Belgrano levantando una copa puede resultar un hecho curioso, porque no tenemos el ojo entrenado, pero mucho más extraño fue el rival en aquella final: la selección de Bielorrusia. ¿Qué?
Todo sucedió en el verano de 1993, cuando los europeos llegaron a la Argentina para disputar un cuadrangular amistoso junto al Pirata, Talleres y el Mitsubishi Urawa de Japón. En juego estaba la Copa Ciudad de Córdoba. ¡Qué linda época los noventa!
Los bielorrusos estaban en plena formación. Un año antes, tras desmembrarse la Unión Soviética, se habían afiliado a la FIFA y esperaban integrarse a la UEFA. Muchos de sus jugadores venían de representar a la CCCP, pero algunos otros recién asomaban en el plano internacional, como Valentin Belkevich, un volante que se convertiría en histórico y referente, al margen de comerse a la cantante pop Anna Sedokova.
Por su parte, el Celeste de Alberdi tenía a su flamante refuerzo, Adrián Czornomaz, que el 3 de febrero de aquel año marcaría el gol del triunfo ante los japoneses en la semifinal del cuadrangular. En los papeles, el partido decisivo sería ante Talleres, pero sorpresivamente la T cayó 3 a 2 con Belarús y los planes cambiaron.
Tres días más tarde, se jugó la inédita final en el Chateau Carreras. Belgrano y Bielorrusia Igualaron 1 a 1 y fueron a los tiros desde el punto del penal, donde el equipo local se impuso 4 a 3, para terminar levantando la copa.
Ni el más pesimista de los hinchas de Independiente se imaginó lo que iba a ocurrir en la fecha 17 del Torneo Clausura 2009, cuando su club tuviera que enfrentarse con Banfield en el estadio Florencia Sola.
Para esa altura, Américo Rubén Gallego encaraba su segundo ciclo al frente del cuadro de Avellaneda y hacía malabares con lo que tenía a mano. Cansado del bajo rendimiento de sus dirigidos, pasó el plumero y en cuestión de semanas se cargó a Lucas Mareque, Ricardo Moreira, Damián Ledesma, Federico Higuaín, Damián Luna, Pepe Moreno, Leandro Depetris y Emanuel Centurión, entre otros.
Amparado en varios jugadores experimentados y algunas promesas de las inferiores, para el duelo de aquella tarde/noche del 12 de junio, el Tolo paró en la cancha a Fabián Assmann; Franco Simonetti, Leandro Gioda, Eduardo Tuzzio y Guillermo Rodríguez; Gastón Machín, Lucas Pusineri, Fernando Godoy y Federico Mancuello; Daniel Montenegro y Darío Gandín. En el transcurso del partido ingresaron Sergio Vittor, Leonel Ríos y Leonel Núñez. Todos futbolistas medianamente reconocidos, que lograron mantenerse un buen rato en Primera o a lo sumo en la segunda división de nuestro país o del exterior. Todos menos uno, claro.
Nacido en Luján el 23 de agosto de 1989, el lateral por derecha Franco Simonetti había arribado al club en 2007 desde San Lorenzo de Luján, con el que debutó en el Argentino C, y tenía en el lomo un puñadito de encuentros en su categoría: la cuarta. Una semana antes del choque ante el Taladro, Gallego quedó fascinado con la actuación del defensor de 19 años en su primer partido con la Reserva y, escaso de recursos, lo subió al plantel profesional, donde compitió mano a mano por un lugar en el once inicial con el paraguayo Diego Gavilán, que había llegado con chapa de figura, pero que estaba muy lejos de su mejor versión.
Todo lo que ocurrió tras el pitazo inicial fue una sucesión de hechos bochornosos que parecía no tener fin. Banfield goleó a Independiente por 5 a 0 con tantos de Santiago Silva por duplicado, Víctor López, Sebastián Fernández y Julio Barraza para el delirio de su gente y para la desesperación de la parcialidad del equipo de Avellaneda, que se la pasó entonando “la más maravillosa música”. Si bien Simonetti no fue ni por asomo el peor de la última línea (solamente tuvo responsabilidad en el cuarto gol), terminó pagando los platos rotos: jamás volvió a vestir la camiseta de los diablos rojos y debió conformarse con alternar entre Cuarta y Reserva hasta que quedó libre a mediados de 2010.
Tras semejante mazazo, Simonetti desapareció sin que nadie se diera cuenta. Recién volvimos a tener noticias suyas varios años más tarde, cuando lo encontramos defendiendo los colores de Gimnasia y Esgrima de Chivilcoy (desde 2013) en el ascenso profundo.
Allí sigue hasta hoy, tratando de olvidar que alguna vez fue actor de reparto en una de las noches más fatídicas de ese letargo que un puñado de temporadas después acabaría en la B Nacional.
«El pibe ese que juega de 3», «el 9 matungo», «el petiso que la mueve». Estas y otras denominaciones sirvieron durante décadas para referirnos a los jugadores que no conocíamos. Para los rivales, sobre todo, pero también para los nuevos valores que aparecían de un día para el otro defendiendo la camiseta de nuestro club. Y no es que ahora esas expresiones se hayan extinguido, para nada, pero la aparición de los apellidos en las espaldas de los futbolistas fueron aclarando un poco el panorama, aunque sea para la TV. ¿Cuándo fue que las camisetas empezaron a tener nombre?
Fue Boca Juniors el primer equipo argentino en tener apellidos en su indumentaria. Y todo gracias a la innovación de Oscar Tubío, que en 1978 diseñó una casaca especial para que el Xeneize disputara la Copa Intercontinental ante el Borussia Monchengladbach. El modelo, que también contaba con números en las mangas y las famosas cuatro estrellas con la sigla CABJ, fue utilizado en el 2 a 2 que abrió la serie en La Bombonera, pero también en los tres enfrentamientos ante el América de México, por la Interamericana. Después de perder ese trofeo ante las Águilas, los dirigentes de Boca archivaron para siempre la camiseta y no fue usada en el partido de vuelta frente a los alemanes.
En otras ligas había antecedentes. Como en la estadounidense, donde los apellidos se venían usando desde la década del 60, adoptando el estilo de la NFL. Es más, muchas de esas casacas tenían el número gigante en la parte de adelante. Cosas bien yanquis que de alguna manera marcarían el destino, porque fue justamente en USA ’94 donde aparecieron por primera vez los apellidos en los mundiales, cuarenta años después del debut de los números fijos.
Antes de eso, las selecciones olímpicas lo habían experimentado en Barcelona ’92. Y mucho antes de eso, habíamos visto al Diego lucir el MARADONA en su espalda en un amistoso de la UNICEF, en 1986. Lo que no tenía nombre es lo que corrió ese día (?).
Luego llegaría el turno de las grandes competiciones de clubes. La Champions League incorporó los apellidos en 1995 (recordemos a Kluivert mostrando su dorsal en la final). Al año siguiente, se acoplaría la Copa Intercontinental y ahí pudimos ver por primera vez a River con nombres. ¿Pero quién fue el pionero en nuestro fútbol?
Fue Newell’s el que abrió el juego en un torneo local de Primera División, más precisamente en el Clausura 1995. Durante algunos partidos de ese torneo, el equipo rosarino identificó las camisetas de sus jugadores con letras bien grandes, como para que no quedaran dudas de que la 10 la usaba Ernest Mtawalli.
Lo que sí dejó dudas es lo que sucedió con las camisetas leprosas de 1997. Mientras Fernando Crosa llevaba su apellido real, a su hermano Diego le encajaron un «Crossa» que tuvo que usar de todos modos. Y eso que para entonces se había implementado la numeración fija en el fútbol argentino, simplificando la tarea de los utileros que no tenían que estampar camisetas todos los fines de semana.
Aquel buen equipo de Independiente al que Menotti dejó en banda en 1997, también nombró a sus futbolistas en el dorso de la recordada camiseta de los diablitos. Años más tarde, el apellido Burruchaga volvería a aparecer en la pilcha del Rojo, aunque en el frente y no con el mejor de los modelos (?).
Hacia comienzos del nuevo siglo, esta modalidad se hizo cada vez más frecuente y fue Independiente, en el Apertura 2002, el primer equipo en consagrarse campeón local con los dorsales personalizados. En esa época, Montenegro había pasado a ser Rolfi.
Hoy en día, los apellidos no son obligatorios en el fútbol argentino, pero la mayoría de los clubes los luce debajo del número, dejándole el mejor lugar del dorso al anunciante de turno. Necesidad mata buen gusto.
Sin lugar a dudas, los pantalones más ridículos de la historia de Independiente. Pero más curioso aún es que no fueron utilizados en un amistoso cualquiera, sino en un trascendente choque sudamericano.
Aquel grito de la moda tuvo lugar en la primera final de Copa Libertadores de América de 1972, en Lima. El Rojo capitaneado por el Chivo Ricardo Pavoni iba en búsqueda de su tercer gran trofeo continental ante el sorprendente Universitario de Perú, con su emblema Héctor Chumpitaz. La foto del intercambio de banderines es una de las pocos testimonios nítidos de aquel partido que terminó 0 a 0.
Por aquel entonces, en el fútbol argentino había explotado la moda de los pantalones adidas medio campo, que se distinguían por tener un color adelante y otro atrás, pero nada parecido a los que presentó el club de Avellaneda esa noche: ¡a mitades blancas y negras, con tres tiras rojas a los costados!
Ya para el partido de vuelta, Independiente volvió a sus shorts rojos y se quedó con la Libertadores tras vencer 2 a 1 a los peruanos.
A mediados de 2006, antes del receso por el Mundial de Alemania, el Boca de Alfio Basile emprendió una mini gira por Centroamérica donde se enfrentó con potencias como Olimpia de Honduras y FAS de El Salvador. Con buena parte de los titulares en Israel para enfrentar al Maccabi Tel Aviv (en una comitiva paralela encabezada por el Ruso Ribolzi), el Coco tendría la chance de ver en acción a algunos juveniles, poco frecuente durante su ciclo, y otros suplentes sedientos de minutos en cancha. Así, por ejemplo, actuaron Sebastián Rusculleda, Oscar Trejo, Mariano Trípodi y el homenajeado del día, Carlos Fondacaro.
Nacido el 21 de mayo de 1987 en Rosario, este diminuto lateral (apenas 1,65 metro), tanto por izquierda como por derecha y con el tiempo devenido en mediocampista, dio sus primeros pasos en Renato Cesarini, donde jugó hasta los 13 años, cuando se sumó a Alianza Sport. Dos temporadas más tarde le llegó la oportunidad de incorporarse a las divisiones inferiores de Boca Juniors, donde fue haciendo el típico caminito a Primera.
Su estreno extraoficial con la camiseta del Xeneize se dio ante el FAS, cuando reemplazó a Sebastián Battaglia a quince minutos del final. Sin espacio en la consideración de Ricardo La Volpe y Miguel Ángel Russo, reapareció recién dos años después, ya con Carlos Ischia como entrenador. Y esta vez por los porotos.
Con la mira puesta en el Torneo Apertura, para el debut en la Sudamericana ante la Liga Deportiva Universitaria de Quito, por los octavos de final, el Pelado dispuso un mix entre reservas y juveniles. Esa noche, Fondacaro actuó como lateral por izquierda acompañando en la última línea a Julio Barroso, Juan Forlín y Ezequiel Muñoz y Boca goleó 4 a 0, prácticamente sellando su pasaporte a la próxima fase.
El rosarino volvió a ser de la partida en el encuentro de vuelta ante los ecuatorianos (1 a 1 en Quito) y en la ida ante Internacional de Porto Alegre (0-2 en Brasil) por los cuartos de final del certamen internacional. Luego, aportó su granito de arena para la obtención del torneo local, cuando ingresó unos minutos ante Rosario Central y San Lorenzo.
Algunas chances en el verano de 2009 hicieron creer que las oportunidades abundarían a lo largo de aquel año, pero no. Apenas fue titular ante Newell’s Old Boys -actuando como volante por derecha- y entró un rato en la goleada ante San Martín de Tucumán. Ya con Abel Alves como entrenador, se despidió en la última fecha, al término del primer tiempo ante Colón de Santa Fe.
La vuelta de Alfio Basile al banquillo azul y oro a mediados de 2009 sentenció el final de los días de Fondacaro como jugador de Boca. Primero, a pedido de Diego Cagna, pasó a préstamo a Tigre (2009/10), donde alternó buenas y malas. En medio de una pésima campaña (el Matador terminó el Apertura último cómodo, con 8 unidades), Fondacaro se mostró como lo mejorcito de una defensa endeble y hasta se anotó en el marcador en la victoria ante Godoy Cruz por 2 a 0.
La llegada de Ricardo Caruso Lombardi, en el verano de 2010, le quitó algo de protagonismo, aunque aportó un gol en el triunfo por 3 a 1 ante Atlético Tucumán. En total, con la camiseta azul y roja disputó 16 partidos y convirtió dos veces.
Justamente una de sus víctimas, el cuadro tucumano, sería su próximo destino. El Decano venía de descender y se armó como para volver rápido. Fondacaro era uno de los pilares del plantel dirigido por Quique Hrabina que terminó la primera etapa como único líder. Peeero…
La segunda parte del campeonato 2010/11 fue devastadora. Atlético Tucumán perdió el liderazgo y hasta su ubicación en los puestos de Promoción. Hrabina sucumbió ante los malos resultados y, para colmo, ante Patronato, el lateral/volante sufrió una fractura del peroné que le afectó los ligamentos del tobillo del pie izquierdo y lo dejó fuera de competencia por el resto del torneo. El Deca terminó deambulando en la mitad de tabla. Durante la buena racha, Fonda hasta se animó a una producción de fotos retro con el ex CASLA Cristian Chávez.
El decimoquinto puesto en la temporada 2011/12 le puso un punto final a la estadía del rosarino en suelo tucumano, aunque antes se dio algún que otro gusto, como el gol que le marcó a River Plate, el 1 a 0 parcial de un encuentro que terminó en derrota por 4 a 2.
Enseguida lo esperaba Patronato de Paraná (2012/13), cuya única misión en el mundo era incomodar a los grandes de la categoría y lo logró con un dignísimo séptimo puesto, aunque a 10 unidades de Olimpo, que se quedó con el último ascenso. En lo personal, Fondacaro no contó con muchas oportunidades por parte de la dupla Luis Medero y Claudio Marini y recién hilvanó algunas presentaciones consecutivas, en un nivel olvidable, de la mano de Diego Osella.
Sin mucho más que hacer en el fútbol de los sábados, había llegado la hora de probar suerte en el exterior. Primero defendió los colores del Iraklis griego (2013) y luego pasó un año en el Jaro de Finlandia (2014).
Ya definitivamente reconvertido en mediocampista de creación, en 2015 pegó la vuelta al país para jugar en su ciudad natal. ¿Rosario Central? ¿Newell’s Old Boys? ¿Central Córdoba? No, Tiro Federal en el pantanoso Torneo Federal A al lado del histórico Diego Chitzoff y del baldosero Leandro Depetris. Semejante aventura en el Barrio Ludueña no podía terminar en otro lugar que no fuera el Federal B.
Sin embargo, en lo personal el rendimiento de Fondacaro estuvo por encima de la media (con una vara muy baja, claro) y por eso llamó la atención de Independiente, pensando en lo que vendría en 2016. ¿Cómo? Sí, Independiente de Neuquén lo sumó como uno de sus principales refuerzos para el Federal A, donde redondeó una buena primera etapa y quedó eliminado en la segunda fase ante Libertad de Sunchales.
Momentos agridulces para Ariel Ortega, allá por el 2008. Aún conservaba su categoría y podía plasmarla de vez en cuando con la camiseta de River Plate, pero sus faltas de profesionalismo y el hecho de no tener los minutos de juego que se merecía como ídolo, lo hacían chocar con el Cholo Simeone, su entrenador. Sin embargo, no era contra lo único que chocaba el Burrito.
Ese hit extrafutbolístico sirvió de excusa para que el DT millonario justificara decisiones pasadas…y futuras. La dirigencia encontró el motivo para deshacerse temporalmente del jugador, con la supuesta intención de ayudarlo a superar su problema con el alcohol. Las soluciones eran dos. Una, que se quedara haciendo una rehabilitación al mismo tiempo que cobraba su sueldo, pero sin jugar. La otra, que se fuera a algún lugar. En lo posible, bien lejos.
Fue así como, tres días más tarde, se anunció que Ortega se iría a préstamo al Al Ain de Emiratos Árabes Unidos, por 10 meses. Dos millones de dólares de contrato para el futbolista y medio palo verde para el club de Núñez. Les cerraba a todos, incluso a Ariel, que no quería tratarse y prefería perderse en el desierto. Parecía un golazo, pero el Burrito siempre hizo una finta de más.
No pasaron ni 48 horas hasta que el mismo jugador cambió de idea, gracias a un plan seductor de Independiente Rivadavia de Mendoza, que le ofrecía la 10 y todas las facilidades para que se sintiera a gusto. Y lo curioso no era que la oferta viniera de la tierra del buen vino, sino que detrás de todo eso estaba Daniel Vila, el dueño del canal que días antes lo había escrachado en la estación de servicio. ¿Casualidad o mala leche?