Panamá 1 – River Plate 0 (2006)

Y sí, claro… quienes también anduvieron lo más campantes por Panamá fueron el hábil José María Aguilar y el retornado Daniel Passarella, en un, según aquellos jerarcas responsables, viaje muy provechoso para todos los involucrados.

Y fue así que el 20 de mayo de 2006, el viejo y querido River Plate se presentó en el Estadio Rommel Fernández de la Capital de aquel país para enfrentar a la débil Selección local que dirigían los hermanos Julio César y Jorge Dely Valdés. Antes de comenzar el partido, Passarella saludó a ambos con cortesía y después se fue con mucho gusto y prisa a su banco.

Claro que ante tamaño compromiso contractual, El Kaiser alistó a lo mejor que tenía en aquel plantel. O sea, al debutante Juan Carlos Olave; Paulo Ferrari, Talamonti, Gerlo y Federico Domínguez (Mareque); Pusineri (Domingo), Jonathan Santana (René Lima), Augusto Fernández (Ricardo Villalba) y Rubens Sambueza; Gonzalo Higuaín y Gonzalo Abán (Gonzalo Ludueña).

Por su parte, los Barros Schelotto centroamericanos (?) formaron a: Oscar McFarlane; Felipe Baloy (Walter), Ubaldo Guardia, Carlos Rivera y Reggie Arosemena (Rodríguez); Alberto Blanco, Gabriel Gómez, Luis Henríquez y Ricardo Phillips (Harry Torres); Gabriel Torres (Manuel Torres), Luis Tejada (Gustavino).

¿El resultado? Victoria para los centroamericanos por 1 a 0 con un gol de autoría compartida entre Luis Tejada y Talamonti. Algo lógico, ya que nunca queda nada claro en Panamá. Igual, el resultado fue algo escueto y por momentos el partido fue un baile a favor del local, ya que la inexperiencia y la improvisación les impidieron a los jugadores de River crear algunas sociedades.

Encima, a los 80 minutos el arquero panameño le atajó un penal a Sambueza, quien  debió hacerse cargo del mismo ya que era el más experimentado de su equipo en la cancha y no pudo evadir esa responsabilidad.

En el aeropuerto, un día después, tras dar algunas vueltas por aquel paraíso, un envalentonado Passarella prometió ganar el campeonato siguiente y dejó otra una dudosa declaración: «tengo bien en claro que no quiero jugadores falopa». Daniel Alberto, el primero que perdió los papeles en Panamá.

Viola Mariano

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Mariano Gabriel Viola

¿Defensor? ¿volante? ¿futbolista? que integró uno de los equipos de Independiente más baldoseros de los últimos 15 años. Fue en el verano de 2005, en Salta y ante Boca Juniors, cuando Norberto Outes y Osvaldo Ingrao, en reemplazo de César Luis Menotti, lo tiraron a la cancha junto con C*rl*s F*rn*nd* N*v*rr* M*nt*y*, Leandro Pereyra, Leonardo Mussin, Rubén Salina, Martín Morello, Fernando Lorefice, Martín Fabro, Hernán Losada, Esteban Rivas e Ismael Sosa.

Esa noche, y pese al buen desempeño del Mono, el Xeneize, que contaba con el debut del Bombón Baiano, ganó 2 a 0 (tantos de Rodrigo Palacio y Luis Miguel Escalada) y a Viola le tocó bailar con la más fea por las embestidas del inoxidable brasileño, de Matías Donnet y, fundamentalmente, del Chelo Delgado.

Pasaron casi 4 años para que este lateral derecho categoría 1987, oriundo de San Nicolás, aplicado para la marca y con buena proyección (según sus propias palabras, claro) tuviera otra oportunidad. Esta vez por los puntos. En el medio, había sido marginado del plantel profesional tras actuar largo y tendido en Reserva.

Cuando todo parecía perdido, Rubén Tanucci y Pepé Santoro lo sacaron del letargo y le devolvieron la confianza. “Tanucci será uno de los responsables si es que me toca jugar porque él me dio la posibilidad de, cuando estaba separado del grupo, jugar con la reserva. El Tano influyó mucho como Pepé y esto es algo que todavía no caigo. Como todos dicen, no hay que dejar que pase el tren y, si bien soy un pibe, ya tengo veintiún años y estoy esperando este momento desde hace mucho. Lo que menos quiero es dejarlo pasar, el domingo hay que ganar cueste lo que cueste y dejar una buena imagen a la gente”, decía en la previa de su estreno oficial.

El panorama del Rojo era bastante oscuro: peleaba con Rosario Central y River Plate para no terminar último en el Apertura 2008. Para colmo, por la penúltima fecha visitaba en el Nuevo Gasómetro a San Lorenzo, que luchaba cabeza a cabeza con Boca y Tigre por el título. El Ciclón fue demasiado para la defensa compuesta por Viola, un robusto Ángel Puertas, Juan Caracoche y Lucas Mareque y se quedó con los tres puntos con un 4 a 1 contundente.

Pese al cachetazo, Viola volvería a ser titular en la última jornada, en cancha de Racing ante Arsenal de Sarandí, en otra derrota por 2 a 1. Aún así, Pepé, que bramaba desesperado por refuerzos, lo llevó a la pretemporada de 2009, en la que alternó malas con cagadones, como el que terminó en el empate de River en Mendoza.

Ya sin Santoro y con el Tolo Gallego sentado en el banco de suplentes, Viola comenzaría a despedirse del conjunto de Avellaneda. En la fecha 11 del Clausura 2009 jugó ante Argentinos Juniors (empate 1 a 1), reapareció una semana más tarde ante Tigre en la victoria por 4 a 1 y cerró su ciclo en la jornada 14 ante Estudiantes de La Plata con un 1-5 en contra en el Tomás Adolfo Ducó. Ya había sido suficiente.

A mediados de 2010 se sumó a un Tiro Federal de Rosario que venía complicado con el promedio del descenso en la B Nacional. Un año después, el décimo noveno lugar con 37 puntos lo obligó a jugar la siguiente temporada en el Torneo Argentino A.

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Sin embargo, Viola se quedaría en la segunda categoría del fútbol nacional. Osvaldo Ingrao se había hecho cargo del recientemente descendido Gimnasia y Esgrima La Plata (2011/12) y lo pidió ante la imposibilidad de contratar al paraguayo Víctor Ayala.

El ciclo de Ingrao al frente del Lobo platense se terminó demasiado rápido, tras nueve partidos (dos victorias, dos empates y cinco derrotas -cuatro consecutivas-) y Viola pasó de ser la primera alternativa a Milton Casco a ni siquiera figurar entre los convocados. Con la llegada de Pedro Troglio, el ex Independiente tuvo que batallar bastante para tener oportunidades y fue uno de los primeros en abandonar el barco tras el magro noveno puesto de aquella temporada.

Lejos de los flashes del fútbol televisado, en los últimos años se lo vio defendiendo los colores de Belgrano de Arequito (2013/14), 9 de Julio de Arequito (2014) y Atlético Pujato (desde 2015) en la siempre pintoresca Liga Casildense.

Defensa y Justicia sin marca (1999)

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Pocos clubes pudieron zafar de la camiseta de tela brillosa, símbolo inigualable de la truchez noventosa. Ni siquiera el Real Madrid del período 1998-2000, aunque claro, ahí esa estética adquirió el estatus de glamorosa.

Por esa misma época, pero con mucha más precariedad, Defensa y Justicia tuvo una casaca de ese estilo y sin marca en el frente, ya que había dejado de utilizar Lotto y se preparaba para ser vestido por Olan en la temporada siguiente.

Con la pilcha de escudo sublimado, el Halcón de Varela eliminó a Cipolletti de Río Negro (que también jugó con una camiseta brillosa sin detalles) con Gonzalo Pavone como figura y disputó las semifinales del Reducido por el segundo ascenso, quedando eliminado ante Chacarita.

Deformaciones: Textil Mandiyú (2014)

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¿En qué te has transformado, Mandiyú? ¡¿En qué te han transformado?! Ese tipo de preguntas podrían haberse escuchado tranquilamente en el programa Corrientes Debate (?), pero no. Tan sólo forman parte de una sensación generalizada que trasciende las fronteras de la provincia, porque buena parte de la población futbolera no entiende qué fue lo que pasó con aquel viejo equipo que hace poco más de dos décadas participaba de los torneos de Primera División.

Allá por 1995, el Mandiyú de Goycochea, Marinilli, Umpiérrez, Alvarenga y los hermanos Bernuncio, descendió a la Primera B Nacional, después de 7 años en los que hizo un digno papel y no hablamos de Maradona, que también tuvo su ciclo como entrenador.

Fundida económicamente y sin dirigentes que se hicieran cargo, la institución rechazó su lugar en el Nacional B y fue desafiliada de la Liga Correntina. Su plaza en la segunda categoría fue tomada por Huracán Corrientes, que en apenas un año subiría a Primera (y bajaría al toque, claro) con Zaccanti haciendo su clásica pose.

¿Y qué pasó con Mandiyú? Estuvo muerto durante 16 años. Recién en 2011, el club pudo volver a jugar en la Primera B de la liga local, escalando categorías hasta llegar, como máximo, al Torneo Argentino B. En 2016, quedó afuera de primera fase de playoff del Federal C. Pero atención, porque esa es sólo una parte de la historia.

En diciembre de 1998, un grupo de hinchas algodoneros fundaron otro club para rendirle tributo al ya desaparecido Mandiyú. Le pusieron Deportivo Textil, aunque luego se le agregó el Mandiyú. ¿La camiseta? Verde con vivos blancos, como el original.

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Todo se hizo más confuso cuando, en 2012, se tuvieron que enfrentar por primera vez en la Liga Correntina. Deportivo se impuso 1 a 0 sobre Textil, iniciando el clásico de los Mandiyúes. Una cosa de locos.

Ahora que ya todos sabemos quién es Textil Mandiyú, es buen momento para recordar lo que pasó en 2014, con uno de los rejuntados más baldoseros y escandalosos que se hayan visto en los torneos de ascenso.

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Todo comenzó cuando el Presidente del club, Jorge Abib, quiso armar un plantel súper competitivo, o al menos con nombre de peso, para afrontar el Torneo de Transición del Federal A que otorgaba 7 lugares en la B Nacional de 2015. A través de un grupo empresario, llegó el experimentado entrenador Oscar Cachín Blanco junto a su ayudante Daniel La Chanchita Albornós, y con ellos más de 20 refuerzos, algunos estelares. ¿Quiénes? Rodrigo Mannara, Damián Cebolla Giménez y Matías Villavicencio, entre los más conocidos, pero también otros como los arqueros Marcos Argüello, Cristian Mazzón y Emanuel Guirado; los defensores Nicolás Demaldé, Franco Turus, Nicolás González, Ariel Martínez y Patricio Grgona; los volantes Jonathan Belforte, Federico Iñiguez, Pablo Retamar, Carlos Sotelo, Jorge Alejandro Fernández, Braian Romero y el interminable Gustavo Britos; los delanteros Facundo Pumpido, Cristian Girard y Marcos Báez. Además, ya estaba el brasileño Erivaldo De Souza (que había rebotado en una prueba en Boca Juniors), asomaba la promesa Aldo Araujo y había regresado el colombiano Ariel Ramírez Riasco.

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Durante la primera semana, el panorama ya era desolador. A los jugadores los hacían correr por la costanera. Tenían palmeras, heladerita (?), todo, pero no una cancha para hacer fútbol. Para peor, habían conseguido unos amistosos en ciudades vecinas, pero no había bondi para viajar. Y eso que los que ponían la plata para el proyecto eran capos de empresas de transporte. Insólito.

Los primeros en bajarse fueron Braian Romero y Facundo Pumpido, dos que el DT había rescatado de Acassuso. No arreglaron el contrato y se fueron de Corrientes. Y bien que hicieron: uno pasó al año siguiente a Colón de Santa Fe y el otro en el Racing de Santander, tras un préstamo en San Martín de San Juan. Pero el resto de los refuerzos, se quedaron a pelearla.

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El debut de Los Galácticos de Algodón se produjo ante Atlético Paraná, en Entre Ríos. Y no pudo haber sido peor: después de haber salido como unas fieras enjauladas al campo de juego, tuvieron que volver al vestuario porque… ¡se habían olvidado de firmar la planilla! ¿Falta de experiencia? Imposible. Entre los 11 titulares sumaban 340 años. Sí, sí, casi 31 años el promedio de edad.

Pese a las mil batallas en el lomo, ese día fueron cagados a pelotazos y perdieron 1 a 0. La sacaron barata.

Las cosas no mejorarían con el tiempo. Tras caer 1 a 0 ante Juventus Unida y empatar 0 a 0 con Gimnasia de Concepción del Uruguay, recién en la cuarta fecha los correntinos se desvirgarían en el arco de enfrente, en la victoria 2 a 0 contra Sol de América. Pero fue sólo un espejismo en medio del desierto.

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Luego llegaron más resultados adversos que complicaron una campaña que, si bien tuvo momentos de recuperación, lejos quedó de aquel horizonte de ascenso. Y eso repercutió de la peor manera.

A finales de octubre de 2014, los futbolistas fueron apurados por los barras, que llegaron a golpearlos y les dejaron un mensaje: «Hay que ganar. Dejen la joda». Hasta ahí, parecía la típica apretada a la que estamos acostumbrados. Pero había algo más detrás de todo eso.

Dos semanas más tarde, Textil Mandiyú todavía mantenía las chances de ascenso. Jugaba la última fecha como local y estaba entre los clasificados a la segunda fase. ¿Su rival? Sarmiento de Resistencia, el último de la tabla. Sólo había que ganarle para seguir avanzando, pero ocurriría algo impensado. Los chaqueños golearon 4 a 1, dejando afuera de todo a los correntinos y desatando el escándalo.

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Pocos dias más tarde de aquel partido, un grupo de 30 personas entraron en plena madrugada al edificio donde vivían 15 de los futbolistas, para golpear puertas, revisar bolsos, amenazar, llevarse pagarés y sustraer pertenencias de cada uno de ellos. ¿La intención? Que no cobraran el mes de noviembre, porque no habían ascendido.

Algunos, totalmente asustados y sin entender lo que estaba pasando, llegaron a tirarse por los balcones. Otros, un poco más despabilados, se percataron de algo tremendo: el que acompañaba a estos barras no era otro que el mismo Jorge Abib, el Presidente del club. Esto fue denunciado en la Comisaría por el delantero Gustavo Britos, a quien le habían robado la billetera.

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Rodrigo Mannara, mientras tanto, decía: «si el Presidente se maneja así estamos muy mal, nos dijo que querían los documentos, no pueden pasar esas cosas, que el presidente vaya a apretar a los jugadores es algo que nunca vi, nunca me pasó esto. Me voy muy triste, me voy para Buenos Aires porque quiero estar con mi familia, con Abib nunca tuvimos trato, pero ayer estaba muy desconocido, la verdad me duele, llamamos a la Policía, vinieron y a los seis minutos se fueron, acá no hay ninguna interna en el plantel, estamos mas unidos que nunca».

«Jorge Abib fue el peor presidente que tuve, no teníamos agua para tomar, no comíamos bien, entrenábamos mal, no teníamos colchón para dormir, éste equipo tiene que cambiar primero de Presidente, comíamos pero quedábamos con hambre, él definía que era lo que comíamos, él era todo, técnico, médico, nutricionista pero me voy, me cansé, con los chicos que somos de Buenos Aires nos vamos».

El Presidente, mientras tanto acusó a los jugadores de borrachos, aclaró que Grgona había sido su mediador en esa nefasta noche y hasta dijo que Damián Giménez «le robaba comida a la cocinera» (?).

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Fue así que todos cargaron sus cosas (frutillas incluídas), se volvieron a sus casas y nunca más se pusieron la camiseta de Textil Mandiyú. Y mucho menos la del viejo y querido Deportivo Mandiyú, que no tardó en despegarse del asunto…

 

 

 

Fernández José Antonio

José Antonio Fernádez (El Pequeño Chilavert)

Oscilando entre un charlatán de feria con un genio incomprendido y estando ante la impensada posibilidad de su vida, el entrañable Profesor Daniel Córdoba tuvo un, llamémosle, llamativo criterio para armar el plantel de Estudiantes de La Plata de cara al Apertura ’97.

Terminado el romance inicial con la parcialidad Pincharrata y tras sufrir algunas ventas que el propio entrenador atribuía al valor agregado de su gestión, El Profe se las tuvo que arreglar con algunos refuerzos que “estaban rotos y de vuelta” como El Negro Villarreal y El Beto Carranza; muchos pibes de inferiores a los que les faltaban un par de vueltas de horno y algunos juveniles a quienes había hallado en las largas horas dedicadas a mirar por televisión los torneos juveniles internacionales de aquel año. Y así Córdoba se encontró con los jóvenes paraguayos Raúl Basilio Román y José Antonio Fernández, de quien hablaremos en esta ocasión.

Nacido el 23 de enero de 1979 en Asunción, este arquero fue comparado desde sus comienzos con el legendario José Luís Félix Chilavert por su dominio del área, por detener y patear penales, y por el hecho de haber debutado con tan solo 15 años en la primera de Nacional de su país. Estas condiciones le valieron el lugar de suplente de Justo Villar en la lista de la Sub-20 paraguaya que viajó a Chile para disputar el Sudamericano en el verano de 1997.

Una oportuna lesión de Villar promediando la Primera Fase le otorgó a Fernández la chance de atajar durante el resto del torneo, en el que Paraguay consiguió un lugar en el Mundial de Malasia ’97. Y no solo eso, El Pequeño Chilavert además fue incluido en el equipo ideal de dicho certamen junto a, entre otros, el chileno Pablo Contreras, los uruguayos Martín Rivas y Nicolás Olivera, el venezolano Daniel Noriega y los argentinos Aimar, Riquelme y Samuel.

Sin embargo, aquella gran actuación no alcanzó y Fernández volvió a ser suplente en la Copa del Mundo. Comprensible si se tiene en cuenta que Villar era dos años mayor y que El Pequeño Chilavert se vislumbraba como el titular para la siguiente generación. Después de Malasia, donde su equipo llegó a Cuartos de Final, el arquero se mudó a La Plata para tener, durante un año, una feroz competencia con Sebastián Andersen, Diego Ezquerra y Nicolás Tauber por atajar en los preliminares.

A mediados de 1998 se venció el préstamo que vinculaba a Fernández con Estudiantes y el club, a instancias de Patricio Hernández, decidió no hacer uso ni de su opción ni la de Raúl Basilio Román. De regreso en su país se unió a Sportivo Trinitense (1998/2003) que, si bien era un equipo del ascenso, al menos le aseguraba titularidad. Entremedio atajó en el Sudamericano Sub-20 de Mar del Plata, pero se perdió el Mundial de Nigeria ’99 por lesión.

En enero de 2003, José Antonio Fernández fue asesinado a puñaladas por una pandilla de cinco individuos que lo habían reconocido y que habían comenzado a increparlo “por diversión”. Tenía 23 años y contaba como un tesoro los años compartidos junto a Hernán Florentín, Derlis Florentín, Julio González y Salvador Cabañas. Lastimosamente…