre» a su segundo sueño mundialista (ya había estado en España ’82).

Y claro que no se iba a quedar de brazos cruzados. Demostró ser tan temperamental afuera como adentro del campo de juego. Y puso primera nomás: «…con Bilardo me equivoqué, me engañó. Me dijo que tenía todo armado para la gira, que me quedara tranquilo, que yo estaba en sus planes. Me pidió que entrenara fuerte en Independiente y quedamos en hablar a la vuelta. Pero Bilardo como persona me defraudó. Hace cuatro meses me aseguró que yo iba al mundial. ¿Qué cambió desde entonces?».

Cuando le recordaron que lo que pudo haber cambiado fue el detalle de no estar jugando, puso segunda y apretó el acelerador a fondo: «…y no es motivo que yo no esté jugando eh, porque en la lista de 22 hay uno que tampoco juega que es Brown. O Zelada. ¿Hace cuanto que terminó el campeonato mexicano? Y resulta que Zelada va y yo me quedo. Estamos en la misma situación…».

Ya sin importarle absolutamente nada para cerrar, puso tercera, cuarta y cerró los ojos: “…toda la vida dijo que no se puede armar un equipo de un dia para el otro. Y resulta que ahora 10 jugadores de los que ganamos la eliminatoria quedamos afuera y convoca a Enrique cuando están subiendo al avión. Acá hubo fallas humanas. ¿O acaso a Gareca no le hizo lo mismo? Muchos errores conceptuales. Y la incoherencia es muy grave…”.

En el placard: México alternativa 1994

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Después de ahondar (?) durante años en la historia de la indumentaria deportiva, llegamos a la conclusión de que los diseñadores de Umbro probaron todas las drogas posibles en la década del ’90. La camiseta alternativa de México en el Mundial de Estados Unidos ’94 es una muestra más de que no les importaba nada a la hora de pensar en estampados y colores.

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El conjunto alternativo, además de contar un diseño desconcertante que casi no dejaba apreciar la marca sobre el pecho, tenía una excesiva presencia del color rojo. La casaca, que en ese Campeonato del Mundo sólo se usó ante Italia, era horrible, aunque al lado de la pilcha del arquero Jorge Campos pasaba desapercibida.

En el placard: Escocia pantalón bandera 1986

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Como ya tuvo su merecido espacio de la cintura para arriba gracias a su camiseta alternativa en Italia 90, Escocia nos muestra ahora toda su desfachatez pero de la cintura para abajo. Y eso que ni vamos a mencionar a sus pollerudos hinchas empujándose borrachos en las gradas del estadio La Corregidora en Querétaro, México. El tema pasa exclusivamente por sus pantalones azules y blancos con un diseño más para una bandera que para otra cosa.

En México 1986, sus mejores (?) jugadores se pusieron la ropa oficial Umbro y le mostraron al mundo dos cosas: primero sus pantalones, obvio. Y segundo, que se puede salir cuarto en un grupo de cuatro y ver como los otros tres equipos pasan de ronda. Dinamarca, Alemania y Uruguay, agradecidos.