El primer ciclo de Ramón Ángel Díaz al frente de San Lorenzo (2007 a 2008) prácticamente no tuvo tiempo para sorpresas: apenas un juvenil debutó durante ese año y medio. El elegido fue el correntino Néstor Villalva, un mediocampista central o por derecha que desde hacía un buen rato venía buscando una chance entre los grandes y que se convirtió, de la noche a la mañana, en el fetiche del entrenador.
Después de ir al banco de suplentes contra Rosario Central e Independiente, el pibe se sacó la mufa en la fecha 8 del Clausura 2007, frente a Lanús en el Nuevo Gasómetro (1-0, gol del Cuqui Silvera), cuando ingresó a cinco del final, con la casaca número 30, en lugar de Germán Voboril. La escasez de minutos y la desesperación granate en busca del empate, de todos modos, no lo privaron de tirar un caño casi al lado de donde estaba sentado el riojano. La perdió, claro. “Pensé que mis compañeros me iban a matar», dijo después. Iba a ser, al fin y al cabo, su única aparición en la máxima categoría. ¿Quién le quita lo bailado?
Oriundo de San Roque, a 130 kilómetros de la capital, Villalva (generación 1986) había arribado al Ciclón con edad de sexta división, proveniente del Deportivo Armenio: “Llegué en 2002 y tuve experiencias buenísimas en la pensión. Compartí momentos con Hernán Peirone, Leonardo Ulloa, Darío Bottinelli, Walter Acevedo y Pablo Alvarado, entre otros. Con muchos hice una amistad”.
Con 20 años y sin previsión de estreno en Primera en el corto plazo, a comienzos de 2007 casi se va al Alianza Atlético Sullana de Perú. Sin embargo, el llamado del Pelado Díaz, uno de sus mayores ídolos junto con Enzo Francescoli, lo hizo cambiar de planes.
“La verdad es que Ramón cambió mi vida. De un día para otro pasé de la nada a jugar un partido en Primera. Fue un cambio enorme, estoy contento, feliz y disfrutando de esto”, decía en una entrevista al diario Olé. “Ramón no es de hablarme mucho a mí solo, sino que a todos en general. Es de hablar poco, pero cada cosa que dice te deja una enseñanza. Siempre nos habla para que nos cuidemos y nos marca cómo quiere que nos movamos dentro de la cancha”, agregaba.
Sin chances en el Apertura 2007, reapareció en el primer test de la pretemporada 2008, ante Racing, en Salta. Esa noche, bajo la dirección técnica de Sebastián Pascual Rambert, reemplazó a Santiago Hirsig a diez minutos del final y no pudo hacer demasiado para evitar la derrota por 1 a 0, con gol de Diego Menghi.
La falta de oportunidades en el primer semestre de 2008 y, principalmente, la salida del segundo riojano más famoso del país, lo sacaron del mapa. Javier Baena se lo llevó a préstamo a Platense (2008/09) para que conociera las bondades de la B Nacional, pero el DT sucumbió rápido ante el espantoso inicio del Calamar: un triunfo, tres empates y cinco caídas. Poco iba a cambiar el panorama con el arribo del Loco Mariano Dalla Líbera, de idénticos o peores resultados, con el que Villalva perdió terreno. Ya con Ricardo Kuzemka como entrenador y el ex CASLA en la tribuna, el cuadro de Vicente López hilvanó una serie de victorias y se escapó con lo justo de la Promoción.
De vuelta en el Bajo Flores, al correntino lo dejaron libre. Era hora de volver a casa. Quería jugar con su hermano Eric e iba a conseguirlo en Boca Unidos (2009/10), que había ascendido a la segunda división. Sin embargo, allí actuó poco y al final de la temporada tuvo que armar las valijas otra vez.
A mediados de 2010, por recomendación de Agustín Orion, se sumó a Midland, en la Primera C. “Tengo una buena relación y lo valoro porque me dio una mano grande en un momento complicado”, decía sobre el actual arquero de Racing. Allí permaneció hasta 2012, cuando parecía que tenía todo arreglado con Bella Vista de Uruguay, pero terminó en Atlanta (2012/13), que venía de descender a la B Metropolitana y se había renovado por completo para regresar lo más rápido posible. Las casi veinte incorporaciones no le alcanzaron al Bohemio, que cayó ante Almagro en semis del reducido.
Tras un breve regreso a Midland (2013/14), desde 2015 Villalva defiende los colores de Justo José de Urquiza, en la penúltima categoría del fútbol nacional, donde conoció a otro baldosero deluxe como Gino Clara.
Hace algunas semanas, cuando el Kun Sergio Agüero marcó para el Manchester City frente al Arsenal por la semifinal de la FA Cup, disputada en el estadio de Wembley, otro nombre tomó por sorpresa la memoria de los enfermos del fútbol. Entre el listado de jugadores argentinos que ya habían convertido goles en ese mítico lugar, como Mario Boyé, Mario Kempes, Daniel Passarella, Julio Ricardo Villa, Claudio García, Darío Franco, Gabriel Batistuta, Lionel Messi o el propio Agüero, se colaba alguien poco conocido, prácticamente un ignoto: Ariel Lizardía, un delantero rosarino nacido el 10 de febrero de 1984 que prometía bastante, pero que se esfumó demasiado rápido.
En julio de 1999, un combinado Sub 15 de la Argentina participó, junto a Francia e Inglaterra, del torneo Tres Naciones, una competición Sub 16 organizada por la Federación Inglesa como parte de su frustrada campaña para quedarse con la sede del Mundial 2006.
Si bien aquel campeonato contemplaba la inclusión de jugadores nacidos a partir del 1 de enero de 1983, Argentina presentó una nómina completamente integrada por pibes de la categoría 1984. Dirigidos por Hugo Tocalli, los que representaron a nuestro país en territorio pirata fueron los arqueros Lucas Molina (Independiente) y Fabio Garibaldi (Ferro); los defensores Lucas Moreta (Newell’s), Mauro Lugo (Racing), Diego Ludueña (Independiente), Raúl Osella, David Reano y Emanuel Acosta (los tres de Boca), los mediocampistas Cristian Vargas (Boca), Gabriel Juárez (San Lorenzo), Hugo Colace (Argentinos Juniors), Maximiliano Capobianco (River) y Paulo Rosales (Newell’s) y los delanteros Maximiliano López (River), Ernesto Sánchez (San Lorenzo), Carlos Tevez (Boca), Noel Ibáñez y Ariel Lizardía (ambos de Newell’s).
La albiceleste debutó frente a Francia el 3 de julio, en el estadio del Kingstonian FC, a 20 kilómetros de Londres, y formó con Molina; Osella, Moreta, Ludueña y Acosta; Vargas, Colace, Lizardía y Capobianco; Tevez y López. Luego ingresaron Lugo, Rosales, Juárez, Sánchez e Ibáñez. Ese día, Argentina ganó a 1 a 0 con un golazo del Apache Tevez, que ya pintaba para cosas grandes.
Veinticuatro horas después, en Wembley, los pibes debían definir el título ante los dueños de casa. Para ese cotejo, Tocalli seleccionó a Molina; Acosta, Moreta, Ludueña y Lugo; Osella, Vargas, Colace y Capobianco; Tevez y Sánchez. Durante la segunda mitad, entraron López, Lizardía, Rosales, Reano e Ibáñez.
Los ingleses se pusieron en ventaja, pero enseguida Argentina lo empató gracias a una buena combinación entre Rosales y Lizardía, que la mandó a guardar, convirtiéndose en el último jugador de la selección argentina en marcar en el viejo Wembley (el Bati lo hizo meses después, pero con la camiseta de la Fiorentina ante el Arsenal por la Champions League). Promediando el complemento, Inglaterra se volvió a adelantar por intermedio de Michael Chopra. El resultado no cambiaría y los nuestros, perjudicados por un pésimo arbitraje que obvió dos penales claros, se quedarían con el subcampeonato.
Con el tiempo, varios de esos futbolistas llegarían a actuar en la Primera División de sus respectivos clubes. Algunos con éxito (como Carlos Tevez), otros con más suerte que condiciones (como Maxi López), otros brevemente por diversos motivos (como Reano, Moreta, Ludueña o Colace) y algunos cuantos se quedaron en el camino (como Ibáñez, uno de los máximos goleadores de las juveniles de la Lepra, detrás de Lisandro Sacripanti).
¿Pero qué pasó con Ariel Lizardía, el 10 de aquel seleccionado? Surgido de las divisiones inferiores de Newell’s Old Boys de Rosario (donde según registros del Centro para la Investigación de la Historia del Fútbol -CIHF- convirtió 19 goles en 78 encuentros entre novena y sexta), había arrancado como volante por izquierda: “Pero como era muy potente, en Sexta me pusieron de delantero”.
Después de que lo vieran en el Tres Naciones, estuvo cerca de quedarse en Europa: “Acepté una oferta de mi representante para ir a jugar a Italia, al Venezia. Estuve entrenándome una pretemporada con el equipo de Reserva, pero todo salió mal. Lo manejó mal el representante, me llevaron sin tener la ciudadanía y tuve problemas con los papeles. Lo que pasa es que ni mi viejo ni yo sabíamos de todos esos temas extrafutbolísticos”, contó muchos años después, ya alejado de la actividad, en una entrevista al diario Clarín.
“Después estuve cerca de firmar con The Strongest, pero tampoco tuve suerte. Tuve un bajón anímico y al final, volví a mi pueblo, Santo Tomé, y seguí jugando en los clubes de acá. Y ahora hago trabajos sanitarios y de gas con mi viejo, que es constructor. El fútbol quedó atrás ya hace años. Sigo en actividad ayudando a un amigo que tiene un club y estoy entrenando a los más chicos. Pero ahora sólo es un entretenimiento”.
– ¿Le habían perdido el rastro a Santiago Biglieri? El año pasado, el ex Lanús había vuelto a experimentar las mieles de la Primera División, con la camiseta de Colón de Santa Fe (sólo jugó poco más de 5 minutos en un partido ante Quilmes), hasta que se borró del mapa completamente…o casi.
Hace unos días nos enteramos de que Saviolita integra las filas de Progresista Guerrico, un equipo de la B de Pergamino. ¿Betocarranceo? No, te pareció.
– Otro que se vuelve a poner los cortos, pero no para el fútbol, es Pedro Iarley. A los 43 años, el ex Boca fimó como refuerzo de Alvorada, de la segunda división gaúcha de futsal.
– Hay algunos baldoseros que nunca le encuentran la vuelta a eso de dejar de ser futbolista y hay otros que, con algo de ingenio o con mucho esfuerzo, pueden continuar robando en otro ámbito (?). Tal es el caso de Leonardo Garaycochea. El ex Racing es personal trainer y lo pueden contratar en este link. Ustedes o sus señoras.
– No importa que haya hecho su partido despedida hace más de un año. El Máquina Giampietri sigue sumando equipos a su historial. Ahora defiende los colores de Balonpié, en la Liga de Pehuajó. En su debut, la rompió y fue fundamental en la victoria 6 a 1 ante Fútbol Club Henderson. ¿Más baldoserismo? Comparte equipo con Antonio Piergüidi y su DT es Guillermo Panaro.
Cuando a un equipo le va mal, suelen tomarse dos caminos: se cambia al DT o se renueva el plantel. Si la cosa viene más complicada, estas posibles soluciones se pueden combinar. Aparece un nuevo entrenador que pasa la escoba y trae sus jugadores fetiche. Lo hizo Falcioni con Erviti, Ramón Díaz con Menseguez, y hasta ha pasado en Selección, con los antojos de algunos técnicos, como el de Sabella con Federico Fernández o el de Bauza con Buffarini, por nombrar algunos casos. ¿Qué tiene que ver esto con el relato que viene a continuación? Paciencia, hacia allá vamos.
Lucio Cereseto hizo su presentación en Primera División en la cancha de Juan Agustín García y Boyacá. Igual que Maradona, claro. La diferencia fue que el delantero de Newell’s ganó ese partido (fue 2 a 1 vs. Argentinos Juniors, el 19 de septiembre de 2004) y su equipo terminaría coronándose campeón ese año. Sacá del medio, Dié (?).
Aquella fue su única participación durante ese Torneo Apertura, volviendo a aparecer como moneda de recambio en los próximos certámenes: convirtió su primer gol en mayo de 2005, frente a Almagro, aunque su momento de gloria (o algo parecido) fue en julio, en la última fecha del Clausura. Un infortunio de un compañero (Iván Borghello se lesionó en el calentamiento previo) le permitió jugar frente a Independiente, marcando el gol de la Lepra: el empate 1 a 1 en ese partido le permitió a los de Rosario jugar la Copa Sudamericana.
A pesar de la doble competencia en la temporada siguiente, Cereseto nunca se pudo consolidar y dejó la institución a mediados de 2006. Lo recibió Coronel Bolognesi, pasando unos meses de mucha intensidad: el equipo terminó segundo en el torneo local y fue eliminado en los octavos de final de la Copa Sudamericana. Todo un logro para una humilde institución del interior de Perú. Allí, estuvo en las manos de un técnico argentino, cuya carrera todavía estaba en ciernes. ¿Qué aporta esto? Más paciencia, ya llegamos.
A principios de 2007 volvió al país sin nada asegurado. Se probó unas semanas en Argentinos Juniors y terminó quedando en el club. ¿Por qué le vieron condiciones? No, porque a último momento se cayó el pase del uruguayo Walter Guglielmone, hermanastro de un tal Edinson Cavani. En todo un semestre en el Bicho, solo jugó 6… minutos.
Diciéndole adiós para siempre a la máxima categoría, comenzó su periplo por las canchas de ascenso: Ben Hur (2007/08), Independiente Rivadavia (2008) y San Martín de Tucumán (2009) fueron sus primeras paradas, en el Nacional B. Sólo con el equipo de Rafaela consiguió cierta continuidad, en una campaña que culminó con la pérdida de la categoría.
Conoció la B Metropolitana con Deportivo Morón (2010) y Ecuador, con el Olmedo (2010). Volvió al mencionado certamen para jugar en Estudiantes de Buenos Aires (2011), Colegiales (2011/12 y 2013/14) y Los Andes (2013). En el medio, anduvo en por el ascenso mexicano, en el Altamira FC (2012). A esta altura, ¿se acordaría de Cereseto aquel DT que lo dirigió en Perú? Tranquilidad, falta menos para saberlo.
Con el afán de seguir coleccionando camisetas, sumó a su repertorio las de Textil Mandiyú (2014), Aprendices Casildeses (2014/15), Sacachispas (2015), J.J. de Urquiza (2015/16), Dock Sud (2017) y Central Córdoba (2018). Punto seguido. Por favor, releer el primer párrafo. Relacionarlo con el entrenador que le sacó lo mejor de sí cuando estuvo en Coronel Bolognesi. Ahora sí, llegamos.
Ese DT era Jorge Sampaoli. El nuevo mandamás de la Selección Argentina, un conjunto que pide recambio de nombres. Basta de delanteros que desaprovecharon sus oportunidades. Tampoco hay lugar para los traidores, ni para hacer experimentos. El equipo necesita gente en la que su cuerpo técnico pueda confiar, jugadores conocidos, que se adapten rápido a lo que se pide desde afuera. ¿Por qué no Lucio Cereseto para jugar en el ataque argentino? Total, hemos visto cosas peores.
Alejandro Bravo irrumpió en la Primera de Newell’s Old Boys de Rosario en 2002 como uno de los baluartes de la categoría 1981, aquella que compartió con Maximiliano Rodríguez, Guillermo Marino, Mauro Rosales, Luciano Vella y Juan Domingo Sánchez, entre otros. Sus antecedentes invitaban a soñar en grande: con 68 tantos, era uno de los máximos goleadores de las divisiones inferiores del Leproso, apenas por debajo de Lisandro Sacripanti, y seguido de cerca por Maxi Rodríguez (ya afianzado en Primera) e Iván Borghello (que ya había debutado en 2001, pero que estaba estancado en la Reserva).
Debutó oficialmente con Julio Zamora como DT (que había reemplazado al Chocho Juan Manuel Llop tras la derrota frente a Banfield en el estreno), en la cuarta jornada del Clausura 2002, ante Racing en el Parque de la Independencia, cuando le tocó reemplazar a Rosales a veinte del final. Esa fue la táctica que el Negro utilizó en los otros 6 encuentros que el juvenil disputó en ese campeonato (contra Belgrano, Gimnasia LP, Chacarita, Talleres, Huracán y Unión), generalmente ingresando sobre la hora por Rubén Darío Gigena, Elvio Martínez, Cristian Grabinski o Raúl Damiani. ¿Goles? Cero.
Algunos hinchas aún recuerdan con cierto recelo su presencia frente a La T, el día que más jugó (34 minutos), cuando desperdició varias chances claras para marcar. Ojo, no todas fueron pálidas: en el medio, convirtió el tanto del triunfo en el clásico de Reserva ante Rosario Central.
Tapado por la presencia del ascendente Sacripanti, Gigena, Rosales, Mauro Conocchiari y Nicolás Saucedo, Newell’s lo dejó libre a mediados de 2002. Fue así que, junto a otro ex leproso como Diego Bono, se fue al União Desportiva de Leiria de Portugal. Sin embargo, no quedó y terminó en el Tampico Madero (2002/03) del ascenso mexicano. Desde entonces, costó seguirle el rastro.
Casi una década después, lo encontramos en la Liga Interprovincial de Fútbol Dr. Ramón F. Pereyra, defendiendo los colores de Arteaga y Club Atlético Centenario de San José de la Esquina, su pueblo natal. Actualmente, tras haber colgado los botines, es el director técnico de Arteaga.
Cumplimos 13 años. Sí, trece, putos. Hoy queremos que nos cuenten qué carajo es EUB para ustedes. Entre los comentarios, sortearemos un kit de remera y gorra baldosera.
Una de las máximas muestras de nuestra fragilidad y endebles emocional acontece, años más, años menos, finalizando la adolescencia. No a todos los dueños de los ojos que leen estas palabras les ocurrió, claro, pero a muchos de nosotros –vacuos y desprolijos- si nos sucedió. Y esa insania sensorial se manifiesta, sí y solo sí, con un único e inexorable desencadenante: el abandono de nuestra amada e idolatrada primera novia…
Llanto, noches de insomnio, angustia, dolor, pánico y la sensación que el mundo tal como lo conocíamos ha llegado a su fin es lo que acompaña los días venideros al fatídico acto ¿y saben que? Eso está más que bien. Es una reacción sana y normal. La locura y el sinsentido vienen después, cuando en teoría se han recuperado el orgullo más la autoestima, y es en las horas que se busca una media naranja con las mismas características -calcadas, idénticas, semejantes- a la maldita que nos dio el puntapié. Esa emoción la conoce mejor que nadie la gente de San Lorenzo, tras aquel traumático Apocalipsis llamado “El Retiro del Beto Alberto Federico Acosta”.
Categoría 1988, nacido en El Quebrachal y con un pasado ínfimo por la Selección Sub-17, El Betito apareció en el Torneo de Verano de 2006, teniendo su noche de gloria en la victoria 4 a 0 sobre Independiente en Salta donde, además de ser vitoreado por ser local, convirtió el tercer tanto de su equipo y fue una amenaza constante sobre el arco que ¿defendía? Bernardo Leyenda. Además, Acosta usó la camiseta número 10 de San Lorenzo. Romance en puerta… de emergencia.
Considerado la mayor promesa a futuro de San Lorenzo y un aspirante a ídolo solo por ser delantero y por portación de apellido, Claudio Acosta arrancó el Clausura 2006 como titular acompañando en el ataque a José Saturnino Cardozo. La sociedad solo duró hasta la segunda fecha, cuando nuestro homenajeado sufrió un desgarro que lo dejó afuera de las canchas hasta el siguiente torneo.
En el Apertura 2006, El Betito tuvo su mejor producción disputando 8 cotejos (mitad suplente, mitad titular) jugando como ¡volante por izquierda! para intentar abastecer a Ezequiel Lavezzi y a Andrés Silvera. Al menos, pudo verle la espalda a Ariel Ortega cuando le picó la pelota al Chino Saja. Pero claro, la cosa no prosperó, el romance no se materializó y durante los siguientes 30 meses, Claudio Acosta apenas disputó cinco encuentros sin nunca jamás poder batir a un arquero de manera oficial. ¿La mala? La dirigencia lo invitó a buscarse un nuevo destino ¿La buena? No tuvo que estresarse para organizar un partido autohomenaje donde El Pipa Estévez se vista de pajarraco…
Argentino A en Juventud Antoniana (2009/10 – 2011/12 – 2013), Gimnasia y Tiro (2013/14) y Sportivo Patria de Formosa (2014/15), y Primera B Metropolitana en Almagro (2010/11) y en Colegiales (2012) fueron los destinos donde El Betito siguió ostentando su escaso poder de gol. Hoy, a sus 29 años, Claudio Acosta defiende la divisa de Desamparados de San Juan y rememora aquel romance trunco con la gente de San Lorenzo por ser victima de la urgente y desesperante suplantación de romántica identidad. Y si, él solo fue apenas un chape (?) de verano…
Y vos… ¿Todavía recordas la sonrisa de tu primera novia?
“Si el padre es baldosero, el hijo es baldosero”, sería la adaptación de la célebre máxima de Néstor Raúl Gorosito. Letras más, letras menos, José Alberto Shaffer es el hijo de José Antonio Schaffer, oportunamente homenajeado en este sitio.
Producto genuino de las divisiones inferiores de Racing Club de Avellaneda, Shaffer Junior debutó oficialmente en Primera de la mano de Diego Pablo Simeone, el 25 de febrero de 2006, ante Independiente, por la fecha 6 del Clausura. Ese día, en su puesto natural de lateral por izquierda, le tocó compartir la última línea junto con Diego Menghi (luego Julio Barroso), Gustavo Cabral y Claudio Úbeda, y bailar con la más fea. Con un doblete del Kun Agüero, el Rojo se quedó con la victoria por 2 a 0.
Un puñado de días después, el Cholo le ratificó la confianza: fue 0-3 ante Olimpo de Bahía Blanca. También reapareció contra Boca, por la octava jornada, en el Estadio Único (el Cilindro estaba clausurado por incidentes en el clásico) y la suerte no iba a cambiar. Otro 0-3, otro cachetazo. La despedida de su primera etapa en la Academia se dio en la fecha 9, frente a Rosario Central, en Arroyito. Esa tarde compartió la defensa con Barroso, Cabral y Menghi, y por primera vez pudo sumar un punto: fue 1 a 1, con goles de Marco Ruben para el Canalla y Lucas Valdemarín para los de celeste y blanco.
Con el arribo de Mostaza Merlo no sería titular, aunque sí se mostraba como una de las primeras opciones de recambio. No obstante, una propuesta del fútbol europeo le hizo repensar los planes: «Merlo me dijo que hiciera lo que quería. No me quiso cortar la posibilidad de probar algo distinto en mi carrera y me aclaró que, cuando finalizara mi contrato, tenía las puertas abiertas para volver a Racing». Así fue que armó las valijas y se fue a Suecia. Lo esperaba el IFK Göteborg (2006/07), uno de los clubes más tradicionales de ese país, pero no la iba a pasar nada bien. “Ricardo Prunes, que era mi representante, me abandonó y me dejó tirado sin un mango. Me dijo que en el IFK iba a ganar cierto dinero y en verdad era muchísimo menos. Yo mismo me tuve que pagar el alquiler de la casa, pagarle los pasajes a mi señora y hasta hacerme cargo del nacimiento de mi hija. Ni siquiera me llamaron para ver si necesitaba algo. Allá vivía con lo justo, no me alcanzaba la plata. Suecia es un lindo país y al principio era feliz, pero me quise volver a Racing”, contaba en una entrevista al diario Olé.
De regreso en Avellaneda, no fue tenido en cuenta por Gustavo Alf Costas ni por su reemplazante, Miguel Ángel Micó, que lo conocía de las inferiores. La llegada del Chocho Juan Manuel Llop, en abril de 2008, lo sacó del ostracismo y lo puso de nuevo en el mapa. Primero fue al banco de suplentes contra Arsenal, Lanús y Tigre, hasta que le tocó entrar frente a Rosario Central, en la fecha 13, por la lesión de Gonzalo Dardito García a los seis minutos. “Pensé que iba a jugar mal por la inactividad, pero terminé conforme y mis compañeros me felicitaron. Lástima que perdimos, porque el centro del gol de Sava no lo tiré yo, lo tiró Dios”, decía luego del 2-3 en Arroyito, ya en su nueva fase mística.
«Pedí un milagro y se concretó. Cuando volví del extranjero hasta pensé en dejar al fútbol. Estaba mal porque eltécnico(Micó) ni me dirigía la palabra. Tuve problemas. Estaba enojado con todo el mundo, me la agarraba con mi familia y sufría. Gracias a la iglesia conocí a Dios y le pedí volver a vivir, volver a jugar a la pelota. Yo pensaba que era imposible, no me sentía útil y ahora soy otra persona», relataba en mayo de 2008, en la hora más brava de la Academia en la última década.
A partir de ahí no salió más. Apenas lo hizo por obligación, para cumplir la fecha de suspensión que le dieron después del partido con Boca, y en la última jornada, ante Colón de Santa Fe, cuando, tras la expulsión de Menghi, Llop se decidió a buscar la heroica y mandó a la cancha al Chanchi Estévez en lugar del lateral por izquierda. En el Cementerio de los Elefantes, Racing necesitaba ganar sí o sí para asegurarse la permanencia y evitar la Promoción. Pero Racing es Racing, y perdió sobre la hora con gol del Pirulo Rivarola.
Superado el trauma de tener que revalidar la categoría contra Belgrano de Córdoba, Shaffer fue titular absoluto durante todo el Apertura 2008, generalmente compartiendo la última línea con Franco Sosa, Gabriel Mercado, Franco Peppino y Marcos Cáceres. Sin embargo, la relación con Llop comenzó a tensarse. Los malos resultados en el arranque del Clausura 2009 se devoraron al Chocho, que renunció tras caer en el clásico ante Independiente por 2 a 0. Ahora con Ricardo Caruso Lombardi como entrenador, el defensor cordobés continuaría en buen nivel, aunque no por mucho tiempo más en Avellaneda.
Una oferta de casi dos millones de euros lo hizo regresar a Europa, esta vez para vestir la camiseta del Benfica de Portugal (2009), donde conocería a Javier Saviola, Pablo Aimar, Ángel Di María, el paraguayo Tacuara Cardozo y los brasileños Luisão, David Luiz, Ramires y Keirrison, entre otros. Sin muchas chances en tierras lusitanas por el buen rendimiento de los locales Fábio Coentrão y César Peixoto (apenas disputó 6 partidos, 4 por la Primeira Liga y 2 por copas internacionales), a comienzos de 2010 pasó a préstamo a Banfield.
Con el Taladro pisando fuerte en la primera fase de la Libertadores, y ante las eventuales ausencias del dueño del puesto, Marcelo Bustamante, Shaffer se convirtió en una figurita frecuente en el Clausura, compartiendo tanto la línea de cuatro suplente con Santiago Ladino, Mauro dos Santos y Favio Segovia (a veces Gustavo Toledo y Alejandro Delfino), como ocasionalmente la titular, al lado de Julio Barraza, Jonatan Maidana y Víctor López.
A mitad de año lo esperaba un nueva desafío: aceptó bajar de categoría y se sumó a Rosario Central (2010/11), que venía de descender y soñaba con pegar la vuelta rápido. Allí, además, se reencontraría con un viejo conocido: Reinaldo Carlos Merlo. «Yo creo que va a venir a Central. A mí Shaffer me llamó porque lo conozco de Racing. No soy empresario, por ahora soy entrenador, y las gestiones las hacen el manager, Gonzalo Belloso, y el presidente, pero lo necesitamos por las dudas de que no podamos contar con Diego Braghieri o Guillermo Burdisso», decía Mostaza. El pase estuvo a punto de caerse por algunas diferencias económicas entre los dirigentes canallas y los del Benfica, pero finalmente se hizo. Sin embargo, Shaffer jugó poco, mal, y acumuló críticas de todos lados.
De nuevo en Portugal, se incorporó a préstamo al União Desportiva de Leiria (2011/12), donde disputó 15 encuentros y convirtió dos goles -los únicos de su carrera-, uno fue un bombazo tremendo contra el Beira-Mar, que estuvo entre los mejores del campeonato.
Tras rescindir su contrato con el Benfica (le restaban todavía doce meses), estuvo casi un año inactivo hasta que a mediados de 2013 llegó a Talleres de Córdoba. “Estoy disfrutando de nuevo de estar en un club después de mucho tiempo. Estoy feliz por eso. Aprovecharé la pretemporada. Mi negociación se complicó un poco, pero ahora solamente pienso en dejarle todo a Talleres, como lo hizo mi viejo. Él hizo mucha fuerza por estar. Yo también la hice”, decía el Peladito.
Ese año la T había vuelto a la B Nacional tras un par de temporadas en el Argentino A y, a priori, era uno de los principales candidatos para regresar a Primera. Sin embargo, descendió de nuevo. En el medio, Shaffer, que había arrancado como titular, terminó perdiendo el puesto con Elías Bazzi y fue uno de los más apuntados por la barrabrava por bajo rendimiento.
En 2014 volvió a emigrar, ahora a Chile, para actuar en Unión La Calera. “Mi paso por Chile fue muy bueno. Hicimos un gran campeonato. Cuando llegué, el club estaba en la zona de descenso y terminamos jugando la Liguilla para entrar a la Sudamericana. La verdad, nos fue muy bien a todos”, contaba. De todos modos, algunos cortocircuitos con su representante lo terminaron marginando: “El representante que me llevó era el agente del entrenador. Tuve un problema con él y por eso mismo decidieron dejarme afuera. La gente quería que me quede. Estoy agradecido a los hinchas de La Calera, porque me brindaron todo su cariño”.
Otra vez en Argentina, a fines de 2015 estuvo entrenándose con la Reserva de Racing en el predio Tita Mattiussi, con la esperanza de quedarse: “Es lo que más deseo. De todas maneras, no soy yo quien tomará la decisión. Por el momento, le agradezco al club que me abrió las puertas para poder entrenar, y me quedo con la imagen de haber dejado a Racing en Primera División”.
Durante el primer semestre de 2016, vistió los colores de Gimnasia y Esgrima de Mendoza en la B Nacional, pero apenas jugó 5 partidos y quedó libre. Desde comienzos de este año, integra el plantel de El Porvenir, que deambula por la mitad de la tabla en la Primera C.