Caraccio Franco

Franco Caraccio
Uno es, le pese a quien le pese, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos. No habrá ninguno igual. Para todos los argentinos (y para los brasileños también). No hay Pelé ni Messi que valgan. El otro es Diego Armando Maradona Franco Caraccio, un atacante nacido en Chacabuco y surgido de las divisiones inferiores de Arsenal de Sarandí (categoría 1987) al que le tocó hacerse un hueco en Primera en una época complicada.
Es que para comienzos de 2005, la ofensiva del equipo de la zona sur contaba con nombres rutilantes como José Luis Calderón, Germán Denis, Emanuel Rivas o Mario Turdó (que no llegó a jugar oficialmente). Como recambio aparecían Juan Carlos Garat y Rodrigo Mannara. Más atrás, con muchísima timidez, asomaba Franco Caraccio, un pibe que un año atrás, en un torneo juvenil disputado en Italia, había llamado la atención del Genoa.
Para colmo, en aquel torneo Clausura, el Arse fue una de las revelaciones. Si bien la idea de ver campeón al conjunto de Sarandí solo existía en la mente de un hombre viejo aferrado hace una treintena de años a su sillón de la calle Viamonte, esa campaña no fue para nada despreciable. Arsenal terminó sexto y, lógicamente, buena parte de los puntos altos del plantel emigraron en junio. Para el Apertura, donde las cosas no salieron tan bien como se esperaba, llegaron Silvio González y Víctor Piriz Alves y el pobre pibe tampoco tuvo acción.
Recién pudo sacarse las ganas de debutar el 19 de marzo de 2006, ante Gimnasia de Jujuy, en el Viaducto, por la décima fecha del Clausura, aunque el contexto no fue el ideal. El Lobo jujeño borró a su rival de la cancha y le ganó 5 a 2. Caraccio reemplazó a Silvio González cuando faltaban quince minutos para el final del partido y no pudo hacer demasiado.
Luego del estreno, y hasta el final del campeonato, siempre con el Chaucha Bianco como DT, hilvanó una serie de presencias sin mayor suerte. Jugó un rato en el empate 0 a 0 ante Vélez, fue titular en la derrota ante Estudiantes (1-2), estuvo en el triunfo 2 a 0 ante Independiente y se despidió con un 0-3 en contra ante Lanús, también desde el arranque. ¿Goles? Nada.
A mitad de año, como parte de la selección sub 20, participó del torneo Esperanzas de Toulon (le hizo un gol a República Checa que no sirvió para nada) y fue sparring del equipo de José Pekerman en el mundial de Alemania. “Fuimos el grupo de apoyo de la selección mayor. Cada cosa que necesitaba Pekerman, como trabajos en espacios reducidos, con pelota parada, tirar al arco y centros, o con los delanteros, nos utilizaba a nosotros. Esto fue para exigir a los jugadores al máximo para que las cosas o las tareas se hicieran de la mejor manera en cada partido. Muchas veces nos paraba como los equipos que Argentina debía enfrentar, nos decían las virtudes de todos los rivales y nosotros debíamos hacerla para que ellos luego le tomen la mano”, contó a su regreso. Se ve que José nunca les hizo practicar penales (?) De Alemania, al menos, se llevó un par de fotos al lado de Maradona.
Ya con Gustavo Alfaro como entrenador, Caraccio jugó poco y nada. Apenas disputó 8 minutos en el empate 0 a 0 ante Gimnasia de Jujuy, cuando le tocó reemplazar a Santiago Raymonda. Después, tuvo que esperar casi un año para volver a actuar. Fue en la Copa Sudamericana de 2007, cuando participó en la goleada que Arsenal le propinó a San Lorenzo por 3 a 0.
Cansado de caminar el trayecto que separa el túnel del banco de suplentes, donde ya tenía un asiento con su nombre reservado, a comienzos de 2008 armó las valijas y se fue del país. Lo esperaba el Houston Dynamo de la Major League Soccer de Estados Unidos, donde pensó que se iba a reivindicar. Pero no.
Futbolísticamente dejó muy poco. No tuvo mucha continuidad y apenas aportó un puñado de goles (justamente dos). Eso sí, antes de irse mostró sus dotes actorales en un spot para frenar la congestión en esa ciudad. Houston, tenemos un problema.
Seis meses después, tras fracasar en una prueba en el New York Red Bulls, aterrizó nuevamente en Ezeiza y se tomó un remís a Floresta. All Boys fue su aguantadero durante seis meses, aunque apenas disputó un partido con la camiseta albinegra en la B Nacional.
A comienzos de 2009 se fue a probar suerte al Macará de Ecuador, pero hubo problemas con su transfer y jamás pudo debutar oficialmente. Terminó en el Foggia (2009/10), del under italiano, donde, para no perder la costumbre, casi ni figuró y solo metió un gol. Eso sí, no cualquier tanto, sino el que sirvió para mantener la categoría.
En 2011, otra vez en nuestro país, se fue donde dobla el viento y se cruzan los atajos y firmó para la Comisión de Actividades Infantiles. ¿Cambió algo? Nada. Ni fue tenido en cuenta. A fin de año volvió a Italia. Desde entonces pasó, con más pena que gloria, por Vibonese (2011), Città di Marino (2012) y Mezzocorona (desde 2012), donde, por fin, se le abrió el arco.
Y Nélida no lo pudo ver.
Deformaciones: Japón en la Copa América de 1999
Sin llegar a ser un Mundial, la Copa América es un torneo que, con sus limitaciones, nos ha nutrido de varias rarezas a lo largo y a lo ancho de su historia. No al extremo de ver a Chile campeón, pero sí con participaciones ilógicas que, con justa razón, alcanzan el status de delirantes. Con ustedes, Japón en Paraguay ’99.
Tratando de hacer más interesante una competencia que hasta ese momento aún buscaba un formato definitivo, a comienzos de los 90’s la Confederación Sudamericana de Fútbol tomó la decisión de invitar a dos equipos para extender a 12 la lista de participantes.
Fue así como en Ecuador ’93, las selecciones de México y Estados Unidos integraron la competencia representando a la CONCACAF, que si bien es otra federación, al menos está en el continente americano. El concepto de Copa América, aunque distorsionado y más amplio, seguía siendo el mismo. Hasta ahí, todo bien.
Ya para la edición de Uruguay ’95, los organizadores pensaron en invitar a la selección española. ¿Qué tenía que ver un equipo europeo en un torneo sudamericano? Nada, pero intentaron justificar el convite, con el flojo argumento que España era «la Madre Patria» en Hispanoamérica. Una chupada de medias total, que por suerte no prosperó.
En Bolivia ’97, el combinado de Estados Unidos no acudió a la fiesta, pero en su reemplazo fue invitado el representativo de Costa Rica, quien tuvo una pésima labor, comiéndose sendas goleadas ante Brasil y Colombia, y rescatando apenas una igualdad frente a los mexicanos.
Para ese entonces, la decisión estaba tomada. Había que invitar a un equipo fuerte y convocante. Y entonces surgió la oportunidad de abrirle la puerta a Japón. Una selección ascendente desde lo futbolístico, poderosa desde lo económico y con la organización del Mundial 2002 en el horizonte. A los beneficios que la CONMEBOL podía recibir gracias a los sponsors, se le sumaba la gran cantidad de asiáticos dispuestos a cruzar el mundo para acompañar a su equipo. Era un negocio redondo por donde se lo mirara. Y entonces se puso en marcha.
En junio de 1999, el seleccionado japonés llegó a Paraguay para afrontar la Copa América, donde compartiría la zona A, junto los locales, los bolivianos y los peruanos. El famoso grupo de la muerte…del fútbol.
La primera decepción por parte de los nipones fue la ausencia de su figura, Hidetoshi Nakata, a quien el técnico Phillippe Troussier le había dado descanso para preservarlo. ¿Así pretendían promocionar el Mundial?
En el partido inaugural, ante Perú, Japón sorprendió a todo el continente, yéndose 1 a 0 al descanso, con un gol del brasileño nacionalizado Wagner Augusto Lopes. Sin embargo, los de la banda roja reaccionaron en los últimos 20 minutos del segundo tiempo y se terminaron llevando un ajustado triunfo por 3 a 2. Como para hacerse un harakiri.
En su segunda presentación, Japón demostró que sólo estaba de paseo en la competencia y perdió categóricamente por 4 a 0 ante Paraguay, con 2 goles de Miguel Angel Benítez y otros 2 de Roque Santa Cruz. Lapidario.
En la última fecha, con la esperanza de ganar 55 a 0 (?) y lograr de esa manera la clasificación como uno de los mejores terceros, el seleccionado asiático no llegó al milagro y apenas pudo empatar 1 a 1 frente a Bolivia. Un lamento, pero japonés.
Después de aquella triste experiencia, Los Samuráis Azules volvieron a ser invitados para la Copa América, esta vez para la edición de 2011, en Argentina. En el sorteo, a Japón le había tocado conformar el grupo A, junto al seleccionado local, Bolivia y Colombia. Sin embargo, la naturaleza fue más sabia que los directivos de la CONMEBOL y en marzo de 2011 azotó La Tierra del Sol Naciente con un terremoto y un tsunami.
Tragedia al margen, después de algunas idas y vueltas, los asiáticos decidieron bajarse de la competencia, dejándole el camino allanado a la selección argentina, que de la mano del Checho Batista alzó la copa protagonizó el papelón que había quedado vacante.
Publicado en simultáneo con Un Mundial Para En Una Baldosa.
Gimnasia y Tiro genérica 1995/96
A simple vista, la indumentaria que llama la atención en la foto es la de Almirante Brown, está claro. Sin embargo, la casaca que nos pinta destacar (?) es la de Gimnasia y Tiro de Salta, no por fea ni por extravagante, sino por genérica.
Como se observa en la imagen, el defensor Julián Maidana luce medias y pantalones de la firma Topper, la misma que usó el Albo en gran parte de los 90’s. Lo que no tenía marca, ni escudo, ni publicidad, era la camiseta. Sólo bastones celestes y blancos. Básica, correcta y tradicional, pero digna de Placard.
Bonvín Facundo
Pablo Facundo Bonvín
Creado por Oscar Wilde, Dorian Grey fue un narcisista embelesado por su figura en un cuadro quien, a través de diferentes hechos esotéricos y oníricos, consiguió un beneficio anhelado desde el principio de los tiempos: la eterna juventud. Aunque claro, ante cada rapto de lujuria, perversión y egoísmo, su alma -al igual que su retrato- envejecía y se volvía cada vez más sombría, perturbada y atormentada. Generoso desde siempre, nuestro querido Fútbol Argentino nos brindó una versión autóctona del reconocido personaje literario: el eterno juvenil Facundo Bonvín.
La cuestión es que este delantero apareció en una época floreciente para las divisiones inferiores de Boca y para En Una Baldosa por carácter transitivo. De hecho, su primera incursión fue en una noche histórica para el semillero Xeneize: la victoria 2 a 1 sobre River en Mar del Plata por el Torneo de Verano 2000. Esa noche, Bonvín jugó los últimos 15 minutos y compartió marquesina junto a Pedro Méndez, Matías Marchesini, Marco Bahamonde y Emiliano Rey, entre tantos otros héroes.
La desesperada búsqueda de Mauricio Macri por abrir mercados inexplorados depositó a nuestro amigo durante un año en la reserva del Newcastle United y otra temporada en el Sheffield Wednesday de la First Division, donde disputó 4 encuentros sin anotarse jamás en la red. Al no llamar la atención en los equipos de Gran Bretaña, fue devuelto a El Club de la Ribera, en cuya reserva se mantuvo durante el último semestre del año 2002.
A principios de 2003, con el regreso de Carlos Bianchi, Bonvín fue una de las revelaciones del Torneo de Verano, en donde le convirtió goles consecutivos tanto a San Lorenzo como a Independiente. Cuando El Virrey estaba por colgarse la medalla de haber moldeado otro juvenil rendidor, Macri lo envió a préstamo a Racing, quien necesitaba refuerzos desesperadamente de cara a la Libertadores de ese año.
El delantero fue inscripto únicamente para la Copa, por lo cuál su debut oficial fue internacional antes de hacerlo por campeonato. Con La Academia jugó 3 partidos por la primera ronda y, ante la rápida eliminación, se dedicó a cholulear a Andino y a Francella en la platea. ¿Goles? No, ni uno.
Al siguiente lugar hacía donde lo mandó Boca para ganar experiencia fue al Nacional B. Y ahí si pareció confirmar todo lo bueno que había prometido. En Argentinos Juniors marcó 8 goles en el Apertura y 7 tantos por el Clausura. Lamentablemente, una lesión lo sacó de aquel equipo que le ganó la promoción a Talleres de Córdoba. Aunque igual festejó el ascenso.
Con el augurio de convertirse en un cotizado goleador de Primera División, Bonvín tuvo un comprensible ataque de histeria (?): prometió quedarse en El Bicho, se entrenó dos días con Quilmes, regresó a practicar en La Paternal movilizado por el cariño popular y luego terminó firmando con El Cervecero. Todo esto, claro, con la aprobación de la dirigencia de Boca, quienes básicamente ni se mosquearon por las peripecias de su otrora diamante for export.
Para su esperado debut en Primera (Apertura 2004) le confiaron la camiseta número 9, pero se la quitaron al siguiente campeonato y le tiraron la casaca número 34, al ser eclipsado en la feroz competencia por El Chupa López, El Tweety Carrario, Speedy González, El Arcángel Osorio y El Cóndor Rueda. Bonvín sumó 10 encuentros con la remera del Cervecero y no convirtió goles.
De regreso en El Xeneize fue cedido un año al Dorados de Sinaloa mexicano, pero le rescindieron el contrato a los 6 meses. Su siguiente destino fue San Martín de Mendoza del Nacional B, donde equilibró la tarde gloriosa en la que le metió 4 goles a Tigre con el descenso al Argentino A.
En la temporada 06/07 regresó al único lugar del universo donde le mostraron afecto deportivo: Argentinos Juniors. En La Paternal era considerado poco menos que Jimmy Page (?) y hasta hubo escenas de histeria colectiva cuando la gente vio su reencuentro con El Polo Quinteros y Nicolás Gianni. En este segundo paso disputó 14 partidos aunque una sola vez salió como titular. ¿Goles? No, ninguno.
A mediados de 2007 la dirigencia de Boca dejó libres a varios juveniles entre los que se encontraba Bonvín quién, aunque nadie se había dado cuenta, ya contaba con 26 pirulos. Con el pase en su poder, el atacante no tuvo mejor idea que hacer “La Gran Cabrol” y firmó con Platense, donde debutó con varias fechas de atraso y rescindió con varias jornadas de anticipación. Su mostrada fragilidad física ya no le daba treguas. Ni siquiera para el Nacional B.
Sin ofertas desde el medio local, el jugador armó las valijas y se fue a La Universidad Católica de Ecuador, donde descendió a la Segunda División Bananera. Luego probó suerte en el Niki Volos FC de la tercera de Grecia pero otra lesión le impidió debutar. La última vez que se lo vio en una cancha fue en el semestre final de 2009 defendiendo al Boyacá Chicó de Colombia donde, tras reiteradas lesiones de rodilla, rescindió de mutuo acuerdo y colgó los botines para regresar al país y poner una tienda de artículos para bebés.
De esta manera, Pablo Facundo Bonvín ascendió al Baldosa´s Hall of Fame (?) con la marca de 24 partidos en Primera División, 3 cotejos por Copa Libertadores y 2 más por Copa Sudamericana. Eso si, no marcó un mísero gol. No vaya a ser cosa que por un rapto de locura su cuadro se ponga viejo…
De Jonge Gerrie
Florin Raducioiu a Newell´s (1997)
Se podría afirmar que sólo se trató de un caso evidente de “Delirio de grandeza” pero, a decir verdad, un club que vio nacer a Lionel Messi y que tuvo entre sus filas a Diego Armando Maradona puede soñar con contratar a cualquier otro espécimen de nuestro querido planeta fútbol. Llámese como se llame.
Lo concreto es que, a mediados de 1997, Newell’s intentó fichar al delantero rumano Florin Raducioiu, aquel compañero de aventuras de George Hagi en los mundiales de Italia y Estados Unidos y que acreditaba pasos por el Verona, el Brescia y el mismísimo Milan de Fabio Capello.
Tal era el metejón del entonces presidente Leproso, Eduardo López, con Raducioiu que él mismo se puso al frente de las negociaciones con sus colegas del Espanyol de Barcelona, a quienes ya les había comprado un delantero de segunda selección como el búlgaro Velko Iotov.
“Que subime un poco la oferta”, “que haceme un descuentito”, “que ya te regalé a Pochettino”. Finalmente los directivos llegaron a un acuerdo que, a la distancia, suena como un verdadero negocio chino: 800 mil dólares más el pase del juvenil Walter Samuel por el destartalado delantero rumano.
Cuando los dirigentes de ambos clubes estaban por estrecharse las manos, surgió un inconveniente que sería definitorio en esta historia. La mujer de Raducioiu no quería saber nada con irse de Barcelona ni, mucho menos, con venirse a vivir a la Argentina.
Por esa razón el pase quedó en la nada y al final Samuel se fue a Boca, Newell’s contrató al Carucha Müller, Raducioiu firmó con el Stuttgart de Alemania y su mujer… su mujer se quedó un par de años viviendo solita y sola en la gigantesca ciudad de Barcelona.
Un verdadero amor moderno (?).
¿Cómo te dicen?: «Perro» «Mago» «Ciruja» «Basura» Garré
Más allá de sus discutidas condiciones futbolísticas, Oscar Alfredo Garré fue un tipo afortunado. A la suerte de ser el jugador con más presencias en la Primera de Ferro, donde salió campeón de los Nacionales 82 y 84, le sumó el hecho de haber integrado la lista de la Selección Argentina campeona del Mundial de México 86.
Pero además de eso y para envidia de la mayoría de los protagonistas de nuestro fútbol, Garré fue uno de los pocos players que se dio el lujo de ostentar ¡cuatro apodos oficiales!
El primero de ellos, “Perro”, nació en las inferiores del Oeste y es consecuencia del parecido estético que un compañero notó entre la cara de Garré y el rostro de un can. Nada que no suceda en las mejores familias (?). El segundo de ellos surgió por la misma época y fue un poco más controversial: “Mago”.
Con sólo verlo caminar la cancha, se percibía que Oscar Garré no era merecedor de ese mote reservado a talentosos capaces de realizar ilusionismo con el balón, levitación sobre el campo de juego y escapismo de defensores contrarios.
Todo lo contrario, en el caso de Garré, el apodo derivó de su capacidad para golpear –y en muchos casos lastimar- a los delanteros rivales sin que el árbitro se diera cuenta de las agresiones que el defensor realizaba. Una delicia de pibe. Aunque intentó engañarnos con el apodo, Oscar Alfredo Garré siempre fue un Muggle.
Pero hay más. Cuando asomó en Primera División se lo conoció con otro nickname: “Ciruja”, el cuál se debe a que Garré salía temprano de trabajar y luego se tiraba a dormir, cuál homeless, debajo de las tribunas de la cancha de Ferro, a la espera que arrancase a entrenar el primer equipo.
Del origen del último de sus apodos, “Basura”, no recaudamos mucha data. Sin embargo, creemos que alguien -que puede ser Márcico, Saccardi o Arregui- tuvo la visión del triste desempeño que iban a brindar las selecciones Sub 17 dirigidas por el bueno de Oscar Alfredo Garré.
Clarividencia, que le dicen.











