
El fútbol y la birra, dos grandes pasiones populares en nuestro país. ¿Por qué no juntarlas?, se habrá preguntado algún cráneo del marketing, seguramente impulsado por un mercado que ofrecía buenas expectativas de ganancia.
A principios de los dorados años 90, en la Argentina se vivía el furor del coleccionismo de latas. El 1 a 1 cambiario permitía la importación de cualquier tipo de bebida. Desde la yanqui Dr Pepper, pasando por la francesa Orangina, hasta la cerveza japonesa Sapporo. Esas, por nombrar algunas de las más comunes. También existían otras rarezas, intomables la mayoría, que igualmente tenían fanáticos. Generalmente no importaba la calidad del contenido, lo que se valoraba era el envase.
En las repisas o estantes de cualquier casa de familia, rápidamente volaron los libros o adornos, para darle lugar a las latas importadas, pero vacías. Exhibidas como si fuesen trofeos de guerra. Ni más ni menos que envases que habían costado centavos y cuya única función, con el correr de los días, era juntar polvillo. Mugre, bah.
De ese hobby que rozaba el cirujeo también se desprendió otro hábito despreciable, aunque practicado sólo por los ñiños y adolescentes: juntar las chapitas de las latas en un collar. Hasta a un hippie le daría vergüenza, pero en aquel momento estaba aceptado socialmente. Modas son modas.

No fue extraño, entonces, que en ese contexto apareciera la cerveza Boca Juniors, una bebida alcohólica fabricada en Estados Unidos, pero vendida en la Argentina allá por 1993, cuando todavía duraba la efervescencia por el título local conseguido por el Xeneize un año antes.
La colección constaba de latas auriazules de 473 ml, con imágenes que homenajeaban a los jugadores de aquel plantel, como Navarro Montoya, Soñora, Simón, Giuntini, Mac Allister, Mancuso, Márcico, el Manteca Martínez y el Beto Acosta.

Además, existían otras latas blancas (tenían su versión de 355 ml) con la imagen del equipo titular, en la que extrañamente aparecía el baldosero Fabio Talarico y la infaltable mascota xeneize de esa época. Sí, un niño en una lata de birra, aunque esas no tenían alcohol, vale aclarar. Demasiada tierna para ser «La cerveza de la N° 12».

¿Más curiosidades? La lata de Giuntini decía «Giutini». Y como si fuera poco, una leyenda te invitaba a completar la formación del equipo para participar de una sorpresa. Y eso que en Boca todavía no jugaba Chávez. Aunque sí el Mono (?).
Del sabor de la cerveza poco podemos decir, porque nosótros todavía estábamos con el Nesquik (?) y no conocemos a ningún valiente que la haya probado, pero lo cierto es que no duró mucho en las góndolas y pronto pasó al olvido, quizás perjudicada por esa época de Boca, que no volvió a salir campeón hasta 1998.
Más info en:
Las latas de Miguel.
Imborrable Boca.