
Se popularizaron en el Mundial de USA ’94 y fueron estigmatizadas como compañía innecesaria de los jugadores argentinos durante las ruedas de prensa, concentraciones y tiempo libre. Es común que cada vez que se enciende la crítica sobre aquella Selección de Basile que quedó afuera en octavos de final, salga a la palestra una enumeración de íconos de la culpa en la que no pueden faltar Maradona, la efedrina, Cerrini y…las gorritas de Telefé, Mastercard o el sponsor de turno según el cachet de cada futbolista.

El fenómeno en el ámbito local
Lo que había ocurrido en el Campeonato del Mundo de Estados Unidos no fue por mera casualidad. En la Argentina, por necesidad y no precisamente por buen gusto, a principios de los 90’s se había impuesto como tendencia que uno o más players salieran a la cancha con un gorro estampado o bordado por marcas que iban desde una pizzería hasta una cancha de papi. Tipos como Carlos Netto y José Tiburcio Serrizuela hicieron escuela en eso de chivear de manera no tradicional. Después de USA ’94, la práctica se blanqueó y durante un plazo no muy prolongado algunos jugadores sacaron provecho de una moda que se venía a pique.

Desaparición, reencarnación y sobrevivientes del fútbol puro (?)
Tras casi una década en la que fue muy difícil observar hombres viserados dentro de las canchas (a excepción de los arqueros), surgió en el ascenso una costumbre que ya había dado sus frutos 15 años atrás con el San Pablo de Brasil, equipo que comunmente formaba con sus once jugadores engorrados. Intentando emular el éxito de aquel elenco de Telé Santana, en la temporada 2004/05 Defensores de Belgrano también cayó en la tentación de dejarse auspiciar colectivamente con gorras. Pero como en las grandes catástrofes, hubo un paladín de la justicia que se negó ante ese aberrante hábito y fue en contra del proyecto. Ya todo el Mundo sabe que el Turquito Hanuch, antes de cometer la herejía de lucir una gorra con una publicidad, prefiere pasar por 14 clubes sin triunfar. Ah, Defe ese año descendió.






