Lucas Maximiliano Cantoro (El Torito)
Desde que Carlos Bianchi en el rol de entrenador inauguró su historia moderna, Vélez Sársfield es una institución que navega, cíclicamente, por períodos de lo más desiguales. Primero se forman equipos competitivos; luego crecen juveniles orgullosos; después se ganan títulos de diversas índoles; también se vende por millones de divisas; llegan refuerzos que destacan “lo prolijo del club” y cada acción que involucre su nombre es alabada con bonanza por esos amigos de todos nosotros, conocidos en los bajos fondos como: “los periodistas”.
Concluida esa etapa, claro, llega la otra. La que completa el círculo. Los jugadores de renombre huyen despavoridos, el dinero parece haberse esfumado, se cuestiona la realización de recitales en el estadio, los juveniles son insultados con furia por sus propios plateistas y, en consecuencia, no se logran resultados. La otrora institución modelo ahora es una zona arrasada por una bomba atómica donde solo sobreviven las cucarachas y El Poroto Cubero. Y así una vez… y otra vez… y otra vez… y otra vez… casi, casi como un país bananero; casi, casi como el nuestro.
En uno de esos inexorables contextos -los de desamparado- fue cuando en Primera División asomó su humanidad Lucas Cantoro, un cuarto volante o delantero por afuera de la categoría ’79, quien tuvo escasas chances de participar básicamente por la ausencia abundante y sonante del crudo y vil metálico.
Con un apellido familiar para El Fortín, ya que su hermano Mauro Roberto había iniciado “la dinastía reversa” para equilibrar la festejada aparición de los Zárate, Lucas Cantoro debutó en la octava fecha del Clausura ’99 beneficiado por que gran parte del plantel había caído intoxicado en Perú, tras jugar contra Universitario por la Copa Libertadores.
En aquella derrota frente a Unión en Santa Fe por 1 a 0, el Vélez de Eduardo Manera formó con -entre otros purretes- De La Fuente, Hernán Maldonado, El Doc Herbella, Esteban Bújan, El Roly Zárate y el paraguayo César Ramírez. Nuestro homenajeado ingresó a los 75 minutos por Juan Falcón y no llegó a compartir la cancha con su brother, quien había sido reemplazado 20 minutos antes por Andrés Montenegro.
Más de un año después, Lucas Cantoro tuvo otra oportunidad cuando fue titular en un empate 0 a 0 con Talleres de Córdoba que le puso los pelos de punta a Futbolistas Argentinos Agremiados ¿por qué razón? Por que el estatuto estipulaba que la mitad de los 16 jugadores por plantel que firmaban la planilla debían tener contrato profesional. Y Vélez sólo había presentado a seis (Chilavert, Cubero, Fede Domínguez, Morigi, Eduardo Domínguez y Rodrigo Marangoni) ¿El resto? Todos amateurs (Dudar, Esteban Buján, Falcón, Obolo, Leyenda, Herbella, Castroman, Ariel Ércoli, Pablo Armesto y, por supuesto, Cantoro).
Por tal razón, durante el resto del torneo Vélez tuvo que limitar el uso de juveniles y Lucas Cantoro vio reducidas sus posibilidades de actuar… era eso o esperar un contrato… y los papeles, en esa época del club, no se los iban a presentar jamás. Así y todo, pudo actuar en algunos minutos de otros tres encuentros hasta que, a mediados de 2001, se le otorgó la carta de libertad de acción.
Tras apenas tres encuentros en Racing de Montevideo (2001), Lucas Cantoro cruzó la mar (?) para encontrar estabilidad laboral, económica y deportiva convirtiéndose en un confiable artillero de la tercera, de la cuarta y de la quinta categoría del Calcio. Y así fue como cambió frenéticamente de camisetas siguiendo la ley del mejor postor: Monza (2002), Isernia (2002/04), Sansovino (2004/05), Foggia (2005/06), Padova (2006/07), Martina (2007), Paganese (2007/08), Cocenza (2008/09), Potenza (2009) y Pisa (2009/10).
Con la llegada de la nueva década recibió un llamado del baldosero Mauricio Giganti -ahora devenido en empresario- y viajó hasta Vietnam para jugar primero en Hanoi ABC (2011) y luego en Hanoi T&T (2011/13). Además, dejó algunas impresiones de su experiencia en aquel país asiático en el libro “Jugar en otro mundo” del autor Federico Cornali.
– “Una de las cosas que más aborrezco de Hanoi es la gente durmiendo o echada cuando entrás a cualquier local de venta al público. Pero me acostumbré y lo tomo como algo normal del lugar donde a uno le pagan para hacer lo que ama”.
– “Cuando jugamos de visitantes, los hinchas nos tiran piedras y nos quieren golpear. Acá hay mucha corrupción, pasan cosas raras y suelen agarrárselas con los extranjeros. Hay un par de canchas muy jodidas, a las que pocos quieren ir. La semana previa a esos encuentros bravos estamos plagados de lesionados y enfermos. Todo lo contrario sucede cuando jugamos en casa, en Hanoi. A la gente no le importa si ganamos, perdemos o nos pasa por encima un tren. Les da igual, van a la cancha a comer y a divertirse”.
– “A mis compañeros vietnamitas, si en el entrenamiento se les pide que hagan abdominales, pueden llegar a completar uno o dos movimientos; luego, se hacen los tontos y se alejan. Además, fuman antes y después del partido, sin esconderse de nadie. También chupan pocas horas antes de cada juego, sin medida. Eso sí, en el partido corren el doble que nosotros, que nos alimentamos a fruta y agua. No me quejo, acá tengo la seguridad económica que no me brindan ni Italia ni la Argentina.”
Tras un breve tiempo en el Quormi de Malta (2014), Lucas Cantoro regresó al ascenso profundo de Italia para jugar en Olympia Agnonese (2014/15) y, desde 2015, otra vez en Isernia, donde continúa parando la olla hasta el día de hoy sin que se le cruce por la cabeza retornar a la Argentina. Por que al final, todo en esta vida termina siendo siempre un asunto de guita. What a Wonderful World…



















