Almeyda al Zaragoza (1996)
A mediados de 1996 y tras ganar la Copa Libertadores, varios equipos europeos posaron sus ojos sobre los jóvenes valores de aquél River Plate campeón de América. Y fue así que, a Avenida Figueroa Alcorta 7597, llegaron miles de ofertas por aquellas figuritas de moda que, además, formaban parte de la Selección Argentina de Daniel Passarella.
“Que cuento querés por Crespo, que a cuanto me dejás a Ortega, que haceme precio por Gallardo”. Desde todos los rincones del planeta llovían los pedidos por las joyas de la abuela riverplatense (?). Sin embargo, ninguno de ellos tuvo tantos, pero tantos pretendientes, como El Pelado Matías Jesús Almeyda.
Tras recibir una oferta concreta del Zaragoza de España, el entonces presidente Millonario, Alfredo Dávicce, decidió viajar a La Madre Patria con la aparente intención de finiquitar la negociación. Pero claro, su verdadero objetivo era otro.
En la primera reunión los popes del club maño le tiraron una cifra que fue considerada irrisoria: 3 millones de dólares por los servicios del Pelado. En el segundo cónclave los españoles subieron la oferta a 4 millones, pero sólo obtuvieron silencio como respuesta. Perdidos por perdidos, los aragoneses elevaron su último ofrecimiento a 4 millones y medio de verdes más la cesión de Sergio Ángel La Bruja Berti.
Fue en ese instante que Don Alfredo hizo gala de su habilidad para encantar serpientes y se quedó con el préstamo de Berti sin poner un mango, pero a cambio de la promesa de volver a sentarse a negociar seis meses después, momento en el cuál Almeyda iba a jugar, si o si, con la remera del Zaragoza.
¿Y cumplió Dávicce con su promesa? Para nada. A los pocos días el presidente infló el valor del jugador coqueteando con el Real Madrid y el Barcelona y, finalmente, le vendió el pase al Sevilla, equipo que no tenía el cartel de los antes mencionados pero pagó, billete tras billete, los 10 millones de dólares por los que se concretó la venta de Almeyda a España. Chupate ese Rivotril.
Duda existencial Nº 170
Altamirano Manuel

Manuel Altamirano
El contexto no era el más alentador. Aquel Apertura 2005 fue un torneo malo para Rosario Central y si bien faltaba bastante para el descenso, el promedio comenzaba a apretar cada vez más. Quizás la única alegría de esas 19 fechas para el olvido haya sido haber terminado en el 15° puesto, apenas dos puntos por encima del rival de toda la vida, Newell’s Old Boys. Consuelo de tontos, pero consuelo al final.
La mala campaña precipitó la salida de Ariel Cuffaro Russo tras la fecha 15 y, sin demasiada ideas, la dirigencia del equipo rosarino optó por el camino más fácil: llamar al Viejo Ángel Tulio Zof. Conciente de que no lo iban a putear por un par de derrotas más, Don Ángel, una deidad por esos pagos, y a pesar de los achaques lógicos de la edad (ya tenía 77 años), aceptó el desafío y encaró su ¡noveno paso! como DT de Central.
El rererererererere (?) debut fue el 20 de noviembre, ante Arsenal de Sarandí, en el Gigante de Arroyito. Esa tarde calurosa, el pueblo Canalla, desmotivado por el magro presente, se acercó a su casa para recibir al ídolo. Zof, por su parte, retribuyó el cariño (?) y paró en la cancha a Juan Ojeda; Paulo Ferrari, Juan Grabowski, Ronald Raldes y Ricardo Moreira; Leonardo «pasa que» Borzani, Damián Ledesma, Emiliano Papa, Emiliano Vecchio; Pablo Vitti y Emanuel Villa. Luego ingresaron Lucas Moya (por Papa), Marco Ruben (por Villa) y el homenajeado del día, el mediocampista Manuel Altamirano, por Vitti.
El pibe, categoría ’84, venía de salir campeón en 2004 de la cuarta división, al lado de otros baluartes del club rosarino que, mal que mal, luego hilvanaron una carrera casi sin baches como Eduardo Marcelo Aguirre, Germán Alemanno, Diego Calgaro, Gonzalo De Porras, Andrés Díaz, Alejandro Faurlín, Martín García, Federico Pallaro, Cristian Villagra, Diego Villagra y José Vizcarra, entre otros.
El partido en sí fue un dolor de huevos ojos. Arsenal se puso en ventaja a través de Juan Pablo Caffa a los 25 del segundo tiempo y se dedicó aguantar el resultado. Lógicamente, le salió mal. Sobre la hora, Emiliano Vecchio metió un tiro libre desde la derecha, Marco Ruben se anticipó a todos, puso la cabeza, la pelota rebotó en el cuerpo de Ibrahim Sekagya y dejó sin chances a Esteban Dreer, el 1 de Arsenal. Fue 1 a 1.
Lo que siguió para Altamirano, que todavía estaba un poco verde para debutar entre los grandes, fue un camino de ida, sin retorno a las ligas mayores. Sin lugar en los planes de Zof, que renunciaría a su cargo pocos meses después, ni Leonardo Astrada -el sucesor-, volvió a la Reserva del Canalla, donde jugó cada vez menos.
Hasta acá sería otra historia de una carrera que pintaba para más de lo que finalmente fue, si no fuera por un pequeñísimo detalle: Altamirano debutó con la camiseta número 14. Sí, la maldita. La misma que usaba Mariano Herrón cuando le explotó un termo en la pierna, la que tenía Renzo Ruggiero cuando se rompió todo, la del Sapito Encina cuando se partió al medio, la que le dieron al Chino Garcé cuando después le anularon al contrato y la que vistió Andrés Imperiale cuando en la víspera del clásico Carlos Ischia lo colgó simplemente por el número de su casaca. Y justo ahí saltó la ficha.
Con 45 minutos oficiales en el lomo, Manu podría haber agarrado el pasaporte y partir hacia una experiencia cheguevarista (?) por Sudamérica. Pero no. Se quedó a pelearla acá. Eso sí, bajó varias categorías de un saque. Boca Unidos de Corrientes, que por aquel entonces jugaba en el Torneo Argentino B, le dio asilo durante la temporada 2006/07. En lo colectivo sería algo positivo, Bokita (?) ascendió al Argentino A, pero en lo personal a Altamirano le quedó un sabor agridulce porque lo dejaron libre al final del torneo.
En 2008 apareció en uno de los clubes más turbios de la historia del fútbol argentino, Real Arroyo Seco, comandado por el excéntrico Patricio Gorosito (que en 2012 estuvo preso en España, acusado de contrabando de cocaína, y que tiempo atrás se había cargado al Plaza Colonia uruguayo), que estaba en el Argentino A y que no paraba de crecer desde su creación, peeeero…
La pésima campaña y la decisión de Gorosito de no presentarse a disputar varios partidos terminaron con el descenso al Argentino B. Esa temporada pasaron por el banco de Real Arroyo Seco, entre otros, Teresa Cancelarich, Rubén Olle, Daniel Killer y Arsenio Ribeca (que había ascendido con ese cuadro en la 2005/06 y que conocía a Altamirano de su paso por Boca Unidos), pero ninguno pudo torcer el rumbo.
Luego de que Ribeca se fuera hinchado las pelotas “porque no se daban los resultados; no le hacíamos un gol a nadie y estaba cansado de pelear todos los días con Gorosito”, de la mano de Rogelio Nardoni, Altamirano siguió jugando salteado hasta que se marchó del club, que para esa altura ya era un quilombo institucional, en 2010.
Reapareció a comienzos de 2011 en Mitre de Santiago del Estero, en el Torneo del Interior, porque siempre se puede caer más bajo. Oh casualidad, el gerenciador del equipo santiagueño era el mismo de Real Arroyo Seco, Patricio Gorosito. Y esa fue la última vez que tuvimos noticias suyas.
Alicia (de Albiol)
Mal Pase: Tréllez a Italia 90 y USA 94
El mundo baldosero conoce de sobra las andanzas en nuestro país de John Jairo Tréllez, aquel colombiano que llegó a Boca en 1994 por pedido expreso de César Luis Menotti, quien lo prefirió por encima de un pibito que la rompía en el Cruzeiro, un tal Ronaldo.
Lo que muchos quizás no saben es que el bueno de Turbina, a pesar de la pobre imagen que dejó en la Argentina, estuvo muy cerca de jugar un Mundial. O mejor dicho…¡Dos mundiales! Y en ambos se ahogó en la orilla, como diría Jorge Valdano.
El primer episodio se produjo en 1990, cuando el joven Tréllez, aún con el pelo corto y una seriedad imperturbable, apareció en las páginas del álbum oficial del Mundial de Italia. ¿Y formó parte de esa delegación? No, claro que no.
El hombre nacido en la localidad de Turbo había disputado las eliminatorias y algunos partidos amistosos, pero el técnico Pacho Maturana prefirió la experiencia de otros atacantes, como Arnoldo Iguarán, Rubén Darío Hernández y Carlos Estrada.
Cuatro años después se repetiría la secuencia. Tréllez integraba aquella generación que sacudía el fútbol sudamericano por aquel entonces, aunque bien lejos de los delanteros titulares.
Su plan, entonces, era tener un buen primer semestre en 1994 para llegar con buenas chances al Mundial de Estados Unidos. Pero algo falló.
Firmó para el Boca de Menotti y al principio, más por su facha que por su juego, causó sensación. Sin embargo, la poca gracia que tenía la fue perdiendo con el pasar de los partidos. Los silbidos no tardaron en bajar de las tribunas y Maturana no tardó en bajarlo de la lista.
Haber vuelto a aparecer en el álbum Panini no fue argumento suficiente para conservar el lugar en el equipo. A menos de un mes para el inicio de la Copa del Mundo, el DT lo excluyó de la nómina de 22 protagonistas y así se terminó el sueño de Tréllez. Figurita repetida.
Publicado en simultáneo con #UnMundialParaEnUnaBaldosa
Kana-Biyik André

André Kana-Biyik. Defensor camerunés. Jugó entre 1986 y 1994.
Bottinelli: Nike Tiempo Premier 94
En esta ocasión recordamos a aquellos preciados objetos del deseo que, entre otras proezas, llevaron a Bebeto, Romario & Co a la conquista del Tetra, a Nwankwo Kanú a descoserla en los JJ.OO. de Atlanta ´96 y a Ronaldo parecer de otro planeta en aquella temporada con el Barcelona.
Ese mismo calzado que, cuando no se conseguían en la Argentina, únicamente lucían los mellizos Guillermo y Gustavo, beneficiados por que el padre de ambos viajaba con frecuencia a los Estados Unidos. Malditos nenes bien (?). Hoy: los Nike Tiempo Premier 94.
Lanzamiento: Mediados de 1993 en la previa al Mundial de Estados Unidos ´94.
Particularidad: los fabricantes creyeron que el mundo no anglosajón aún no asociaba al logo con la marca, por lo cual agregaron por primera vez en un calzado la palabra Nike bien grande en el talón.
Retiro del Mercado: dejaron de fabricarse en 1997, cuando fueron reemplazados por los Nike Tiempo Legend, aunque en el año 2009 la empresa norteamericana sacó una edición especial de 1994 pares que, si bien tienen algunas diferencias, son una auténtica pieza de colección.
Modelos Oficiales: Eric Cantoná, Bebeto, Romario, Paolo Maldini, Jorge Campos y Ronaldo.
La de Cal: En 1971 la firma Nike creó sus primeros botines para fútbol: Mystic. Aquellos eran de uso interno yankee o, a lo sumo, se veían con poca frecuencia en la liga inglesa. Luego salió una línea dedicada al rugby y al fútbol americano: Est. 1984. Ambos calzados estaban íntegramente diseñados con cuero de vaca, razón por la cuál duraban poco y se les filtraba el agua. Aunque eran baratos, claro.
Con la premisa de dar pelea en el Mundial que se iba a realizar en su tierra, los popes de la marca decidieron innovar con unos nuevos botines diseñados con piel de canguro y hasta crearon un departamento destinado al Soccer logrando, de esta manera, algo que antes no podían por una sencilla razón: estaban totalmente abocados a Michael Jordan.
Tras darse cuenta que 50 futbolistas de elite equivalían un MJ y que además estos salían más baratos y traían menos problemas (?), se dispusieron a contratar jugadores por todo el mundo, con la consecuente apertura de nuevos mercados inexplorados hasta entonces. Finalmente, había vida mas allá de Texas (?).
Aparte de hacer cotidiano al famoso “Swoosh” (nombre oficial del logo que muchos denominan La Pipa) en países como la Argentina, con los Tiempo Premier 94 se innovó en materia de publicidad televisiva gracias a los recordados comerciales “Wall” y “Evil vs Good”, ambos dirigidos por David Fincher (Seven, Fight Club, The Social Network). Igualmente y a los bifes, el premio mayor fue tener a 10 jugadores con estos botines en la final del 17 de julio de 1994 en el Rose Bowl de Pasadena.
La de Sand: fue tardía su aparición en Sudamérica, con la excepción de Brasil. Cuando mirábamos a los Tiempo Premier 94 en las casas de deportes, de chiquilines con la ñata frente al vidrio, ESPN nos mostraba a los jugadores luciendo los modernos Tiempo Legend. Además, comprarse un juego de estos botines era equivalente a adquirir 3 pares de los Adidas Predator. Había desesperación, pero tampoco el abuso (?).
Lo peor y más imperdonable de estos botines es que, desde que se los puso, Eric Cantoná descubrió su faceta artística y se olvidó de jugar a la pelota. No clasificó con Francia al Mundial ´94, dejó de hacer goles en el Manchester y, con los Tiempo Premier como arma (?), le metió la famosa patada voladora a un hincha que le valió 9 meses de suspensión y 120 horas de servicio comunitario. Aunque claro, tras ese episodio es la cara más representativa de Nike hasta el día de la fecha. Al final salió ganando…











