Los torneos internacionales de selecciones tienen una métrica -al parecer y a Dios gracias- definitiva e imperfectible: grupos de cuatro equipos encabezados por una potencia, donde juegan una vez todos contra todos y pasan los 2 mejores clasificados si es una competencia de 32 o 16 naciones, ó donde pasan de ronda también algunos de los mejores terceros si participan 24 o 12 países. Después partidos a eliminación directa hasta que hay un ganador y a otra cosa. Infalible y apasionante como las matemáticas (?).
Suele suceder que, de tanto pensar en números y en cuentas, a algunos entrenadores se les haga un grumo en el cerebro y utilicen el último encuentro de la zona de grupos y también su previa para introducir improvisadas variantes en los viajes, en los métodos de entrenamientos, en el contacto con la prensa y, lo que es peor, en el once inicial que disputará el puntaje que quedará en los libros.
Si el equipo en cuestión ya está clasificado a la siguiente rueda se puede llegar a entender que los cambios sean en pos de proteger a las estrellas, de recuperar a los lesionados, de darle ritmo a los suplentes, de pensar en el primer encuentro de eliminación directa o hasta para “premiar” a algunos veteranos, como hicieron José Pekerman con Faryd Mondragón en Brasil 2014 ó Carlos Alberto Parreira con Rogelio Ceni en Alemania 2006 y también Marcelo Bielsa con Caniggia en Japón Corea 2002.
Lo ridículo y atemorizante, claro, es cuando estos cambios radicales u homenajes se dan cuando todavía no es definitiva la ubicación en la tabla de posiciones. Y peor si el tercer partido se pierde trastocando los futuros planes que ya se habían visualizado, todo por subestimar el cambiante humor de las matemáticas. El supuestamente metódico Daniel Passarella y el equipo que puso en la cancha contra Estados Unidos en la Copa América de 1995 son el ejemplo más claro de ello.
Paysandú, Provincia de Uruguay, 14 de julio de 1995. La Selección Argentina del Kaiser se preparaba para enfrentar al supuestamente débil Estados Unidos como líder de su grupo, con 6 puntos producto de dos victorias en igual cantidad de presentaciones y con una cómoda diferencia de +5 goles. La descontada victoria, además de eliminar a los yankees, desembocaría en un accesible enfrentamiento contra Ecuador en Cuartos de Final.
Entonces, el relajado trinomio Passarella-Gallego-Sabella dispuso ¡nueve cambios en la formación titular! y mandó a la cancha un rejunte que, si bien eran jugadores internacionales argentinos, en ese momento no tenían mucho rodaje jugando entre ellos ni mucho menos para la Selección. ¿Los que salieron? Cristante, Javier Zanetti, El Negro Cáceres, Chamot, Simeone, Astrada, Juanjo Borrelli, El Burrito Ortega y Balbo. De los que previamente habían vencido a Bolivia y a Chile solo permanecieron en la alineación Roberto Ayala y Gabriel Batistuta.
¿Los que entraron? Chiquito Bossio, Ricardo Altamirano, Néstor Fabbri, Gabriel Schurrer, Marcelo Escudero, Perico Pérez, Marcelo Espina, Marcelo Gallardo y El Beto Acosta. Enfrente, vale destacar, estaba la estable escuadra norteamericana de John Harkes, Eric Wynalda, Alexi Lalas, Cobi Jones, Tab Ramos y Paul Caligiuri, entre otros, que ya contaba con varios años de rodaje. O sea, no era un equipo para subestimar. Podrán haber perdido contra Bolivia, podrán tener poca tradición, podrán decirle “Soccer” al fútbol, podrán ser tontos, inútiles, estúpidos, comunistas… pero jamás estrellas porno (?).
Así las cosas, Argentina pensaba tanto en Ecuador y en los Cuartos de Final, que a la media hora la USMNT ya ganaba por 2 a 0 con un tanto de Frank Klopas y otro del querido Alexi Lalas. Pero lo totalmente desconcertante fue el desmoralizador toqueteo que se comieron los suplentes de Passarella durante aquellos primeros 45 minutos. Así como fueron dos pudieron haber sido cuatro goles en contra…
Durante el entretiempo, por supuesto, el mundo ya se había modificado para siempre (?). Ecuador estaba afuera de la competencia y la Argentina –todavía líder del grupo- ahora debería enfrentar a México en la siguiente ronda. Con intención de lograr la heroica, Passarella quemó los yates y mandó a la cancha a Ortega, a Simeone y un rato más tarde a Abel Balbo.
Por supuesto, esto no sirvió de nada. Estados Unidos se siguió floreando y promediando la etapa cúlmine, Eric Wynalda puso el 3 a 0 definitorio que también acabó con los días del Chiquito Bossio en el arco de la albiceleste. ¿O iba a ser gratuito el hecho de ver a un arquero correr una pelota desde atrás?
Con este último tanto, además de perder un invicto de 16 partidos en la Copa América que había comenzado en 1989, Argentina quedó en la segunda colocación y debería medirse contra Brasil. Por su parte, los yankees se habían adjudicado el grupo y ahora tendrían que enfrentar a su clásico rival, México, en Cuartos.
Tres días después y amén de la mano de Tulio, la Selección titular de Passarella caería por penales ante Brasil y desde ese momento hasta -al menos- mediados de 2016 jamás volvería a ser la actual campeona de nada. Y todo comenzó por subestimar…















