
“Si traemos a Ricardo Rocha, a los mellizos Barros Schelotto, a José Luis Chilavert y a Martín Palermo tendremos un gran plantel”. Lo dijo Diego Armando Maradona a mediados de 1997, mientras se preparaba con Ben Johnson para su enésima vuelta al fútbol, tras un año inactivo para recuperarse de su adicción a las drogas. El Diegote quemaba su último cartucho con la camiseta del xeneize y quería irse a lo grande, con un título, ese que se le negaba al cuadro azul y oro desde 1992. Para eso necesitaba armar un dream team (de verdad, no como el de Bilardo de 1996) que estuviera a la altura del River multicampeón de Ramón Díaz. Poco le importaba tener que compartir equipo con uno de sus enemigos públicos: José Luis Félix Chilavert González.
«Si queremos un gran equipo debemos traer al Mono Navarro Montoya. Si él no viene porque está jugando en España, hay que conseguir a Chilavert. Él puede ser el arquero de Boca, más allá de que tengamos cosas que hablar. Por Chilavert hay que romper el chanchito», repetía Diego, en un claro mensaje al cartonero Báez a Mauricio Macri. «Quiero que venga el paraguayo. No quiero que cambie lo que opina de mí. Que tenga en claro que viene a darle una mano a Boca. No lo quiero para que sea mi amigo», aseguraba el Diez, que contaba con el aval del entrenador, Héctor Rodolfo Veira.

Del otro lado, Chila también dejaba de lado sus diferencias y, desesperado por ponerse el buzo de Boca, hasta le tiraba flores a Maradona: “(Diego) se convirtió en un grande de verdad, que quiere lo mejor para Boca y se está poniendo mejor que diez puntos. Sentándonos a hablar podríamos entendernos. Somos personas adultas». Sin embargo, la oferta económica no alcanzó: el Fortín pedía cuatro millones de dólares limpios y desde la Ribera llegaron a ofrecer tres (y, ante la negativa del Manteca Martínez y Sebastián Rambert, hasta se habló de incluir a algún juvenil en el negocio: César La Paglia, Pablo Islas o un tal Juan Román Riquelme). La respuesta de Raúl Gámez, mandamás de los de Liniers, fue tajante: “No”.

Más allá del paragua, otro que dejaba loco al Die era el defensor central brasileño Ricardo Rocha, que a sus 35 años, y tras un 1996 flojo entre Olaria y Fluminense, había tenido un muy buen Torneo Clausura ‘97 con la camiseta de Newell’s Old Boys de Rosario, que había pagado medio millón de dólares para quedarse con su pase. Es más, el mejor de todos los tiempos hasta se animaba a dar su once titular: «Debería ser Chilavert; Solano, Rocha o Traverso, Fabbri, Arruabarrena o Pineda; Toresani, Berti, Gustavo Barros Schelotto -es la salida que necesitamos, a Riquelme todavía le falta un poco-, yo; Caniggia y Palermo«.
Durante varias semanas, los dirigentes de Boca, con Mauricio Macri a la cabeza, negociaron con Eduardo López para cumplir los últimos caprichos del Diego. “Rocha no se va de Rosario. Es intransferible. Si por ejemplo viene alguien con dos millones de dólares, no le alcanzan ni para empezar a hablar”, repetía el presidente leproso.
Según Luis Conde, el vice bostero, el pase llegó a estar abrochado en un 90 por ciento, aunque al final el pernambucano optó por quedarse en Rosario: “Diego me quiso en Boca. Me llamó y todo, pero no podía traicionar a la hinchada de Newell’s por el cariño que me tenían”, esgrimió el brasileño, que se retiró en 1998, tras un semestre deslucido en Flamengo, al lado de uno de sus grandes amigos: el Chapulín Romário.
Finalmente, sin José Luis Chilavert ni Ricardo Rocha, los que pintaron por La Bombonera fueron Óscar Córdoba y Jorge Bermúdez. Cansado de tantas vueltas extradeportivas, Maradona se retiró del fútbol en el entretiempo del clásico ante River del Torneo Apertura 1997, aquel que el xeneize perdió por un punto (45 a 44) a manos de su eterno rival. Un año más tarde, tras la llegada de Carlos Bianchi a la dirección técnica del club, los colombianos más el mellizo Guillermo y Martín Palermo se convirtieron en la columna vertebral de uno de los ciclos más exitosos de la historia de Boca. El resto es historia conocida.