Normalmente para alguien del género masculino hay ciertas noches previas a un suceso clave que son eternas, plagadas de insomnio y nervios: La previa de un partido vital para la situación de tu equipo, la previa de tu casorio y, finalmente, la previa del día en que te vas a animar a encarar a la piba que te gusta. Estando en secundaria, al menos ese es mi caso, tenés la cabeza quemada de (inserte consola/artefacto tecnológico de interés de sus años de pibe), sumado a muchas imagenes de (inserte mujer fatal de sus años de pibe) en bolas en (Te lo firmo ya que de Playboy o Notiblog no sale) y demasiado espacio vació en el bocho en el que depositas el partido que tenés que jugar con tus amigos o la pelea entre Distasio y Leto en el programa de Fantino. Es por eso que cuando aparece ese extraño invento de Disney llamado «amor» te volvés más nabo, colgado y temeroso. Hasta que un día le decidís poner un punto. Puede ser un punto final o puede ser un punto seguido. Todo depende de lo que salga de los labios de esa chica que reemplazo las ajusticiadas a la Callejón por canciones de Sergio Denis.
Durante la Copa del Mundo del 2006 el Independiente de Jorge Burruchaga pisaba fuerte en el mercado de pases. Había vuelto Daniel Montenegro, Germán Denis reforzaba la ofensiva y Rodrigo Díaz dejaba el fútbol mexicano para asumir el rol de creador de juego tras un tiempo alejado de las cámaras. Como si fuera poco, se confirma en Junio de aquel año la llegada del experimentado defensor Gabriel Schurrer, desde el Olympiakos griego. Tras abandonar Lanús a mediados de los 90′, el santafesino regresaba con 35 años a la Argentina para quemar sus últimos cartuchos en el conjunto de Avellaneda.
La contratación de tornaría complicada y la chance de Schurrer con la casaca roja se fue apagando rápidamente por diferencias dadas durante el cierre de la operación. Sería Leandro Gioda, otro ex Lanús, quien se sumaría a la defensa de Independiente. GS pasaría al Málaga donde finalizaría su carrera. Años después dirigiría al Granate. Y mejor lo dejamos ahí.
Normalmente estos post lo cerramos con mensajes tristones. Pero hoy nos aspiramos un Claudio María Domínguez y le ponemos otra postura. La mina acepta una invitación tuya a comer una muzza. No sos George Clooney, Robert Redford o Tom Cruise, pero si un remador que, por primera vez tras vagar por los mares de la soledad con los dos brazos cansados, encontras una recompensa que no te saca la sonrisa de la cara. Sos el tipo más feliz del mundo. Salis a la calle como Will Smith en En Busca de la Felicidad. No sabés que te vio. Quizá son los ojos que te brillan disimulando una noche sin dormir pensando en esa chica. O lo entusiasmado que sonabas al hablarle, como viajando a través de una nube de felicidad en ese espacio denso y aburrido en el que se torna el colegio a las 9 de la mañana. Te subís al colectivo y, apoyando la cabeza en el vidrio abandonado pero fiel del bondi, pensas en que a pesar de todo, aún te quedan muchos momentos felices. Llegás a tu casa y por primera vez en el año le decís a tu vieja que tuviste un lindo día.










