Fuera de Stock: Gol Show – Hacele un gol a Chilavert

En el último trimestre de 1996, cuando ya había transitado tres décadas en esta Tierra, el arquero paraguayo José Luis Félix Chilavert González había logrado algo que, en la teoría, está reservado para personas que aún no han llegado a la flor de la vida: ser un auténtico número uno con una magnífica trayectoria, un presente brillante y todavía mucho para brindar en el futuro.

Campeón argentino, de América y del Mundo con Vélez Sarsfield; máximo referente de la Selección de su país y galardonado como El Mejor Guardametas del Planeta en 1995 por la IFFHS, El Chila había conseguido un reconocimiento tardío y a regañadientes del medio futbolístico y también de parte de la sociedad Argentina que, sin embargo, en ese momento no se quería percatar que estaba ante la presencia de un verdadero mito viviente.

Es que convivían sensaciones ambiguas en torno a la inmensa figura del Guerrero Guaraní que, dentro de las cabezas de muchas personas, actuaban como el diablito y el angelito que le tiran consejos al Pato Donald (?). En el haber estaban: sus goles a River, sus tantos a Boca, sus anotaciones ante la Argentina, sus gloriosas atajadas, el hecho de ser el orgulloso embajador paraguayo por excelencia en una nación donde vivían (y viven) millares de sus coterráneos, el lograr que un club periférico de la Capital tenga más Copas internacionales que hinchas y su influyente personalidad, entre tantos otros méritos…

Por el otro lado, el supuestamente negativo, podemos contrastar básicamente lo mismo: sus goles a River, sus tantos a Boca, sus anotaciones ante la Argentina, sus atajadas perjudiciales para las mayorías, el hecho de ser el orgulloso embajador de un país mirado en forma principalmente peyorativa, el haber ayudado a los dirigentes del Fortín a sentarse en la mesa de los grandes y, por supuesto, su influyente personalidad, que lo llevaba a vociferar cosas tales como: “tú no has ganado nada”, “los jugadores que van a la TV por un sueldo me dan lástima, matarían a la madre por plata”, “Amadeo Carrizo atajaba en una época donde los delanteros se mataban con pastas y vino. Me da risa”, “yo de los mediocres no hablo” por Navarro Montoya y “habría que crear un campeonato para la gente normal y otro para los drogadictos” en relación a Diego Maradona, entre tantas otras palabras. Ojo, a veces escupía a Martín Ciccioli y todos festejaban…

Como fuese, ese otro moldeador fundamental de la esencia nacional de los últimos treinta años además de gran conocedor de los gustos y necesidades de las masas, llamado Marcelo Tinelli, olfateó la oportunidad al vuelo y así nació: “Gol Show – Hacele un gol a Chilavert”. Ahora todos tendrían la posibilidad de poner de rodillas al coloso en primerísimo Prime Time.

La mecánica era simple: había que recortar y llenar un cupón que venía en la revista El Gráfico, enviarlo a una dirección postal o depositarlo en la urna que estaba en tu kiosco amigo (?) y, si un jueves El Cabeza de Bolívar agarraba tu sobre, automáticamente te ganabas dos abonos anuales en platea para ver a tu equipo favorito.

Después, claro, venía lo mejor. En un arco con medidas reglamentarias tenías la chance de patearle un penal a José Luis Chilavert y, si lograbas convertirlo, te hacías acreedor de un departamento de tres ambientes en una confortable zona de Buenos Aires. O sea, un penal al dogor por una casa para toda la vida…

Por supuesto, esto último no era tan simple. El participante debía poseer un teléfono digital y la pelota en cuestión, impulsada por una especie de cañón, saldría con una potencia inherente al tono elegido. La modalidad era cuanto menos sospechable, acorde a la mayoría de los productos rubricados por Tinelli.

Así las cosas, pasó una semana, pasaron dos, pasaron tres, cinco, siete y nada. Ni un gol ni un derpa, nada. Por ahí le hicieron uno y todos rieron. Después le hicieron otro y algunos se preocuparon. Hasta que un fatídico jueves de diciembre le convirtieron a Chilavert tres goles seguidos, algunos de pelotudísima factura, y ahí se acabaron las risas. Sobretodo las de Saladix, la empresa que ponía la tarasca para pagar los inmuebles…

A la semana siguiente, Chilavert desapareció definitivamente de El Show de Videomatch acusando una lesión que, sin embargo, no le impidió atajar contra Bolivia en la altura de La Paz por Eliminatorias.

En su reemplazo ingresó su archirival, Carlos Fernando Navarro Montoya -quien recientemente había sido echado de Boca por el tema de las camisetas pero a los ojos de la gente bien al menos sí deseaba ser Argentino- y los departamentos mutaron en autos cero kilómetro. Por que el uno a uno daba para cualquier cosa, pero tampoco eran tan boludos…

El Gol Show finalizó -sin volver a ser mencionado y sin aviso a quienes habían enviado sus sobres- dos semanas después, cuando El Mono fue transferido al Extremadura de España. Así y todo, cinco familias en cinco departamentos de Capital Federal hoy tienen donde no los moje la lluvia y también donde caerse muertos gracias al inmortal Guerrero Paraguayo… o al menos, eso fue lo que nos hizo ver Marcelo Hugo Tinelli.

Racing de blanco (1978)

racing1978blanca

La primera camiseta de Racing Club, allá por 1903, fue completamente blanca para abaratar costos, según cuenta la historia. En aquellos primeros años de vida, el uniforme de La Academia fue mutando hasta encontrar su versión definitiva, con bastones albicelestes.

Sin embargo, son pocas las veces en las que Racing volvió a la pureza de esa prenda. Ni siquiera a modo de homenaje o para explotarlo comercialmente, como se hace con tantos diseños alternativos.

racing1978

La última casaca más o menos parecida a la de sus comienzos fue la que utilizó en 1978, de la marca Olimpia, con un cuello celeste que le recordaba a la gente que estaba viendo a Racing y no al Santos de Brasil (?).

Con esa camiseta, el equipo de Cejas, Killer, Barbas, Olarticoechea y el Ropero Díaz, por ejemplo, empató 2 a 2 en sendos partidos con el Chacarita de Ischia y con el Argentinos Juniors de Maradona en el Torneo Metropolitano.

Luego, en los años 80 e incluso en 1998, vendrían algunos pocos diseños con el blanco como color principal, pero ninguno tan inmaculado como aquel.

Gracias a Museo Racing

Pasquinelli Fernando

Fernando Adrián Pasquinelli (El Máquina)

Además de ser una de las eternamente postergadas estrellas de las inferiores de Boca Juniors de finales de milenio –de aquellas que el viejo Suplemento partidario del Diario Deportivo Olé nos presentaba semanalmente- éste centrodelantero tiene el privilegio de ser el primer jugador nacional que le vio la cara al modernismo, aunque, por supuesto, tanto él como el resto de la humanidad lo ignorábamos en aquel momento.

Nacido en Cañada de Gómez (Santa Fe) el 13 de marzo de 1980, Fernando Pasquinelli llegó a las inferiores Xeneizes promediando su adolescencia, tras destacarse en algunos equipos de un pueblo que sólo posaba sus reflectores sobre el básquet.

Con Oscar Regenhardt como entrenador y codo a codo con Nicolás Xicoy, El Chori Méndez, Christian Jara Lunghi, Carlos Quiñónez, Marco Bahamonde, Carlos Marinelli y Facundo Bonvín, entre otros, Pasquinelli brilló en aquel recordado Sub-19 bostero que participó en la Milk Cup y que realizó varias giras en buen nivel por el viejo continente. Esto logró que varios agentes y reclutadores posen sus ojos sobre algunas de estas jóvenes figuras quienes, seducidas por la oportunidad, se fueron a Europa a boicotear sus prometedoras carreras.

El Leicester de la Premier League de Inglaterra (2000) ofreció llevarse durante dieciocho meses al pibe a préstamo con opción y El Cartonero Macri, aferrado a aquella vieja ambición de “abrir nuevas fronteras” desde lo económico pero no desde lo emocional, le dio al Máquina Pasquinelli la despedida al instante. Una vez en el Reino Unido, el atacante actuó a la reserva de The Foxes pero no llegó a debutar con el primer equipo ya que Martin O´Neill, el técnico que lo había pedido, fue cesanteado algunas semanas después.

Con la llegada de Peter Taylor, nuestro homenajeado fue enviado de regreso a la Argentina. Apenas habían transcurrido seis meses desde su llegada. Al menos pudo compartir entrenamientos con el arquero Tim Flowers, con el jamaiquino Frank Sinclair y con el quilomberísimo Stan Collymore, entre otros.

Él estuvo allá y le dice «Leicester City» no «Leister», caretas…

Tras seis meses entrenándose en Boca (2000), Carlos Bianchi se percató de su presencia pero solo para avisarle que no lo iba a llevar a la pretemporada. Por tal razón, el delantero aceptó pasar a préstamo al Motagua de Honduras (2001) junto a sus compañeros Federico Carballo y Gastón El Gula Díaz. Lamentablemente, pocas semanas después los tres jugadores se volvieron rápido al país cuando fueron acusados de golpear a varias mujeres en un bar, entre ellas a la hija de un reconocido diputado catracho. Y todo por no Drinkwater (?).

De regreso en Boca, Pasquinelli fue dejado libre y -con el pase en su poder- estuvo a préstamo en San Telmo (2001/02) y en Temperley (2002) de la Primera B. Luego retornó al Reino Unido, más precisamente a Escocia, beneficiado por que en el país de las polleritas siempre se le presta particular atención a todo aquel que haya pasado por Inglaterra. El Máquina convirtió 4 goles en el Livingston (2003/04) y luego pasó al Abeerden (2004), equipo que le rescindió el vínculo tan solo seis meses después de haberlo contratado.

De vuelta en el país se le abrió la chance de jugar el Nacional B parar Talleres de Córdoba (2005/06) pero en un amistoso frente Nacional de Medellín, Gerardo Bedoya le abrió los ligamentos cruzados de una pierna y Pasquinelli estuvo más de diez meses intentando recuperarse. Volvió recién en 2007 jugando un semestre para Temperley y luego se estuvo entrenando con Platense pero no lo contrataron por un tema presupuestario.

Liga de Portoviejo de la Segunda de Ecuador (2008), además de Sarmiento de Junín (2008/09 y 2010/12), Tristan Suárez (2010) y Barracas Central (2012/13) de la Primera B, fueron los lugares donde Pasquinelli continuó jugando a la pelota. A finales de 2013 El Máquina decidió ponerle punto final a su trayectoria después de seis meses en Primera C con la camiseta de San Telmo. Una lástima el desbarranco final. Al menos, hasta los 25 años de ambos, Fernando Pasquinelli hizo una carrera mucho más impresionante que la de Jamie Vardy…

Selección de Nueva York 1 – Vélez 3 (1931)

velez nueva york

La visita los argentinos a la ciudad de Nueva York fue un verdadero suceso. Corría la década de los 30 y era la primera vez que llegaban a Norteamérica, precedidos de un gran éxito en nuestro país. El hecho de encontrarse con costumbres y un idioma diferente no fue impedimento para que conquistaran esas tierras y dejaran una huella imborrable. Hablamos de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, por supuesto. ¿O creían que con Vélez Sarsfield pasó algo parecido?

La imagen corresponde al saludo de los capitanes previo al amistoso jugado frente a una Selección de Nueva York, el 21 de febrero de 1931. El Fortín se encontraba en un recorrido por toda América, que lo llevó a jugar partidos en Chile, Perú, Cuba, México y Estados Unidos.

En total, disputó 25 encuentros, con 19 triunfos, 5 empates y sólo una derrota. Una de las victorias fue ante este combinado neyorquino, con goles de Bernabé Ferreyra, Francisco Varallo y Roberto Devoto. Y no, no hay error en los primeros nombres: tanto El Mortero de Rufino como Pancho fueron cedidos por sus clubes (Tigre y Gimnasia) para que participaran de la maratónica gira.

Trapasso: «Gracias, Choy»

Las gastadas eran las mismas de ahora, pero en otro formato. Las redes sociales recién arrancaban y no eran populares. Casi nadie tenía Facebook. Ni hablar de Twitter. Los paints marginales circulaban por mail y todavía no habían ocupado el lugar que habían dejado los afiches de verdad, esos que Boca y River se pegaban en las calles después de cada éxito o derrota a fines del siglo pasado. Había una forma de cargar al rival y eso era a través de una bandera. Una palabra, una frase, una ocurrencia. Cualquier cosa que fuera hiriente podía ser contundente en un trapo bien colgado. Pero había que tener timing, claro.

Nos situamos en diciembre de 2006. Boca Juniors se encaminaba hacia el tricampeonato local, con 4 puntos de ventaja sobre Estudiantes de La Plata, cuando quedaban 6 en disputa. Parecía un trámite para Ricardo Lavolpe, quien había asegurado que a su equipo lo podía dirigir desde un helicóptero. Y casi que lo tuvo que pedir…para irse.

belgranogol

En la fecha 18, el Xeneize tuvo la posibilidad de consagrarse en Córdoba, pero por culpa de un gol de Franco Peppino cayó 1 a 0 con Belgrano. Al mismo tiempo, en La Paternal, Estudiantes le ganaba 2 a 1 a Argentinos Juniors con un gol de Juan Sebastián Verón muy cerca del final. El Pincha quedaba a 1 punto de Boca y se acercaba a algo que parecía impensado…pero el partido no había terminado.

A los 46 minutos del segundo tiempo, un centro del Bicho terminó en la cabeza de Gonzalo Choy González para decretar el 2 a 2 que dejaría absorto al Cholo Simeone. No sólo el DT de Estudiantes vio cómo se le escurría el sueño de campeonato en pocos segundos, sino que además los hinchas platenses tuvieron que sufrir el festejo alocado del jugador uruguayo con pasado en Gimnasia, el eterno rival. Fiesta en el Bosque.

graciaschoy

El torneo debía definirse una semana más tarde, en la jornada 19. Boca, con 3 puntos de ventaja sobre su perseguidor, tenía todo servido para anotarse una estrella más. Hasta los pósters de tri campeón estaban preparados. No, no los virtuales, los de verdad.

El sábado 9 de diciembre, el Lobo recibió a Argentinos Juniors en pleno estado de éxtasis. No, no había nada que celebrar. O sí. Un ex jugador del Lobo le había arruinado el campeonato al Pincha. No estaba confirmado aún, pero ¿quién podía pensar lo contrario? No había tiempo para ser precavidos. Había que celebrar, era la última fecha del torneo. Había que olvidar el 7 a 0 del mismo torneo. Se venía Nochebuena, se venía Navidad. Y Papá Noel traía un regalo.

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A los carteles de agradecimiento por parte de la gente, se le sumó una plaqueta por parte de la dirigencia. ¿¡Qué!? Sí, señor. Una plaqueta donde se lo reconocía por su pasado tripero (de 2001 a 2004). Y en ese marco lo felicitaron, además, por su tan valiosa conquista. Todo esto, acompañado por una (o en realidad, más de una) bandera con una leyenda que pasaría a la historia: «GRACIAS, CHOY«.

Encima, esa noche Gimnasia ganó 1 a 0 en el Estadio Único. Parecía un fin de año redondo, pero al otro día…

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En el miso lugar donde el Lobo había celebrado anticipadamente, el León hizo su trabajo, venciendo 2 a 0 a Arsenal. Al mismo tiempo, debía esperar una mano de Lanús en la Bombonera. E increíblemente eso sucedió: Boca cayó 2 a 1 y llevó la definición a la cancha de Vélez, tres días más tarde.

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Lo que pasó después es historia conocida: Estudiantes le ganó a Boca por 2 a 1, con goles de Sosa y Pavone. Dio la vuelta olímpica y tuvo tiempo tiempo de devolver la gastada con un trapo que decía «Gracias, Choy, ja ja ja».

Mucho más cruel y efectivo que un paint con 3.000 likes.

Voy al Arco: Mauricio Pineda (1998)

Estaba contento Héctor Mauricio Pineda. Apenas una hora atrás le había convertido -jugando para la Selección Argentina- un gol a Croacia por el Tercer Partido de la Primera Ronda del Mundial de Francia y recordaba ante los periodistas que ni a palos se imaginaba ese presente en los primeros días de aquel lejano 1998. De hecho, hasta visualizaba uno muy distinto ya que, relegado en Boca, estuvo hasta a punto de caerse su pase al Udinese italiano.

“Informe médico negativo por un hígado en pésimo estado castigado por el consumo intenso de frituras más colesterol llamativamente exagerado para una persona de 22 años” decía el estudio de los galenos tanos que desaconsejaban su contratación. “No sé como los convencí que no tenía nada (?)… pero ahí nomás me sumé al equipo y jugué de todo… de lateral derecho e izquierdo… de volante por derecha y por izquierda también… hasta en un partido me pusieron de delantero”, se emocionaba Pinedita en Burdeos.

Lo que el lateral no contó aquella vez, claro, fue que también accedió a la bizarreada de atajar para el equipo friulense con tal que no le tirasen la bronca por su adicción a las sopaipillas y a las chimichangas. Aquello ocurrió el 19 de abril de 1998, en plena ebullición de la confección de la lista mundialista, cuando su equipo visitó al Inter de Milán en el estadio Giuseppe Meazza.

El Udinese, utilizando la vieja y querida metodología de «colgarse del travesaño», había aguantado el empate hasta los 80 minutos, cuando el francés Youri Djorkaeff abrió el marcador de un cabezazo. Con los visitantes adelantados algunos metros, al querido Gordo Ronaldo le quedó bastante espacio para una de sus épicas corridas que, lamentablemente, fue cortada con una mano del arquero Luigi Turci afuera del área. Roja para el portero y tiro libre para El Fenómeno

Con el Udinese sin cambios y pese a que era el más petiso de su equipo, a Mauricio Pineda no le quedó otra que tomarse un Uvasal, ponerse el buzo, calzarse los guantes y pararse debajo de los tres palos a esperar la ejecución del tiro libre. Cosas que tiene que soportar el nuevo chico en la cuadra…

¿A vos te parece reírte de esa manera?

El Inter ganó finalmente aquel partido por 2 a 0 y, mientras permaneció en Udinese, no volvió a haber muchas más novedades de Mauricio Pineda ni tampoco de su hígado, que, en líneas generales, es una basura tan traicionera que en las carnicerías te la dan para que se la coma el gato…