Oscilando entre un charlatán de feria con un genio incomprendido y estando ante la impensada posibilidad de su vida, el entrañable Profesor Daniel Córdoba tuvo un, llamémosle, llamativo criterio para armar el plantel de Estudiantes de La Plata de cara al Apertura ’97.
Terminado el romance inicial con la parcialidad Pincharrata y tras sufrir algunas ventas que el propio entrenador atribuía al valor agregado de su gestión, El Profe se las tuvo que arreglar con algunos refuerzos que “estaban rotos y de vuelta” como El Negro Villarreal y El Beto Carranza; muchos pibes de inferiores a los que les faltaban un par de vueltas de horno y algunos juveniles a quienes había hallado en las largas horas dedicadas a mirar por televisión los torneos juveniles internacionales de aquel año. Y así Córdoba se encontró con los jóvenes paraguayos Raúl Basilio Román y José Antonio Fernández, de quien hablaremos en esta ocasión.
Nacido el 23 de enero de 1979 en Asunción, este arquero fue comparado desde sus comienzos con el legendario José Luís Félix Chilavert por su dominio del área, por detener y patear penales, y por el hecho de haber debutado con tan solo 15 años en la primera de Nacional de su país. Estas condiciones le valieron el lugar de suplente de Justo Villar en la lista de la Sub-20 paraguaya que viajó a Chile para disputar el Sudamericano en el verano de 1997.
Una oportuna lesión de Villar promediando la Primera Fase le otorgó a Fernández la chance de atajar durante el resto del torneo, en el que Paraguay consiguió un lugar en el Mundial de Malasia ’97. Y no solo eso, El Pequeño Chilavert además fue incluido en el equipo ideal de dicho certamen junto a, entre otros, el chileno Pablo Contreras, los uruguayos Martín Rivas y Nicolás Olivera, el venezolano Daniel Noriega y los argentinos Aimar, Riquelme y Samuel.
Sin embargo, aquella gran actuación no alcanzó y Fernández volvió a ser suplente en la Copa del Mundo. Comprensible si se tiene en cuenta que Villar era dos años mayor y que El Pequeño Chilavert se vislumbraba como el titular para la siguiente generación. Después de Malasia, donde su equipo llegó a Cuartos de Final, el arquero se mudó a La Plata para tener, durante un año, una feroz competencia con Sebastián Andersen, Diego Ezquerra y Nicolás Tauber por atajar en los preliminares.
A mediados de 1998 se venció el préstamo que vinculaba a Fernández con Estudiantes y el club, a instancias de Patricio Hernández, decidió no hacer uso ni de su opción ni la de Raúl Basilio Román. De regreso en su país se unió a Sportivo Trinitense (1998/2003) que, si bien era un equipo del ascenso, al menos le aseguraba titularidad. Entremedio atajó en el Sudamericano Sub-20 de Mar del Plata, pero se perdió el Mundial de Nigeria ’99 por lesión.
En enero de 2003, José Antonio Fernández fue asesinado a puñaladas por una pandilla de cinco individuos que lo habían reconocido y que habían comenzado a increparlo “por diversión”. Tenía 23 años y contaba como un tesoro los años compartidos junto a Hernán Florentín, Derlis Florentín, Julio González y Salvador Cabañas. Lastimosamente…
Mientras guardaba a sus mejores hombres para disputar el partido de vuelta por la semifinal de la Copa Sudamericana 2007 ante Arsenal de Sarandí, River Plate marcaba tarjeta por la fecha 16 del torneo Apertura ante Huracán en la cancha de Argentinos Juniors con lo que tenía más a mano: un combinado de juveniles con escaso rodaje, muchos debutantes y unos pocos experimentados. Una verdadera Deformación.
Ese sábado a la noche, bajo la dirección técnica y táctica de Daniel Alberto Passarella, salieron a la cancha Juan Ojeda, el colombiano Carlos Alberto Valencia, Mateo Musacchio, Federico Lussenhoff, Emmanuel Martínez, Facundo Affranchino, Matías Díaz, Matías Abelairas, Sixto Peralta, Damián Lizio y Andrés Ríos. En el segundo tiempo ingresaron el Roly Zárate por Abelairas, Mauro Rosales por Ríos y René Lima por Affranchino.
Uno que tuvo su estreno en aquella derrota por 2 a 1 ante el Globo fue el mediocampista central Matías Gastón Díaz, un producto genuino de las divisiones inferiores del Millonario, categoría 1987, que venía destacándose en la Reserva y buscaba el salto definitivo a Primera.
Sin lugar en el plantel campeón del Clausura 2008 que dirigía Diego Pablo Simeone, y antes de la debacle del último puesto en el Apertura de ese año, bajó un escalón para sumar minutos en la Primera B Nacional con la camiseta de San Martín de San Juan (2008/09). Disputó 13 partidos y le marcó un gol a All Boys en Floresta.
Con ese antecedente, a mediados de 2009 pegó la vuelta a Núñez, pero con el regreso de Matías Jesús Almeyda y la presencia de Nicolás Domingo y Oscar Ahumada en su puesto natural, se le hizo complicado ganarse un lugar en la consideración de Néstor Gorosito primero y Leonardo Astrada después.
Para colmo, a fines de ese año, el Jefe le colgó el cartel de prescindible, al igual que a Andrés Ríos, Nicolás Navarro, Rodrigo Archubi, los paraguayos Miguel Paniagua y Javier Cohene Mereles y el pibe Diego Bogado. Algo de razón tenía (?)
Sin embargo, el destino lo dejaría en River. No en el nuestro, claro, donde no sería tenido en cuenta, sino en River de Puerto Rico (2010), dirigido por Walter Zermatten y rodeado de argentos baldoseros como Martín Morello, Maximiliano Vallejo y Juan Manuel Sara, entre otros. Fueron apenas un puñado de encuentros, pero le alcanzaron para ser testigo privilegiado de una preciosa tángana ante el San Juan Jabloteh de Trinidad y Tobago, por el Campeonato de Clubes de la Unión Caribeña de Fútbol, en la que hubo golpes para todos.
A mediados de 2010, junto a Gonzalo Gil, pasó a préstamo al Ñublense de Chile. En los primeros seis meses disputó 15 partidos (13 por el torneo local y otros 2 por la Copa Chile) y su equipo salvó el pellejo por poco: terminó apenas dos puntos por encima de Universidad de Concepción, que debió jugar la Promoción.
En su segundo semestre sumó otras 15 presencias y no pudo repetir el milagro. Ñublense finalizó, sí, último. Díaz no se quedó a ver el descenso de sus ex compañeros porque tenía otro objetivo: buscar el ascenso a la A con Deportivo Merlo (2011 a 2013). ¿Lo consiguió? Ni por asomo. Es más, se fue a la Primera B Metropolitana. Al menos siguió actuando con cierta continuidad.
Ya complemente mimetizado con el fútbol de los sábados, jugó seis meses en la famosa Isla Maciel con la camiseta de San Telmo (2014) y en todo 2015 lo hizo bien cerquita de su casa, en Zárate, con los colores de Defensores Unidos, en la Primera C.
Sin siquiera lograr el status futbolístico como para pertenecer al selecto grupo del “hermano malo”, pero con las indiscutidas cualidades como para ser proclamado Secretario Gremial de la Cofradía del Hermano Clavo, Rodrigo Acosta (03/10/86) llega a En Una Baldosa con los ánimos intactos como para disputarle esa reñida elección a Mauro Scaloni.
Con un increíble parecido físico a Lautaro, su inseparable hermano quince meses menor, éste limitadísimo lateral derecho hizo todas las inferiores en Lanús, como no podía ser de otra manera. El verdadero problema, claro, surgió cuando Rodrigo llegó a Cuarta División, y desde allí en adelante, ya que los diversos cuerpos técnicos no se animaban a dejarlo libre para no generarle un doloroso malestar al Laucha, a quien ya vislumbran como aspirante a máximo ídolo histórico del Granate, además de un potencial saco de Euros con patas…
Con Lautaro ya convertido en un establecido jugador que estaba en la mira de varios clubes europeos, durante el Clausura 2008 Rodrigo hizo su inesperada aparición en Primera División, beneficiado por la participación de su equipo en la Copa Libertadores. Esto ocurrió en la jornada 12, cuando Lanús cayó por 3 a 2 contra Vélez Sársfield en el Amalfitani después de ir ganando por 2 a 0. Toda la suerte, toda.
Una semana después y para que no caiga en una profunda depresión, Ramón Cabrero lo ratificó como titular frente a Arsenal en La Fortaleza ¿Y cómo les fue? Re bien, a los 45 minutos ya perdían 4 a 0. Rodrigo Acosta fue reemplazado en el entretiempo por Saviolita Biglieri y aquella derrota final por 2-6 frente al Arse fue su última aparición con la camiseta del Granate.
Dos meses después y cuando este posteo ya se estaba escribiendo solo (?), el planeta se quedó boquiabierto cuando Rodrigo Acosta firmó para el Sevilla de España (2008) que había pagado 11 millones de dólares por Lautaro. Ah ¿Y cuanto pusieron por El Beto? Por supuesto que nada, ya que había quedado libre de Lanús y fue el hermano quien le tiró un salvavidas…
Cuando Rodrigo se sumó a las prácticas de los blanquirojos –siempre asomándose detrás del Laucha– el entrenador, Manolo Jiménez, se dio cuenta a los diez minutos que no le daba el nivel para el primer equipo ¿La solución? Que se vaya a jugar en el Sevilla B, que en ese momento se encontraba en Segunda División. Allí, cuando el técnico lo vio jugar se dio cuenta a los diez minutos que no le daba el nivel para ese equipo ¿La solución? Que vaya a ver que onda en el Sevilla C, donde finalmente encontró su lugar en España pero, eso si, sin dejar de ser apenas un suplente.
Sin nada más que hacer en Europa, Rodrigo Acosta cortó el vínculo fraternal y se volvió al país para deambular en Primera B por Temperley (2009/10), Deportivo Morón (2010/11) y Brown de Adrogué (2011/13), donde estuvo dos años y hasta festejó el histórico ascenso al Nacional B sin jugar siquiera un minuto por una osteocondritis en la rodilla izquierda.
Esa fueron, hasta hoy, las últimas novedades que tuvimos de un baldosero genial, a quien se lo presume muy divertido, como cuando hace un par de años manifestó: “Con Lautaro somos muy unidos y todo el mundo nos confunde… la gente me pide autógrafos todo el tiempo pensando que soy él y un poco me molesta… hasta dejé de ir a los boliches para que la gente no piense que es El Laucha el que está de joda”.
La verdadera manera de vivir Acosta… a costa del hermano.
Buenas, estimado. Si usted así lo desea, por favor siéntase y lea. Es más que bienvenido. Pero, eso si, sepa de antemano que este texto fue modificado severamente de su versión original, en un desesperado intento por no perderse, completa e infinitamente, en los entramados jurídicos de la carrera delictiva y vandálica de este sujeto, que superaron ampliamente a una promisoria, luego escueta y finalmente decepcionante trayectoria deportiva.
Parido el 12 de junio de 1982 en Asunción del Paraguay según algunas publicaciones ó en Salamanca, España, de acuerdo a otros escribidores; la confusión en su acta de nacimiento no hace más que confirmar el hecho que Carlos Báez Appleyard fue inventado, sin ningún lugar a dudas, en el taller donde Quentin Tarantino se sienta largas horas a pensar en Uma Thurman y a cranear a los personajes más entretenidamente bizarros, desequilibrados y violentos de la cinematografía universal.
De lo que nadie puede dudar, bajo ningún punto de vista, es de la verdadera nacionalidad del aludido: cerroporteñista. Y es que esta extrema y fanática condición marcó y marcará la vida de éste ser humano como la de quien busca, con métodos primitivos y salvajes, una quimérica autonomía patriótica y estatal tanto para él como para sus desgraciados semejantes.
El para otros idealizado sueño de ser jugador de fútbol profesional no le resultó esquivo ni dificultoso, más bien todo lo contrario. Facilidades y condiciones sobraron: buen porte, resistencia física, aprobado cabezazo, don de mandamás. Todo eso sumado al ventajoso hecho de ser el homónimo hijo de un reconocido y experimentado ex futbolista y entrenador guaraní quien -cual Peleo, orgulloso progenitor- le brindó la chance de iniciarse en el tradicional sustento familiar.
En líneas generales, Carlos Báez, siendo poco más que un púber, se encontraba en condiciones del promedio hacia arriba como para triunfar en un mundo donde siempre se necesitan confiables y estereotipados defensores paraguayos. El más probado déficit, lamentablemente, se hallaba en algún punto de su psiquis, que lo inducía a cometer los más innecesario actos de violencia que se puedan avizorar sobre un verde césped. Esta actitud, tomada con bastante sorna durante sus años iniciales en la disciplina de Cerro Porteño (2003/06), inspiraron a la creatividad de su compañero Jorge Achucarro, quien lo rebautizó como Aquiles después que ambos deportistas salieran del cine tras ser espectadores de la divergente y hereje cinta “Troya”, protagonizada por Brad Pitt.
La primera vez que los simples mortales pudieron ver una muestra gratis del temperamento de éste Aquiles fue en el partido por un lugar en la Libertadores de 2004, en el que su equipo cayó derrotado por 2 a 0 ante Olimpia. Siendo integrante del banco de suplentes, Báez agredió a Julio César Enciso a traición, desatando una batalla campal ante la pasividad de su entrenador, el hoy inmaculado Gerardo Martino, quien en ese preciso momento se dedicaba a insultar a Luís Cubilla. ¿Las penas para los implicados? Absolución para todos, excepto para el defensor, quien fue suspendido de la actividad por un año.
Ese castigo, claro, no hizo más que devolverlo al universo de las fantasías ya que, durante ese tiempo, concurrió con libertad y frecuencia a “La Gradería Norte”, donde pudo alentar a su equipo y sentirse, de esa manera, mucho más pletórico y realizado que en la tediosa tarea de perseguir a delanteros rivales.
Cumplida la sanción, Carlos Báez volvió al primer equipo para convertirse en un baluarte de la defensa, ganarse la cinta de capitán y encabezar varias vueltas olímpicas. Burocráticas sensaciones que matizaba con los verdaderos placeres de esta vida, tales como: ensalivar cabelleras rivales, tatuar tapones en desprotegidas canillas, retirarle el saludo a los jugadores de Olimpia antes de los clásicos, convertirse en ídolo de su parcialidad amparado en su carisma, volver a la tribuna siempre que las expulsiones se lo permitían e iniciar disputas territoriales como todo buen macho alfa de cualquier jauría.
No se me duerma, estimado. Por que a comienzos de 2007, Carlos Báez llegó a la Argentina para defender la divisa de Independiente de Avellaneda a expreso pedido de Jorge Burruchaga. Ni bien llegó al país, el extasiado Aquiles manifestó: “Soy el Cannavaro paraguayo” sin aclarar que esta apreciación era más afín a su aspecto caucásico que a sus cualidades futbolísticas. Así y todo, fue titular durante su primer torneo (Clausura ’07) donde fue lateral derecho en una feroz zaga compartida con Leandro Gioda, el uruguayo Rodríguez y Sergio Escudero.
Su desvalorizada actuación durante aquel campeonato, donde metió 17 encuentros, lo llevaron a ser suplente con la llegada de Pedro Troglio en el Apertura ’07. Apenas 5 partidos, solo 2 de ellos como titular, lo depositaron, sin escalas, en la siempre temida lista de jugadores prescindibles.
Arsenal de Sarandí fue su cobijo durante todo 2008, donde Aquiles pareció calcar la desabrida faena de su campaña anterior: algo de titularidad durante el Clausura (11 partidos) y suplencia rutilante a lo largo y ancho del Apertura (6 encuentros). Entremedio, viajó a Japón con el capricho del Clan Grondona para ganar la Copa Suruga Bank, donde su participación se limitó a traspasar aliento mediante enérgicos sapucays sentado cerca de Daniel Garnero. Considerado por debajo de Matellán, Mosquera, Brau, Casteglione, Yacuzzi y varios más, Carlos Báez se reencontró al fin con la felicidad: el esperado retorno a Cerro Porteño (2009).
Arsenal con la Suruga… A que no encuentran a Aquiles…
Lamentablemente para él o no, este retorno careció de hechos destacables desde lo deportivo. Apenas poco más de una decena de encuentros en un pobrísimo nivel y el orgullo de haber sido el artífice de una inolvidable tángana contra Fluminense en la Semifinal de la Sudamericana, al sentirse herido tras quedar afuera con dos goles en contra en el descuento. Ah, esa noche Aquiles era suplente…
Deportivo Cúcuta de Colombia (2010) y O`Higgins de Chile (2011) fueron los siguientes destinos donde actuó, ya desanimado por la lejanía afectiva, en escasísimas ocasiones. Imposibilitado de volver a Cerro Porteño por la dirigencia, Aquiles resolvió no aceptar ninguna de las ofertas de otros equipos paraguayos y se retiró de la actividad. Y ahí vendría la novela policial. Pero antes, claro, manifestó el amor hacía su club en esta exquisíta pieza musical.
En principio y como intento de primordial sustento de sus días venideros, Aquilescreó la marca de ropa “Imperix Azulgrana” dedicada íntegramente a toda la liturgia que involucra a Cerro Porteño y que fue tanto uniforme de batalla como prenda sepulcral de decenas de barrabravas caídos en su nefasta ley.
Después y sin solución de continuidad: protagonizó peleas en boliches, riñas callejeras masivas, le pegó una patada en la cabeza a una persona en su comercio, fue acusado por tirar balazos desde su departamento hacía las casas vecinas y hasta de agredir al equipo femenino de Olimpia cuando enfrentó a las chicas del Azulgrana por que: «basuras no hay que meter en Barrio Obrero».
«Una foto con los pibes pal feis…»
¿Denuncias? De toda índole, hombre, claro. Entró y salió de la cárcel como quien va despreocupadamente a pagar el cable o el teléfono y también gozó o padeció de arresto domiciliario. El caso más relevante, que le valió una persecución casi estatal, fue cuando se metió en la platea de Nacional para agredir a un hincha rival solo sabe Dios por que motivo…
Estando Báez tras las rejas, después de un tiempo prófugo, su legado fue celosamente protegido por Laura, tierna hermana menor de Aquiles, quien fue detenida por protagonizar una balacera contra otra hinchada rival. Oh, bella ninfa de la guerra…
¿VOT SI?
Además supo ponerse en contra al Municipio de Asunción cuando lideró a un grupo que pintó varias calles, monumentos y espacios públicos con los colores azul y rojo para conmemorar el centenario de Cerro Porteño.
A mediados de 2015 y antes de ir a juicio oral por ya no se sabe bien cual de todas sus causas, Aquiles no tuvo mejor idea que difundir un bélico video donde se trenza con un semejante olimpista más un amenazante mensaje de voz dedicado a cualquier oído Decano que lo quisiera escuchar.
Finalmente, en octubre de 2015 fue sentenciado a trabajos comunitarios y a presentarse en una comisaría cada vez que Cerro Porteño jugase en Asunción por el lapso de dos años. Esto, nos animamos a pronosticar, no impedirá que dentro de un corto período de tiempo volvamos a tener novedades de Carlos Báez Appleyard, desafortunado ex futbolista, barrabrava, baldosero, quien está encerrado en un universo personal donde, inconscientemente, se confunden los atributos heroicos de Aquiles con los de Loki, el Dios de la mitología nórdica que haya armonía para su espíritu en la trasgresión, la maldad, el amor fanático, la violencia y la travesura…
A ver, estimado lector, sabemos que usted sufrió muchos vejámenes auditivos durante los últimos meses y que tiene su psiquis contaminada por esos pseudos conjuntos juveniles uruguayos de cumbia. Así que, ya que el verano está dando sus últimos alientos, le pedimos, a modo de mínima venganza personal, que deje volar a su imaginación por un instante y piense en El Cata Díaz barriendo con furia las piernas del petiso que canta en Marama… O, si quiere ir más allá, visualice al codo de Huguito Barrientos sobre el rostro de la rubia que aparece al frente de Rombai… ¿Imposible, no? Sin embargo, hace tres lustros, la gente que tenía oídos y que los quería preservar pudo ver algo parecido a la justicia que nosotros soñamos cuando llegó a nuestro país el delantero charrúa Gerardo Morales.
Mediapunta incisivo, habilidoso, diminuto, insistidor; a principios de 2001 El Karibito desembarcó en Huracán desde Rentistas (1996/2000), club donde hizo su estreno profesional y con el cual osciló entre la lucha por permanecer en Primera y la pelea por abandonar la Segunda División del paisito. O sea, era un tipo más que ideal para la sufrida idiosincrasia del Globo.
Y ojo. Mal, lo que se dice mal, no le fue. Jugó 17 partidos y convirtió 2 goles en aquel emocional equipo donde se destacaron, para bien o para mal, Morquio, Moner, Erbín, Fabián Carrizo, La Bruja Berti, Juan Carlos Padra e Iván Gabrich. Por caso, Morales convirtió el primer gol en la victoria por 3 a 2 sobre River en la anteúltima jornada con el cual los de Parque Patricio le sirvieron en bandeja el título de campeón del Clausura 2001 a San Lorenzo.
Tras aquel torneo y cansado de los humores del Inglés Babington, quien siempre lo consideró el primer fusible a reemplazar, El Karibito inició una gira interminable que lo depositó por Grasshoppers (2001/02) y FC Wil de Suiza (2003), Montevideo Wanderers (2003), Deportivo Maldonado (2004), River Plate (2004), Rampla Juniors (2005), Nacional de Montevideo (2005 y 2006/07) Universidad de San Martín de Porres de Perú (2006) y Mes Kerman de Irán (2006/07) donde colgó los botines.
Ahora bien, usted se preguntara ¿y que tiene que ver esto con Marama y Rombai? Es que a finales de los noventa, nuestro homenajeado fue uno de los cantantes y bailarines del grupo juvenil “Karibitos”, el cual era la reserva del establecido grupo “Karibe con K” y con el cual giró, con bastante suceso, por Uruguay y también por la Argentina.
Recordando sus días de gloria, Gerardo Morales manifestó: “El grupo se inició gracias a un representante que nos vio tocar y se le prendió la lamparita. Teníamos a todas las mujeres. Fueron nuestras primeras experiencias sexuales. Las gurísas nos tiraban del pelo. Parecíamos los Beatles. Nos sentíamos Paul McCartney”.
“Muchas veces tocábamos en la televisión, en De Igual a Igual, y yo me tenía que ir corriendo por que jugaba. Llegaba a la cancha con el disfraz puesto y mis compañeros se mataban de la risa”.
Hoy, Gerardo Karibito Morales trabaja en las juveniles de Rentistas, donde guía y aconseja a muchos jóvenes, quienes rebeldemente le contestan: “Todo comenzó bailando / Aquella noche loca de los mil tequilas / Amé como sonreías / en el resto de mi vida” (?).
Un pibe del interior con nombre inolvidable que llega con su bolsito lleno de ilusiones a un club de Primera División; debut con gol, 15 segundos de gloria, peregrinaje por otros equipos y rápida desaparición. El ABC del baldosero cumplido al pie de la letra por Milton Galiana, el protagonista de esta historia.
Nacido el 1º de enero de 1989 en la comuna santafesina de Humboldt, supo desde siempre que iba a tener que conformarse con un solo festejo. Año nuevo y cumpleaños, todo en el mismo paquete. Y esa tendencia se repetiría en su trayectoria como profesional, ya que sólo pudo celebrar una vez.
Formado en Renato Cesarini, fue llevado por Claudio Vivas a las inferiores de Estudiantes de La Plata, donde fue haciendo todas las escalas hasta tocar la máxima categoría. ¿Su estreno? Como titular en la séptima fecha del Apertura 2008, en Avellaneda. Ese día, compartió el ataque con Maxi Núñez y el experimentado José Luis Calderón. Y aunque la lógica hubiese indicado que Caldera repitiera su costumbre de marcarle a Racing, fue el pibe Galiana el que logró batir a Martínez Gullota.
Su tanto, al inicio del segundo tiempo, significó el descuento pinchamuletto y le puso suspenso al partido, pero no mucho más que eso. Ganó La Academia por 2 a 1 y Milton no volvería a estar entre los 11 del arranque.
Disputó más minutos en otros 4 partidos de ese torneo, pero sin gravitar lo suficiente como para ser tenido en cuenta a futuro. Luego, con el arribo de Alejandro Sabella, tuvo que marcharse de la institución platense, llevándose su camiseta del debut para enmarcarla y también el grato recuerdo de un compañero: “Me daba vergüenza estar al lado de Verón, porque me sentía inferior» (?).
Su siguiente destino fue San Juan, para defender los colores de San Martín en el Nacional B. No le fue fácil jugar con Quique Hrabina en el banco, ya que había otros delanteros como Sebastián Penco y Luis Tonelotto. Pero si en el verdinegro jugó poco, ni hablar de lo que vendría después…
En junio de 2010 se incorporó a Instituto de Córdoba. Como todo futbolista de La Gloria, se habrá ilusionado al principio con el ascenso, aunque luego las expectativas bajaron a estar en el segundo pelotón, para finalmente conformarse con jugar algo. Bueno, ni siquiera esto último pudo cumplir Milton, porque no lo pusieron en todo el año y entonces la confianza se le fue al suelo, al punto de retirarse de la actividad profesional.
En los últimos años ha estado despuntando el vicio en Sarmiento de Humboldt, el club donde había dado sus primeros pasos. Porque en el ABC del baldosero, también figura volver al pueblo.
Poseedor de un porte cercano a los dos metros y de un rictus con el cual uno pensaría hasta 72 veces antes de agarrarse a las trompadas, el arquero pergaminense Juan Ignacio Carrera (10/05/1981) pasó por la primera de Argentinos Juniors con las mismas dosis tanto de fortuna como de infortunio. Aquí el recuerdo de la carrera de Carrera (?).
En el verano de 2001 y con tan solo 19 años, El Chilo se encontró haciendo la pretemporada con los profesionales, siendo la última opción detrás de Sanzotti, Memento Aurrecochea y los veteranísimos Marcelo Ojeda y Robert Siboldi. Eso, claro, no impidió que El Checho Batista lo mandase a la cancha como titular en la última jornada del Clausura ’01 (derrota 1-2 con Chacarita), ya que decidió guardar a los titulares para jugar la Promoción frente a Instituto.
La temporada siguiente (2001/02) Carrera volvió a la Reserva, ya que tanto Batista como El Indio Solari lo protegieron en la campaña que desembocó en la pérdida de la categoría y sumaron a Rodrigo Burela para irse a la B como Dios manda.
Con el descenso consumado y cansado de actuar con los juveniles, el arquero tomó una de las mejores decisiones que estaban en la baraja por aquellos días: retirarse e irse a España a trabajar como albañilretirarse e irse a España a trabajar como albañil. Luego de tres años dándole al pastón y al fratacho, a principios de 2005 volvió a La Paternal para buscar sus derechos federativos y así poder atajar en equipos regionales de La Madre Patria. Y fue ahí, en ese preciso momento, cuando Chiche Sosa y Luis Segura lo invitaron a quedarse en El Bicho ya que lo conocían y buscaban arqueros de respaldo ante la vejez (?) de Marcelo Pontiroli y la presunta inminente venta de Nicolás Navarro. ¡Y hasta le hicieron un contrato a Carrera! ¡Sorpresa y Media!
Durante las dos temporadas siguientes y con intermitencias, El Chilo adornó el banco de suplentes hasta que el 22 de septiembre de 2007 -y tras 6 años sin jugar en Primera- volvió al primer equipo con 15 minutos de fama incluido. A los 70 minutos de la victoria 4 a 0 sobre Newell´s (con hat-trick de Palito Pereyra), Navarro cometió penal y se fue derecho a las duchas. Carrera ingresó, se paró bajo los tres palos y en su primera intervención le atajó el penal a Rolando Schiavi. Heróico, aunque después del siguiente partido volvió al banco de relevos.
Con la venta de Navarro, en el Clausura ´08 se le abrió a nuestro homenajeado la esperada posibilidad de clavarse el buzo número 1 y de ser titular, pero antes del partido ante San Martín de San Juan por la primera fecha se le cayó una pava con agua hirviendo en la pierna derecha que le provocó una inflamación de tobillo que lo tuvo a maltraer durante varios meses. Asì y todo, atajó en ese y en un puñado de encuentros más hasta que Sebastián Torrico le robó el arco y Diego Morales el lugar en el banco de suplentes. Y todo por una pava. Que pavo (?)…
Tras otro año en la Reserva, en julio de 2009, su representante, Carlos Mac Allister, le consiguió un préstamo en Independiente Rivadavia del Nacional B, donde fue el portero titular en las desastrosas campañas del Teté Quiroz y de Claudio Úbeda. Lamentablemente, cuando llegó Roberto Trotta lo separó del plantel junto a Matías Mantilla, Loeschbor, Leopoldo De La Vega, Seltzer y Garipe, entre otros representados por El Colorado. Turbio.
Luego de otros doce meses en la Reserva de Argentinos Juniors (2010/11) a mediados de 2011 se fue a Sarmiento de Resistencia del Chaco del Argentino B, donde se dio el lujo de llegar hasta Octavos de Final de la Copa Argentina, siendo eliminados por Racing la noche del debut de Zubeldía como entrenador Académico.
Entre 2012 y 2015, El Chilo integró el plantel de San Martín de Tucumán del Argentino A, donde alternó titularidad con el ex Boca Diego Pave. En enero de 2016, el entrenador, Tomatito Pena, se cargó a ambos porteros, momento desde el cual Juan Ignacio Carrera forma parte del plantel de San Jorge de la tierra de Palito Ortega y La Bomba Gladys.
Y así llegamos hasta hoy: arco, fratacho, once partidos en Primera, pavas y Pave. Una verdadera Carrera Demente…
La historia de Lucas Trecarichi es la representación cabal de la Argentina post derrumbe. Una historia que tiene nombre y apellido, pero que bien podría ser la de cualquiera de esos tantos chicos que, en medio de un país en ruinas, apenas entrados en la adolescencia y a los apurones, tuvieron que armar las valijas para subirse a un avión en busca de un futuro mejor y hacerse hombres a miles de kilómetros de casa.
Si hasta 2004 o 2005 cada aparición rutilante del fútbol argentino tuvo que convivir con el pesado mote de ser el “nuevo Maradona”, un pibito rosarino que por aquel entonces aparecía en la Primera del Barcelona había llegado para ser la salvación. Trecarichi gambeteó el karma de ser comparado con Diego Armando Maradona, pero no pudo hacer nada para evitar ser el primer “nuevo Messi”.
Nacido en la localidad bonaerense de Beccar el 12 de febrero de 1991, Lucas, bostero desde la cuna, jugaba desde los 6 años en las infantiles de… River Plate. «¿Sabés que siempre he jugado en River pero de toda la vida he sido hincha de Boca? Lo curioso es que la mayoría de las veces que jugaba contra Boca metía un gol. Un día por poco me equivoco y casi beso la camiseta de River», bromeaba.
Al igual que Lionel, casi cuatro años mayor, era zurdo y no llegaba al metro y medio, pero con la pelota en los pies era imparable. A los 13, este mediapunta (eventualmente volante por los costados) diminuto, admirador de Maradona y Riquelme, fue elegido el mejor jugador del Mundialito Sub 15 en Francia.
Sin embargo, a fines de 2004, el Millonario lo dejó libre. Lo querían Boca Juniors y dos clubes españoles: Barcelona y Leganés. Este último lo probó en enero de 2005 y dos meses más tarde le hizo un contrato por nueve temporadas.
«¿Por qué elegimos el Leganés? Porque nos garantizaban que el niño iba a estar cerca de su familia y nos han dado, además, un piso, boletos para viajar a Argentina y a mí un trabajo en mantenimiento de piscinas», comentaba su padre, Fabián Trecarichi. Cualquier similitud con la llegada de Messi al Barcelona no es pura coincidencia.
A los 14 años, el argentino era el pibe mimado del Leganés. Tenía una cláusula de rescisión de tres millones de euros, que pasaría a seis cuando cumpliera los 17, cada tanto entrenaba con la Primera y a veces hasta iba al banco de suplentes. «Hasta los 16, tendrá un contrato de jugador aficionado; luego pasará a ser profesional», explicaba Rubén Fernández, presidente del club pepinero.
«Que me comparen con Messi es mucho. Ojalá llegue a ser como él, pero yo quiero ser Lucas, porque el juego de Messi no lo va a igualar nadie», decía el pibito, que también hacía oídos sordos a los sondeos del Real Madrid, Barcelona, Villarreal, Inter y de la propia selección juvenil española, que quería tenerlo en sus filas: “Les agradecí mucho por la propuesta, pero no voy ni loco: yo soy argentino y sólo quiero jugar para la selección de mi país. Es mi sueño”.
En 2007, al mismo tiempo que despuntaba en la selección argentina Sub 17, el Arsenal inglés y el Inter italiano fueron a la carga por su pase. Incluso, pasó una semana a prueba en el neroazzurro: “Estuve tomando mate con Hernán Crespo, Javier Zanetti, Luis Figo y Adriano”, expresaba orgulloso. Sin embargo, terminó en la filial del Sevilla (2007 a 2009), donde comenzó el espiral descendente, convirtiéndose lentamente en el nuevo Cristian Colusso.
En su primera temporada en el equipo que también integraban Diego Perotti y Emiliano Armenteros, apenas disputó 58 minutos diseminados en 3 partidos. El balance, claramente, fue negativo: “Espero que este año sea muy diferente. Me merezco jugar más. Tanto tiempo de trabajo debe dar sus frutos. Espero recibir lo que me merezco: jugar”. Cuando le preguntaron si lo había perjudicado la comparación prematura con la figura del Barcelona respondió: “En un sentido sí. Yo no juego como él y, además, Messi sólo hay uno. Los aficionados se formaron una imagen de mí que nada tenía que ver con la realidad. Quiero crear mi propia imagen. Me perjudicó. El tiempo, afortunadamente, borró esa comparación y me quité un peso pesado de encima”.
La situación no cambiaría en su segundo año, cuando sumó algo más de 100 minutos en 6 encuentros. “En su día se me comparó con los futbolistas más grandes. Fue como un boom, hacía entrevistas, me llamaban de todos lados y parecía que ya lo tenía todo hecho”, relataba decepcionado. “Me comentaron que este año iba a jugar más. Se me hace difícil…”. Para colmo, la campaña del Sevilla Atlético fue tan mala que descendió a tercera división.
En 2009, Sergio Batista lo convocó para disputar el torneo juvenil Esperanzas de Toulon con la selección Sub 21. Allí compartió plantel con otras promesas del fútbol mundial como su compañero Diego Perotti, Germán Pacheco (Atlético de Madrid), Gerardo Bruna (Liverpool), Diego Buonanotte (River) y Ever Banega (Atlético de Madrid), entre otros. Argentina finalizó en el tercer lugar y Trecarichi se anotó con un golazo clave ante Emiratos Árabes en la primera fase.
Con pocas oportunidades de actuar en el conjunto español, Lucas no dudó demasiado cuando Ángel Cappa lo fue a buscar (al igual que a Germán Pacheco) y lo engatusó con su propuesta del tiki-tiki de Huracán (2009), que venía de ser subcampeón en el Clausura. Así, Trecarichi se convirtió en el sexto refuerzo del Globo, que ya había sumado a Federico Laurito, Nicolás Trecco, Rodrigo Malbernat, Nicolás De Bruno y al uruguayo Diego Rodríguez Da Luz. Un container de estrellas.
«Los chicos que estuvieron el campeonato pasado hicieron una gran campaña. Pero la gente tiene que entender que ya no están y apoyarnos a nosotros, que vamos a hacer lo mejor posible para que lo olviden rápidamente a Javier Pastore y a Matías Defederico», pedía Luquitas, que había llegado para reemplazar a Pastore. «Pienso que con el correr del campeonato vamos a ir jugando como pretende el técnico y todos nosotros. Y de a poco se va a ver el equipo que quiere. Tenemos todo un torneo para aprender y crecer».
Debutó oficialmente en la tercera fecha del Apertura, el 3 de septiembre, en el estadio Tomás Adolfo Ducó, en la derrota por 2 a 0 ante Atlético Tucumán, cuando ingresó por el Rengo Rodrigo Díaz a los 30 minutos de la segunda mitad. En total, sumó 11 presentaciones, despidiéndose en el clásico ante San Lorenzo por la fecha 15 (derrota por 2 a0 ). En apenas 5 encuentros fue titular y se fue reemplazado en todos. Como era de esperarse, el andar del equipo de Parque Patricios no volvería a ser el mismo del semestre anterior: el Quemero acumuló malos resultados y acabó penúltimo, tres puntos por encima de Tigre.
Fue casualmente ante el Matador de Victoria, por la octava fecha, que Trecarichi marcó su único gol en el Globito (el 1 a 0 de un match que terminó 2 a 2).“Huracán me hizo sumar mucha experiencia que en ese momento necesitaba, ya que sólo tenía 18 años. Me sirvió mucho. Lo único que lamento es no haberme podido quedar más”, declaró tiempo después.
De nuevo en España, el derrotero continuó por la Sociedad Deportiva Ponferradina (2010), donde llegó recomendado por Cappa y jugó nada más que 6 partidos. Al menos, se dio el gusto de ascender a la segunda categoría. Desvinculado del Sevilla, armó nuevamente las valijas y partió a Bulgaria para sumarse al CSKA Sofia (2010/11), uno de los más grandes de ese país, con el que disputó la Europa League, pero del que se fue por falta de pago.
Sobre el cierre del libro de pases del verano de 2012, tras varios meses de inactividad, se incorporó a la filial del siempre turbio Unión San Felipe de la segunda división de Chile. “Chile es un país con un torneo competitivo, se parece a Argentina. Estoy cómodo, no me puedo quejar. Todo ha sido muy bueno hasta ahora, me han cumplido todo. Estoy contento”, expresaba a su llegada.
El debut en el conjunto trasandino no podría haber sido mejor: marcó dos goles en la victoria por 4 a 2 ante Deportes Copiapó. Pese al arranque prometedor, después se pinchó y en julio quedó libre.
A fines de 2012 tenía todo arreglado para sumarse al Guaraní de Juazeiro, de la primera división cearense, en el nordeste de Brasil. Incluso, en enero de 2013, llegó a descender de un helicóptero para ser presentado como una estrella en pleno estadio Romeirão, en la previa del clásico ante Icasa. Sin embargo, la documentación nunca apareció, los brasileños se cansaron de esperar y Trecarichi se marchó sin jugar. Baldosero 100%. Terminó defendiendo los colores del Kallithea FC (2013), de la segunda división griega.
“Los griegos son muy de ellos, y a veces no saben que hay otras cosas más allá de su cultura. Fue por eso que los tuve que contagiar de cumbia, milanesas y bromas bien al estilo de casa”, contaba al diario Olé. Desconocemos si fue la cumbia en el vestuario, las milangas o las bromas de mal gusto, pero unos meses más tarde, otra vez, lo dejaron libre.
Recién volvimos a tener noticias suyas a comienzos de 2014, cuando lo encontramos deambulando por la cancha con la camiseta del FC Jūrmala de la primera división de ¡Letonia!, rodeado de otros argentinos como el ex Gimnasia LP Daniel Romero, Nicolás Abot, Benito Montalvo, Nahuel Guerrero, Kevin Gissi y Orlando Bordón.
En 2015, cansado de dar vueltas alrededor del mundo, comenzó a preparar el retorno a casa. Un semestre en el Deportivo Petapa de Guatemala, con el que apenas disputó 10 partidos y marcó un gol, fue la escala para su regreso ¿triunfal? al fútbol local.
Hace algunas semanas, en busca de continuidad y felicidad, se convirtió en uno de los principales refuerzos de San Martín de Burzaco, de la Primera C, donde se reencontrará con el ex Boca y Huracán Pablo Jerez y donde también, probablemente, escuchará una de las canciones más bonitas del amplio inventario de nuestro ascenso hecha remera.