Baldosa vieja: Carlos Medrano

Carlos Domingo Medrano Lazcano

¿Qué tienen en común este arquero de las décadas del 50 y 60, Maxi Lopez y Leandro Grimi? Los últimos dos apellidos nos hacen pensar en una coincidencia que creemos propia de la globalización del siglo XXI, combinada con un hábil manejo comercial de parte de sus apoderados. Pero… ¿esto también podía pasar hace más de 50 años, cuando no existía el marketing ni los videos con ediciones mágicas? Sí, podía pasar. De hecho, pasó.

Nacido el 16 de abril de 1934 en Coronel Suárez, comenzó su carrera en Sportivo Dock Sud (1953- 58), jugando luego en Tigre (1959), ambos en la vieja Primera B. Como en el Matador era suplente de Osvaldo Toriani, los dirigentes decidieron sacárselo de encima, y se lo vendieron… ¡al Barcelona!. Dos temporadas en Catalunya le alcanzaron para conocer La Sagrada Familia, bañarse en las aguas del Mediterráneo y ver como atajaba Antoni Ramallets, histórico guardameta del equipo culé. Su marca en España fueron 4 partidos por liga y uno por la Copa de Ferias.

En 1961 se incorporó a River Plate donde estuvo 3 años sin jugar oficialmente, tapado por Amadeo Carrizo y Rogelio Domínguez. En 1964 fue cedido a préstamo a Rosario Central, pero tampoco tuvo actividad, pues el titular Edgardo Andrada no faltó a ningún partido. Un año más tarde, volvió al ascenso. Primero se reincorporó a Dock Sud (1965) y luego pasó al Deportivo Morón (1966).

Sin dudas, el mejor momento de su carrera lo alcanzó en Colombia, con los colores del Deportes Quindío (1967-69), donde por fin se ganaría la titularidad y adquiriría reputación como atajador de penales. Culminó su carrera en Ecuador, donde formó parte del otro Barcelona (jugó algunos partidos en 1968), Macará (1970), Olmedo (1971), y el glorioso Bonita F.C. (1973, fue jugador y técnico a la vez).

Medrano sumó a lo largo de sus días como arquero la nada despreciable suma de 11 equipos, en una época en la que cambiar de colores todos los años no era algo común. Y menos pasar directamente de un equipo del ascenso argentino a uno de los más importantes de Europa. Si él pudo hacerlo en la prehistoria del fútbol globalizado, ¿por qué no puede pasar ahora?. A Bazán Vera le gusta esto.

Figueredo Diego

Diego Antonio Figueredo Matiauda

Nacido el 28 de Abril de 1982 en Asunción, desde pequeño se destacó como un enganche talentoso, pisador y con panorama, mismas cualidades que equilibró con lentitud, apatía, nulo carácter y escaso sacrificio. Por algunas de estas condiciones, que no vamos a subrayar para no herir susceptibilidades, se ganó tempranamente el mote de El Riquelme Paraguayo.

Siendo considerado la figura estelar de las inferiores de Olimpia, su lógico debut en la Primera guaraní se produjo en 1999. Previamente había sido el valor más destacado de la Selección Sub – 17 de Paraguay que salió tercera en el Sudamericano de Uruguay y que luego llegó hasta los Cuartos de Final en el Mundial de Nueva Zelanda, ambos torneos disputados ese mismo año.

Tras haber jugado un puñado de encuentros, su progresión se detuvo abruptamente durante los siguientes años y es por eso, sumado a algunas lesiones, que su nombre desapareció momentáneamente de los primeros planos; tal es así que se quedó afuera de la Selección Sub 20 que salió cuarta en el Mundial de Argentina 2001 y se mantuvo totalmente al margen de aquel Olimpia que ganó la Libertadores y que jugó la Intercontinental contra el Real Madrid en Tokio.

Luego de un 2003 para el olvido, donde sólo se limitó a jugar en Reserva y meter un Mal Pase a Sportivo Luqueño, su vida cambió completamente con la llegada del primer día del año 2004. Contra todo pronóstico, el técnico Carlos Jara Saguier lo incluyó en la lista de la Selección Sub 23 que jugó el Preolímpico de Chile. Además lo confirmó como titular y hasta le dio la camiseta número 10. Todo un arriesgado…

Claro que, para ratificar esa confianza, durante ese torneo Figueredo mostró un nivel acorde a un superdotado: fue la figura descollante del partido donde Paraguay eliminó al Brasil de Robinho, Diego y Maicon de la posibilidad de ir a Atenas y los periodistas lo eligieron como El Mejor Jugador del Campeonato, por encima de mostros como Tévez, Figueroa ó Mascherano. Se vislumbraba un nuevo astro…

Apenas terminado ese torneo, el 31 de enero, el Valladolid se lo llevó para España prácticamente sin poner un mango. Es que el jugador llevaba 10 meses sin cobrar sus viáticos y además tenia ficha de “aficionado” por lo que, pese al pataleo de Olimpia, la justicia le dio una gran mano. Figueredo firmó un contrato por cinco años y El Decano se perdió la chance de un traspaso millonario. De esta manera, nuestro homenajeado pasó de ir a entrenar en bicicleta a vivir en El Viejo Continente, tener un piso y manejar un auto. ¡Y todo en la misma estación del año!

Durante los últimos seis meses de esa temporada, la 2003/04, y so pretexto de la tan mentada “adaptación”, Figueredo apenas disputó escasos minutos de 8 partidos de La Liga de las Estrellas y su equipo se fue derechito a la Segunda División. Al menos, comenzó a tomarle el gustito a todo lo que tuviese olor a argentino al compartir plantel con El Chapulín Cardetti, Pablo Paz, Víctor Zapata, Catriel Orcellet, Albano Bizarri y Pablo Richetti.

Pese a la inactividad y al descenso consumado, su siempre enamorado Carlos Jara Saguier se la jugó otra vez por él y lo incluyó, junto a otros purretes, en la lista para la Copa América de Perú 2004 ¡Y otra vez le dio la camiseta número 10! Claro, el objetivo principal era ganar experiencia con vista a los Juegos Olímpicos de Atenas. En La Tierra de los Incas, el volante fue titular en la victoria sobre Costa Rica (3 – 1) y en el empate con Chile (1 – 1). Luego ingresó en los segundos tiempos tanto de la histórica victoria sobre Brasil (2 – 1) como de la contundente derrota ante Uruguay (1 – 3) que marcó la eliminación de los guaraníes de la competición.

Ya en los Juegos Olímpicos de Atenas, el volante jugó los seis partidos de su Selección incluida, claro, la derrota 0 – 1 ante Argentina en la batalla por la presea dorada, donde Figueredo tuvo la única chance clara para Paraguay y luego se fue expulsado por doble amonestación. Y ahí, triste, cansado, con la Medalla de Plata en su pecho, al ver festejar a Saviola, al Kily González y a Andrés D´Alessandro, entre otros, se dio cuenta de algo: a aquel plantel argentino Sub – 23 le faltaban baldoseros. Y fue en ese preciso momento que junto a Julio González, Ernesto Cristaldo, Diego Barreto, Julio Manzur y Saturnino Cardozo se juramentaron venir a esta tierra en algún momento de sus carreras para hacer justicia poética. O sea, para baldosear. Claro que Figueredo fue todavía más allá y, a partir de ese momento, su carrera se fue directamente al cementerio…

Para empezar, tuvo una temporada floja e irregular con el Valladolid en Segunda División (2004/05), tras lo cual su ficha fue dada de baja para poder sumar a otros extracomunitarios, en este caso, los uruguayos Curbelo y O.J. Morales. O sea, se lo querían sacar de encima a toda costa. Por esta razón fue cedido al Boavista de Portugal (2005/06), donde apenas metió 7 partidos en un año. Luego de otros seis meses colgado en Valladolid, Godoy Cruz se hizo de sus servicios, a préstamo y con opción, para el Clausura 2007.

El paraguayo llegó al Tomba, por expreso pedido del Chocho Llop, junto a Martín Arzuaga, Miguel Caneo y Salustiano Candia, para intentar lograr la titánica misión de salvar a los mendocinos del descenso directo. Y eso lo consiguieron, eh. Pero igual no se salvaron de bajar de categoría, claro. A todo esto Figueredo apenas jugó 8 partidos, sólo 2 como titular y el último recuerdo de él es sentado en el banco de suplentes en la Promoción contra Huracán que los condenó al Nacional B. Baldosa…

Luego de su experincia mendocina, Figueredo volvió otros seis meses al Valladolid y, para ratificar que se trataba de la peor inversión de los Blanquivioletas en toda la historia, pasó otros seis meses colgado y sin ficha. A principios de 2008 consiguió ser transferido a Cerro Porteño pero, para no perder la costumbre, en junio de ese año Osvaldo Ardiles le comunicó que no lo iba a tener en cuenta y lo colgó otros seis meses. En enero de 2009 se sumó al Everton de Chile, donde llegó a disputar un par de minutos en la victoria sobre Lanús por la Libertadores. Finalmente, su equipo, al igual que El Granate, se quedó afuera en la primera ronda y en julio Nelson Acosta… ¡si! lo colgó otros seis meses más…

A principios de 2010 regreso al club de donde había surgido, Olimpia, para durante un año conformarse con ocupar un lugar en el banco de suplentes muy de vez en cuando. Se ve que ese hecho fue demasiado stress ya que se pasó los primeros seis meses de 2011 descansando. Luego se unió un semestre al modesto Independiente de Campo Grande, otro semestre a Guaraní y otro semestre a Sportivo Luqueño. En todos estos equipos desparramó intrascendencia. Desde principios de 2013 y con poco más de 30 años, el mejor jugador del Preolímpico de 2004 está de vacaciones y busca laburo con un seductor video en You Tube. Si lo quieren contratar pueden hacerlo. Eso si, sepan que cada tanto le gusta hacer La Gran Nicolás Repetto. ¿Y a quién no? Triste pero real (Sad But True).

Chacarita con camisetas de la hinchada (1994)

«¿Qué sería de un club sin el hincha? Una bolsa vacía… ¡El hincha es el alma de los colores! Es el que no se ve, es el que da todo sin esperar nada… ¡Eso es el hincha! ¡Ese soy yo!», decía Enrique Santos Discépolo en la película El Hincha, de 1951, adelantándose varias décadas al mismo sentimiento que experimentaron los simpatizantes de Chacarita Juniors en un hecho por demás insólito.

El 26 de marzo de 1994, el Funebrero recibió en su estadio al Club Almagro, en un partido correspondiente al Torneo Clausura de la Primera B. Ambas instituciones, vestidas por Penalty, disputaban además un trofeo que ponía en juego la marca brasileña. Eran sus dos equipos fuertes en el ascenso y querían hacerlo notar. Lástima que se olvidaron un detalle: las camisetas.

Tanto el Tricolor de San Martín, como el Tricolor de José Ingenieros, salieron ese día al terreno de juego con sus uniformes blancos, los alternativos. Sólo se diferenciaban en algunos vivos, que lógicamente eran rojos en Chaca y celestes en Almagro. Desde lejos o desde cerca, los 20 jugadores de campo eran prácticamente lo mismo. Así no se podía jugar.

En la utilería del local no había ningún juego de camisetas suplentes. Ni hablar por parte del visitante, que nunca se imaginó semejante falta de sentido común. Fue ahí cuando, después de varios minutos en los que nadie sabía qué hacer y en los que todos miraban al árbitro con miedo de que suspendiera el encuentro, desde la voz del estadio se le pidió a los hinchas de Chacarita que colaboraran para solucionar el problema.

Sin pensarlo, los jugadores funebreros se acercaron a la popu, para recibir la ofrenda de sus hinchas. Voló una, voló otra y otra, hasta que completaron el juego de camisetas tricolores, con suplentes y todo.

Las casacas, obviamente, eran muy distintas entre sí. De diferentes marcas, talles, diseños y sponsors, aunque eso era lo de menos. Lo más preocupante en ese momento fue la falta de una camiseta número 4, evidenciando ya la falta de laterales en la Argentina (?). ¿La solución? Agarraron una 14 y le taparon el 1 con cinta. Lo atamo con alambre, lo atamo.

Con las camisetas de los hinchas, luego reemplazadas por otras en el entretiempo, Chaca terminó ganando el partido por 3 a 2, adjudicándose la Copa Penalty, que fue levantada por su capitán con una casaca Taiyo.

Ah, el cuadro de San Martín ese año fue campeón, dejando sin efecto aquel cantito que decía: «Sáquense la camiseta y dénsela a la hinchada que juega mejor».

Gracias a Chacarita Juniors y Futboglin.

Gustavo Giustozzi a Rayo Vallecano y Badajoz (1998/9)

Tras un par de años en buen nivel, a mediados de 1998 el volante central de Lanús, Gustavo Giustozzi, viajó a Europa para cumplir su sueño de mostrar todo su fútbol por el Viejo Continente. Del otro lado del charco lo esperaba un equipo de la Segunda División de España, el Rayo Vallecano, quien ya había acordado con El Granate los montos para la transferencia del querido Huevo

Una vez en La Madre Patria, Giustozzi se realizó los exámenes médicos de rigor y ahí la transferencia se vino abajo, tras detectársele una inusual anomalía en su torrente sanguíneo. Enfermo de bronca pero con la ilusión intacta, Giustozzi aceptó el convite de Marcelo Tinelli para sumarse al Badajoz, pero tras otro examen médico se le detectó una importante disminución en el número de plaquetas que obligó a la urgente extirpación del bazo del volante.

Un año después de aquellos acontecimientos y tras una dura rehabilitación en Lanús, El Huevo recibió una esperanzadora llamada de la dirigencia del Rayo Vallecano, quienes lo invitaban nuevamente a sumarse al primer equipo. De regreso en la capital española, Giustozzi arregló rápidamente sus números y hasta estuvo presente en el acto en que la Presidenta del Rayo, María Teresa Rivero, colocó por primera vez la popular Abeja de Rumasa en el centro de la camiseta del equipo de Vallecas. Todo muy lindo, pero…

A los pocos días, este nuevo pase también se vino abajo. Aunque en este caso por causas médicas desconocidas. De vuelta en la Argentina y mientras gastaba sus últimos cartuchos en equipos del ascenso, a Giustozzi se le manifestó el síndorme de Guillain Barré, que consiste en la autodestrucción del sistema inmunólogico, entre tantos otros síntomas.

Tras batallar cuatro años con esta cruel enfermedad, que hace perder la sensibilidad en todas las extremidades, Giustozzi se dio el gusto de volver a jugar al fútbol cuando en 2008 se unió a Almagro Florída de la Liga Marplatense. Hoy se encuentra totalmente recuperado y atiende una vinería en la popular calle Güemes de la Ciudad Feliz. ¡A escabiar, Huevo! ¡A escabiar!

Son decisiones: Ragg y su festejo contra Independiente (1999)

Para todo aquel privilegiado que lo vio jugar, es casi imposible olvidarse de Bernardo Martín Ragg. No sólo por su particular rostro, sino también por su estilo atolondrado, ese que le permitió ser protagonista de una de las jugadas que más carcajadas provocó en el fútbol argentino de las últimas décadas. Recordemos esa gema baldosera:

El calendario de 1999 estaba marcado en el 18 de diciembre. Última fecha del torneo Apertura. Noche calurosa en Córdoba, ideal para tomarse una cerveza o ir a la cancha. ¿Por qué no las dos? De un lado estaba el Belgrano de Enrique Nieto, tratando de sumar para no descender al Nacional B. Por otro lado, el Independiente de Trossero, que pedía a gritos que finalizara el año para poder barajar y dar de nuevo. No prometía ser un partidazo, pero lo fue.

Ariel Montenegro, el hermano del Rolfi, ese día estuvo como nunca. Convirtió el primer gol a los 37 minutos del primer tiempo y marcó el segundo, de penal, a los 18 minutos del complemento. El partido, a esa altura, estaba más que liquidado. La gente del Pirata deliraba en las tribunas del Gigante de Alberdi, los jugadores locales ya pensaban en las vacaciones. Era una fiesta completa, no faltaba nada. O sí, tal vez un gol más de Belgrano.

Corrían 28 minutos del segundo tiempo cuando el enganche celeste, Leo Torres, metió un centro al área chica que encontró, como no podía ser de otra manera, al iluminado Montenegro. Con una tijera, el ex jugador de San Lorenzo marcó el tercero de su cuenta personal y desató el festejo pirata. Tres a cero, goleada, excelente cierre de año, navidad, brindis, pan dulce, regalitos. Pero todo se desmoronó en apenas un cerrar de ojos.

Todos los jugadores de Belgrano salieron como locos a festejar el gol. Incluso el arquero Ragg, el más desaforado de todos, que corrió hasta la mitad de la cancha para abrazarse con el técnico Nieto y el resto de los suplentes. En medio de tanta euforia, el árbitro Cordero se dio cuenta de que el línea estaba levantando la bandera por offside de Amaya, y cobró tiro libre para Independiente. Pontiroli sacó rápido, la pelota voló por el aire, Ragg emprendió una corrida memorable, pero jamás pudo alcanzar al delantero Claudio Graf, que arrancó en la mitad de cancha y definió casi llegando al área grande. De un virtual 3 a 0 a favor, a un 2 a 1 en contra. Y todavía faltaba.

Los instantes siguientes fueron los peores en la vida deportiva de Ragg. Mientras se lamentaba y se seguía lamentando por su festejo inoportuno, el Rojo de Avellaneda seguía atacando. Y en apenas 5 minutos se concretó lo que todos imaginaban. A los 31 empató Tomatito Pena. Y a los 34 llegó el definitivo gol de Diego Forlán, el primero de su carrera. Tres a dos. De la risa al llanto.

El tanto del uruguayo no fue sólo un mazazo para el arquero y el plantel celeste. También lo fue para los hinchas, que no soportaron la inesperada e increíble derrota y suspendieron el partido arrojando todo tipo de objetos contundentes. ¿Resultado? A Belgrano le dieron el match por perdido y además le descontaron 3 unidades por los incidentes. Sí, el festejito del arquero costó 6 puntos.

«Estoy tan caliente, que no sé si me retiro», dijo Dientito Ragg esa noche. Por suerte recapacitó y siguió jugando algunos años más. El fútbol se lo agradeció eternamente.

En esta nueva categoría, denominada Son Decisiones, recopilaremos jugadas y situaciones insólitas que quedaron grabadas a fuego en el inconsciente baldosero. Que la disfruten.