Argentina 2 – Combinado Boca / River 2 (1974)

argentina - RiverBoca

El 25 de agosto de 1974 se jugaba una nueva edición del Superclásico del fútbol argentino. Por el Campeonato Nacional, Boca vencía 1 a 0 a River y se acercaba a la clasificación para la fase final de la competencia. Varios jugadores se volverían a ver las caras unos días más tarde, el 29 de ese mes. Pero no para jugar la revancha, sino para vestir la misma camiseta, la del Combinado Boca / River, que enfrentaría a la Selección Argentina.

El equipo de casi todos (?) formó con Sánchez (Fenoy); Pernia, Rochia, Daniel Killer, García Sangenis; Brindisi, Galván, Saccardi; Santamaría (Bertoni), Kempes y Ferrero. Los Xeneizes / Millonarios lo hicieron con Pérez (Barisio); Zuccarini (Osvaldo Pérez), Jauregui, Rogel, Tarantini; Trobbiani (Benítez), Alonso (Di Meola a partir de los 32`), Potente; Ponce, Morete y García Cambón. ¿La finalidad del encuentro? Obtener ingresos para la Obra Social de Futbolistas Argentinos Agremiados.

El primer gol lo hizo Alberto Tarantini en contra, desubicando a Perico Pérez. En la segunda parte, Juan Domingo Rocchia, defensor de Ferro, aumentaría de penal. Los tantos del clásico de San Lorenzo (?) fueron anotados por García Cambón y Morete.

La Selección, renovada tras el Mundial de Alemania, pareció visitante en el estadio de Vélez, porque la parcialidad de Boca se ubicó en una popular y la de River en la otra. Además mucho público de ambos equipos pobló las plateas. Según la revista El Gráfico se “jugó con un gran clima y un agradable espectáculo que fue una fiesta”. Algo que tranquilamente se podría hacer hoy en día, ¿no?

Son decisiones: La camiseta de Boca de 30.000 dólares

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Ah, los noventa… Siempre los amados noventa. Época horrenda y hermosa, donde todos teníamos un pequeño Men*m instalado en nuestra existencia. Pese a estar en las antípodas futbolísticas del riojano que marcó esa etapa desde la Presidencia de la Nación, Boca Juniors tampoco fue ajeno a esa tendencia: jugadores sobrevalorados desde el precio pero que poco podían dar desde lo futbolístico; modernización de ese templo llamado La Bombonera, pero solo en las zonas que servirían como cocina del “Toma y Daca”, tanto empresarial como político del siguiente milenio. Y, por si eso fuera poco, la camiseta más cara de la historia del fútbol mundial. ¿Ley de convertibilidad? Eso no afectó a las casacas del Xeneize regenteadas por el inefable Carlos Salvador Bilardo.

El año 1996 comenzó con Mauricio Macri asumiendo la Presidencia de Boca Juniors y con el arribo del Doctor como director técnico luego del trágico descarrilamiento del segundo ciclo de Silvio Marzolini. Ambos claro, como las caras visibles de la Reforma del Estado Xeneize.

La primera medida del Ingeniero fue derribar los viejos palcos. La primera determinación de Bilardo fue, sin dirigir ningún entrenamiento, desafectar del plantel al Beto Márcico, a Roberto Cabañas y a Blas Giunta, quien días después recibió el indulto. Menemismo al palo.

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Con un plantel que incluía a Maradona, Caniggia, La Brujita Verón, Navarro Montoya, El Kily González y a Néstor Fabbri, entre otras destacadas figuras, la cosa marchó más o menos bien hasta la octava fecha de aquel Clausura, cuando enfrentaron a Gimnasia de La Plata, precisamente, la tarde que se inauguró La Bombonera del nuevo milenio. ¿Y qué pasó? El Lobo ganó 6 a 0 robándose la fiesta. Y fue ahí cuando -cuenta la leyenda- un Bilardo encolerizado prendió fuego la camiseta rival que había cambiado Alphonse Tchami ¿Cuál era? Nada más y nada menos que la del Beto Márcico.

Tras comerse la orteada de su vida, El Narigón mando un mensaje más que claro para intentar apaciguar a quienes decían que había reaccionado así por sus genes Pincharratas: “La camiseta de Boca no se cambia por nada del mundo”. Pero había un pequeño detalle, claro: en ese equipo estaba Maradona, cuya opinión era Mayoría Automática. Entonces, Bilardo volvió sobre sus pasos para que El Diez no se le pusiera del culo: “El único que puede cambiarla es Diego, por que es conocido en todo el mundo y tiene que salir con 20 o 30 remeras todos los partidos porque todos quieren la de él”.

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Tras terminar en cuarto lugar durante ese torneo, Bilardo se dispuso a armar su tan mentado “Dream Team”, previa desafectación de Fabián Carrizo, El Colorado McAllister y El Mono Navarro Montoya, quien días después fue indultado. Menemismo al palo.

Con la llegada de refuerzos (Cagna, Latorre), refuerzos que no anduvieron (Rambert, Cedrés, Sava, Cáceres, Toresani, Pompei, Pineda) y refuerzos falopa (Guzmán, Guerra, Carrario, Lorenzo), Boca fue una auténtica comparsa que tuvo su punto más álgido cuando cayó por 1 a 0 frente al Independiente de Menotti. Y ahí, tras comerse otra orteada histórica y dolorosa, Bilardo hizo un patético berrinche frente a las cámaras cuando le prohibió a Christian Dollberg cambiar su camiseta con su amigo de la infancia, Raúl Cascini.

Pero la cosa no quedó ahí, durante esa semana un todavía atormentado Bilardo habló desafiando las leyes de La Cámara de Comercio y la economía mundial: “La camiseta de Boca vale 30.000 dólares, lo que sale un auto. Ahora la utilería la voy a manejar yo. Si un jugador la quiere cambiar que lo haga, yo después lo denuncio por robos y hurtos. Si Cascini quiere la camiseta que vaya a una casa de deportes. Hay que enseñar que la camiseta de Boca es sagrada y no se cambia ganes, empates o pierdas ¿Cómo la vas a comparar con la de Independiente, Ferro o Gimnasia? ¡Qué se la den a las señoras, hijos o se le lleven ellos, pero acá no la cambia más nadie! !Por que el equipo es Bo-ca!”.

Además, dejó una sentencia imposible de acatar en los días de la pizza con champagne: “No me gusta que los chicos usen remeras que dicen Houston, Texas o Nueva York. Debe haber un sentimiento patriótico”.

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El asunto de la millonaria camiseta de Boca llegó al súmmum de la pelotudez cuando el desafiante indultado Navarro Montoya –quien había perdido su kiosquito del Buzo con el camión- cambió su vestimenta con la de su antiguo suplente Arturo Marcelo Yorno, la tarde que debutó Juan Román Riquelme.

Tras estar una semana con la sangre en el ojo (el Mono llegó a ir a entrenar con el buzo de Yorno) y después de una bochornosa derrota por 3 a 1 frente a Banfield, Bilardo se la cobró acabando con los días del colombiano en El Xeneize y allanándole el camino a la fama baldosera a Sandro Daniel Guzmán, nada más y nada menos.

Tras aguantar un par de jornadas más con un pobre rendimiento, El Doctor abandonó Boca con un compromiso: que Navarro Montoya no volviese, bajo ningún punto de vista, a integrar el primer equipo. “No vaya a ser cosa que yo sea el único que pague el precio”, declaró. Por supuesto que no, El Mono también lo pagó. Aunque puede que le haya salido un poco más caro que treinta lucas verdes.

El que depositó Olan, recibirá Olan… El que depositó Topper, recibirá Topper…

Cavallero con número y apellido al frente (1998)

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Después de haber estado durante años bajo la sombra de José Luis Chilavert, el arquero Pablo Cavallero quiso tomar vuelo propio y se marchó a Unión de Santa Fe en 1998. Había sido titular en la Selección olímpica de 1996 y también había integrado el plantel argentino en el Mundial de Francia. Sin embargo, eso no le alcanzaba, quería tener continuidad en algún club. Y de paso, llamar la atención.

Fue así como recurrió a Carlos Goyén, responsable de la firma Reusch, quien le hizo un conjunto naranja que llamaba la atención por el dorsal, que no solo figuraba en el dorso (como su nombre lo indica), sino también en el frente. Desde lejos se distinguía el CAVALLERO por encima del número 27 en la parte delantera, como para que todo el mundo se enterara quién era el arquero tatengue.

Con esa casaca que parecía de la NFL, Cavallero se enfrentó a Vélez, en Liniers. ¿Y cómo le fue? Bastante bien (?), el paraguayo le hizo dos goles, aunque el segundo fue de rebote de un penal. Ya por ese entonces era difícil escaparle a la sombra de Chilavert. Y ahora, ni hablar…

Para la fecha siguiente, Puma confeccionó una camiseta similar para Pablito, aunque el número y el apellido aparecían sólo en la espalda.

Juira Bicho: Napoleón, el macabro perro de Atlanta

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Soltar… ese verbo tan escuchado y vilipendiado por estos tiempos, no es un consejo exclusivo de un medioambiente modernista, cool ni palermitano. Ya allá por los treinta, en un paisaje dominado por la bohemia y los compadritos, un club capitalino no le pudo hacer honor a este dogma fabricando a la mascota más tanatológica de toda la historia del fútbol argentino… comprensible la negación al olvido, en el medio estaba metido un tierno e inocente canino. Con nosotros: Napoleón, el perro embalsamado de Atlanta.

Década infame, comienzos del profesionalismo. A Francisco Belón, socio número 84 de Atlanta, le obsequiaron un simpático cachorro azabache, mestizo entre salchicha y callejero. Paradójicamente, quien le legó un amigo fue Camilo Di Bella, vecino del primero, quien trabajaba de portero en la cancha de Chacarita y encontró en ese mismo lugar al pichicho. Al menos en sus raíces, la mascota tenía sangre funebrera…
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Bautizado Napoleón, rápidamente se ganó el afecto tanto del plantel como de socios e hinchas del Bohemio. El perro entraba al campo de juego con los jugadores, posaba para las fotos, le ladraba a los rivales y –tomándolo como una licencia del tiempo que todo lo exagera- hacía jueguitos con la pelota y hasta marcaba goles… imposible no quererlo.

Pero eso no es todo, el can fue canonizado en vida una tarde de noviembre de 1936, cuando su equipo perdía por 5 a 1 frente a Talleres de Remedios de Escalada y nada se sabía sobre su paradero ¿Y qué pasó? Napoleón apareció por la cancha de Humboldt y Atlanta empató 5 a 5. Único…

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Convertido en un amuleto de necesidad y urgencia, una noche de abril de 1938 Napoleón encontró el primero de sus finales. Esto ocurrió cuando se escapó de una reunión de hinchas en la casa de su amo y fue arrollado por un Buick en la calle Muñecas. Nada congela más el alma que ver un perro atropellado. Para sumarle más tristeza al asunto, la tertulia de donde había fugado la mascota se había celebrado para idear la manera de colarlo en el tren a La Plata en vísperas a un partido frente a Estudiantes. Dolor…

Con todos los diarios del momento haciéndose eco del deceso de Napoleón, tanto a su dueño como al resto de los hinchas de Atlanta se les ocurrió la única opción viable para inmortalizarlo como un emblema: el rápido embalsamamiento del perro… y todos medianamente contentos.

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Y así, tras estar cerca de 70 años en casa de los descendientes de su dueño, el cuerpo de Napoleón volvió a la cancha cuando se celebró el centenario del Bohemio. Y es más, vuelve de tanto en tanto, cuando hay algún festejo. Aunque, eso sí, condenado a atestiguar las pálidas in eternum y esperando impaciente un mísero ascenso ¿Soltar? ¿Qué carajo es eso?

Deformaciones: San Lorenzo (Invierno 2012)

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Después de haber zafado del descenso angustiosamente, gracias a una gran colaboración de Banfield, San Lorenzo de Almagro tuvo que trabajar mucho para levantarse futbolísticamente. Ganar nuevamente un título local, a esa altura, parecía una utopía. Y ni hablar de la Copa Libertadores.

A fines de julio de 2012, el Ciclón de Caruso Lombardi enfrentó a Huracán, en el llamado Clásico de Invierno, que no hizo otra cosa que seguir sumando frío. No sólo por las despobladas tribunas del estadio Tomás Adolfo Ducó, sino por los futbolistas que fueron utilizados para disputar ese encuentro amistoso.

Atentos a la formación del Cuervo: Matías Ibáñez; Damián Martínez, Pablo Alvarado, Nicolás Bianchi Arce y José Luis Palomino; Julio Buffarini, Emiliano Tellechea, Salvador Reynoso y Augusto Álvarez; Fabián Bordagaray y Julio Furch. En el segundo tiempo, además, entraron otros jugadores como el flamante refuerzo Franco Jara, que comenzaría una hermosa relación (?) con la hinchada de San Lorenzo.

Si esa fue la alineación del visitante, imagínense la del local, que por esos días actuaba en la B Nacional. El partido terminó 0 a 0 y no hubo ni expulsados, dándole la razón a los que se quedaron en sus casas.

Vyvoda Luciano

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Luciano Javier Vyvoda

No es fácil trasgredir en una actividad con reglas, usos y costumbres muy establecidos y arraigados. Por lo general, quien lo intenta queda catalogado como un tipo peligroso o “raro” por sus superiores y por sus pares. Y, a la primera de cambio, claro, él y sus ideas salen eyectados del medio -cualquiera que éste fuere- probablemente, para nunca jamás volver a conseguir algún cargo.

Viajamos hasta febrero de 2002. Una Argentina sumergida en el caos. Y encima hacemos foco en Talleres de Córdoba, o sea, el propio lugar donde se ideó el caos. Con la responsabilidad de hacerle frente tanto al Clausura como a la Copa Libertadores, a Mario Ballarino, técnico interino de aquella institución, se le ocurrió innovar con algo que, hasta ese momento, nadie había intentado.

“Los arqueros no se lesionan casi nunca. En 300 partidos, Mario Cuenca jamás faltó. Y si le ocurre una fatalidad lo pongo a Sebastián Carrizo, que además de volante ataja bastante bien… Desde el partido contra Colón y en adelante no voy a utilizar arqueros suplentes en mis equipos… y así voy a ganar un suplente… Y luego seguiremos con nuestro plan maestro: tratar de conquistar el mundo….

El primero que sufrió el daño colateral por la iluminación del entrenador fue El Tigre Muñoz, quien encima había abandonado Boca para intentar ganar minutos en El Matador. El primero que se benefició con la determinación de Ballarino fue Luciano Javier Vyvoda (15/02/1982), quien no es una sedpiente que se adastda, sino un defensor central surgido en las inferiores del club, que aquel 17 de febrero se sentó por primera vez en el banco de suplentes y puso su mejor cara de “soy jugador de Primera” ante los fotógrafos que retrataban a los inéditos relevos sin portero sustituto.

Tras compartir ese gran momento de fama baldosera junto a Lucas Molina, Marcelo Sarmiento, Claudio Pronetto y Federico Astudillo, nuestro homenajeado nunca más fue convocado para el primer equipo y luego deambuló por el under profundo vistiendo las camisetas de Centenario de Neuquén, Sarmiento de Leones, Deportivo Guaymallén, Deportivo Roca y algún equipo del fútbol panameño, entre otros.

Por otra parte, Mario Ballarino y su banco de suplentes sin arquero duraron hasta la jornada número 12, cuando el entrenador abandonó el cargo tras diagnosticársele un severo cuadro de estrés y fatiga. Todavía le faltaba un partido por la Primera Rueda de la Libertadores. No hay caso, a los distintos todos los necios le conjuran en contra…