
Leandro Rubén Caruso
De pibe era vago, no hay dudas. Le gustaba el fútbol, pero no que le hablaran de tomarse un bondi para ir a entrenar. Para nada. Este tocayo del entrañable Brian Caruso (más conocido como Gamuza), al que desde chico le gustaba darle a la pelotita, tuvo la suerte de criarse en Avellaneda y de tener 2 clubes grandes ahí nomás, a la vuelta de la esquina.
Un día se paró en el medio de la Avenida Alsina e hizo ta-te-ti a ver qué salía. «Independiente» marcó el destino, y hacia allá fue.
«Fueron ocho años ahí, de los cuales jugué cuatro como titular. Y después no me ponían. Como no crecía y mis compañeros sí, no me ponían. Me bajoneaba, me malhumoraba. Me metían en grupos especiales de trabajo. En realidad, creo que aguanté demasiado. Me tendría que haber ido antes. Mi familia me insistía para que siguiera, para que no me fuera del club. Pero volvía uno o dos días y desaparecía de nuevo. Así unas cuantas veces. Tampoco querían largar el pase. Se ve que un poco de fe me tenían» dijo a Olé en alguna ocasión.
Tiempo después probó suerte en Dock Sud, como siempre, cerca de casa. Pero duró sólo un torneo. Se cansó y volvió a largar todo. Al menos por un rato.
En el 2000 le volvió a picar el bichito. Esta vez fue a Racing pero no para jugar al fútbol en cancha de 11, sino al FUTSAL. Y la rompió. «El nivel que tuvo en el futsal fue fuera de lo común. No conocía el juego y le costó muy poco adaptarse. Fue descollante, fue una explosión. Si puede trasladar las maravillas que hace en una cancha de 20 por 40 a una cancha de once, sería extraordinario para el fútbol argentino» dijo su entrenador en la Academia, Daniel Luaces.
El 14 de julio de aquel año, Racing le ganó a River por 7 a 6 y Caruso convirtió seis goles. «Fue bárbaro. Lo más gracioso es que en el primer tiempo no me salía ninguna. No me afirmaba bien, me tropezaba, no me salía ninguna. Y no era que estaba nervioso. Pero en el segundo se puso la suerte de mi lado», aseguró.
Después de semejante actuación, Luaces se reunió con Miguel Gomis y Domínguez (técnicos de la Novena y de la Cuarta y Reserva) para pedirles una oportunidad para el juvenil, que llevaba 28 goles en 11 partidos en un equipo sin más aspiraciones que salvarse del descenso. Días más tarde comenzó a entrenarse con la Reserva.
Admirador de Pablo Aimar, parece que se tenía confianza: «Hay más espacio, se puede jugar mucho mejor. No me va a quedar grande la cancha de once. Mirá, siempre me gustó jugar de enganche y haré lo mejor para ser como Aimar.»
Luego de fracasar en los dos clubes de Avellaneda, no le quedaba otra que probar en Arsenal, y sin pensarlo dos veces enfiló para Sarandí.
Arrancó en la B Nacional, donde se destacó, y llegó a Primera. Burruchaga se apiadó de él y lo mandó a la cancha. Ingresaba generalmente en los segundos tiempos y alguna que otra vez largó desde el arranque. En 2003 hasta jugó contra su ex club y casi la mete. Con varios delanteros adelante (Calderón, Denis, Vilallonga y Adrián Romero, entre otros), debió emigrar para lograr mayor continuidad.
A mediados de 2004 se tomó un avión a México para jugar a préstamo en Pioneros de Ciudad Obregon, donde convirtió 10 goles.
Cuando regresó, un año más tarde, el técnico del Viaducto era José María Bianco. Sólo disputó un partido, ante Gimnasia de Jujuy, cuando ingresó en reemplazo de Juan Carlos Garat, que apenas iniciado el partido había entrado por el lesionado Patricio González.
Seis meses después, con 16 partidos en Primera en el lomo y sin goles, retornó a la tierra de los mariachis. Fue a Tijuana, no en busca de tequila, sexo y marihuana, sino para fichar con el Dorados de Tijuana de la segunda división.
Un semestre más tarde volvería a sus pagos. No a Avellaneda, pero ahí nomás. En Gerli jugó en El Porvenir, haciendo amistades con Mariano Monrroy y el nipón Akira Misu.
A comienzos de 2007 vio como venía la mano y por las dudas se fue, sin conocer a Daniel Tilger, otra vez a México para unirse al sublime Pegaso Real de Colima.
KeyserSoze





