La historia cuenta que, durante México ’86, la Selección Argentina de Carlos Salvador Bilardo usó en una sola ocasión la camiseta alternativa oficial –la azul, viejo- pero eso, claro, no es del todo cierto.
Tras haber vencido a Uruguay en Octavos de Final con esta vestimenta y en la previa al histórico encuentro frente a Inglaterra, El Doctor dispuso un enfrentamiento contra el Sub-19 del América para comprobar si era cierto aquello del peso exacerbado con el que quedaba la casaca debido a la transpiración. Por que, se sabe, en el mundo de la medicina no es suficiente una sola prueba testigo.
Y así, el 20 de junio de aquel año, una Argentina ataviada con el segundo uniforme saltó al campo de entrenamiento con: Luis Islas; Néstor Clausen, José Luis Brown y Oscar Garré; El Gringo Guisti, Marcelo Trobbiani, El Chino Tapia, Ricardo Bochini y Roberto Néstor Sensini; El Bichi Borghi y Pedro Pablo Pasculli. Los autores de los goles y la formación de los chaparritos se las prometemos para el sexagésimo aniversario de la consagración.
Lo que si podemos afirmar es que no nos equivocamos en la formación nacional ni fue obra del Doc Emmett Brown. Esa tarde debutó Roberto Sensini en la Selección, defensor quien, a sus 19 tiernos abriles, era parte de la delegación de Renato Cesarini que viajó a tierras de Kiko para hacer las veces de sparring. Y así el querido Boquita puede decir que puso su granito de arena en la conquista del ’86 para de esta manera contrarrestar las fechorías que se mandó en los mundiales siguientes.
Dura la vida del futbolista recién retirado. Se apagan las luces, se terminan las ovaciones, escasean los reconocimientos, los autógrafos le van dejando cada vez más espacio al dolor de ya no ser y otros lugares comunes sobre los que se ha escrito mil veces, aunque no dejan de ser ciertos.
Para contrarrestar ese vacío y continuar con esa vida de viajes, prácticas y concentraciones, muchos se convierten en entrenadores o cumplen roles secundarios dentro de un cuerpo técnico. Otros, en cambio, no soportan la desolación de estar del otro lado de la línea de cal y vuelven al ruedo con los cortos después de un buen tiempo, sin medir los costos de poner en juego el apellido y regalar prestigio.
Aunque claro, pocos tuvieron en cuenta la gran Klinsmann: seguir jugando con otro nombre.
No hace falta ahondar demasiado en la carrera de Jürgen Klinsmann. Implacable goleador del Sttutgart alemán, revalidó sus condiciones en equipos del extranjero y también con su Selección. Anotó 11 goles en los Mundiales, repartidos entre Italia ’90, USA ’94 y Francia ’98. Levantó una Copa del Mundo y una Eurocopa, aunque sólo pudo conseguir una liga de clubes, con el Bayern Múnich en 1997, cuando ya divisaba su retiro.
Después de disputar su último partido oficial con el Tottenham, en 1998 jugó su último Mundial con Alemania y entonces sí, al año siguiente lo despidieron con papelitos en el estadio del Sttutgart, entonces denominado Gottlieb-Daimler y antiguamente llamado Adolf-Hitler-Kampfbahn. Pero lo historia no se cerró ahí…
Con los botines ya colgados, Jürgen tomó una decisión de vida: alejarse del ambiente del fútbol. Quería ser un anónimo, poder caminar por la calle y que nadie lo reconociera. Eso era imposible en su país y en cualquier otro lugar con una fuerte cultura futbolera. Por eso eligió irse a vivir a los Estados Unidos, los pagos de su esposa Debbie.
Ya instalado en la pacífica Huntington Beach (California), Klinsmann logró lo que buscaba: tranquilidad y armonía familiar en un contexto donde no existía el fútbol ni la exposición pública. Parecía una situación ideal, pero después de unos años comenzaría a aburrirse…
En 2003, el ex atacante del Inter comenzó a dar señales cuando entrenó con Los Angeles Galaxy de la MLS, aunque sólo de manera recreativa. Decía que sólo quería estar en forma, aunque negaba la posibilidad de volver a entrar a una cancha de manera oficial.
Unos meses después, sin embargo, unos amigos con los que jugaba de vez en cuando le propusieron que vistiera la camiseta del Orange CountyBlue Star de Irvine, un equipo californiano que participaba de la Premier Development League, la cuarta división de los Estados Unidos. Jürgen, con 39 años, aceptó el desafío y puso una condición: no utilizar su verdadero nombre.
Antes de que el goleador se arrepintiera, sus compañeros lo anotaron bajo la identidad de Jay Goppingen, en homenaje a la inicial de su nombre y al pueblito alemán donde nació. Jay, agradecido, devolvió favores con lo que mejor había hecho en su vida pasada.
Con 5 goles en 8 partidos, colaboró para el equipo se metiera en los playoff por el ascenso. Se divertía y encima nadie lo reconocía. Todo era tan perfecto, que alguien tuvo que arruinarlo: en un partido ante el Southern California Seahorses, unrival se percató de que a ese rubio lo tenía visto de algún lado. Fue entonces que le avisó a un periodista amigo, que investigando googleando llegó a la conclusión: el famosísimo Klinsmann estaba jugando con otra identidad. Suficiente para que el 9 no volviera a aparecer.
Al día de hoy, los pocos simpatizantes del Orange County Blue Star se preguntan: ¿qué habrá sido de la vida de Jay Goppingen?
Domingo 19 de noviembre de 1989. Estadio Hasely Crawford, de Puerto España. Última fecha de las eliminatorias de la CONCACAF para Italia 1990. Tras siete presentaciones, Trinidad y Tobago y Estados Unidos cosechaban 9 puntos, producto de tres victorias, tres empates y una derrota. La diferencia de gol, sin embargo, inclinaba la cancha para los Soca Warriors: +3 contra +2 de los Yanks, que estaban obligados a vencer.
A los 30 minutos del primer tiempo, Paul Caligiuri sorprende al arquero Michael Maurice con un remate desde lejos y convierte el tanto que clasifica a los estadounidenses a una Copa del Mundo tras 40 años de ausencias.
Para finales de 1978, el New York Cosmos gozaba del prestigio que le daba saberse bicampeón de la ascendente North American Soccer League (NASL). Todavía con la resaca de los festejos, el cuadro estadounidense arrancó en casa una serie de amistosos previo a su gira por el Viejo Continente.
Tras los empates ante un combinado de Resto del Mundo, Boca Juniors y la derrota ante el Atlético Madrid, el ex equipo de Pelé, que se había retirado el año anterior, emprendió viaje a Europa, donde estaría poco más de un mes, pasando por Alemania Occidental, Inglaterra, España y Yugoslavia.
El primer test fue el 12 de septiembre, en el estadio Olímpico de Munich, ante el Bayern. Y no podría haber sido peor. Poco y nada pudieron hacer los estadounidenses antes los teutones, que dieron una verdadera lección de fútbol. Fue 7 a 1 para los locales con hat-trick de Karl-Heinz Rummenigge y dobletes de Gerd Müller y Norbert Janzon. El tano Giorgio Chinaglia marcó el descuento del Cosmos cuando el encuentro ya estaba 4 a 0.
Muchos años después, otro conjunto alemán ganaría por 7 a 1, pero esa ya es otra historia.
Aunque ya se había abolido el inolvidable desempate por shootouts, la Major League Soccer todavía mantenía un reglamento propio, que hacía de esta liga algo distinto a lo que se jugaba en el resto del planeta. Una de esas diferencias era la realización de un tiempo suplementario si el partido terminaba empatado: se jugaban dos tiempos de 5 minutos cada uno con Gol de Oro, y si se mantenía la igualdad repartían puntos.
Sin embargo, la norma que permitió la creación de esta polémica regla fue el permiso para realizar un cuarto cambio, aunque únicamente el arquero era el que podía ser reemplazado si ya se habían realizado las tres modificaciones permitidas. Pero así como se hizo la ley, se hizo la trampa.
El culpable de manipular esta disposición para su propio beneficio fue Bob Bradley, quien en 2003 dirigía a New York Metrostars. El momento elegido fue ni más ni menos que un partido frente al DC United, uno de los rivales con los que más pica tienen los neoyorquinos. El 5 de julio de aquel año, los 90 minutos terminaron empatados, por lo que se debió jugar la mencionada prórroga. Semejante adefesio (?) iba a resultar, por lo menos ese día, en una emocionante e inolvidable definición.
Justamente, al inicio del suplementario se produjo la “trampa”. Con todas las sustituciones hechas (menos el cambio extra del arquero), la lesión del defensor Mark Lisi obligaba a los de Nueva York a jugar con uno menos. Pero el DT tenía un as bajo la manga: mandó al maltrecho futbolista a intercambiar posiciones con Tim Howard, el Nº 1. Así, la modificación del guardameta fue posible. El que ingresó y se puso los guantes fue Eddie Gaven, un joven mediocampista que tuvo que comenzar el overtime bajo los tres palos, mientras el verdadero dueño del arco se ubicaba en algún sitio aleatorio (?) del campo de juego.
Pitazo inicial, mueve el DC United, a los 10 segundos el MetroStars recupera la pelota e inmediatamente se produce un momento mágico: puntinazo absurdo al lateral que en circunstancias normales hubiese sido motivo de insultos como “Donkey son of a bitch, you have round feet” (?). Pero en este caso fue causa de alivio para los de La Gran Manzana: el juego se detuvo, lo que posibilitó que Howard y Gaven intercambiaran posiciones.
Así lo contó el improvisado arquero: “Ellos movían del medio. Yo, la verdad, estaba nervioso: podían intentar un remate y quién sabe lo que ocurriría después de eso. Por suerte, no lo hicieron. Trataron de dar un pase y la terminaron perdiendo. Alguien del equipo la mandó afuera, e hicimos el cambio: fui muy feliz cuando vi como esa pelota se iba a la tribuna”. La “estafa”, bautizada como Regla Eddie Gaven, había concluido. Para los que piensan que todos los chanchullos (?) se inventaron en Argentina.
Este partido quedó en la historia, ya que fue fundamental para que al término de la temporada la MLS suprimiera el cuarto cambio. Además, por sus pocos segundos con los guantes, Eddie Gaven se convirtió en el arquero más joven de la historia de la Liga (¡16 años y 8 meses!).
Como si esto fuese poco, aquel día el adolescente anotó el Gol de Oro que le dio la victoria a su equipo, en lo que fue su segundo partido como profesional, alcanzando otro record: jugador de menor edad en convertir en la historia de la franquicia neoyorquina. Todo, gracias a una particular lectura del reglamento. God Bless America.
Los torneos internacionales de selecciones tienen una métrica -al parecer y a Dios gracias- definitiva e imperfectible: grupos de cuatro equipos encabezados por una potencia, donde juegan una vez todos contra todos y pasan los 2 mejores clasificados si es una competencia de 32 o 16 naciones, ó donde pasan de ronda también algunos de los mejores terceros si participan 24 o 12 países. Después partidos a eliminación directa hasta que hay un ganador y a otra cosa. Infalible y apasionante como las matemáticas (?).
Suele suceder que, de tanto pensar en números y en cuentas, a algunos entrenadores se les haga un grumo en el cerebro y utilicen el último encuentro de la zona de grupos y también su previapara introducir improvisadas variantes en los viajes, en los métodos de entrenamientos, en el contacto con la prensa y, lo que es peor, en el once inicial que disputará el puntaje que quedará en los libros.
Si el equipo en cuestión ya está clasificado a la siguiente rueda se puede llegar a entender que los cambios sean en pos de proteger a las estrellas, de recuperar a los lesionados, de darle ritmo a los suplentes, de pensar en el primer encuentro de eliminación directa o hasta para “premiar” a algunos veteranos, como hicieron José Pekerman con Faryd Mondragón en Brasil 2014 ó Carlos Alberto Parreira con Rogelio Ceni en Alemania 2006 y también Marcelo Bielsa con Caniggia en Japón Corea 2002.
Lo ridículo y atemorizante, claro, es cuando estos cambios radicales u homenajes se dan cuando todavía no es definitiva la ubicación en la tabla de posiciones. Y peor si el tercer partido se pierde trastocando los futuros planes que ya se habían visualizado, todo por subestimar el cambiante humor de las matemáticas. El supuestamente metódico Daniel Passarellay el equipo que puso en la cancha contra Estados Unidos en la Copa América de 1995 son el ejemplo más claro de ello.
Paysandú, Provincia de Uruguay, 14 de julio de 1995. La Selección Argentina del Kaiser se preparaba para enfrentar al supuestamente débil Estados Unidos como líder de su grupo, con 6 puntos producto de dos victorias en igual cantidad de presentaciones y con una cómoda diferencia de +5 goles. La descontada victoria, además de eliminar a los yankees, desembocaría en un accesible enfrentamiento contra Ecuador en Cuartos de Final.
Entonces, el relajado trinomio Passarella-Gallego-Sabella dispuso ¡nueve cambios en la formación titular! y mandó a la cancha un rejunte que, si bien eran jugadores internacionales argentinos, en ese momento no tenían mucho rodaje jugando entre ellos ni mucho menos para la Selección. ¿Los que salieron? Cristante, Javier Zanetti, El Negro Cáceres, Chamot, Simeone, Astrada, Juanjo Borrelli, El Burrito Ortega y Balbo. De los que previamente habían vencido a Bolivia y a Chile solo permanecieron en la alineación Roberto Ayala y Gabriel Batistuta.
¿Los que entraron? Chiquito Bossio, Ricardo Altamirano, Néstor Fabbri, Gabriel Schurrer, Marcelo Escudero, Perico Pérez, Marcelo Espina, Marcelo Gallardo y El Beto Acosta. Enfrente, vale destacar, estaba la estable escuadra norteamericana de John Harkes, Eric Wynalda, Alexi Lalas, Cobi Jones, Tab Ramos y Paul Caligiuri, entre otros, que ya contaba con varios años de rodaje. O sea, no era un equipo para subestimar. Podrán haber perdido contra Bolivia, podrán tener poca tradición, podrán decirle “Soccer” al fútbol, podrán ser tontos, inútiles, estúpidos, comunistas… pero jamás estrellas porno (?).
Así las cosas, Argentina pensaba tanto en Ecuador y en los Cuartos de Final, que a la media hora la USMNT ya ganaba por 2 a 0 con un tanto de Frank Klopas y otro del querido Alexi Lalas. Pero lo totalmente desconcertante fue el desmoralizador toqueteo que se comieron los suplentes de Passarella durante aquellos primeros 45 minutos. Así como fueron dos pudieron haber sido cuatro goles en contra…
Durante el entretiempo, por supuesto, el mundo ya se había modificado para siempre (?). Ecuador estaba afuera de la competencia y la Argentina –todavía líder del grupo- ahora debería enfrentar a México en la siguiente ronda. Con intención de lograr la heroica, Passarella quemó los yates y mandó a la cancha a Ortega, a Simeone y un rato más tarde a Abel Balbo.
Por supuesto, esto no sirvió de nada. Estados Unidos se siguió floreando y promediando la etapa cúlmine, Eric Wynalda puso el 3 a 0 definitorio que también acabó con los días del Chiquito Bossio en el arco de la albiceleste.¿O iba a ser gratuito el hecho de ver a un arquero correr una pelota desde atrás?
Con este último tanto, además de perder un invicto de 16 partidos en la Copa América que había comenzado en 1989, Argentina quedó en la segunda colocación y debería medirse contra Brasil. Por su parte, los yankees se habían adjudicado el grupo y ahora tendrían que enfrentar a su clásico rival, México, en Cuartos.
Tres días después y amén de la mano de Tulio, la Selección titular de Passarella caería por penales ante Brasil y desde ese momento hasta -al menos- mediados de 2016 jamás volvería a ser la actual campeona de nada. Y todo comenzó por subestimar…
“Drogas, ¿para qué?” se preguntaban Male y Fleco en una recordada campaña publicitaria de la segunda mitad de los noventa, impulsada por el entonces Subsecretario de Prevención y Asistencia de SEDRONAR, Alfredo Miroli. Eran épocas del operativo “Sol sin drogas”, del que misteriosamente Diego Armando Maradona se había convertido en la cara visible.
Un puñado de años antes, la lucha antinarcóticos había pegado fuerte en los Estados Unidos, donde se celebró la Copa del Mundo de 1994, y fue justamente la selección yanqui la encargada de plantar el mensaje. El tema era que lo hacían vistiendo una lisérgica camiseta de algodón de color blue jeans, con estrellas blancas de dimensiones irregulares. Si a eso le sumamos que usaban unos pantaloncitos cortos a tono, ninguno pasaba un examen toxicológico. Ni hablar de la pinta de uno de sus jugadores más emblemáticos: Alexi Lalas.
La casaca titular, bastante flashera pero un tanto más sobria que la suplente, estaba compuesta por bastones rojos y blancos con curvas y también tenía sus particularidades: el bastón central podía tocar rojo, blanco o 50% y 50%, indistintamente. Con esa misma indumentaria, por ejemplo, la USMNT derrotó 1 a 0 a México el 4 de junio de 1994 en el Rose Bowl de Pasadena, ante 91 mil espectadores, en un partido amistoso a días del Mundial.
Más allá del resultado y de las marchas en contra de la Proposición 187 (que proponía negarles a los inmigrantes indocumentados servicios sociales, servicios médicos y educación pública) que colmaron las inmediaciones del estadio, lo que sorprendió fue un pequeño (?) parche que apareció debajo del logo de adidas. ¿Qué decía? “No power to drugs”. Lástima que ya era tarde, se la habían tomado toda los diseñadores.
Se trataba del lanzamiento de la versión internacional de la campaña alemana “Keine macht den drogen”, impulsada en 1990 por Karl-Heinz Rummenigge, entre otras celebridades teutonas, que tiene como objetivo trabajar en la prevención del consumo de drogas entre los jóvenes.
Presente en la foto oficial y alternativa de la Copa del Mundo de 1994, el parche desapareció de la camiseta estadounidense sin que nadie se diera cuenta.
En la temporada 1995/96, en el ocaso de su prolongada relación contractual con adidas, Unión de Santa Fe rescató aquel modelo de la casaca ondulada de Estados Unidos y mal no le fue. Ese campeonato, el Tatengue se quedó con el Octogonal del Nacional B y ascendió a Primera luego de varios años de ausencia. Es más, tanto se copó el cuadro santafesino con la pilcha de 1994 que el arquero Juan Carlos Maciel atajaba con la suplente de Argentina.