Amílcar Ervet Moreno Cáceres
En sobradas ocasiones, la intención por homenajear a algún futbolista fallece apenas comenzada. Sólo está su nombre en algún diario o revista y San Google no ofrece datos relevantes, tampoco se consigue demasiado en las redes sociales ni en los foros o páginas partidarias. Nada. Sólo está la constante concatenación de algunos escuálidos datos que, por escasos y repetitivos, quedan almacenados, in eternum, en algún megabyte del subconsciente.
Ese nombre como así también la, llamémosle, necesidad por escribir sobre esa vida quedan archivados hasta algún nuevo aviso, que probablemente jamás llegue. Es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, podría señalar algún cretino e intentar olvidarlo pero, por más extraño que parezca y de tanto pensar en aquel nombre, sucedió que el aludido se apareció sólito mientras quien esto escribe leía sobre bandas de rock del Conurbano; que de golpe se llegó hasta su matricula profesional y también a su presencia en uno de los hechos que mayor conmoción causó en el ser nacional durante el transcurso del corriente siglo. De repente, una historia de vida vio la luz cuando de momento no era buscada. Creer, reventar o reventar de tanto creer. Ese fue el caso de Amílcar Ervet Moreno Cáceres…
Entonces, valiéndonos de la tecnología, nos comunicamos con él y encontramos a un tipo más que predispuesto a contar su particular historia y también, por sobretodo, a ayudar a dar por finalizada esa necesidad ajena por acabar con la aparente incógnita sobre su paradero:
“Nací en Itauguá, Paraguay, el 6 de marzo de 1984. Mis viejos se vinieron a la Argentina cuando yo tenía un año y medio. Mi mamá estaba embarazada de mi hermana y un tiempo después nació mi hermano. Primero estuvimos en Lugano, en la casa de mis abuelos, y en 1988 nos vinimos a González Catán, donde vivo desde entonces. Si bien canto el Himno Argentino y siempre viví acá, la sangre tira y me siento paraguayo”.
“Arranqué a atajar en un equipo de baby. A los 12 me fui a Almirante Brown y ahí estuve 3 años. Con edad de octava, mi vieja, que es fanática de Vélez, llamó por teléfono y me consiguió una prueba en El Fortín. Tuve suerte por que habían dejado libres a todos los arqueros de la categoría, así que lugar había. Era rápido, potente con las piernas y con intuición para los penales, además de medio payaso. Claro que no era el más seguro en los centros, era el más petiso de todos mis compañeros y cuando llegué no le podía pegar a la pelota, era muy malo… mi espejo siempre fue Chilavert aunque mi estilo era más una onda Germán Burgos”. Y de eso, con el tiempo, habría bastante…
“De mi División, los que llegaron fueron Hernán Pellerano, Carlos Soto y Pablo Batalla. Aunque los conozco y jugué con todos. En esa época pensaba en llegar y en ayudar a mi familia. La cosa estaba muy jodida tras la crisis de 2001 y encima mis viejos se habían separado. En Vélez encontré mucha gente que me ayudó y que me dio consejos -como Pascutini y Gayoso- cuando me mandaba cagadas. A veces me quedaba escuchando música en el Carrefour de enfrente y no iba a entrenar. Encima me veían todos. Y otra vez me había lesionado jugando en el barrio y dije que me había jodido bajando del colectivo. El médico me dijo: “Te vamos a hacer la resonancia y vas a quedar como un boludo, confesa ahora” y yo confesé. De ahí en más, los médicos me miraron de reojo”.
“Así fui pasando las lista de libres de fin de año. En Quinta fui titular, anduve bien y salimos subcampeones en una categoría donde jugábamos contra Tévez, Mascherano, Montillo, Fede Higuaín, Ortigoza, Lucas Barrios, Leonel Núñez, Barcos y tantos otros. Por eso pasé a Cuarta, donde éramos 8 arqueros y nunca jugué. Después se lesionó Blázquez, me llevaron a atajar sorpresivamente en Reserva contra Talleres en Córdoba, anduve bien y a la semana siguiente concentré con la Primera División”.
“Fui al banco en tres victorias consecutivas: Rafaela (2-0) , Chicago (3-0) y Estudiantes (3-1), y después en un empate en Rosario contra Newell’s (2-2). Si bien parecía que siempre iba a entrar por que Peratta se tiraba para enfriar, en este último partido debía hacerlo por que Seba se había sacado el hombro izquierdo, pero se habían terminado los cambios. Cuando terminó el partido pensé: “menos mal que no entré”, no sabés lo que era esa cancha. Se movía. Pensá que apenas hacía un mes que había cumplido los 20 años. Como Seba estaba medio jodido las siguientes fechas fue al banco Blázquez, que tenía 5 años más que yo. Sin embargo, en la fecha 16, contra Olimpo (2-1) concentramos los tres e Ischia decidió que vaya al banco yo que, por supuesto, no dije nada y me cambié callado. Fui suplente también en las tres últimas jornadas del campeonato contra Colón(2 -1), San Lorenzo (2-0) y Gimnasia (0-1) ”.
“Durante ese tiempo le pedí un viático al Vicepresidente y me lo dio de toque. Por suerte, como ganamos la mayoría de los partidos cobré varios premios. A la vuelta del banco donde cambié el primer cheque pasé por una casa de música y le compre un bajo a mi hermano. Era uno trucho, pero era tan lindo. Llegué a casa y le dije: “Tomá, aprendé a tocarlo”. También ayudé en casa y el resto lo gasté en boludeces. Yo ya tenía el premio mayor: José Luis Chilavert, que estaba en la lista de la Copa. Enseguida supo que yo era coterráneo de él, aunque a mi me daba vergüenza hablarle a una leyenda. Chila es un genio y un muy buen tipo. Además, me hacía zafar de las palizas de los profes por que me elegía para patearme tiros libres. Eso fue lo mejor que me pasó”.
“Después de eso llegó Fanesi y si bien hice la pretemporada con la Primera, un par de meses después me bajó a Cuarta. No me dio lugar pero lo entiendo. Cada cual tiene sus preferencias y la competencia era mucha. Sólo era cuestión de seguir remándola, pero…”.
Casi todos los aspectos de su vida iban a cambiar, radicalmente, luego de una de las mayores tragedias que sufrió nuestro país en los últimos años: el incendio en el boliche República Cromañón que marcó un antes y un después en el Rock Nacional y que dejó un saldo de 194 muertos y 1432 heridos comprobados.
“Aquel 30 de diciembre de 2004 llegué a las 18 horas de unas mini vacaciones en Mar del Plata, dejé los bolsos en lo de mi tía que vive en Capital y a las 20 ya estaba en Cromañon con mi hermano. En la entrada me encontré a Fernando Escobar que era compañero mío en Vélez y también estaba Abel Orona de Atlas. Habíamos empezado a seguir a Callejeros ese año. Si bien era un mar de gente nunca me imaginé que podría pasar algo”.
“Me dí cuenta enseguida cuando comenzó el incendio y no me olvido más la rapidez con la que se hizo inmenso. Estábamos en el medio y le dije a mi hermano que salga, que yo iba a buscar nuestra bandera que estaba del mismo lado del fuego pero a la altura de las gradas. A mitad de camino me arrepentí por las chispas y fogonazos que me caían en los brazos y me hacían arder hasta los huesos”.
“Me refugié debajo de las escaleras pero era un infierno. Los gritos, la gente en el piso, la puerta que era un embudo. Enseguida se puso todo oscuro, pero no sé si fue por que se cortó la luz o por la cantidad de humo. Ahí pensé que me moría. No sé bien como, de tanto hacer fuerza terminé afuera. Al rato lo encontré a mi hermano que estaba conmocionado por que se había caído y lo habían pisoteado todo. De la desesperación, ahí se me cayeron las lágrimas”.
“Nos quedamos afuera de Cromañón hasta la una de la mañana ayudando a los heridos. Fue todo surrealista, parecía mentira, una pesadilla. En ese momento no tomé real consciencia de lo que pasaba. Tuve enfrente a la fila con gente muerta en el piso pero pensaba que estaban desmayados. No registrábamos que estaban muertos. Un shock como esos te deja muy confundido. Después fuimos a lo de mi tía y ella nos insistió para ir a hacernos ver las quemaduras al hospital. Recién cuando vi la tele caí en cuenta que había muertos y que la lista se incrementaba con el correr de los minutos”.
“Estuve un día internado en el Fernández por monóxido en sangre, pero no pude entrenar por dos meses hasta que me bajó la carboxihemoglobina. Estuve con el psicólogo designado pero después de un tiempo dejé por que eran seis horas de viaje. Cuando volví a Vélez me dejaron libre. Por ahí, como Escobar no paró de entrenar pensaron que me estaba haciendo el boludo. Te dije que los médicos me miraban de reojo por zonzeras. Pero esto era serio. No sé por que no me tuvieron paciencia y la verdad que ya no me importa”.
“El día que quedé libre, el profe me dijo que me quede entrenando ahí hasta que consiga algo. Al rato viene el ayudante de Russo y le pide a Larraquy un arquero y Pedro me mandó a mí. Cubero, Zárate, Jonás y todos me saludaban contentos por que pensaron que volvía al plantel. Yo me quedé callado. Ese día la rompí y nunca más aparecí por Vélez”.
“Después de todo aquello, mi felicidad fue alejarme del mundo del fútbol. No quería saber nada con el ambiente. Fui a Chicago pero no me dieron bola. Tuve la chance de ir a Atlético Tucumán por un allegado a un dirigente de Vélez, pero antes de viajar arregló otro arquero. Estuve entrenando un tiempo en Olimpia de Paraguay pero no los noté interesados y me sentía sólo. Y yo odio sentirme así. Después mi vieja se mandó sola a San Lorenzo para hablar con Ruggeri y El Cabezón le dijo: “Señora, tráigalo, Fanesi también se puede equivocar”. Pero yo no quise ir. Necesitaba irme. Además tenía mil quilombos por Cromañon”.
“Después de eso hice el Profesorado de Educación Física y hoy doy clases en secundarios del Estado, en una escuela privada y en el PAMI. También, en algunos colegios, estoy a cargo de la materia Construcción de la Ciudadanía. Además, después de un par de idas y vueltas, estoy laburando en las inferiores de Centro Español con las categorías Cuarta, Quinta y Sexta”.
“Formé unas cuantas bandas de rock. Yo, desde chico, cantaba folclore con mi papá en peñas, pero cuando me fui del fútbol y después de Cromagnon necesitaba esto como un desahogo. La primera banda fue La Pérdida Suburbabana, que duró un par de años. Después fui guitarrista en Agualoca, pero un día el cantante se levantó cruzado y nos echó a todos a la mierda. Ahí formé Serbia Rock con la que tocamos en Capital y La Matanza y vamos a grabar en noviembre de 2013. En esta soy cantante y la peleámos como toda banda del under. Ahí les mando los demos de tres canciones”.
“Hoy te puedo decir que soy feliz por que terminé mi carrera y puedo laburar de eso. Además el rock y mis alumnos me llenan el alma y estoy en pareja con la mujer que amé toda la vida. No me arrepiento de haberme ido del fútbol por que, sinceramente, no sé que debería haber hecho para haber permanecido. Por otro lado, tengo varios juicios por Cromañon que algún día saldrán. Yo no le hice juicio a Callejeros pero, con el tiempo, comprendí que algunas responsabilidades les cabían. Me da mucha lástima como está terminando sus días Chabán. Yo no le deseo la muerte a nadie y mucho menos esa enfermedad. Yo perdí mucho esa noche y muchas imágenes me atormentaron durante mucho tiempo. Sin embargo, eso no me da derecho a convertirme en lo que critico. Aunque intento respetar las emociones del resto de los familiares y sobrevivientes”.
“Hoy por hoy, lo único que me inquieta es algo que sucedió aquella noche en Cromañon. En el medio de la confusión encontré a una chica tirada en el piso. Los amigos estaban desesperados, gritaban “¡Cecilia, Cecilia!” pero nadie la ayudaba. La agarré y le empecé a hacer RCP. Así estuve un buen rato, hasta que abrió los ojos y vi que eran celestes. Enseguida apareció una ambulancia, se la llevó y de vuelta los gritos “¡Cecilia, Cecilia!”. La busqué, durante años, en la lista de victimas, de sobrevivientes, en el Alvear cuando iba al psicólogo, en las marchas, en el santuario, en la época de Fotolog, en Facebook, pero nunca la pude encontrar. Su imagen se me apareció durante muchos años. Necesito saber si está bien. Eso es lo único que me interesa”.

















