
Un equipo homenajea a otro, utilizando sus colores en señal de amistad o admiración, un gesto que se ha visto en más de una ocasión. Sin embargo, pocos fueron tan lejos como Sud América de Uruguay, que cometió la osadía de utilizar el escudo de Chacarita, desatando un conflicto internacional.
Nacido en Montevideo en 1914, el IASA (Institución Atlética Sud América) jugó mayormente en Primera, aunque muchas temporadas en segunda, con un hito que es una goleada a Gimnasia en la Conmebol. Siempre se identificó por el naranja de su camiseta, lo que le valió el apodo de Los Buzones, en honor a los buzones del correo que tenían el mismo color. ¿Cómo es que llegó a vestir la tricolor?
En 2011, el argentino Vicente Celio dejó su cargo de Presidente de Chacarita, para luego cumplir la misma función en Sud América, ya convertido en sociedad anónima. En poco tiempo, el conjunto anaranjado consiguió el ascenso (después de 17 años), logrando el objetivo de festejar el centenario de la institución con un lugar en Primera División.

Fue así que en septiembre de 2014, el IASA dirigido por Jorge Vivaldo (y con otros ex Chaca como Emanuel Centurión y Maureen Franco) salió al estadio Centenario para enfrentar a Peñarol. Los pronósticos de fútbol ponían al Manya como favorito, pero el partido terminaría 1 a 1. Lo que llamó la atención, sin dudas, fue otra cosa…
La camiseta del visitante ese día fue roja, blanca y negra. Igual a la de Chacarita. Y para que no quedaran dudas, llevaba el escudo del Funebrero en el centro. ¿Un homenaje?
Desde San Martín, la respuesta no tardó en llegar y el club emitió un comunicado en el que expresó su repudio: «Sudamérica de Uruguay ha incurrido en una apropiación de los emblemas que distinguen a Chacarita en el mundo, elementos que lo identifican, y que no deberían imitarse».
Más o menos lo que decía El Negro:
Se agrandó Chacarita
¡Qué linda es la camiseta de Chacarita! Es más, si algún día me hacen uno de esos tontos reportajes llamados “ping-pong”, cuando me pregunten “una camiseta” diré: “la de Chacarita”. Es la que más me gusta, con la excepción, lógicamente y por razones claramente sentimentales, de la de Rosario Central. Pero la de Central, incluso desde un punto de vista discutiblemente objetivo, es una linda camiseta. Es alegre, festiva, divertida. Cuando el equipo sale a la cancha y el sol pega de lleno sobre esa camiseta, la auriazul reluce como si fuera de chapa esmaltada.
Pero la de Chacarita tiene, si se quiere, un toque de sofisticación, de ingenio. Y yo creo que ese toque reside en esa línea finita, blanca, que se ha colado entre las rojas y las negras, más anchas y prepotentes. Esa línea delgada y blanca aporta un trazo de distinción, brinda luz, relieve, cierto brillo. Tiene algo de capricho, además, al ser más finitas que las otras y marca la diferencia, por otra parte con las miles y vulgares camisetas a franjas verticales de sólo dos colores. Y lo hace, puntualicemos, en la medida justa, sin complicar la imagen de la divisa funebrera a punto de convertirla en una señal de ajuste televisiva o en un simple código de barras. Y es por sobre todas las cosas – y a esto quiero llegar, mis amigos -, una camiseta de fútbol, una pura y elocuente camiseta de fútbol. Hay muchas otras, las de un solo color pleno (europeas, más que nada) que sirven para jugar al fútbol pero que también servirían, tranquilamente, para ir al cine o a una velada danzante. Usted, mi amigo, por ejemplo, se pone la camiseta roja del Deportivo Español, por mencionar una o la granate de Lanús y la acompaña con unos pantalones grises y un saco blanco y ya luce un “elegante sport” para la reunión de gala. Hasta la de Ferro, con una corbata al tono lo haría pasar por un golfista de relieve o por un yashtman que disfruta de una ocasional noche en tierra. Pero si usted se pone la del funebrero, aún con un saco encima, y hasta con un chaleco, no faltará la dueña de casa que lo reciba diciendo: “Caramba, ingeniero, se nos ha venido con la camiseta de Chacarita”.
Por otra parte, y afortunadamente, los asesores de imagen del club funebrero nunca han profundizado demasiado en el tentador tema macabro, distintivo de la entidad. Los yanquis, seguramente, reyes del merchandising, ya hubiesen lanzado al mercado una camiseta plagada de calaveras sonrientes o con reproducciones del esqueleto del grabador mexicano Guadalupe Posadas.
Roberto Fontanarrosa