
Diego Marcelo Ortega (El Chino)
Los que lo vieron jugar en Reserva o los que tuvieron la oportunidad de compartir un rato de cancha con él lo recuerdan como uno de los mejores de su camada, la 91 de River Plate. Tenía condiciones y, para colmo, un apellido ilustre. Pero, como decía Tu Sam, puede fallar: apareció en el peor momento institucional/deportivo del Millonario y tuvo la desgracia de desperdiciarse a la par de varios de sus compañeros, absorbidos por la necesidad imperiosa de pelearle cada milésima al promedio del descenso.
Diego Marcelo Ortega nació en Villa Jardín, una de las zonas más picantes de Lanús, el 5 de septiembre de 1991 y desde los 9 años fue haciendo el típico caminito a Primera, siempre con la camiseta de la banda roja, actuando generalmente como enganche o doble cinco.
En 2008, cuando jugaba en las divisiones inferiores del cuadro de Núñez, fue sparring de la selección argentina que dirigía Alfio Basile. En una práctica, el Coco lo mandó a la cancha junto con Agustín Orion; Pablo Zabaleta, Fabricio Coloccini, Daniel Díaz y Luciano Fabián Monzón; Leandro Somoza, el Cuchu Cambiasso y Pablo Barrientos; Francisco Grahl (un pibe de Almirante Brown que luego pasó por Boca y ahora está en Atlético Tucumán) y Ángel Di María.
A comienzos de 2010, tras un puñado de campañas en Reserva, Leonardo Rubén Astrada lo citó a la pretemporada. Por aquel entonces, el Chino se inspiraba en Ariel Arnaldo Ortega, que volvía al club de sus amores para aprovechar su último rato de curda cuerda. «Mi sueño es jugar en la Primera, al lado de Ariel. Es mi proyecto», decía el chico que no llegaba al metro setenta. «Tuve la oportunidad de tirar algunas paredes, je. El me gritaba ‘Negro, Negro’, nada más. Después no pude hablarle. Es que me da vergüenza. Hace muchos años sólo le pedí un autógrafo. Nunca me dio para animarme a una camiseta. Que él haya vuelto al club me genera más ganas para jugar».
Quiso el destino que tras el debut con derrota ante Racing, Astrada hiciera varios cambios para enfrentar a Independiente, por la segunda fecha del torneo de verano, en Salta. Esa noche, como partenaires del Burrito, salieron a la cancha un montón de purretes que sumaban sus primeros minutos entre los grandes. Quiso el destino también, bastante puto a veces, que el encargado de reemplazar a Ortega promediando la etapa final fuera, sí, Orteguita, en su único partido con la casaca del Millonario. Encima, sesenta segundos después de su ingreso, Ignacio Piatti marcó el 3 a 2 definitivo para el Rojo. Unos días más tarde, el pibito vio desde el banco de suplentes cómo River vencía a Boca por penales.
Desde entonces y hasta su despedida, fue marginado por Astrada, Ángel Cappa, Juan José López y Matías Almeyda, limitando su participación a algunas prácticas junto con otros juveniles que tampoco pudieron hacerse un hueco en esa época de mierda, como Sebastián Silguero, Santiago Gallucci Otero, Facundo Quignon, el camerunés Many Essomba o el propio Gustavo Bou.
Ya consumado el descenso, le dieron vía libre. Pedido por Cacho Sialle, pasó a préstamo a Guillermo Brown de Puerto Madryn (2011), que la temporada anterior había conquistado el ascenso a la B Nacional y que justamente sería uno de los verdugos de River en ese viaje a tierras desconocidas, quedándose sobre la hora con un empate histórico en pleno estadio Monumental. Ojo, Ortega no llegó a verlo: fue parte del escobazo que pasó Dalcio Giovagnoli tras un primer semestre para el olvido.
De nuevo en Núñez y con las acciones en baja, los dirigentes se encargaron de buscarle un club acorde a su nivel. Tampoco se esmeraron mucho, eh. Abrieron su navegador amigo, tipearon “destinos exóticos”, clickearon en “Me siento con suerte” y el bueno de Orteguita terminó el 2012 a 11 mil kilómetros de distancia, defendiendo los colores del Sliema Wanderers de… ¡Malta!

Allí, donde alguna vez brilló César Paiber, llegó acompañado de dos argentinos (Ariel Laudisi y Matías Muchardi) y otros nueve ladris colegas y, después de algunas pruebas, disputó apenas dos partidos oficiales antes de pegar la vuelta. La última vez que escuchamos su nombre fue a mediados de 2013, cuando el Boyacá Chicó, que ya se había asegurado al Tigre Jairo Castillo, intentó llevarlo a Colombia.
Parecía que estaba todo arreglado, pero a último momento surgió la posibilidad de contratar a otro jugador y lo anunciaron… a través de Facebook.

Desde entonces, nunca más lo vimos pasar por nuestro timeline.